La esperada Revelación Extraterrestre de Trump arde en los portales, pero esta “primicia” no procede de un vocero de la Casa Blanca o de un comité del Senado, sino de dos cineastas.
Mark Christopher Lee, el director El Rey de los OVNIs (2024), asegura que “los protocolos de contacto ya se discuten al más alto nivel”, retomando rumores presentados como “información” durante la campaña de marketing que precedió el estreno de La Era de la Revelación (2025), el documental dirigido por Dan Farah.
Cómo el marketing cinematográfico se infiltró en los medios para convertir supuestos secretos de estado en entretenimiento para las masas.
Por Alejandro Agostinelli
En el ecosistema plativolista en la era digital, la frontera entre el pretendido informe geopolítico y el rumor de pasillo se vuelve cada vez más borrosa.
Recientemente, varios medios han encendido las alarmas –y el escepticismo– cuando anunciaron que el próximo 8 de julio de 2026, Donald Trump va a romper el complot histórico para soltar La Verdad, o unas cuantas verdades, sobre la presencia extraterrestre en la Tierra. Léase bien: el 8 de julio, día en que el oficial Walter Haut emitió el comunicado anunciando que el ejército había recuperado un “disco volador” cerca de Roswell.
Pero basta revisar los rastros de humo inscriptos en esta “revelación” para descubrir un andamiaje que se sostiene más sobre el marketing cinematográfico que sobre evidencias contantes y sonantes.
¿Cortinas de humo o venta de humo?
Vamos a discutir primero las conjeturas que parecen más difíciles: las objeciones “conspiracionistas” de los escépticos –no hay que subestimarlas, también debemos lidiar con ellas.
¿Es cierto que a Trump le conviene hablar de extraterrestres en medio de la escalada militarista global y la cacería de inmigrantes? ¿Es funcional alimentar versiones disparatadas en el Salón Oval sobre la inminente revelación alienígena para desviar la atención de frentes críticos? En este escenario, la ufología parece aligerar una agenda internacional que va desde la violencia del ICE hasta los vínculos de Trump con Jeffrey Epstein y otra externa que incluye el secuestro de Nicolás Maduro, las amenazas de invasión a Groenlandia e Irán y el apoyo al Terrorismo de Estado de Israel en Gaza. ¿Pueden versiones sobre unas granjas frizadas en el Area 51 o sobre presuntos pactos secretos con especies reticulanas tapar las movilizaciones por los asesinatos cometidos por el ICE, marear la perdiz del frente internacional tras la guerra comercial provocada por los chantajes arancelarios o alejar la mirada de la escalada armamentística?
A esta altura de las disquisiciones, imploro que se me permita dudar.
El mundo se ha vuelto un lugar agobiante.
La embestida de la extrema derecha global encabezada por Trump resiste las críticas de los países no alineados con sus políticas, con unas pocas, casi irrelevantes excepciones.
Trump se cree el Rey del planeta, no precisamente de los ovnis, y pese a la caída de su popularidad y las rupturas dentro de bloques políticos hasta ayer blindados, como en el seno de MAGA, pasando por la recalentada polarización que fomenta la fe en los algoritmos, hacia todos esos frentes, o hacia casi todos, persiste un creciente conformismo e incluso un apoyo moral a la crueldad y la exaltación del odio. En la Argentina de Milei lo sabemos mejor que en ninguna otra parte.
Ahora podemos seguir con preguntas más sencillas.
¿De qué catacumba emerge el rumor de que Trump tiene algo para decir sobre los extraterrestres? ¿Acaso no estamos ante otra esquirla del incidente Roswell, la megaleyenda conspirativa plativolista más exitosa de todos los tiempos? Pues creo que sí.
Cineastas en busca de audiencia
Esta “primicia” espectacular no procede de un vocero de la Casa Blanca o de un comité del Senado, sino de un cineasta. Este punto nos debería llamar la atención, ¿verdad? Estos rumores presentados como “información” surgen de las declaraciones al tabloide británico Daily Star del documentalista Mark Christopher Lee. El cineasta dijo que fuentes cercanas a la administración Trump le anticiparon que el mandatario “ya tiene el discurso completo y listo para hacer el anuncio que “cambiará a la humanidad para siempre”. ¿Qué dirá Trump? Pues “lo que muchos de nosotros sabemos desde hace años: no estamos solos”. En una curiosa deriva argumental, Lee dice que Trump aprovechará la exposición global de la Copa Mundial de la FIFA para dar la noticia. “Los protocolos de primer contacto se están discutiendo al más alto nivel. 2026 es el año en que todo cambia. Esto no es un simulacro”, enfatizó. Lee estrenó en 2024 El Rey de los OVNIs, un film sobre el amor del monarca británico por los platos voladores, a quien promociona, además, como el candidato ideal para representar a la humanidad en un eventual escenario de contacto con alienígenas.
El cineasta británico aprovecha el rebote de la pelota que dejó picando en noviembre de 2025 otro director de cine, Dan Farah, cuando deslizó el mismo rumor durante la campaña de difusión de La Era de la Revelación (The Age of Disclosure), su propio documental. Esta película estuvo dando vueltas durante un año sin destino seguro hasta que el 21 de noviembre pasado fue lanzada por Amazon Prime, tras una campaña de marketing «VOD» (Video On Demand) que fue considerada una de las más exitosas del año –en términos de posicionamiento comercial–.
Farah entrevistó a 34 funcionarios que ignoraban qué otras figuras iban a ser parte del proyecto y el plan promocional consistió en sembrar filtraciones controladas en foros como Reddit y X (Twitter), fogoneando la idea de que el gobierno iba a intentar prohibir el documental (generando el llamado Efecto Streisand, cuanto más intentás ocultar algo, más se ve). En el film aparece Marco Rubio, entrevistado cuando era un cuatro de copas –es decir, antes de resultar ungido Secretario de Estado–, y otros legisladores que impulsaron leyes de transparencia sobre los Fenómenos Anómalos No Identificados (UAP), dándole a la película un aura de “documento oficial”, es decir, un rodaje que no parece lo que en realidad es: entretenimiento para las masas. Por cierto, cuando el documental se estrenó Rubio tomó distancia de sus propias declaraciones.
En este punto el buen lector debería hacer un esfuerzo extra para despertar del sueño inducido por los titulares: cuando una presunta verdad histórica necesita de rumores divulgados por cineastas y hasta de un estreno cinematográfico para ser validada, significa que estamos ante un producto de consumo, no ante hechos que nos quitarán la venda de los ojos para revelar secretos que nadie antes se atrevió a difundir y de los que depende la seguridad nacional de la mayor potencia del mundo. Menos cuando la fuente de estas versiones son personas muy interesadas en salir en las noticias.
Un bucle de retroalimentación
Tanto en el documental de Farah como en artículos populares publicados en portales o blogs que salen al ruedo a la caza del clic fácil citan como fuente de autoridad a David Grusch, el ex agente de inteligencia de la USAF que en 2023 sacudió al Congreso de Estados Unidos en un derroche de gestos y promesas: que el gobierno había recuperado artefactos alienígenas, que fueron realizados proyectos de ingeniería inversa sin conocimiento ni control del Congreso –ya que fueron cedidos a determinadas empresas privadas– y que cuando el gobierno quiso (o quiere) volver recuperar estos artefactos, ¡abracadabra! Nada de lo que se dijo con tanta alharaca parece cierto. Al menos así lo determinó AARO, siglas de All-domain Anomaly Resolution Office (Oficina de Resolución de Anomalías en Todos los Dominios), una oficina del Pentágono que expuso en detallados informes técnicos no haber encontrado ninguna evidencia de que estudios del Gobierno de los Estados Unidos, investigaciones académicas, o paneles de revisión oficiales confirmaran que algún avistamiento de UAP haya sido debido a tecnología extraterrestre.

David Grusch: aquella “alta fuente” que pasó a ser una fuente altamente cuestionada.
El tiempo fue implacable con la figura de David Grusch, hoy visto como el informante más desacreditado después del exagente devenido en estrella del firmamento ovni, Lue Elizondo y su ristra de papelones, largamente documentados.
Grusch –más allá de su foja psiquiátrica, que aquí no abordaremos– construyó su relato sobre una promesa incumplida: tras los titulares rimbombantes, este oficial de inteligencia en pos de reconocimiento y redención nunca se presentó a testificar con la evidencia concreta, dejando sus afirmaciones en el limbo de las “fuentes de segunda mano” y los testimonios de oídas. En el fondo del pantano se ve el agua más clara cuando supimos que la declaración en el Congreso de Grusch –según la investigación del periodista de The New York Post, Steven Greenstreet– fue impulsada por un “cartel” de activistas pro ovni formado por Leslie Kean (coautora con Ralph Blumenthal del famoso artículo del New York Times en 2017), el documentalista Jeremy Corbell, el mentor de Bob Lazar (y empleado del magnate Robert Bigelow) George Knapp, y el animador australiano Ross Coulthart.
Según Greenstreet, el resultado fue un “bucle de retroalimentación”. No eran observadores imparciales. Todos ellos estaban vinculados a un grupo de exagentes de inteligencia, funcionarios y científicos (el mismo Elizondo, el ex funcionario del Pentágono Christopher Mellon y el inmunólogo y ufólogo Garry Nolan), partieron de una agenda común: funcionarios y agentes filtran supuesta información a los periodistas; ellos publican la historia; el Congreso se interesa y llama a declarar a los mismos funcionarios o a sus protegidos, como Grusch. ¡Jaque mate!
En un artículo publicado por Scientific American, Sean Kirkpatrick, físico estadounidense que durante 18 meses dirigió la AARO, caracterizó a la batahola de murmuraciones que le precedieron “un desborde de afirmaciones sensacionalistas y sin fundamento que ignoraban las pruebas en contra pero que consiguieron captar la atención de los responsables políticos y del público, impulsando batallas legislativas y dominando la narrativa pública”. Su audacia puso en riesgo su salud mental: no bien encontró la oportunidad, renunció.
Evidencia vs. Hollywood
Mientras que los relatos que echan a rodar los medios generalistas se nutren de la expectativa y el suspenso político, los datos duros de la AARO ofrecen un panorama radicalmente opuesto.
Por un lado, la versión de la “revelación” insiste en la existencia de tecnologías no humanas, y en que Trump presentará a luz pública programas secretos de recuperación de naves. Esto no es más que una letanía del denuncismo de la conjura de silencio militar del ex aviador de la Infantería de Marina y escritor estadounidense Donald Keyhoe y el argumento central del libro “Detrás de los Platos Voladores” (“Behind the Flying Saucers”), el bestseller que publicó en 1950 el periodista Frank Scully basado en el relato de dos cuenteros profesionales, Silas Newton y Leo Gebauer, retomadas en 1997 por el coronel Philip Corso corriendo el eje a la popular Conspiración Roswell. Sin olvidar claro, la explosión roswelliana de la década de 1980, que exorcizó un caso abandonado en 1947 que hubiese quedado confinado a un par de libros de William Moore–Charles Berlitz y Stanton Friedman si no fuera por la archifamosa muñecopsia de Roswell de Ray Santilli– Spyros Melaris en 1995, películas como Día de la Independencia o series como The X-Files, seguidos en barullo por el «disclosure» de cabotaje que en 2001 lideró el ufólogo místico Steven Greer.

Por otro lado, el informe de la AARO es tajante: tras investigar exhaustivamente el caso, concluyen que no existe evidencia alguna de tecnología extraterrestre ni programas de ingeniería inversa que se les oculte al Congreso.
Mientras algunos medios pro conspiración ovni presentan a Grusch como una especie de héroe, o el pilar de la denuncia del encubrimiento, la AARO lo calificó como una fuente que nunca aportó pruebas verificables. Incluso los objetos que parecen desafiar la física son identificados por la oficina gubernamental como globos, drones o fenómenos atmosféricos. Para los ufólogos que viven del suspenso, toda vez que el Pentágono ofrece explicaciones prosaicas solo dan pruebas de encubrimiento: no aprobarán ninguna declaración que no consienta sus deseos. Ese “rulo” protege la circularidad del pensamiento conspiracionista.
El ocultamiento como única «prueba»
La persistencia del mito de Roswell ha obligado a los inquilinos de la Casa Blanca a jugar un doble juego entre la transparencia administrativa y el guiño cómplice, raramente la negación tajante. Resta votos. Una excepción fue quizá Bill Clinton, quien en un gesto de burocracia preventiva aseguró que durante su gestión hizo revisar los archivos clasificados para concluir que allí no había más que papeles irrelevantes y ningún rastro de contactos intergalácticos. A despecho de su esposa Hilary, que parecía más receptiva a la tesis conspiracionista. Estas declaraciones refuerzan la hipótesis conspirativa del Estado Profundo, estratos que manejan los hilos más poderosos que los presidentes.
El ex presidente demócrata Barack Obama eligió la pose irónica. Ante la insistencia de los medios, en noviembre de 2015 le confesó al periodista Bill Simmons que el secreto sobre Roswell es “un poco decepcionante”, “no tan emocionante como uno espera ni tan secreto como uno cree”, en conocimiento, quizá, de los informes de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos sobre el Proyecto Mogul publicados en 1994 y 1997 –clave previamente descubierta por los investigadores civiles Robert Todd y Karl Pflock, quienes allanaron el camino a la verdad histórica.
Como bien analiza Julio Plaza del Olmo en un artículo anterior sobre las conclusiones preliminares de AARO –ver Sin Noticias de Grusch–, el relato de la “revelación inminente” se muestra como un bucle infinito que se alimenta de sí mismo.
En el sitio Intelligencer de la New York Magazine, el periodista Matt Stieb hizo una recorrida de “los grandes éxitos” de Trump sobre los ovnis hasta enero de 2021, que se podrían resumir como una relación ambivalente y surrealista, ya que ha navegado a dos aguas, entre el escepticismo y la explotación política del tema.
Pese a haber participado en sesiones informativas oficiales sobre UAP, Trump no ha ocultado su escepticismo en sus declaraciones públicas. Dio entrevistas donde ha llegado a admitir que no es un “creyente convencido” aunque, a la vez, ha reconocido que algunos pilotos militares han reportado encuentros genuinos. “Pero la gente dice que está viendo ovnis. ¿Lo creo? No del todo”, dijo en 2019.
En ocasiones, le sacó jugo a la controversia UAP para alimentar su relato contra el “Estado Profundo” e insinuó que si hay información oculta por desclasificar, él lo hará, posicionándose como el único líder dispuesto a exponer secretos que las agencias de inteligencia supuestamente ocultan al pueblo.
En aquellos cuatro años no cumplió con las expectativas de revelar todo lo que el gobierno sabe “sobre un tema que parece aburrirlo”, para usar palabras de Stieb. Pero sería faltar a la verdad afirmar que solo fue show para la tribuna. En 2020, firmó la legislación que obligó al Pentágono a publicar un informe sobre los UAPs e hizo comentarios algo crípticos sobre Roswell cuando sostuvo que sabía cosas “interesantes” que no revelaría. Otra vez, la ambigüedad.

Trump ejerció su primer mandato presidencial en pleno renacimiento del fervor ovni. Su era de oro es contemporánea a figuras de alta exposición mediática como el exagente y denunciante pro ovni Lue Elizondo. El ambiente de desconfianza institucional facilitó que las denuncias sobre programas secretos de “recuperación de naves extraterrestres” ganaran tracción en el discurso público y en el Congreso. Por aquellos años, según Stieb, algunos analistas filtraron cierta preocupación del círculo rojo presidencial. Según estas fuentes, Trump, al dejar la presidencia, podría llegar a discutir relajada y abiertamente sobre asuntos de seguridad nacional. “No es descabellado imaginar al expresidente admitiendo la existencia de vida extraterrestre en la Tierra mientras disfruta de un filete bien hecho, derramando kétchup y secretos de estado sobre un bonito mantel blanco”, escribió en 2021 Stieb.
En diciembre 2020, Haim Eshed, exdirector de la dirección espacial del Ministerio de Defensa israelí, dijo que los extraterrestres “han pedido no publicar su presencia aquí [porque] la humanidad aún no está preparada”. Trump, añadió, conoce su existencia y “estuvo a punto de revelar los detalles”, pero “la Federación Galáctica dicen que esperen, que la gente se calme primero. No quieren iniciar una histeria masiva. Primero quieren prepararnos para tener una mayor comprensión”. Eshed también creía en el pacto secreto entre el gobierno de los Estados Unidos y las fuerzas alienígenas. “Hay una base subterránea en las profundidades de Marte, donde están sus representantes, y también astronautas estadounidenses”.
Durante la campaña previa a su segundo mandato, Trump intensificó las promesas de una “transparencia total” y citó el misterio ovni para generar expectativa y atraer a votantes interesados en las teorías de conspiración y la reforma de las agencias de seguridad nacional. En resumen, para Trump los ovnis no necesariamente son un tema de interés científico, sino una pieza más en su estrategia de confrontación con el aparato de inteligencia.
El único apoyo real del argumento en favor de la Gran Revelación de Trump no es la existencia de informaciones confidenciales, sino la desconfianza que genera la propia AARO. En este giro, la única evidencia aparente termina siendo la falta de evidencias, atribuida convenientemente a un enésimo escenario de ocultamiento, que cuando es progresivo algunos ufólogos llaman «goteo institucional». Sin pruebas fidedignas, el relato sobrevive gracias a la sospecha: si el gobierno dice que no hay nada, es porque lo está escondiendo.
El doctor Gerry Canavan, profesor asociado y director del Departamento de Inglés en la Universidad de Marquette (Milwaukee, Wisconsin, en La verdad está ahí fuera: conspiración OVNI y ciencia ficción, escribió:
El impulso de creer es poderoso y, como decía el célebre póster en la pared de Fox Mulder en The X-Files, es un ‘querer’. Pero querer creer es un asunto peligroso. Debemos recordar la famosa definición de realidad de Philip K. Dick: ‘La realidad es aquello que, cuando dejas de creer en ello, no desaparece’. Mientras navegamos por el confuso, saturado y a menudo engañoso panorama mediático del siglo XXI, haríamos bien en tener presente esa distinción”.
Siguiendo a Martin Kottmeyer, autor del fabuloso catálogo de profecías ufológicas seculares traducido por Luis R. González como Todavía estamos esperando: Una lista de predicciones procedentes de la «cultura OVNI” (pendiente de publicación por Coliseo Sentosa), Canavan dice:
esta revelación siempre parece estar a la vuelta de la esquina sin llegar a concretarse nunca de forma definitiva”.
Así, el misterio es circular. Es un acto de fe política o religiosa antes que una realidad científica.
Bibliografía consultada:
Canavan, G. (2025). The Truth Is Out There: UFO Conspiracy and Science Fiction [La verdad está ahí fuera: conspiración OVNI y ciencia ficción]. Journal of Cinema and Media Studies, 64(3), 150-155. https://doi.org/10.1353/cj.2025.a925432
Kottmeyer, M. (2001). Still waiting: A list of predictions from the ‘UFO culture’. The Anomalist. http://www.anomalist.com
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