En 1997, Javier Agostinelli enhebró recuerdos de una infancia compartida con su casual encuentro, veinte años después, con la fotógrafa, conductora y actriz Ernestina Pais (1972-2026), fallecida el pasado viernes.
Parece un cuento, pero es la conmovedora historia de una deuda imposible.
El terrible accidente que le costó la vida a Ernestina sacudió amargamente la memoria familiar. Mi hermano Javier y yo compartimos con Ernestina y su hermana Federica momentos inolvidables de nuestra infancia, unidos por la amistad entre el padre de ambas, el arquitecto José Miguel Pais, y el nuestro, Jorge Agostinelli.
Militante del ERP-22 de agosto ERP, el Negrito Pais –como lo recordamos– fue secuestrado por los militares de la dictadura el 16 de agosto de 1976. Desde entonces continúa desaparecido.
Por Javier Agostinelli
A Miguel.
“Mañana vas a conocer a Ernestina.”
Sabía que la iba a conocer. Tenía mi estudio fotográfico en venta y la gente que manejaba el tema inmobiliario había hecho el primer contacto.
Ajustamos delicadamente el horario, quedamos el martes a las cinco.
Anoté sábado.
El primer intento por conocernos se había esfumado. El desacierto de mi lapicera, la traición del papel, la conspiración. Se dejó anotar sin resistencia: sábado.
Y claro que la conocía. Podía fabricar su sonrisa en mi memoria con cierta prolijidad. A pesar del tiempo transcurrido podía detener por un frágil instante su rostro en mi mente.
Pero no conocía a esta nueva Ernestina.
“Mañana la vas a conocer”.
Entonces pensé en Chile.
Tenía once años y estaba de vacaciones con mi viejo y mi hermano Alejandro. Fuimos también con Miguel, amigo de papá, un tipo extravagante y cariñoso que no le daba demasiada importancia al tema de la edad. Él hablaba de lo mismo conmigo o con mi viejo. Con el mismo tono, con la misma complicidad. No omitía ni una sola palabra compleja por el hecho de que yo fuese de once. Al menos ese es el recuerdo que llevo dentro, de esos días en que Salvador Allende había sido derrocado, las muertes y secuestros eran un comentario solapado –y tal vez por eso– al querer comprar un helado de limón en las playas de Viña del Mar, el heladero me dijo, seco y célebre: «¡Hoy hay de frutilla, todos de frutilla, como cuando en este país comunista no se podía elegir!» Supongo que eso es lo que él interpretaba que había pasado en su país, o lo que yo creía que le pasaba al heladero, o tan solo quiso convencerme de que le comprara de frutilla, que era lo único que le quedaba en ese cubo de telgopor barato lleno de calcomanías de cosas que ya no existían. O quizás tenga mucho de fantasía y este sea solo un pequeño fragmento de una historia entre un heladero y un chico de once años que muy lejos estaba de saber de socialismos, luchas de poder, muertes, yin yang, el bien, el mal y la biblia junto al calefón.
De todas formas, ese verano en Chile sirvió para saber que todo hombre tiene su precio.
En ese verano supe que valía.
“Mañana conozco a Ernestina.”
—Es una chica que saca fotos, como vos –me dijeron–. Quiere ponerse un estudio por la zona. Le interesó visitar tu estudio porque así ve algo más o menos armado.
—Se ve que lo quiere para trabajar –aseguró con aire de martillero.
Con Miguel teníamos charlas de guerra. Por ejemplo, cómo conquistar Chile.
«Partimos Chile en cuatro –anunciaba enérgico contra una hoja rayada–, cortamos las rutas, separamos la fuerza aérea de la marina y en una semana Chile no existe más. No tienen por dónde escaparse; el país es una tripa, no puede resistir una estrategia como esa.»
Hacía un silencio fuerte, lo escuchaba, me hablaba a mí; yo no entendía ni siquiera si eso estaba bien o mal. Me planteaba una hipótesis de conquista.
Mientras me tomaba un vaso gigante de chocolate que la nona había preparado y con una mano en el brazo del sofá, como queriendo imitar su pose adulta, yo pensaba en su teoría de la guerra y en mi vaso de Nesquik.
Después se prendía un Parisién y se quedaba pensando. Al rato me miraba.
—Me parece que eso está mal, Miguel –le decía–, pero medio preguntando.
—A mí también –contestaba, y sonreía de costado mientras revolvía su Cinzano.
Después cada uno andaba en la suya: él cuidando de su mujer y sus dos hijas, charlando con mi viejo; y yo, entretanto, me acuerdo muy poco de qué hacía con el tiempo realmente.
Mañana vas a conocer a Ernestina. Es la misma, pero la vas a tener que conocer de nuevo. Vas a tener que fabricar de nuevo su cara, su sonrisa.
Vas a tener que multiplicar tu recuerdo por veinte. Después por trescientos sesenta y cinco.
Setenta y tres.
Siete mil trescientos… empezar de nuevo.
Con Miguel teníamos campeonatos de metegol. Él era un fenómeno. Pero a la semana ya jugábamos casi parejo. No podría precisar hoy si él se aseguraba algunas victorias mías o si realmente la práctica semanal había tenido éxito.
Todos los días, frente a la playa, Miguel aparecía con algunas fichas para el torneo. Teníamos que apostar por algo. Claro que él podía apostar plata, pero yo no tenía.
Miguel propuso las horas de esclavitud.
Cada vez que yo perdía un partido era media hora de esclavitud. Cada vez que yo ganaba eran algo así como 1000 escudos, que para ese entonces eran muchas fichas para jugar a cualquier cosa.
Al principio las medias horas de esclavitud funcionaban de corrido. Si le servía un Cinzano Amaro con hielo, el tiempo iba de corrido, así que se gastaban muy rápido y las medias horas acumuladas eran fáciles de pagar. Llevaba siempre ventaja.
Era más valioso mi tiempo que su plata. Descubrí que tenía algo que valía, que nunca antes había notado.
Yo.
A la semana hubo una renegociación. Para Miguel el trato era injusto, por más que fuera él quien lo había planteado. Dio el golpe inflacionario.
A partir de ese momento las medias horas eran acumulativas y dejaban de correr cada vez que terminaba una acción. De esa manera, ir a comprarle cigarrillos eran veinte minutos y se sumaban a los cuarenta de lavarle el auto.
Por lo tanto mis horas valían menos, pero yo jugaba infinitamente mejor al terminar el verano.
Quedé debiéndole tres horas veinte minutos, que las perdí el último día de vacaciones.
Él no quiso que yo se las comprara con la plata que le había ganado.
De todas maneras, nunca más volvimos a jugar.
Sé que en agosto del 76, diez días después de mi cumpleaños, a Miguel se lo llevaron de un bar los milicos y nadie más lo volvió a ver.
Hoy conocí a Ernestina. Abrí la puerta y le vi los ojos del viejo. Entró como si no me conociese, se detuvo en el centro de mi estudio a mirar las paredes, el piso, las ventanas y otra vez, como cuando uno lee y está en otra cosa, lee y relee el mismo renglón cien veces.
—Vos sos… –me preguntó.
—Sí, soy yo. Y vos, la hija de Miguel –aseguré.
Y como queriendo reconstruir de manera rápida y equívoca la imagen que tenía en mi recuerdo, por veinte años, de ella, pensé que jamás la hubiese reconocido sin no me hubieran avisado quién era.
—Tengo una foto en la que salimos los cuatro: tu hermana Federica, mi hermano Alejandro, vos y yo haciendo una montaña de arena. Salimos en la primera plana del diario El Mercurio anunciando un torneo de castillos de arena en el que jamás participamos. No sé por qué, pero cuando salió lo guardé y nunca más pude deshacerme de ese recorte amarillento.
Fue en el verano de 1976, en Chile.
También recordé que algunos viejos muebles del estudio los había diseñado Miguel. Pero eso jamás se lo dije.
La miré a sus ojos extrañados y agridulces de no saber qué sentir, y en ese momento –como si el tiempo fuese un pequeño rompecabezas que nunca termina de armarse y un laberinto hecho con excusas de volverse a encontrar– la abracé fuerte y pensé:
Te debo tres horas veinte minutos de esclavitud.
Javier Agostinelli, 28 de junio de 1997
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