Un viaje sociológico por los miedos, sueños y mitologías de los argentinos, desde ficciones como El Eternauta hasta fenómenos híbridos, como los ovnis, las sectas y el lavado de cerebros.
En este reportaje, Alejandro Agostinelli reflexiona sobre fenómenos culturales, la manipulación de los miedos sociales, el rol de los medios y las teorías disparatadas postpandemia. Además, anticipa de qué va Argentina X, su inminente libro sobre experiencias e historias extraordinarias.
por Lautaro Ortiz / Fotos: Verónica Bellomo
Desde el estreno de El Eternauta como serie, una de las palabras más buscadas en la web fue invasión. Ese dato que arroja cualquier motor de IA, no pasa inadvertido teniendo en cuenta las resonancias directas y simbólicas que tiene esa palabra en la historia de este país. El concepto de invasión, tan entreverado con el de civilización y barbarie, y lindante a idiologemas como “aluvión zoológico” y la lugoniana “plebe ultramarina”, forma parte del glosario político, cultural y social de la gran biblioteca argentina. Si bien los internautas (asegura IA) buscaron esa palabra en relación a un hipotético ataque alienígena, la idea sigue siendo la misma, porque, como argumentaría Eluard, “si hay otro mundo, está en este”.
ANÁLISIS SOCIOLÓGICO. Esta es una versión ampliada de la nota publicada el pasado 23 de junio de 2025 en Página/12, titulada “El Eternauta, las invasiones y la credulidad” y subtitulada “Un análisis de carácter sociológico sobre los miedos y sueños de los argentinos” (el entrevistado aclara en la nota que no es sociólogo).
Y uno de los libros claves de esa biblioteca nacional es, sin dudas, Invasores. Historias reales de extraterrestres en la Argentina (2009) del narrador y periodista Alejandro Agostinelli donde recopila, documenta y analiza numerosos relatos y vivencias extraterrestres, ofreciendo en sus páginas un tapiz único de carácter sociológico a través del cual se pueden leer las creencias, los miedos y los sueños de muchos argentinos. “No soy un científico, ni siquiera un ensayista. Mi experiencia es la de un cronista curioso, interesado en las ciencias sociales y el pensamiento crítico”, aclara, mientras espera la salida de su segundo libro Argentina X (Fondo de Cultura Económica, 2025): “una selección de investigaciones, crónicas y perfiles inéditos sobre historias humanas de lo improbable”. Realizador junto al cineasta Leandro Bartoletti, del programa “Misterios Sin Verso” que puede verse en YouTube, y hacedor del ya mítico sitio FactorElBlog.com que lleva 15 años de existencia, Agostinelli se dispuso a conversar, con El Eternauta de por medio, sobre la credulidad, y nuestras propias invasiones.
—Empecemos por dos ejes: credulidad y experiencia. ¿Creer en fenómenos extraterrestres depende exclusivamente de haber vivido una experiencia personal?
—Si viviste una experiencia directa con algo que tu mente asocia con un evento extramundano, va a ser difícil que te pongas a buscar explicaciones de sentido común, naturalistas o científicas. De hecho, lo habitual es interpretar estas vivencias en arreglo a la ortodoxia de ideas sobrenaturalistas o religiosas, según donde te estaciones en el mapa de creencias. Si bien las experiencias intensas, subjetivas u objetivas, inciden mucho en nuestra forma de abrazar explicaciones alineadas con lo mistérico, lo crucial es, a mi modo de ver, la transmisión cultural. Nada de esto es mecánico porque las elaboraciones y las combinaciones son infinitas, pero un mismo estímulo anómalo puede recibir, según la educación o el aire cultural que respire el testigo, una interpretación paranormal, ufológica, espiritual, satánica y así sucesivamente. Alguien que percibe una vibra maligna puede atribuir esa presencia a una interferencia demoníaca, pero también a un fenómeno extraterrestre, según las lecturas o el ambiente que rodea a esta persona, sea evangélica o aficionada a ideas alienígenas; si alguien educado en la new age, afín a Carl Jung, visita un espacio encantado y tropieza con una foto significativa, creerá que eso fue un evento sincrónico; si esta persona, en cambio, creció en una familia espiritista, esa foto seguramente fue empujada por un fantasma. Y así.
—Creer en esos fenómenos, entonces, está supeditado a la pertenencia cultural y social de cada testigo.
—Sí, pero no solamente; además de la cuestión social, educativa o los gustos literarios o consumos mediáticos, esas experiencias a veces confluyen con necesidades emocionales personalísimas. Algunos elegimos creer para darle un sentido al sufrimiento por una pérdida cercana, un conflicto familiar o una crisis identitaria, cualquier cosa que te lleva a buscar alternativas que te permitan saciar tu necesidad de pertenecer a algo mayor. También influyen experiencias que cuentan personas cercanas, testimonios de vecinos o “pruebas” visuales que generan una sensación de certeza sin mediar la experiencia directa. Otras vivencias están colgadas de experiencias subjetivas más sutiles, como las que usan para interpretar la realidad aquellas personas que descubren señales poderosas en pequeños hechos cotidianos, coincidencias o emociones que son interpretadas como evidencia de lo sobrenatural. Pero ojo, otras veces la experiencia es el camino al escepticismo.

—¿Por ejemplo?
—Te cuento un caso. El sábado 14 de junio de 1980, al atardecer, algo insólito en el cielo llamó la atención de miles de personas: una especie de nube luminosa en forma de anillo cruzó lentamente el horizonte. Era algo grande, tanto que se podía ver desde distintos puntos del Cono Sur. Al otro día esa historia salió en todos los diarios.
—¿Te referís a la llamada “Noche de las dos lunas”?
—Sí, a ésa. En los diarios, decía, hubo relatos impresionantes como el de los controladores de Aeroparque que le dieron pista al “ovni” para que aterrizara. Fueron tantos los observadores que por una vez se sacaron montones de fotografías. Yo tenía 17 años y era parte del Grupo Argentino de Investigación de Fenómenos Espaciales (GAIFE), con quienes concluimos que el fenómeno estaba a más de 200 km de altitud y tenía unos 10 km de diámetro. No emitía luz propia sino que reflejaba la luz del Sol, que todavía iluminaba a esa zona de la atmósfera. En diciembre de ese año presentamos nuestro análisis en un congreso en Mendoza organizado por la Fundación Argentina de Estudios de Ciencia Extraterrestre (FAECE), animada por seguidores de Pedro Romaniuk, el patriarca del plativolismo patrio. Sin tener una respuesta definitiva, considerábamos la posibilidad de que aquel fenómeno se trataba de un experimento espacial de gran altura. Bueno, nuestra hipótesis no gustó: nos abuchearon. Yo entonces ignoraba los códigos ufológicos: la hipótesis extraterrestre es sagrada. Aquel viaje, sin embargo, dio sus frutos. Guillermo Roncoroni, un gerente de IBM experto en fotografía e informática, me invitó a sumarme a la Comisión de Investigaciones Ufológicas (CIU) y colaborar en su revista Ufo Press. También conocí a J. Allen Hynek, el astrónomo que asesoró al Proyecto Libro Azul y más tarde figura central en la ufología estadounidense. Hynek nos contactó con James Oberg, un experto en el programa espacial soviético que confirmó nuestras sospechas: el enigmático anillo luminoso del 14 de junio había sido provocado por la combustión de la cuarta fase que impulsaba a un cohete vector que iba a poner en órbita al satélite Kosmos 1188. Cuando cotejé aquel heterogéneo conjunto de relatos que describían fenómenos extraordinarios con la explicación mundana recibí una lección inolvidable. Si tenía alguna duda sobre la fragilidad esencial de la percepción humana, en esa investigación la despejé por completo. Ahí se me cayó la venda.

–¿Cuándo esas percepciones se convierten en historias dignas de contar?
–Cuando en algún momento se te cruza un destello, una situación quizás cotidiana, quizá una vivencia extrema, no importa qué, pero por sus consecuencias, su densidad o su deriva, te permite comprender algo que no sabías, o no tenías tan claro sobre la naturaleza humana. A mi amigo, el profesor de historia Fernando Soto Roland, le gusta citar al viejo (Alberto) Breccia cuando una vez, casi al descuido, dice: “Detrás de un mito siempre hay un tipo en camiseta”. Claro que a veces no son detalles los que convierten a ciertos casos en historias de novela sino su complejidad, la existencia de contrastes, relaciones con eventos sociopolíticos de magnitud o, simplemente, porque el cronista rescata un suceso invisible o poco apreciado, aprovecha su belleza narrativa y le da, o le restituye, su lugar en la historia.
–¿Cuándo nació Invasores?, ese libro que ya es un clásico del periodismo argentino.
–Era un libro que necesitaba escribir, pero no lo supe hasta que lo escribí. Lo que yo necesitaba era mostrar cómo se podían abordar, contar y tratar estas historias sin renunciar al periodismo profesional. En general, los editores sienten poco cariño por las temáticas en las que me especialicé, por supuesto décadas antes de que la preocupación por las teorías conspirativas fuera mainstream. Si no eran material de relleno, eran fantasías, una buena ocasión para vender revistas. Fueron quince o veinte años de escribir en medios sobre estos temas hasta que encontré cierto remanso en Invasores y luego en FactorElBlog.com.
—¿Cómo trata el periodismo estas historias?
–Lo ejemplifico. En un extremo hay un periodismo excepcional, como el de Daniel Riera en Nuestro Vietnam y otras crónicas (2012). Construye una novela llena de peripecias alrededor del avistamiento de un supuesto ovni en Buenos Aires el 17 de septiembre de 1985, que resultó ser un globo lanzado por la agencia espacial francesa CNES desde Pretoria, Sudáfrica. En el otro extremo, está el periodismo representado por unos cuantos youtubers o reporteros falopa como uno de Crónica TV, que trata de imitar a José De Zer cuarenta años después. Por supuesto, está el periodismo de los noticieros que todavía ponen la música de The X-Files para aclimatar al espectador cuando pasan fotos o testimonios fílmicos que no muestran nada del otro mundo o el tratamiento picante de los programas de streaming, donde hay más chiste fácil que visión educativa. Ojalá algún día los productores jóvenes descubran que los enigmas son una oportunidad para pensar.
–¿Qué propone Argentina X, libro anunciado para agosto de este año, y cuáles son sus claves?
–Este nuevo libro iba a ser una segunda parte de Invasores pero me desvié tanto del plativolismo que se transformó en un potpurrí paranormal, más cerca de unos Argentum X Files y más lejos de las experiencias ufológicas que podrían dar continuidad a esa ópera prima. Por supuesto, como en Invasores, hay extraterrestres y cazadores de alienígenas –empezando por las vidas de J. Posadas, Alejandro Vignati y Fabio Zerpa–, pero predominan los demonios y unos cuantos fantasmas. Se despega de Invasores por esas diferencias temáticas pero mantiene el mismo espíritu de indagación respetuosa de las personas que viven experiencias inusuales y las respuestas que busco en las vidas casi siempre poco extraterrestres de los protagonistas. Quiénes son, por qué eso le pasó a ellos, cómo sus vidas terminaron envueltas por fenómenos fantásticos o imposibles y qué podemos aprender de estas experiencias nosotros, que no las vivimos. Hay historias de los ochenta, como el aterrizaje de un platívolo en Rosario o los enanitos verdes que invadieron La Plata. También varios casos paranormales de comienzos del siglo XXI, como uno muy desopilante sobre una resurrección zombi en Traslasierra o un testimonio de poltergeist bastante dramático en Río Tercero, Córdoba. La premisa nunca es la búsqueda de explicaciones, pero en el proceso de investigación es inevitable que aparezcan pistas. Hay, sí, un deseo por comprender la naturaleza social de relatos que parecen individuales. Esto se ve más claro cuando me tocó entrar en la vida de los gurúes que aparecen en las sierras de Córdoba. Exploré dos de ellos, uno más orientado a cuestiones de salud y otro con una visión apocalíptica, con resultados bastante espeluznantes.
–¿Qué revelan esas historias sobre nuestra sociedad?
–En todos estos años pude seguir de cerca la chisporroteante relación de la sociedad con varias religiones minoritarias, peyorativamente llamadas sectas. En casi todos los casos, los colegas que se acercan a estos temas tienen la argentinísima tendencia de anteponer el prejuicio a la indagación. Cuando el prejuicio dirige la percepción antes que los hechos, se produce lo que la psicología denomina sesgo de confirmación. Que es la tendencia a buscar, interpretar y recordar la información que confirma nuestras creencias previas. Esto afecta el proceso de adquirir conocimientos porque no solo limita la percepción sino que la transforma.
Esta idea de compartir alegremente nuestros prejuicios puede ser entretenida si hablamos de platos voladores, la aparición del lobizón o del monstruo de la semana. Pero causa menos gracia si estamos ante personas castigadas o judicialmente perseguidas por formar parte de grupos heterodoxos. Impresiona la liviandad con que muchos colegas, productores y editores asumen que el llamado “lavado de cerebros” es “una realidad científica” o que existen “grupos coercitivos” manejados por “gurúes psicópatas” dedicados a joderle la vida a la gente. Las evidencias para sostener esas acusaciones son extraordinariamente débiles. Y es sorprendente comprobar cuán arraigados están estos prejuicios en casos muy mediatizados.
En los últimos años, a pedido de productoras interesadas en proponer series para grandes plataformas, estudié con detalle el caso de la Escuela de Yoga de Buenos Aires y otros pequeños grupos que suelen estar en la mira de influencers antisectas. Ahora bien, existen pocos testimonios que avalen comportamientos aberrantes como los que esta gente describe. Ahí ves cómo se repite la historia del país: personas con influencia mediática que construyen opinión pública, muy pícaros y persuasivos, al punto que algunos han llegado con sus ideas a la Procuraduría de Trata y Explotación de Personas (PROTEX), donde actuaron como denunciantes, proveedores de testimonios y asesores.
–¿Es una defensa a los acusados de la Escuela de Yoga?
–No, ellos tienen sus abogados. Lo que yo digo es fácil de probar: la PROTEX armó el caso con la ayuda de un falso experto, Pablo Salum, un hombre que hace treinta años fue parte de la Escuela de Yoga y cuenta una historia falsa de huida o presunta expulsión del núcleo familiar. Y lo que presenta a modo de evidencias el juez Ariel Lijo es un Frankenstein absurdo e inverosímil. No hay modo científico de probar que existió coerción psicológica, el famoso “lavado de cerebro”. Probar que estas personas –adultas, que lejos de vivir en una comunidad cerrada tienen vidas independientes– son capaces de realizar actos para complacer a terceras personas sin que medie su voluntad.
Sin coacción, sin esa capacidad mefistofélica del gurú para doblegar la personalidad de las presuntas víctimas, la causa Escuela de Yoga no existiría. Hubo siete mujeres consideradas “víctimas de trata”. Pero ninguna se identificó como tal. Lo mismo ocurrió con otras cinco, que fueron a declarar como posibles víctimas. Todas quisieron ser peritadas por psicólogos para demostrar su autonomía. Ellas tuvieron que insistir mucho para que el Cuerpo Médico Forense las examinara, era como si el juez se resistiera a escuchar testimonios que no coincidían con sus prejuicios. Resultado de las pericias: descartaron la hipótesis de coerción, manipulación y explotación. En definitiva, en la EYBA no hay víctimas de trata. Ahora bien, cuando vos ves las notas de agosto de 2022, las ínfulas con que la PROTEX y la Fiscalía de Carlos Stornelli festejaban “haber logrado desmantelar” una supuesta organización dedicada a la trata de personas, el lavado de dinero, la explotación sexual y el contrabando, y comparás esa euforia con los relatos indignados de las presuntas víctimas en Cámara Gesell, negando ser víctimas de nadie, y otros pormenores ridículos de la causa, otra vez aparece el país, sus contubernios, las mafias y las etiquetas ad hoc. La única forma de desbaratar el testimonio de estas mujeres es afirmar que fueron obligadas a ejercer la prostitución porque su voluntad cedió a “fuerzas irresistibles” (lavaje cerebral, que es como decir hipnosis o brujería), una tecnología o artimaña que hoy no defiende ningún científico social; al contrario, le llaman a esto “teorías desacreditadas”. Expertos que son autoridades internacionales en nuevas religiones como el abogado e historiador italiano Massimo Introvigne y la socióloga canadiense Susan Palmer visitaron Argentina, estudiaron el caso y comprobaron que estas supuestas víctimas estaban devastadas, sí, pero no por “la secta del horror” sino por el trastorno de estrés postraumático causado por los allanamientos, la exposición mediática y el impacto en su entorno social. Estas no son revelaciones de último momento, las acusaciones falsas, los prejuicios y los fenómenos del rumor ya habían sido estudiados el siglo pasado por psicólogos sociales como Allport y Postman.
—La distorsión de lo real para influir en el comportamiento…
—Exacto. La construcción social del pánico moral es un fenómeno viejo que sigue funcionando: cada vez que grupos más o menos poderosos, en arreglo a los intereses que sean, adoptan prejuicios como si fueran “verdades reveladas”, se genera un efecto cascada de desinformación. Si un grupo comparte un prejuicio, tiende a reforzarlo colectivamente, incluso con más garra ante evidencias en contrario. Estas falacias anidan en el sentido común y pasan a ser “normales”, con capacidad de poner en peligro a todo el conjunto de la sociedad. Del daño que producen estas cadenas de horrores cognitivos ni siquiera zafan los propagadores de desinformación. Y la inmensa mayoría termina pagando la deuda que asumieron unos pocos.
—Ahora que El Eternauta puso en escena el concepto de invasión ¿Qué metáfora social se pone en juego al imaginar una invasión extraterrestre?
—La invasión alienígena en la ficción es un recurso metafórico, quizá por eso me exaspera escuchar a personas supuestamente instruidas a quienes le enojan las lecturas políticas de una película, una historieta o un mazo de figuritas. ¡Como si fuera posible alguna excepción! A fines del siglo XIX, en La Guerra de los Mundos, Herbert G. Wells reemplazó a los ingleses por marcianos para denunciar el tendal de destrucción que dejaba la expansión colonial británica. Así, quiso que sus compatriotas sintieran en su pellejo lo que significaba ser víctimas de un ataque colonialista, vía la amenaza de una potencia extraterrestre. Wells fue el primer gran narrador que usó la ficción científica para cuestionar el colonialismo desde una metáfora inversa. Wells no era un agitador ni un activista, era un reformista moderado, parte del establishment intelectual londinense. Y quizás ese recurso le permitió a su obra influir de modo capilar a lo largo de las décadas, hasta transformarse en un clásico. Durante la década de 1950, en plena Guerra Fría, el cine de ciencia ficción estadounidense convirtió la invasión alienígena en un manual sobre el miedo que había que sentir por el comunismo y la infiltración soviética. Eso funcionó como instrumento de la paranoia ideológica alimentada por el macartismo: una forma de militarizar la sociedad, fomentar la desconfianza hacia lo foráneo sin culpas y sostener una idea de progreso tecnológico que, en tiempos de ansiedad nuclear, engordaba a las grandes corporaciones. El día que paralizaron la Tierra, filmada por Robert Wise en 1951, creo que fue la película “más pacifista” de esa época de equilibrio del terror atómico, aunque, para ser justos, quizá le deberíamos sacar el alegato final de Klaatu, cuando el embajador mesiánico extraterrestre exige el desarme total para no tener que reventar el planeta. Y la más explícitamente anticomunista es La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel en 1956, en la que las personas eran reemplazadas por dobles sin emociones, como era el estereotipo de las víctimas de la uniformidad totalitaria soviética. Esta idea del zombi con el cerebro lavado por el comunismo atravesará varias capas geológicas del cine. En el caso argentino, los primeros implantes que permitieron transformar al humano en esclavo de un poder alienígena fueron los teledirectores de El Eternauta de 1957, y de alguna forma anticipados en Invasores de Marte, estrenada cuatro años antes, en la que unos marcianos adosaban estos artefactos en la base del cráneo de sus abducidos bajo la amenaza de causarles una hemorragia cerebral fatal.
–¿Cómo se interpreta ese miedo externo en relación a las amenazas internas que sufrimos día a día en el país?
– Hemos experimentado diversas variantes del miedo al extraterrestre invasor a lo largo del tiempo, y son tantas las opciones que recomiendo consultar No Pasarán, el ensayo de 2005 de Carlos Scolari. Hoy, el miedo a perder ante el invasor es temer a que nos pasen cosas horribles si no le pagamos al FMI, por ejemplo. Me pregunto qué podría ser peor que esto. La pesadilla mileísta encuentra un paralelismo idéntico en El Eternauta. La nevada mortal, los Hombres Robot, los Ellos, son parte de un plan de exterminio invisible. Pero también veamos la mitad del vaso lleno. Pese a que en la ficción no se salva nadie, El Eternauta muestra que es posible organizarse para resistir. Oesterheld propone lo mismo en Bull Rockett, Los Marcianeros, Rolo el marciano adoptivo, Astrón de La Plata, La Guerra de Los Antartes, Rul de la Luna, etc. En esas historietas pone a grupos de argentinos frente al desafío de aguzar el ingenio para derrotar enemigos poderosos, casi invencibles. Y nuestros compatriotas asumen la responsabilidad de luchar no porque estén preparados sino porque no les queda otra opción. Y pelean con valentía. Por eso, como escribió Pablo De Santis, “la verdadera aventura no es la invasión sino la resistencia a la invasión”, donde los combatientes prefieren morir con dignidad a vivir sin ella y buscan, y encuentran, aliados impensados entre quienes consideraban parte de un bloque rival homogéneo. Es casi la historia familiar de Los Oesterheld –la del autor y sus cuatro hijas, parejas y nietos desaparecidos–, trágica por su final violento y épica por la coherencia entre lo que escribieron, vivieron y defendieron con sus vidas, maravillosamente rescatada del olvido por Alicia Beltrami y Fernanda Nicolini. A mi entender, la serie de Bruno Stagnaro es un hito extraordinario, sobre todo, por recordar que en la Argentina existieron individuos y familias enteras dispuestas a entregar sus vidas por un ideal y porque da pie para seguir denunciando a los otros invasores. La apropiación de lo que el antropólogo Pablo Wright llamó cultura eternáutica por parte de los movimientos sociales y grupos políticos que repudian al mileísmo nos dice que Salvo y sus amigos se preparan para las próximas batallas.
Fuente / Publicación original: “El Eternauta, las invasiones y la credulidad”. Por Lautaro Ortiz, en Página/12 (sección Diálogos), Buenos Aires, 23 de junio de 2025.

* NOTA: Esta pegatinas fueron parte de una campaña que se viralizó en redes sociales bajo el lema «¿Estás mirando El Eternauta?», que invita a quienes nacieron entre noviembre de 1976 y enero de 1978 –posibles fechas de nacimiento de los nietos del autor–, y tienen dudas sobre su identidad, a ponerse en contacto con Abuelas de Plaza de Mayo.
Agradezco a Página/12, y especialmente a Lautaro Ortiz, por esta extensa entrevista, que lamentablemente solo estuvo disponible en acceso libre durante unas pocas horas. Aprovecho el blog para publicar la versión completa, sin los recortes editoriales que fueron necesarios para su publicación en el diario.
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