Cómo empezó todo: memorias de Kenneth Arnold (1977)

“En el ínterin, se produjo un enorme malentendido, porque cuando Bill Bequette de la United Press me interrogó sobre su dinámica de vuelo, le respondí: «Bueno, volaban de forma errática, como un plato si lo lanzás saltando sobre el agua»; y así fue como nació el término «platillos voladores», escribió Kenneth Arnold, el famoso protagonista de la oleada ovni de 1947.

Intrigado por la fuente original de estas declaraciones, consulté al ensayista Martin Kottmeyer.  El artículo, escrito treinta años después de su experiencia, no solo evoca con detalle aquel avistamiento liminar, sino que relata sus peripecias posteriores con el periodismo, sus ideas sobre el origen de la experiencia y sus propias investigaciones.

Hay detalles curiosos, como el momento en que descartó que fueran aves (la hipótesis que sostienen varios investigadores, entre ellos Kottmeyer), los relatos que recogió sobre misteriosos “hombres voladores” y comenta su favorable impresión de uno de los primeros contactados, Samuel Eaton Thompson (1895-1987).

Este trabajo fue traducido de las Actas del Primer Congreso Internacional OVNI (Chicago, 1977), compilado y editado por Curtis G. Fuller y los editores de la revista FATE, Mary Margaret Fuller, Jerome Clark y Betty Lou White. ¿Quién lo subió a la nube? Nada menos que nuestro querido, entrañable amigo Ignacio Darnaude.

El ufólogo Jacques Vallée sugeriría una vez que los ovnis bien podrían llamarse el «fenómeno Arnold». Aunque ya existían registros previos de objetos aéreos anómalos, fue Kenneth Arnold quien captó la atención del mundo entero (y, aunque su nombre sea mucho menos recordado, el reportero Bill Bequette del Pendleton East Oregonian fue quien acuñó la expresión «platillos voladores» para describir aquellas cosas). Aquí, en sus propias palabras, el relato de Arnold sobre un momento bisagra en la historia.

Por Kenneth Arnold

Creo que nuestro deseo fundamental es llegar a un entendimiento común, ofrecer explicaciones científicas razonables para los sucesos tan inusuales que han tenido lugar durante los últimos treinta años. Quizás repasar «cómo empezó todo» nos ayude. 

Antes y durante 1947, me dedicaba a la fabricación e instalación de sistemas automáticos de control de incendios. Es un servicio que he prestado a zonas rurales remotas del Oeste por algo más de cuarenta años. Fue en el transcurso de este negocio que me encontraba volando desde Chehalis, Washington, el 24 de junio de 1947. Como residente de Boise, Idaho, había sido uno de los fundadores de la Asociación de Pilotos de Búsqueda y Rescate de Idaho y, para ese momento, ya había acumulado unas cuatro mil horas de vuelo en montaña, específicamente en misiones de rescate. 

Mi motivo para estar en las cercanías del Monte Rainier, volando en zonas muy cerradas, se debía a que aproximadamente un mes y medio antes, un transporte de los Marines de EE. UU., un C-46, se había estrellado en la ladera suroeste de la montaña. Se presumía que treinta y dos marines habían perecido, y sus familias ofrecían una recompensa de cinco mil dólares a quien pudiera localizar el impacto y recuperar los cuerpos. 

Al tener experiencia en este tipo de operaciones y conocer a fondo el terreno y las técnicas de búsqueda en montaña, decidí que, al terminar mis asuntos en Chehalis, intentaría localizar la aeronave siniestrada. Y bien podría haberla encontrado si la zona no hubiera estado todavía cubierta de nieve; de hecho, ese día volé directamente sobre el Glaciar Tacoma, donde el transporte fue hallado un mes más tarde por personal del servicio forestal.

Despegué de Chehalis alrededor de las 2:00 P.M. No recuerdo con certeza si el reloj de 24 horas de mi panel de instrumentos o mi reloj de pulsera estaban sincronizados con la hora de verano, la hora estándar o la hora de la montaña, pero según mis instrumentos eran las dos. Planeaba dedicar al menos una hora al rastreo sobre esa alta meseta. 

Debo describir brevemente la minuciosidad y el cuidado extremo que exige planificar una misión de búsqueda en una geografía de este tipo, ya que en las proximidades de las montañas el aire suele volverse muy turbulento. Hay que estar seguro de contar con suficiente combustible y de que el avión responda a la perfección, porque se vuela a una velocidad peligrosamente baja y muy cerca de las laderas. 

Yo pilotaba un Callair. Se fabricaban en Afton, Wyoming, a 80 kilómetros de cualquier vía ferroviaria (según entiendo, ahora la empresa fue absorbida por Aero Commander). Es primordialmente un avión de tipo fumigador, modificado para tener una envergadura de nueve metros y un alto rendimiento. Es un avión de montaña diseñado especialmente para operar en grandes altitudes y realizar despegues y aterrizajes en pistas cortas. He pasado unas nueve mil horas de vuelo en ellos, y sigo aquí.

El 24 de junio de 1947 fue un día espléndido. No había una sola nube en el cielo al despegar y el aire se sentía suave como la seda; volar así era un auténtico placer. Mi plan era realizar el rastreo y luego continuar viaje hacia Yakima. Me aproximé al Monte Rainier a unos 3350 metros de altitud, sobrevolando esa meseta que se eleva incluso por encima de los 4250 metros. Allí inicié un viraje y reduje los aceleradores. Entré en un planeo cercano a la pérdida, dando pequeños golpes de acelerador periódicamente para limpiar los cilindros del motor, mientras escudriñaba las laderas hacia abajo y hacia el oeste. Empecé desde el este porque sabía que el accidente había sido registrado por radar o radio cerca del lado suroeste del macizo, estimándose la altitud del impacto en torno a los 2400 metros. Al salir por debajo en esta primera pasada, sobrevolé la pequeña comunidad de Mineral, Washington, rodeada de pinos, lo que me permitió precisar mi ubicación. Viré sobre Mineral y comencé a ascender de manera lenta pero constante para recuperar altitud y realizar una nueva pasada sobre la meseta.

Mientras realizaba este viraje de 180° y volaba directamente hacia el Monte Rainier a unos 2800 metros de elevación, un destello tremendo cruzó el cielo. Iluminó toda mi aeronave, incluso el interior de la cabina, y me sobresalté por completo. Pensé que estaba a punto de colisionar con algún avión que no había visto. O bien, supuse, un avión militar se había lanzado en picada frente al morro de mi aparato y el reflejo del sol de la tarde contra la superficie de sus alas había provocado el destello. Todo esto pasó por mi mente en menos de una décima de segundo mientras comenzaba a buscar a mi alrededor y al frente. Y entonces, el destello se repitió. Este fulgor cegador, casi como una luz de arco voltaico, provenía de un grupo de objetos situados muy al norte del Monte Rainier, en la zona del Monte Baker, que queda casi alineado con el Rainier y el Monte Adams.

PRIMERA NOTICIA. Así fue difundida la historia de Kenneth Arnold por la Associated Press.

Vi una hilera de aeronaves muy peculiares que se aproximaban al Monte Rainier a gran velocidad; creo que en su momento describí la formación como la cola de una cometa china. Parecían volar en escalón. Sin embargo, al recortarse contra el cielo y la nieve del Rainier a medida que se acercaban, fui incapaz de distinguirles deriva o cola alguna, ¡y yo jamás había visto un avión sin cola! Eran de un tamaño considerable y conté nueve objetos. Soy meticuloso para contar esta clase de cosas porque a lo largo de mi vida he volado en misiones de censo contando antílopes, ovejas y ganado. Busqué insistentemente las colas de los aparatos. Sabía perfectamente que los militares son muy hábiles con el camuflaje y asumí que se trataba de aeronaves del ejército o de misiles tácticos, pero me desconcertaba esa formación en escalón, que mantenía un rumbo aproximado de 170° de norte a sur, siguiendo de cerca la Cordillera de las Cascadas. 

La primera nave volaba a mayor altitud que las demás, lo cual no responde a ninguna formación militar convencional, ni en este país, ni en Rusia o Alemania. Así que deduje que debían de ser algún nuevo tipo de misil o jet militar, posiblemente dirigidos por control remoto. A decir verdad, no volaban como aviones convencionales. Los destellos brillantes que emitían sus superficies –y que al principio atribuí al reflejo solar– pulsaban, y las naves se balanceaban y oscilaban; parecían volar con la misma facilidad tanto de canto como niveladas. Como mencioné, avanzaban unidas en una suerte de cadena diagonal, similar a una bandada de gansos, ¡pero no eran gansos!

Noté de manera especial que cada una se movía de forma independiente. Volaban por su cuenta, pero cada tanto una de ellas emitía un destello, ganaba algo de altitud o se desviaba ligeramente de la formación. Esto ocurría entre los nueve aparatos que observaba, alternándose periódicamente pero sin mantener un ritmo regular.

Al aproximarse al borde norte del Monte Rainier, pude ver que se desplazaban por el lado oeste, lo cual me favorecía enormemente porque me encontraba en un ángulo recto respecto a ellos. Decidí que, fueran lo que fuesen, iba a cronometrar su velocidad utilizando el reloj de 24 horas de mi panel, que cuenta con una gran aguja segundera central.

En el instante en que la primera nave asomó el morro por el extremo sur del campo de nieve del Monte Rainier, la aguja de los segundos se acercaba, si no recuerdo mal, a un minuto para las tres. Continuaron volando entre el Monte Rainier y el Monte Adams sobre un terreno alto y escarpado llamado «Goat Ridge», que tiene una extensión aproximada de 8 kilómetros. Yo me aproximaba al Rainier a una distancia de unos 37 kilómetros de los objetos y, por supuesto, soy consciente de que mi intento de cronometrar la velocidad con absoluta precisión matemática era imposible: no solo me acercaba a 2800 metros de altitud a unas 160 kilómetros por hora, sino que ascendía de forma constante. Cuando la primera nave alcanzó efectivamente el final de Goat Ridge, la última parecía ingresar sobre el inicio de la cresta, por lo que estimé que la longitud total de la formación era de unos 8 kilómetros. Esto es un cálculo aproximado, ya que Goat Ridge es irregular y no se alinea exactamente a 170°. Las naves parecieron ascender un poco mientras mantenían ese rumbo y supe que yo volaba a su mismo nivel porque se recortaban justo sobre mi línea del horizonte. Mi altímetro marcaba algo más de 2800 metros, de modo que volaban a esa altura, metro más o metro menos, dado que cabeceaban y ondulaban al avanzar. 

Cuando el último aparato de la formación cruzó el Monte Adams, miré el segundero y comprobé que habían cubierto una distancia de unos 80 kilómetros en un minuto y cuarenta y dos segundos. 

Desde luego, supe de inmediato que volaban a una velocidad tremenda, muy superior a la de nuestros P-51 o cualquier avión militar que yo conociera. Sin embargo, en ese momento no intenté calcular a cuántas millas por hora se traducía. Sentí una sensación bastante inquietante. Calculé que su diámetro era de unos 30 metros y me seguía intrigando la ausencia de colas, pero obtuve una imagen muy nítida de su silueta sobre la nieve. Cuando destellaban, parecían completamente redondos; pero al girar de costado o quedar planos respecto a mi visual, se veían extremadamente delgados. De hecho, llegaron a desaparecer de la vista por un instante detrás de un saliente agudo en el campo de nieve del Rainier, pero al conocer mi posición relativa a la montaña, sabía exactamente por dónde habían pasado. Consideré que mi apreciación de la distancia y el cronometraje ofrecerían una estimación razonable de su velocidad, convenciéndome en ese instante de que la formación se desplazaba a más de 160 kilómetros por hora. 

Ahora bien, mientras volaban más allá de Goat Ridge, el penúltimo objeto pareció perfilar su parte trasera hacia mí –creo que es la mejor expresión para describirlo– y pude notar que no era redondo en absoluto. Me dio la impresión de tener la forma de un renacuajo, con una especie de pequeño vértice o punta en el centro de su borde posterior de fuga. No puedo asegurar si todos compartían el mismo diseño que ese aparato en particular, o si este era un poco más grande; se veía de un color más oscuro que el resto y su envergadura parecía algo mayor. Uno asumiría que el líder iría a la cabeza, pero este ocupaba el penúltimo lugar. Al último objeto no pude divisarlo bien porque se balanceaba y se sacudía con demasiada rapidez. Por la manera en que operaban, pensé que si hubiese seres humanos a bordo se habrían convertido en carne picada en el primer viraje: volaban de forma sumamente veloz y errática, y al cambiar de dirección casi instantáneamente, la fuerza centrífuga debió de ser espantosa.

Esa fue la razón principal por la que supuse que debían de ser misiles robóticos guiados.

Sea como fuere, perdí el interés en mi misión de búsqueda y decidí que debía dirigirme a Yakima a reportar el asunto. En mi avión, para ahorrar peso y poder despegar a gran altitud desde pistas cortas, no llevo demasiado equipo de radio; solo un transmisor pequeño para contactar con torres de control cercanas. No podía enlazar con la torre de Seattle, ni con la de Tacoma o McChord. Simplemente mantuve el rumbo en la misma dirección que habían tomado los objetos, atravesando la Cordillera de las Cascadas hacia Yakima. Estaba completamente seguro de que los observadores del servicio forestal apostados a lo largo de la cordillera no podían haber pasado por alto semejante formación, dado el tamaño y la claridad de los objetos. Más tarde me enteré de que efectivamente los avistaron, pero elevaron los informes a sus superiores, y si de ahí pasaron a algún lado, supongo que fue al Pentágono. Lo desconozco. 

En Yakima conocía a los pilotos, entre ellos a Al Baxter, gerente general de Central Aircraft y examinador de la CAA (Administración de Aeronáutica Civil). Le describí todo en detalle: que carecían de cola, su tamaño aproximado, su velocidad inaudita y su capacidad de aceleración. Éramos amigos desde hacía mucho tiempo, de modo que Baxter sabía que yo no inventaría un informe así. Uno de los pilotos de helicóptero presentes comentó: «Bueno, Ken, creo que probablemente viste algunos de esos misiles guiados de Moses Lake». Pensé que bien podía tratarse de eso y me quedé conforme con la explicación, aunque jamás había oído hablar de una base de misiles en Moses Lake, Washington. 

Cargué combustible y continué vuelo hacia Pendleton, Oregón. En el trayecto calculé matemáticamente la velocidad y, cada vez que repasaba los números, el resultado arrojaba más de 2700 kilómetros por hora. ¡Era inconcebible! Incluso medí la base de las montañas –tanto el Rainier como el Adams– en mis cartas aeronáuticas, tomé la lectura mínima de 37 kilómetros y volví a calcularlo; aun así, la velocidad superaba las 2100 kilómetros por hora. 

Estando en Pendleton sentí que era mi deber informar al FBI. Sabía que durante la guerra se habían enviado aviones a Rusia a través de las regiones polares y consideré la posibilidad de que los objetos fuesen soviéticos. Sin embargo, la oficina del FBI estaba cerrada. Me dirigí entonces a la redacción del periódico local para hablar con el editor del East Oregonian, Noland Skiff. Le relaté la historia completa portando mis mapas, ya que quería ofrecer la descripción más precisa posible; sentía que era mi obligación ciudadana.  Antes de que terminara la tarde, me encontré sitiado. Me acribillaron a preguntas. Los reporteros estaban tan ansiosos por ganarse la primicia unos a otros que apenas escuchaban media docena de palabras mías, me lanzaban seis o siete preguntas y salían corriendo a imprimir la nota. Naturalmente, muchas de esas crónicas resultaron distorsionadas e inexactas.  La noticia se difundió por los cables de las agencias y al poco tiempo estallaron reportes de otras personas que aseguraban haber visto lo mismo.

Antes de que concluyera la noche, recibí llamadas de larga distancia desde Londres, de grupos religiosos y de gente que creía que se trataba del fin del mundo. Y durante todo ese tiempo, yo seguía convencido de que eran aeronaves militares y que el ejército había encontrado esa curiosa veta para filtrar la existencia de sus nuevos desarrollos. 

Yo no tenía la menor idea de antecedentes de anomalías celestes. De niño me habían enviado a la escuela dominical de la Iglesia Congregacional, donde me hablaron de Ezequiel y sus visiones en el cielo, pero carecía de información sobre avistamientos similares al mío.

Tras pasar tres días en Pendleton sin pegar un ojo, leyendo los ríos de tinta sobre mi caso y enterándome de una oleada de nuevos reportes, quedé estupefacto. Sentí que la situación se estaba desmadrando por completo. ¡Era mi bautismo de fuego con la prensa y con lo que los periodistas son capaces de poner en palabras! ¡Vaya que viven vidas interesantes!

Entre tanto, llamé a mi esposa. Estaba muy preocupado por su reacción, dado que me esperaba en casa dos días antes. Finalmente fui al aeropuerto, encendí el motor, despegué y regresé a mi hogar. 

Al llegar me esperaba Dave Johnson, editor de aviación del Idaho Statesman, notificándome que desde el aeródromo Wright-Patterson solicitaban una descripción exhaustiva y exacta de lo acontecido. Associated Press, United Press y corresponsales de otros diarios demandaban exactamente lo mismo, pero yo no tenía nada nuevo que añadir.

La confirmación definitiva llegó el 4 de julio de 1947, cuando el capitán E. J. Smith, al mando de un DC-3 de United Airlines, hizo escala en Boise. Al aterrizar, alguien le gritó desde la pista: ¿Ha visto ya algún platillo volador?, a lo que respondió con sorna: Los creeré cuando los vea. Es un hombre enorme, parece casi tan grande como su propio avión, y es un sujeto magnífico. Pues bien, lo crean o no, a los nueve minutos de despegar divisó nueve de ellos sobre Emmett, Idaho; cuatro en un grupo y cinco en otro, si mal no recuerdo. Tuvo una visibilidad perfecta y toda su tripulación los contempló. Aseguró que cuando se marcharon, lo hicieron a una velocidad vertiginosa. Los describió idénticos a los que yo había visto, excepto por ser bastante delgados y presentar una superficie ondulada en la parte superior. Sostuvo que, a su parecer, eran circulares. Desde luego, los que yo observé no eran discos, sino que tenían forma de media luna.

EL «GRAN MALENTENDIDO»

En el ínterin, se produjo un enorme malentendido, porque cuando Bill Bequette de la United Press me interrogó sobre su dinámica de vuelo, le respondí: «Bueno, volaban de forma errática, como un plato (saucer) si lo lanzás saltando sobre el agua»; y así fue como nació el término «platillos voladores» (flying saucers).

BILL BEQUETTE.

Poco después recibí la visita de la inteligencia militar de la Cuarta Fuerza Aérea. El capitán Davidson y el teniente Brown se mostraron sumamente corteses; su interés radicaba fundamentalmente en el aluvión de correspondencia que yo estaba recibiendo. En total, me llegaron cerca de diez mil cartas de todos los rincones del planeta. Fue tal la marea de visitantes que durante casi tres años nuestra casa parecía la estación Grand Central.

La división A-2 de Inteligencia Militar negó de plano que el gobierno estadounidense poseyera tales artefactos. Es más, declararon que, hasta donde tenían constancia, ninguna otra potencia de la Tierra disponía de tecnología semejante. Para entonces yo estaba convencido de que nadie tenía la menor idea de qué se trataba. De hecho, los oficiales de la A-2 me confesaron abiertamente que tanto su propio personal de tierra como varios de sus pilotos los habían avistado.

La mayoría de la gente hoy en día ignora que, a finales de 1947 y durante 1948, se emitió una directiva estricta para todo el personal militar de cualquier fuerza: aquel que avistara uno de estos objetos y no lo reportara exclusivamente a la oficina de Relaciones Públicas del ejército se exponía a una multa de diez mil dólares y a diez años de prisión. Si lo que se buscaba era disuadir el interés público en los platillos voladores o los ovnis, esa medida resultó infalible. Ralph Blum, quien tuvo acceso a los archivos oficiales, sacó a la luz esta directiva en la edición de enero de 1975 de la revista True. Yo ya sabía de la existencia de tales órdenes desde 1948 y jamás logré comprender por qué se le privaba al público general del valioso testimonio y respaldo de cientos de testigos militares.

Como sea, mi avistamiento de 1947 transformó mi vida por completo. No solo me ha fascinado el asunto, sino que he invertido una gran cantidad de tiempo y dinero grabando testimonios de otros pilotos y ciudadanos respetables que pasaron por experiencias idénticas. Y he constatado que, en paralelo a estos avistamientos de ovnis, se manifiestan otros fenómenos asociados. Ocurren cosas de lo más extrañas: personas que se ven súbitamente desplazadas de su entorno, apareciendo en regiones totalmente distintas del país sin la menor noción de cómo llegaron allí. 

Sospecho que la inteligencia militar estaba bastante más interesada en los personajes que me visitaban que en mi propio avistamiento. Muchas de estas personas se solidarizaban con mi situación porque yo había arriesgado mi reputación; estaba encadenado a mi informe. No tenía dónde esconderme, a pesar del trato hostil de ciertos sectores de la prensa. Así que la gente acudía a mí sabiendo que yo los escucharía, y registré una enorme cantidad de sus vivencias. El rompecabezas se vuelve cada vez más intrincado. 

En las más de tres décadas transcurridas, jamás he intentado convencer a nadie de la existencia de los ovnis. Mi respuesta invariable es: «Cuando veas uno por ti mismo, lo sabrás». Desde luego, me encantaría contar con una prueba física irrefutable, de tuercas y tornillos, que nos confirme que no estamos ante ilusiones o experiencias de índole psíquica. Que son objetos reales, físicos; algo que si te cayera sobre el dedo del pie, te haría gritar del dolor. 

Recuerdo un caso específico que me confiaron. Le ocurrió a una joven familia en Tacoma, Washington. Su hijo de doce años desapareció misteriosamente y, tras un rastreo masivo, lo hallaron en Lusk, Wyoming. No tenían familiares en ese estado y el pequeño, al ser localizado, ignoraba por completo cómo había viajado hasta allí. Fue un enigma absoluto. 

He escuchado otros relatos de este tenor; sin embargo, son tantas las vertientes del fenómeno que nadie atina a descifrar qué está ocurriendo en verdad. 

Una mujer llamada Ellen Jonerson en Canby, Oregón, graduada universitaria y una persona de indudable lucidez, llegó a ver a un humanoide. Quedó estupefacta al ver a un hombrecito cruzar el porche de su casa y, caminando erguido, pasar por debajo del estribo de un automóvil Dodge de 1937. No medía más de nueve pulgadas de estatura y sus facciones eran plenamente humanas. Su actitud no era hostil. Tenía la piel muy oscura, vestía una especie de enterito corto y una camisa a cuadros. Pudo observarlo en detalle y, cuando le pregunté si no había sentido el impulso de aproximarse, me contestó: «Creo que debí haber corrido a atrapar al pequeño». No obstante, el ser se perdió entre la hierba y nunca más volvió a verlo.

HOMBRES VOLADORES

Otras de mis grabaciones recogen testimonios de personas que afirman haber visto hombres voladores, lo cual debo admitir que me perturba un poco. 

CHARLES FORT (1874-1932), autor de «El libro de los condenados».

Existen registros históricos compilados por Charles Fort, como el de unos ciudadanos en Louisville, Kentucky, hace un siglo, que divisaron a un hombre que portaba un mecanismo en su espalda y se dedicaba a sobrevolar la ciudad, ¡sin avión, sin alas, ni nada! Yo mismo entrevisté a una señora aquí en Washington, Viola Johnson, quien avistó a tres hombres con trajes de vuelo y los describió de forma impecable. Desplazándose a escasa altura por encima del cableado telefónico, a la vista de varios vecinos. Supongo que mucha gente atraviesa trances similares pero prefiere llamarse al silencio, conscientes de las canalladas que los periodistas pueden hacerle a personas perfectamente sinceras y honestas.

Otra mujer, la Sra. Zaikowski, observó a un hombre volador en Chehalis, Washington. Llevaba unas extensas alas plateadas y planeó a unos 60 metros por encima de su granero. Un grupo de escolares de corta edad también lo divisó y corrió al patio trasero para apreciarlo mejor. El sujeto se alejó suspendido lentamente rumbo al valle y desapareció.

Son ciudadanos responsables quienes relatan estas experiencias y no nos queda más que darles crédito. Aunque a veces les sucedan a personas que no gozan de tal reputación, sus historias probablemente sean igual de auténticas. Todo el asunto parece carecer de lógica, no muestra pies ni cabeza, pero le sigue ocurriendo a multitud de personas en el mundo entero. 

Un piloto de pruebas de Boeing a quien conozco me confió la siguiente experiencia: se encontraba comandando un vuelo de ensayo desde Seattle a Ciudad de México, con retorno programado a Seattle antes del mediodía. A esa velocidad operaba el aparato: volaba a unos 2400 kilómetros por hora, duplicando la velocidad del sonido. Afirmó que mientras sobrevolaba California a unos 20.400 metros de altitud, observó una flotilla de platillos u ovnis. Exhibían coloraciones diversas: algunos eran rojos, otros amarillos, unos de consistencia densa y otros opacos. De pronto, un objeto negro de gran tamaño se desprendió del grupo y se posicionó exactamente junto a la punta de su ala, a escasos tres metros de la cúpula transparente de su cabina. Dijo que se asemejaba a una gigantesca manta raya pero sin cola, que presentaba un fulgor característico en el contorno de sus aletas y que superaba en dimensiones a su propio avión. Podía percibir el sutil ondular de su superficie de la misma forma en que una raya se ondula en el océano. Aquella «cosa» negra –él estaba convencido de que era un organismo vivo– lo escoltó durante cinco o seis minutos y luego se disparó, ¡dejándolo atrás como si su avión estuviese completamente inmóvil! No daba crédito a sus ojos: sus instrumentos confirmaban que marchaba a 2400 kilómetros por hora y el objeto simplemente se evaporó en el espacio. 

Esa misma impresión me quedó a mí tras volver a avistar estos mismos fenómenos en 1952. Dos de ellos pasaron debajo de mi posición en Mount Lassen. Logré registrarlos en filmación cinematográfica: uno se apreciaba tan sólido como un automóvil Chevrolet; en cambio, el que lo secundaba era translúcido, al punto de que podían divisarse los pinos del suelo a través de su estructura. 

Yo también guardo la íntima convicción de que estamos ante algo vivo, más que ante máquinas organizadas. Con esto quiero significar que si uno ve un caballo transitando por la calle y a su vez un automóvil, químicamente podrá argumentar que ambos se componen de átomos y moléculas, pero uno constituye una entidad vital en sí misma y el otro no. Esto me induce a pensar que, ya sea que estos objetos posean vida propia o constituyan autómatas tripulados por una inteligencia, ostentan la facultad de alterar su densidad molecular sin perder por ello su identidad. 

Cuando uno se dedica a recopilar y ordenar cronológicamente estos casos, parece emerger un patrón común. Qué significa dicho patrón es algo que considero que nadie sabe en la actualidad, y tengo la certeza de que los militares tampoco lo descifran.

Mi experiencia con Samuel Eaton Thompson es demasiado extensa para detallarla aquí, pero conservo un registro magnetofónico que abarca la mayor parte de sus declaraciones durante el día y medio que compartí con él. Thompson era un vecino de Centralia, Washington, que aseguraba haber estado a bordo de una nave procedente de Venus. Su vivencia aconteció los días 26, 27 y 28 de marzo de 1950 y la razón por la que decidí entrevistarlo fue que, mientras volaba hacia Seattle a finales de marzo de ese año, la torre de control de Toledo me llamó por radio –conocían la matrícula de mi avión– para advertirme que el ejército había tomado la zona tras un suceso físico muy extraño ocurrido en plena noche. Uno de esos globos luminosos había descendido en un terreno baldío a las 3:00 A.M. Thompson tomó contacto con estos tripulantes del espacio y permaneció en su interior durante unas setenta y dos horas. 

Es un relato verdaderamente inusual y el hombre denotaba una sinceridad absoluta. Me detalló todo lo relativo a estos seres de Venus y la morfología de su nave. Convivió con ellos un tiempo, según sus palabras, y mucho de lo que exponía guardaba una lógica muy sensata y razonable; no se trataba de un fanático religioso en absoluto. Lo invité a cenar y tuvo oportunidad de conocer a mi esposa y a mi familia. Concluyo que su historia bien puede ser real; no me parecía un hombre con la imaginación suficiente para inventarse un sándwich de jamón a menos que se lo estamparas en la cara. Me expuso exactamente lo que le sucedió y eso es todo cuanto sé al respecto.

Solo puedo dar fe de las cosas que mis propios ojos han visto y de lo que me ha tocado experimentar en primera persona.

Fuente: Archivos de Ignacio Darnaude. Indicación cortesía de Martin Kottmeyer.

RELACIONADAS

El que prescribe

Alejandro Agostinelli, editor de este blog, es periodista desde 1982.

Fue redactor de las revistas Conozca Más, MisteriosEnciclopedia Popular Magazine Gente, y de los diarios La prensaPágina/12. Fue uno de los impulsores de la Fundación CAIRP y escribió y asesoró a la revista El Ojo Escéptico. También fue productor de televisión en Canal 9 y América TV. Fue secretario de redacción de las revistas de divulgación científica Descubrir NEO y fue editor de una docena de colecciones de infomagazines para la revista Noticias y otras de Editorial Perfil. Últimamente ha colaborado en las revistas Pensar, publicada por el Center For Inquiry Argentina (CFI / Argentina), El Escéptico y Newsweek.

Fue creador del sitio Dios! (2002-2004) y del blog Magia crítica. Crónicas y meditaciones en la sociedad de las creencias ilimitadas (2009-2010). Es autor de Invasores. Historias reales de extraterrestres en la Argentina (Random House, 2009).

Asesoró a Incoming, el noticiero de Canal Infinito (2009-2011) y escribió la columna Ciencia Bruja en Yahoo! Argentina y Yahoo! español (2010-2012). Asesoró a las productoras SnapTv y Nippur Media en la producción de documentales históricos y científicos para NatGeo (2011-2013).

Contacto: aagostinelli@gmail.com
Alejandro Agostinelli en Twitter
Alejandro Agostinelli/Factor 302.4 en Facebook
+ info sobre el autor, Wikipedia en Español
+more info about Wikipedia English