Otra vez, el periodismo da que hablar. En este caso, por una cara miserable. Petra Laszlo, camarógrafa del canal húngaro N1TV (vinculado al partido de extrema derecha Jobbik) le dio patadas a distintos inmigrantes (incluso una nena de 10 años y un padre que lleva a upa a su pequeño hijo) hasta hacerlos caer al piso. Con un barbijo sobre su boca, cubría -o eso aparentaba- esas escenas de miles de desesperados que buscaban escapar de la violencia policial húngara para poder seguir su camino persiguiendo un destino de vida, huyendo de la muerte y la desolación. Una travesía de miles de kilómetros y trampas mortales, que ahora se encontraría con ese inhumano obstáculo llamado Petra Laszlo.
La actitud de la camarógrafa refleja una de las caras brutales del periodismo, la que con acciones concretas muestra su desprecio más profundo hacia el que sufre. Algo que en general se le suele criticar -justificadamente- al poder político y económico pero donde muchas veces se sumerge el propio periodismo, exhibiendo sus propias miserias. Siendo cómplice, por acción u omisión.
El fallecido periodista y escritor polaco Ryszard Kapuściński decía: “Las malas personas no pueden ser buenos periodistas”. Algo que se podría vincular a esta camarógrafa húngara, ahora despedida del mismo canal que profesa un discurso anti-inmigrantes. Y es que el periodista tiene que tener, además de una posición lejana con cualquier tipo de poder, una sensibilidad especial frente al sufriente, a las victimas del sistema, sea cual fuere. Ser capaz de comprender al que empujan al abismo de los exilios forzados.

Es un mandamiento profesional que el periodismo, como mínimo, tiene que ser un testigo imperceptible de lo que pasa, para poder acercar -a muchos otros que no están ahí presentes- los hechos a través de sus imágenes y sus palabras. Habrá casos donde quizás no pueda resistir lo que está documentando y decida intervenir en favor de las víctimas. Pero lo que nunca puede hacer, sin ninguna duda, es involucrarse para castigar aún más al castigado. Es la patada que Petra Laszlo le dio al inmigrante, al refugiado, al sufriente. Y, con eso, la patada que le dio al periodismo.
Más disimulado y menos evidente fue el silencio atronador en el que gran parte de la prensa del mundo sentenció a los inmigrantes y refugiados, por lo menos hasta la foto desgarradora de Aylan Kurdi, el niño sirio que apareció ahogado en una playa turca. Ese silencio, esa ausencia, esa invisibilización, son también parte central del problema. Un síntoma más de esa enfermedad llamada indiferencia. Otra patada al periodismo. Otra patada a la Humanidad.
Para que nadie se haga el distraído, lo mismo cabe para la prensa argentina y su indiferencia e invisibilización sobre el que sufre, en el mundo y en nuestro país. Eso también es una patada al periodismo y a la Humanidad.

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