En el año 2008 encontré una nota publicada en la revista Siete Días sobre un animal imposible, una especie de «marciano» teñido de verde. Mi primer impulso fue compartirla con Mariano Moldes, mi «Google personal». Pero él ya no me podía ayudar.
Las dificultades económicas de Silvano Di Venanzo, electricista nómade, ya que en La Cocha, población al sur de Tucumán, no hay electricidad, parecían haber llegado a su fin. En el paraje La Invernada comenzaron a correr versiones sobre el aterrizaje de un plato volador. Por esos días, Di Venanzo, en su juventud ilusionista de circo, había capturado un manyuato, raro ejemplar de la familia de los hurones, una especie de mono con cara de zorro que emite un sonido similar al llanto de una mujer. El espécimen tenía una particularidad: poseía tres manos en vez de dos. Era tan extraño que un vecino dijo en broma que parecía venido de Marte. Di Venanzo pescó la idea al vuelo. Pronto logró que el Instituto Miguel Lillo certificara que el animal pasaba a integrar una ‘especie no identificada’. El viejo buscavidas sumergió a la criatura en anilina verde y recorrió la provincia para exhibir al manyuato marciano a razón de 100 pesos por persona…”

MAPACHE CANGREJERO (Procyon cancrivorus), conocido también como mayuato o manyunato, o aguará popé (*).
Esta deliciosa crónica se publicó en la revista Siete días el 11 de agosto de 1968. Cuando la descubrí entre carpetas viejas supe que Mariano Moldes iba a disfrutar como un enano del hallazgo. La escanée y se la envié enseguida. Era el 2 de enero del 2008. ¡La historia del manyuato le iba a encantar! Mariano sabía todo lo que hay que saber sobre zoología, todo lo que cabía sospechar sobre criptozoología y recordaba todo lo que él mismo había imaginado en sus cuentos sobre criaturas fantásticas, algunos parecidos a esta noticia. Además, sólo él hubiera sabido responder si existía un animal llamado manyuato, pese a que a finales de los años sesenta el Instituto Miguel Lillo ya era una institución académica respetable y, por fin, saber qué le parecía la historia, para mí demasiado buena para ser cierta. Porque cuando yo no encontraba una respuesta rápida sobre cualquier cosa en Internet, Mariano no solo era mi amigo, también era mi «Google personal». (Cuando mis dos hijas, hoy mayores, me llamaban así, yo sonreía y pensaba: «si supieran»).
Mariano Moldes ya no iba a leer la historia del manyuato. Mariano estaba en coma. El 27 de diciembre de 2007 había sufrido una complicación respiratoria aguda y su familia debió internarlo de inmediato en el Sanatorio Mitre. Moldes, el biólogo que obtuvo su licenciatura en la Universidad de Buenos Aires casi “para cumplir”, porque para él la ciencia estaba en otra parte, moría pocos días después, el 5 de enero.
Mariano era biólogo, pero decir eso es apenas una rodaja de la verdad. Sus conocimientos abarcaban decenas de campos: filosofía, literatura, zoología, medicina, botánica, pseudociencias, cine, televisión… Tenía un humor filoso donde combinaba la erudición de tipo de barrio con una mentalidad flexible pero científica. Moldes había nacido en Buenos Aires el 19 de abril de 1966. Alumno del Nacional Buenos Aires, se había recibido de Profesor de Inglés en la Asociación Argentina de Cultura Inglesa y, en 1996, de licenciado en Ciencias Biológicas. Tan poca estima tenía por la Academia que le costaba imaginarse dando clases en Exactas. Porque confiaba más en la periferia, en los alumnos que, como él, habían hecho buena letra para ser eficaces investigadores y, por razones que él iba a comprender, terminaron fundidos por la burocracia, las arbitrariedades o ciertas figuras funestas enquistadas en la Universidad. Para Mariano, esos estudiantes se habían esforzado más que los graduados, y había que rescatarlos de los márgenes para crear una red científica alternativa. En eso estaba cuando su cuerpo decidió que no iba a vivir el resto de su vida conectado a un respirador.
Para Mario Bunge, Moldes era un colega. Lo consideraba un filósofo porque sus escritos inéditos, algunos de los cuales el epistemólogo argentino leyó, le revelaron que lo era. Mariano, en cambio, se definía como un cuentapropista de la ciencia. Su cerebro era una esponja de conocimientos que no se resignaba a almacenar, sino que procesaba incesantemente en ensayos, artículos, libros y conversaciones informales. Hablaba rápido y había que estar atento para capturar sus razonamientos. Y al revés, pese a que parecía distraído, ponía mucha atención a sus interlocutores. Su chispa, su capacidad para sacar conclusiones, así como sus excentricidades, completaban el cuadro de una personalidad extravagante. Que no siempre mostraba una cara bonita: si alguien le caía mal, se lo enrostraba sin filtros. Hasta en esos desplantes ponía su dosis de altruismo: Mariano creía que decir “verdades dolorosas” podía ayudar a quienes no le simpatizaban a ser mejores personas.
Famélico consumidor cultural, siempre tenía a mano alguna metáfora popular para asestar a la mandíbula: si tropezaba con algún contreras y le ganaba el tranco, comparaba su sensación de victoria con la de “el gordo fascista de South Park”; si sentía perdedor estaba “como el personaje de Michael Caine en Sangre y vino”; y si un colega metía la pata, le recordaba que si un alumno suyo hubiera cometido un error parecido “le hubieras encajado un 0 y le hacías poner la cabeza de molde para trazarlo”.
Nos juntamos en un café días antes de la Navidad del 2007. Llegó al bar sudoroso. Con frío, con sol o con lluvia, Mariano siempre salía a correr en musculosa. Esa tarde lo vi, por primera vez, preocupado por su salud. Me dijo que había decidido ir al médico por un problema respiratorio. Como tantos escépticos, que después de todo también son seres humanos, suspendía su escepticismo a la hora de enfrentar dilemas personales. Que estuviera por visitar al médico me provocó emociones opuestas: me alegró porque nunca prestaba atención a su salud o se automedicaba, y me alarmó porque sabía que solo iría al médico si algo lo asustaba.
De Marte nos vigilan
Dos semanas después, un amigo común me comunica la triste noticia de su fallecimiento. Hoy tenemos la oportunidad de recordarlo a través de sus textos. Varios de sus artículos están en internet, especialmente algunas notas que publicó en El Ojo Escéptico (1994-1997), Descubrir (1997) , Dios! (2002-2003) y Pensar (2005-2007).
Nunca redactaba sus mails a las apuradas: eran cartas escritas con cariño y placer por el texto trabajado, como las que solíamos echar al correo postal antes de la web. Nunca las borré. Todas eran piezas admirables, que vale la pena releer. Cada tanto le respondía con la frase de Carlitos Balá cuando terminaba sus bromas telefónicas: “¡Lástima que no lo pueda compartir!”. Casi siempre me permitía reenviar esas breves gemas. Mariano tenía proyectos literarios. De divulgación científica. Libros, muchos: algunos empezados, otros cancelados y no menos de dos novelas terminadas, que cajoneó en pos de nuevas ideas, que le surgían a borbotones. ¿Sus temas preferidos? Criptozoología, neorracismo, biotecnología, genética, pseudologías, modelos de procesamiento del conocimiento científico…
Era muy joven cuando se acercó a la Asociación Ornitológica del Plata (AOP). Para sus miembros tradujo Birds of La Plata, de William Henry Hudson, considerado el primer ornitólogo argentino. Los conocimientos de Mariano sobre el prodigioso mundo de los pájaros eran formidables. Una noche, mi hermano Javier encontró a su pájaro desmayado. Me llamó en plena madrugada para preguntarme si no podía llamar a Mariano y preguntarle qué hacer. Su esposa estaba desolada. Mi amigo se vistió, se tomó el primer taxi y curó al pájaro, un ejemplar del que se enamoró porque tenía un “humor extraño”. Javier le contó que volaba como un loco por la casa y picoteaba en la cabeza a todo aquel que se le acercara. Mariano le aconsejó que apagara la luz por las noches: había que respetar sus ciclos de sueño. Aquel hermoso pájaro sin pedigrí pero de carácter excepcional se calmó y sobrevivió. Nunca sabré si Mariano conocía la increíble historia de Silvano Di Venanzo, el electricista nómade de La Cocha, y la de su mascota marciana, el manyuato bañado en anilina que vaya uno a saber si lo hizo millonario. Tampoco sé, y me resigno a no saber, si me hubiera podido ayudar a identificar al raro animal. Solo sé que ahora, cuando a Mariano se le apagó la luz, seguiremos despiertos rescatando y leyendo sus textos. Todavía tiene mucho por decir. Por eso confío en que sigue entre nosotros.
(*) En 2009, el dato preciso fue cortesía del periodista e investigador Scott Corrales, cuando todavía no existía la entrada de este curioso mapache en Wikipedia.
Primera publicación: Magia Crítica, 20 agosto de 2009, Crítica Digital. Luego fue resucitada por Max Seifert en Magia Crítica II. Se recomienda ingresar para leer los comentarios.
«Pseudociencia en Biología». Conferencia de Mariano Moldes (1966-2008), Buenos Aires 2005.
ENLACES EXTERNOS
Mariano Moldes, una mente brillante que nació en el país equivocado
Mariano Moldes (1966-2008) El filósofo en musculosa
Mariano Moldes, el hombre que sabía demasiado
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