Konstantin Rudnev está otra vez bajo arresto domiciliario. Mientras tanto, perdió 50 kilos. Las acusaciones son inconsistentes. Pero los fiscales lo quieren preso para salvar un caso inventado. Su libertad sigue pendiendo de un hilo en Argentina.
¿Cómo empezó todo? Una joven huyó de una relación abusiva. Embarazada, el hospital confundió un gesto de gratitud con “pedido de rescate”. Así nació el caso Rudnev en Argentina, aun atrapado entre prejuicios religiosos, fiscales antisectas y un sistema que no sabe cómo administrar su propio caos.
En uno de los casos más arbitrarios que se recuerden en el largo historial de causas federales forzadas por «trata» contra personas pertenecientes –o que alguna vez pertenecieron– a minorías religiosas, el ciudadano ruso Konstantin Rudnev volvió a conseguir el arresto domiciliario. Esta decisión judicial responde tanto a razones sustanciales –las acusaciones en su contra son vagas e inconsistentes– como humanitarias: durante su tiempo en prisión, Rudnev perdió 50 kilos.
Una de las caracterizaciones más acertadas que recibió el caso de la llamada “secta rusa” (una “secta” sin miembros, solo constituida por Rudnev y su esposa) fue la que trazó el sociólogo Massimo Introvigne desde el CESNUR (Centro Studi sulle Nuove Religioni), Italia:
La detención en Argentina del maestro espiritual ruso Konstantin Rudnev parece una alucinación burocrática en la que la realidad se distorsiona bajo el peso de prejuicios importados, documentos mal traducidos y un aparato estatal que toma la confusión por evidencia”. (cita)
Introvigne junto a la antropóloga María Vardé escribieron sobre el caso una informada saga de ensayos críticos, pero lo que importa saber es que en Rusia, Rudnev era conocido por atraer estudiantes a sus enseñanzas esotéricas. Esto lo convirtió en blanco de la Iglesia Ortodoxa Rusa y de su campaña de larga data –documentada por académicos y por la Comisión de los Estados Unidos sobre Libertad Religiosa Internacional– para calificar a los movimientos espirituales que no son la iglesia oficial como “sectas”. La coordinadora europea por la libertad de religión CAP Freedom of Conscience (CAP-LC) señaló que “la investigación académica internacional y el informe 2020 de la Comisión de los Estados Unidos sobre Libertad Religiosa Internacional (USCIRF) muestran que la Iglesia Ortodoxa Rusa ha trabajado durante mucho tiempo con las autoridades estatales para etiquetar a los movimientos espirituales independientes como ‘sectas’ y reprimirlos como competidores”. A ello se sumaron las críticas de Konstantin Rudnev al gobierno de Vladimir Putin. Así, la máquina de difamación se aceleró al máximo.
CAP-LC explicó que el arresto de Rudnev en Argentina no se originó en nada que él hubiera hecho. Comenzó con un trágico malentendido que involucró a una joven rusa, no una acción criminal: ella vino a Argentina con el apoyo de su madre y una amiga de ésta que la acompañó, huyendo de una relación de pareja abusiva; los empleados del hospital confundieron el apoyo que ella buscaba en su amiga y en una traductora rusa (la joven y su amiga no hablaban ni español ni inglés) con sumisión, y una rosa que la joven le regaló a la enfermera con una señal de auxilio. Así fue cómo empezó todo, y prosigue hasta el día de hoy a pesar de las repetidas negativas de la joven a ser considerada víctima. Ella insiste en que nunca conoció personalmente a Rudnev y que nunca fue su víctima, e incluso inició una querella en contra de los fiscales Fernando Arrigo, Tomás Labal y Gustavo Revora por incumplimiento de su deber de escucharla.
¿Qué pasa ahora, tras el regreso a la prisión domiciliaria de Rudnev? Los fiscales argentinos, obsesionados con «ganar» pese a la falta de evidencias, ya han apelado la medida. Temen que con Rudnev fuera de la cárcel se desmorone su estrategia: sin la presión de la prisión preventiva, no podrán negociar una declaración de culpabilidad. Su liberación podría «arruinar» un caso que la fiscalía se empeña en estirar al máximo, pese a que las acusaciones parecen, a todas luces, inventadas.
Introvigne mismo reconstruyó la cosmovisión religiosa de Rudnev. Pero, otra vez: no interesa lo que él crea o deje de creer sino si las acusaciones que recibe son ciertas o falsas. Su condena en Novosibirsk –donde desde 2013 cumplió once años de prisión– dejó un tendal de dudas. Hoy, el alargamiento de la causa en Argentina no solo le afecta a él: otras veinte personas rusas (“sospechadas” de ser parte de un grupo de seguidores de Rudnev, pero que lo niegan) siguen siendo retenidas en Bariloche en el marco de esta misma causa.
El problema no termina ahí.
En otras oportunidades, jueces de apelaciones –influidos por la ideología antisectas que apoyan algunos fiscales argentinos– han anulado decisiones de primera instancia que concedían el arresto domiciliario a Rudnev. La historia se ha repetido más de una vez.
Ahora, como escribió Introvigne, “solo resta esperar a que no vuelva a suceder”.
EL GRAN PÁNICO ANTISECTAS. El lunes 16 de marzo participamos de un conversatorio con Massimo Introvigne, sociólogo; María Vardé, antropóloga; Patricia Duval, abogada, y otros invitados. El evento fue organizado por el Centro Studi sulle Nuove Religioni (CESNUR).
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