Los Elliott: Ray Bradbury y su familia espectral

Ray Bradbury suele estar asociado con Marte, con cohetes plateados surcando el espacio interplanetario, con astronautas de cascos cristalinos y marcianos morenos de ojos dorados; sin embargo, el prolífico escritor nacido en Illinois fue mucho más que un autor de relatos de ciencia ficción Pulp.

Fantasmas monstruosos y adorables habitan la obra del autor de Crónicas marcianas. Sirius Mazzu aborda el caso de la familia Elliott, sus ritos otoñales y su melancolía crepuscular, que constituye, quizá, una de las vetas más personales y menos exploradas de su imaginario.

Por Mazzu (*)

Gran parte de la obra de Ray Bradbury (1920-2012) se podría catalogar, tranquilamente, dentro del género del horror, o mejor aún, dentro del amplio paraguas de la variedad denominada Weird Fiction, territorio habitado por figuras como su querido Edgar Allan Poe, Howard Phillips Lovecraft y su círculo, Shirley Jackson, etc. En su libro High Weirdness (2019), Erik Davis busca definir la elusiva etiqueta “weird fiction” (ficción extraña), como un subgénero que desde la primera mitad del siglo XX viene utilizándose para describir las obras de ficción que no encajan del todo en un género “puro”, sino que se destacan por habitar en un lugar liminal entre la fantasía, el horror, la ciencia ficción y lo sobrenatural. Bradbury justamente era un maestro de esa encrucijada, e incluso sus relatos de ciencia ficción más “dura” contienen casi siempre un elemento más cercano a lo sobrenatural que a lo “científico”: un bebé extradimensional que es una pequeña pirámide azul con apéndices en forma de tentáculos, una ciudad extraterrestre “consciente” que devora a los visitantes incautos, una invasión alienígena en forma de hongos que se apoderan del cuerpo y la voluntad de quien los consume y se dispersan enviando a nuevas víctimas paquetes de Entrega Especial con hongos para cultivar en el sótano, un marciano que cambia de formas como el antiguo dios griego Proteo, una fiebre que se apodera del cuerpo de un muchacho hasta transformarlo miembro a miembro en otra persona, extraños cruzamientos espaciotemporales que provocan encuentros bizarros entre caballeros medievales y trenes o entre marcianos ancestrales y humanos modernos, un viento que persigue y mata a sus víctimas, un juego de niños con amigos “imaginarios” que termina desatando una invasión alienígena en la Tierra, y así, cientos de otros.

Pero en la obra de Bradbury no solo proliferan los plateados cohetes y los rojizos paisajes desolados de Marte con sus ruinas misteriosas; sus relatos también están embrujados por un clima otoñal de hojas crepitantes, sonrisas macabras esculpidas en calabazas vetustas, oscuros áticos de madera chirriante y colgantes telarañas que guardan secretos aún más oscuros, presencias fantasmagóricas que envidian la vitalidad de los vivos atisbándolos desde las penumbras de un bosque crepuscular. Las negras alas de la víspera de Todos los Santos proyectan sus sombras tenebrosas sobre gran parte del imaginario bradburyano. Las páginas de El País de Octubre y de El Árbol de la Brujas pintan un mundo sombrío donde –citando a Type O Negative– “todos los días son Halloween”. El lado gótico de Bradbury es, tal vez, el que menos prevalece al momento de hablar sobre su corpus literario, pero para nada es algo menor en su obra.

Halloween, la época cuando –tradicionalmente– se cree que “el velo entre el reino de los vivos y el reino de los muertos” se hace más tenue, un momento calendárico liminal y mágico, es el hogar apropiado para la familia Elliott, una familia “monstruosa” integrada por brujas, vampiros, seres sobrenaturales y diversas criaturas de la noche que viven en una ominosa mansión en la zona rural del Medio Oeste estadounidense y que Bradbury comenzó a retratar desde la década del 1940 a través de varios relatos cortos desparramados en diferentes publicaciones que muchísimos años después reuniría en un solo volumen en forma de novela llamada De la Ceniza Volverás (publicado en 2001).

Cuenta Bradbury en la introducción:

La Familia Elliot de De la Ceniza Volverás empezó su existencia cuando yo tenía siete años. Cada Octubre, cuando llegaba Halloween, la Noche de Brujas, mi tía Neva nos amontonaba a mí y a mi hermano en su viejo Ford T, para ir al campo de otoño a recoger mazorcas de maíz y calabazas silvestres, que traíamos a casa de mis abuelos. Colocábamos las calabazas en los rincones, poníamos las mazorcas en la entrada y trasladábamos las tablas de la mesa del comedor a la escalera, para que hubiera que deslizarse en vez de bajar los escalones.

Neva me depositaba en el altillo, disfrazado de bruja con una nariz de cera, y escondía a mi hermano debajo de la escalera que subía a la buhardilla, e invitaba a sus celebrantes de Halloween a trepar durante la noche para entrar en casa. El ambiente era rampante y alegre. Entre mis más bellos recuerdos, guardo los de esta tía mágica que era sólo diez años mayor que yo.

Con este telón de fondo de tíos, tías y mi abuela, empecé a pensar que había que recoger en el papel algo de todo eso, para que pudiera conservarse para siempre. Así, en mis tempranos veinte años, empecé a jugar con la idea de esta Familia tan rara, extravagante y rococó, cuyos integrantes podrían ser vampiros, aunque tal vez no lo fueran.

LA FAMILIA ELLIOTT

Algunos de los miembros de la familia que protagonizan estas historias son la Mil Veces Gran Abuela, una figura momificada que “no vive ni ha muerto para siempre; ella… existe”, residente en un rincón oscuro de uno de los tantos altillos de la Casa laberíntica; Cecy, la Durmiente Que Sueña en el Alto Ático pero cuya consciencia puede vagar libremente y poseer los cuerpos de otros; el tío Einar, de enormes alas membranosas, un tío alegre y compinche de los niños; y Timothy, un niño “normal” abandonado en una canasta y adoptado por los Elliott, ahora de unos diez años y decidido a ser el historiador de la Familia (presumiblemente un alter ego del propio Bradbury). El Padre y la Madre (es decir, los padres adoptivos de Timothy) son también figuras prominentes, pero, de manera similar a la forma en que ellos mismos no pueden ver sus propios reflejos en un espejo, Bradbury evita describirlos, dejando su apariencia a la imaginación del lector. Solo sabemos que él duerme de día en el sótano y despierta al crepúsculo y ella – a diferencia de Cecy que vive en el reino onírico – no duerme nunca. ¡Ah, y no nos olvidemos de las mascotas! Anuba, la gata negra egipcia que habita en la Casa desde antes de la llegada de la Familia, Arach (Spid en las versiones más antiguas) la araña que a veces cuelga con su telaraña del cuello de Timothy como la joya de un collar o anida en su oreja, y el Ratón, el espectro de un roedor que acompaña a Timothy desde la cuna.

Escribe Miranda Corcoran en la introducción de Exploring the Horror of Supernatural Fiction:

Estos relatos emplean tropos y convenciones góticas de muy diversas maneras. Sin embargo, a pesar de la variedad de sus temas y de lo insólito de sus personajes (un tío con unas alas enormes, una abuela que es también una momia ancestral), estas historias regresan inevitable e invariablemente al tema de la familia.

El enfoque de Bradbury en el núcleo familiar no resulta sorprendente, como es natural, si se tiene en cuenta la época en que se escribieron los relatos. Bradbury comenzó a escribir sus historias sobre la familia Elliott en 1945, el año en que terminó la Segunda Guerra Mundial. (…)

En las décadas inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la familia estadounidense experimentó un resurgimiento. A medida que la nación se recuperaba de la fragmentación causada tanto por la guerra como por la Gran Depresión que la precedió, la familia adquirió una nueva importancia en el imaginario popular estadounidense. La tasa de nupcialidad aumentó a niveles sin precedentes y, en consecuencia, la tasa de natalidad se disparó, dando lugar al llamado baby boom. Las mujeres, que habían apoyado el esfuerzo bélico de los Aliados ocupando puestos vacantes en oficinas y fábricas, fueron ubicadas de nuevo en el hogar; así, el ideal de la familia nuclear surgió no solo como una visión de plácido bienestar doméstico —símbolo de la prosperidad sin precedentes que acompañó a la expansión económica—, sino también como un elemento clave de lo que se convertiría en la ideología estadounidense de la Guerra Fría. Para los estadounidenses traumatizados por el espectro de la guerra y la amenaza de una aniquilación nuclear, la familia ofrecía una sensación de seguridad y estabilidad. Se la consideraba, tal como ha escrito la historiadora Elaine Tyler May, un «nido seguro y privado, apartado de los peligros del mundo exterior». El hogar constituía un refugio y un lugar de retiro que proporcionaba «seguridad en un mundo inseguro». Además, la familia se concebía como un arma contra la creciente amenaza comunista que por aquel entonces se extendía por Europa: unas familias sólidas eran los cimientos de una nación fuerte, y los niños criados en hogares estables y acomodados crecerían amando a Estados Unidos y defendiendo sus valores.

En sus relatos sobre la familia Elliott, Bradbury aborda esta visión omnipresente de la familia nuclear de la posguerra, pero la impregna de la estética y las preocupaciones temáticas del terror gótico. En lugar de pasteles enfriándose en los alféizares de las ventanas y céspedes de un verde imposible delimitados por vallas blancas de madera, Bradbury nos presenta una mansión laberíntica en la zona rural de Illinois, adornada con telarañas y sarcófagos. Aquí, sin embargo, Bradbury no se limita a abordar y subvertir los ideales de la clase media estadounidense; más bien impregna su saga familiar de tropos y convenciones góticas para abrir nuevas y fantásticas posibilidades mediante las cuales explorar las preocupaciones clave de la sociedad estadounidense de mediados del siglo XX: género, comunidad, nacionalidad e identidad. Además, a medida que avanzaba el siglo y la unidad de la familia nuclear de la posguerra daba paso a la fragmentación propia de la contracultura de los años 60 —así como al aumento de las tasas de divorcio en las décadas de 1970 y 1980 y a la diversificación de la familia estadounidense, antes concebida de forma homogénea—, las historias de Bradbury sobre los Elliott también evolucionaron, incorporando nuevas ideas y planteamientos cada vez más complejos sobre la naturaleza de la familia. En consecuencia, la obra de ficción de Bradbury se mantiene coherente con el subgénero de terror a menudo denominado «gótico familiar».

Se podría agregar que, en cierta medida, la Familia Elliott comparte muchas de las características de las familias “monstruosas” que estuvieron de moda en los 60s: los Locos Addams, los Munsters, los Tenebrosos y su Espantamóvil (de Los Autos Locos), los Vecinos Extraños de Los Picapiedra, la familia Collins de Sombras Tenebrosas, etc. Sin embargo, y a pesar del “candor” literario tan típico de Bradbury, a diferencia de las familias espectrales televisivas más caricaturescas, los Elliott son bastante más oscuros. Esto puede ilustrarse contrastando dos relatos protagonizados por Cecy. En La Bruja Errante (previamente conocido como La Bruja de Abril, un cuento – digamos – más bien “inocente”), Cecy decide que “si no puedo enamorarme porque soy rara ¡entonces me enamoraré a través de otra persona!”. Allí la muchacha, buscando experimentar el amor, se introduce en el cuerpo de una joven y la obliga a ser amable, aunque solo sea por una velada, con un joven que le desagrada. Sin embargo, en el relato Reunión de Familia, Cecy se apodera del cuerpo de la esposa de un granjero que vive cerca de un pantano con fumarolas de barro sulfuroso. Observa y disfruta del paisaje del entorno de la mujer, hasta que decide abandonarla ocupando el cuerpo de un pájaro y desde esa perspectiva aérea, la joven observa desapasionadamente cómo la mujer se hunde en una de las fumarolas, muriendo ahogada en el pantano fangoso. Algo que, claramente, no sucedería en los Munsters.

El tema de la identidad y la pertenencia destaca entre otros tropos de este grupo de relatos; Timothy, el niño “normal” de la familia, se sabe distinto, pero no siente la necesidad de pertenecer a una familia estadounidense “normal”, en realidad desea poseer poderes como los de sus aterradores parientes; su “normalidad” es vista como una “enfermedad” o una “discapacidad” por sus familiares. Debido a su lastimosa condición, la Madre apiadándose de la pobre criatura, le deja poseer un espejo –el único espejo permitido en la Casa.

Se miró en el único espejo de la Casa, concesión de su madre a su «enfermedad». ¡Oh, si no estuviera tan preocupado! Abrió la boca para observar la mala dentadura que la naturaleza le había dado. Granos de maíz, curvos, suaves y blancos. ¿Y sus caninos? Piedras sin afilar.

Tomó la vela. Quisiera tener dientes de acero, como clavos. O poder lanzar la mente, libre, como Cecy dormida en sus arenas egipcias. Pero no, él le temía a la oscuridad. Dormía en una cama. No en las pulidas cajas del sótano. No era una sorpresa que la familia lo esquivara, ¡como si fuera el hijo del obispo! ¡Si al menos le brotaran alas de los hombros! Desnudó su espalda, miró. No había alas. No podía volar.

Cecy, al contrario que Timothy, desea las cosas que experimentan los “normales”; como dijimos anteriormente, quería sentir la pasión de estar enamorada:

Lo había dicho en la cena. Y sus padres se habían quedado rígidos en las sillas. «Paciencia», le aconsejaron. «Recuerda que eres extraordinaria. Toda nuestra familia es rara y extraordinaria. No debemos casarnos con gente común. Perderíamos nuestras almas oscuras, si lo hiciéramos. No querrías perder tu capacidad de viajar siguiendo tus deseos, ¿verdad? Entonces, ten cuidado. ¡Cuidado!».

Por otro lado, Cecy (un personaje tal vez inspirado por la tía Neva de Bradbury) también parece reflejar una etapa específica de la adolescencia (la adolescencia femenina, sobre todo); siendo padre de una adolescente, puedo ver los paralelos: la chica se la pasa encerrada en su habitación, sale solo para comer, no habla con nadie, fantasea con vuelos astrales a tierras lejanas y amores imposibles.

Reunión de Familia (Homecoming). El cuento, publicado en la revista Mademoiselle de octubre de 1946, fue ilustrado por Charles Addams.

EL DESENCANTAMIENTO DEL MUNDO

La identidad, la otredad, la pertenencia y la exclusión, la familia, las tradiciones y la pérdida de las costumbres familiares son tratadas de una manera u otra en esta colección a través de la vida (o no-vida) de esta singular familia. Otro tropo interesante que permea las (des)venturas de los Elliott es el Fin del Mundo. Viviendo en un momento pivote de la historia (el fin de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la Guerra Fría), Bradbury deja plasmado ese Fin de Época, esa revolución cataclísmica en la geopolítica que cambiaría para siempre la faz del mundo, pero reflejada en las tribulaciones de una familia fantasmagórica

Por los cielos de Europa y por los cielos de América, lo que había sido una ocasión feliz era ahora la melancolía que nubes de opresión y prejuicio y descreimiento empujaron hacia atrás. Los invitados de la Reunión de Familia volvieron al portal y se deslizaron dentro a través de las ventanas, los desvanes, los sótanos y se escondieron rápido para sorprender a la Familia que se preguntaba: «¿Cómo? ¿Otra Reunión de Familia? ¿Estará por terminar el mundo?». Y sí, así era, al menos, el mundo de ellos [énfasis mío]. Esta lluvia de almas, esta tormenta de gente perdida, se apiñó en el techo, se amontonó en el sótano entre las barricas de vino y esperó alguna clase de revelación, que entonces provocó que los miembros de la Familia decidieran reunirse en consejo y dar la bienvenida uno por uno a todos aquellos que necesitaran ocultarse del mundo.

En el mundo moderno, descreído y superficial, no hay lugar ya para las criaturas de los mitos y leyendas, para los espectros del pasado y las criaturas de la noche. En Reunión de Familia, varios parientes comentan los problemas que sufren sus familiares por la invasión del modernismo escéptico:

—¿Cómo está la hermana de Einar?… la de las alas.

—Lotte voló sobre Persia la semana pasada y la mataron a flechazos. Un pájaro para un banquete. ¡Un pájaro!

—¿Y Carl?

—¿El que vive bajo los puentes? Pobre Carl. No hay lugar para él en Europa. ¡Reconstruyen nuevos puentes con bendiciones de Agua Bendita! Carl es un refugiado. Hay más exiliados de la cuenta esta noche.

—¿Cierto? ¿En todos los puentes, eh? Pobre Carl.

En el relato En el Expreso de Oriente, el innominado protagonista cadavérico, cuenta que su mundo comienza a desaparecer para ser reemplazado por la existencia superficial y frívola de la “gente normal”. El horror al vacío para los seres de su especie que supone aquel desencantamiento del mundo postulado por Max Weber.

Con el paso de los años, mis compatriotas del mundo invisible fueron desapareciendo uno a uno, a medida que los castillos se derrumbaban o que los lores alquilaban sus visitados jardines a clubes femeninos o a empresarios hoteleros. Expulsados, los vagabundos fantasmales del mundo nos hemos hundido en la brea, en el barro y en el campo del descreimiento, la duda, el desprecio o la burla. Al multiplicarse día a día la población y la incredulidad, todos mis amigos espectrales huyeron. No sé a dónde. Soy el último, que trata de viajar en tren por Europa hacia algún castillo seguro, lluvioso, donde a los hombres los asusten adecuadamente las cenizas y los humos de las almas errantes.

Bradbury exploraría este tema, el del final del mundo de la imaginación y de las criaturas que lo habitan –similar al tropo de La Historia Sin Fin (Michael Ende, 1979)–, en otros cuentos no relacionados a la saga de la familia Elliott, como en Los Exiliados (de El Hombre Ilustrado, 1951), en El Referente (1943, compilado en The Collected Stories of Ray Bradbury), y algún otro que en este momento no me viene a la mente. La bomba atómica como el fin de la infancia de los seres humanos, la pérdida de la inocencia y, con ella, la de los seres fantásticos que la pueblan.

En The Guardian, Margaret Atwood escribe:

En mi opinión, en sus mejores obras, Bradbury hunde una raíz profunda hasta llegar al núcleo oscuro, gótico y esencial de Estados Unidos. No es casualidad que fuera descendiente de Mary Bradbury, condenada por brujería en 1692 –durante los tristemente célebres juicios de Salem– por, entre otras cosas, adoptar la forma de un jabalí azul (ella no llegó a ser ahorcada, ya que la ejecución se pospuso hasta que pasó la fiebre persecutoria). Los juicios de Salem constituyen un motivo fundamental en la historia estadounidense, uno que se ha repetido una y otra vez bajo diversas formas –tanto literarias como políticas– a lo largo de los años. En su esencia reside la noción de la dualidad de la vida: uno no es quien cree ser, sino que tiene un gemelo secreto y probablemente malvado; y, lo que es más importante, los vecinos no son quienes uno cree que son. Podrían ser brujas, en el siglo XVII, o personas que te acusen falsamente de serlo; o traidores, en el siglo XVIII, durante la Revolución; o comunistas, en el XX; o gente dispuesta a lapidarte hasta la muerte, como en el relato «La lotería» de Shirley Jackson; o terroristas, en el siglo XXI.

O podrían ser los Elliott y sus tenebrosos familiares, arrinconados por un mundo que ya no deja lugar a las criaturas de las sombras.

REUNIÓN DE FAMILIA

Decíamos que Ray Bradbury comenzó a escribir esta serie de relatos sobre los Elliott en la década de 1940, y la mayoría de los lectores de larga data de la obra bradburyana conocemos a esta familia principalmente gracias a Las Doradas Manzanas del Sol (1953) y El País de Octubre (1955); luego serían reunidos en 2001 en un tomo recopilatorio – añadiendo relatos nuevos y capítulos intermedios que funcionan como conectores entre las historias para convertirlos en una novela compuesta.

Los relatos recopilados en forma de capítulos en De la Ceniza Volverás que aparecieron previamente en otras publicaciones son:

– El Viajero (The Traveler, Weird Tales, 1945); posteriormente en Dark Carnival y The Stories of Ray Bradbury. La Familia debe lidiar con la visita de un pariente indeseable, Juan El Terrible –claramente una referencia a Drácula– que amenaza con delatar y destruir a los Elliott si Cecy no le brinda su ayuda.

– Reunión de Familia (Homecoming, Mademoiselle, 1946) posteriormente en Dark Carnival, El País de Octubre y The Stories of Ray Bradbury. El ritual o tradición familiar de reunir, en la noche de Halloween cada cierta cantidad indeterminada de años, a todos los parientes dispersos, que acuden desde todas partes del mundo. Timothy sirve como “escriba” del suceso.

– El Tío Einar (Uncle Einar, Dark Carnival, 1947) posteriormente también en El País de Octubre y The Stories of Ray Bradbury. Después de un accidente, el personaje homónimo pierde su sonar de murciélago y, por tanto, ya no puede volar de noche, viéndose obligado a buscar la manera de volar durante el día sin ser reconocido como monstruo y ser abatido por los humanos.

– La Bruja Errante (Saturday Evening Post, 1952, como The April Witch) posteriormente en Las Doradas Manzanas del Sol y en The Stories of Ray Bradbury. Ya lo comenté más arriba, Cecy busca experimentar el amor poseyendo el cuerpo de una muchacha.

– En el Expreso de Oriente (On the Orient, North, The Toynbee Convector, 1988). La historia de un no muerto que, horrorizado, viaja en tren para escaparse del avance de la frivolidad “normal” y conoce a una enfermera que lo acompañará en su periplo.

– Al Oeste de Octubre (West of October, The Toynbee Convector, 1988). Los espíritus desencarnados de cuatro jóvenes primos de Timothy y Cecy que, para sobrevivir luego de la pérdida de sus formas materiales en un incendio, son invocados al decrépito cuerpo del esposo de la Mil Veces Gran Abuela, donde descubren un mundo de memorias eróticas milenarias que se niegan a abandonar.

– De la Ceniza Volverás (From the Dust Returned, Magazine of Fantasy & Science Fiction, 1994). En esta versión de 1994, los miembros de la familia ya no son los Elliott: la Madre y el Padre pasan a llamarse repentinamente Jonathan y Priscilla Dark, mientras que Timothy es Timothy Light. El apellido Dark los vincula con el señor Dark, de El Pandemónium de las Sombras, de Cooger y Dark, el siniestro carnaval que invade Green Town en la novela La Feria de las Tinieblas (Something Wicked This Way Comes, 1962). Este relato constituye la base de los capítulos 21 al 23 con los que concluye la novela homónima de 2001. Sin embargo, cuando se publicó la novela, aquellos Elliott que en 1994 se habían convertido en los Dark y Light pasaron a ser, repentina y simplemente, «la Familia».

El resto de los relatos parecen ser originales de De la Ceniza Volverás.

¡Por cierto! En la novela De la Ceniza Volverás NO FIGURA EL APELLIDO ELLIOTT NI UNA SOLA VEZ. Allí aparecen simplemente como “La Familia” ¿De dónde saqué el apellido, entonces? El propio Bradbury dice en la introducción que así se llaman. Y en la versión previa del cuento La Bruja de Abril, Cecy –a través de Ann– le anota su nombre y dirección a Tom como “Cecy Elliott. Calle de los Alamos, 12. Green Town, Illinois”. Este detalle (nombre y dirección) fue borrado por Bradbury en capítulo 5 de la versión de la novela, vaya uno a saber por qué.

Dicho esto, la historia detrás de la publicación de De la Ceniza Volverás merece una mención aparte. Cuenta el propio Ray en la intro:

Al terminar el primer cuento sobre mi curiosa familia —con escasos veinte años—, ya estaba escribiendo para la revista Weird Tales, por la extraordinaria suma de medio centavo la palabra. Publiqué muchos de mis primeros cuentos allí, sin saber que estaba creando historias que sobrevivirían a la revista, hasta el día de hoy.

Cuando me aumentaron a un centavo la palabra, me creí rico. Así, mis cuentos fueron apareciendo uno a uno, y los vendía por quince, veinte, y a veces, veinticinco dólares cada uno.

Cuando terminé Reunión de Familia, Weird Tales lo rechazó inmediatamente. Siempre había tenido problemas con ellos, porque se quejaban de que mis historias no tenían fantasmas tradicionales. Querían cementerios, noches cerradas, caminantes extraños y asesinatos increíbles.

Yo no podía citar al fantasma de Marley una y otra vez, por más que lo amara, igual que a todos los fantasmas que visitaban a Scrooge. Weird Tales quería émulos de El Barril de Amontillado, de Edgar Allan Poe, o de la calabaza de La Leyenda de Sleepy Hollow, de Washington Irving.

Sencillamente yo no podía hacerlo; lo había intentado una y otra vez, pero mis cuentos se transformaban en narraciones de hombres que descubrían el esqueleto que los aterrorizaba dentro de sí mismos, o en historias sobre frascos llenos de criaturas extrañas e insospechadas. Weird Tales aceptó algunos de ellos muy a pesar suyo y con quejas, por eso, cuando Reunión de Familia llegó a sus oficinas, dijeron «¡Basta!», y el cuento me fue devuelto. No sabía qué hacer con él, porque en aquel tiempo había poco mercado en los Estados Unidos para contar tales historias. Por simple intuición, lo mandé a la revista Mademoiselle, donde había tenido suerte el año anterior al venderles un cuento breve que había enviado en un impulso.

Mademoiselle era una revista de moda femenina, pero tenía la reputación de publicar ficción de alta calidad: William Faulkner, Joyce Carol Oates, Tennessee Williams y, también al propio Bradbury; ya habían publicado uno de sus relatos, El Niño Invisible, en 1945. Sin embargo, Reunión de Familia también terminó en la bandeja de material no solicitado en medio de decenas de escritos recibidos por la editorial. Pero el cuento de Bradbury fue rescatado de la bandeja de material descartado por un aprendiz de editor.

Pasaron muchos meses. Pensé, bueno, quizás el cuento se perdió. Finalmente, recibí un telegrama de los editores, que decían que habían estado pensando en cómo cambiar la historia para adaptarla a la revista, pero que en cambio ¡iban a cambiar la revista para adaptarla al cuento!

Aquel aprendiz de redacción de Mademoiselle era nada más y nada menos que el aún ignoto Truman Capote, que por aquel entonces se encontraba sin nada concreto que hacer un día a mediados de 1946, cuando encontró el relato en el suelo del despacho de edición de ficción. Lo leyó, le encantó y se lo recomendó a Rita Smith, su editora.

Dedicaron el número entero de octubre a mi Reunión de Familia y además lograron que Katherine Ann Porter y otros escribieran ensayos sobre el tema de Octubre para completarlo. Recurrieron al talento de Charles Addams, que entonces era un caricaturista extravagante del New Yorker, que empezaba a dibujar su rara y maravillosa «Familia Addams». Creó un notable dibujo de mi Casa de Octubre, a doble página, con mi familia flotando en el aire de otoño y cabalgando en la Tierra.

Ya señalé cierta similitud entre los Elliott y las “Familias Monstruosas” que se pondrían muy de moda después, en la década de 1960. La más famosa de ellas, claro, la Familia Addams, salió a la luz pública por primera vez en 1938, cuando Charles Addams comenzó a publicar sus caricaturas en formato de tira cómica en el New Yorker. Al parecer, Bradbury y Addams trabaron amistad y planearon publicar un libro ilustrado sobre la familia Elliott. Sin embargo, tuvieron dificultades para encontrar una editorial y ambos siguieron por caminos separados.

Cuando finalmente apareció el cuento, tuve importantes reuniones con Charles Addams en New York y planificamos un trabajo en colaboración: durante varios años yo escribiría más historias, y Addams las ilustraría. Al final, reuniríamos los cuentos y los dibujos en un volumen. Pasó el tiempo, escribí algunas historias, nos mantuvimos en contacto, pero seguimos nuestro propio camino. Mis planes de escribir un libro se demoraron, porque tuve la suerte de que me encargaran el guión cinematográfico del Moby Dick de John Huston. Sin embargo, a lo largo de los años, volvía una y otra vez a mis amados Elliott. Ese cuento inicialmente discreto, Reunión de Familia, se había convertido en la piedra angular, pieza clave para La Historia de la Vida de la Familia Elliot: su génesis y disolución, aventuras y percances, amores y penas. Y cuando terminé de escribir el último cuento, ya el querido Charles Addams había pasado a la Eternidad, habitada por las criaturas de su mundo y el mío.

La Familia Addams. Las caricaturas de Charles Addams se empezaron a publicar como tira cómica en el New Yorker, en 1938.

DE LA CENIZA VOLVERÁS

Los Elliott realizaban un ritual o tradición familiar de reunir en la noche de Halloween, cada cierta cantidad indeterminada de años, a todos los parientes dispersos, que acudían desde todas partes del mundo. Bien, en la versión de Reunión de Familia publicada en El País de Octubre (1955) Bradbury no menciona en qué año sucede la acción, por lo que suponemos que es “el presente” de aquella epoca, es decir 1955.

–¡No lo olvides! –llamó alguien–. ¡Nos encontraremos en Salem en 1970!  

Salem. La mente entumecida de Timothy repitió las palabras. Salem, 1970. Y allí estarían el tío Fry y una anciana Mil Veces Abuela de mortaja mustia, y el Padre y la Madre y Ellen y Laura y Cecy y todos los demás. ¿Pero estaría él, Timothy? ¿Quién le aseguraba que estaría vivo entonces?

En la versión revisada de Reunión de Familia publicada en De la Ceniza Volverás (2001), tampoco sabemos en qué año sucede la acción, y también suponemos que es “el presente” de aquella epoca, es decir 2001. Bradbury reescribe:

—No olviden que nos volveremos a encontrar en Salem en el 2009 –gritó alguien.

Salem. La mente entumecida de Timothy repitió las palabras. Salem, 2009. Y allí estarían el tío Fry y una anciana Mil Veces Abuela de mortaja mustia, y el Padre y la Madre y Ellen y Laura y Cecy y todos los demás.¿Pero viviría él hasta entonces?

Las fechas difieren, toda la línea temporal de la historia se desplaza medio siglo adelante, pero la angustia por la propia mortalidad de Timothy es la misma; sus parientes inmortales o no-muertos iban a asistir, pero ¿él estaría aún vivo para presenciar aquella nueva Reunión de Familia? Esa incertidumbre del futuro parece hacer de Timothy, el “normal”, el hijo mortal de los Elliott, un espejo de todos nosotros, de la humanidad entera, que parece siempre estar viviendo en “tiempos interesantes”. A propósito de esto, el editor Herschel Brickell escribe en la introducción del volumen compilatorio Prize Stories of 1947: The O. Henry Awards (donde fue incluido el relato Reunión de Familia):

¿Nos está contando el señor Bradbury simplemente una historia –y lo hace con la destreza suficiente para hacernos creer lo que dice– o está realmente planteando que Timothy, en su singular situación, representa a la raza humana en este triste momento actual? ¿Quién estará en Salem en 1970 –si todo marcha según los planes para desintegrarnos atomicamente, entretanto–, aparte de los duendes y los necrófagos, las brujas y los brujos? Desde luego, ni el pobre Timothy ni nosotros.

La angustia de Timothy es nuestra angustia, simples mortales, ya sea por una guerra nuclear, una nueva pandemia mundial o por una rebelión sangrienta de la Inteligencia Artificial. Es que “este triste momento actual” al que refiere Brickell puede referir se a cualquier “momento actual”, ya sea 1946, 1955, 1970, 2001, 2009 o 2026.

Pero a los espectros les llega también su hora, con el avance imparable del desencantamiento del mundo. Sin embargo, después de haber vivido “dos mil cuatrocientos años y novecientos millones de muertes”, no sufren la misma angustia que padece el pobre Timothy, las cenizas, el olvido y el silencio eterno son, de todas maneras, mucho mejores que el cuchicheo ensordecedor de la chusma “normal” que todo lo invade. Dicho sea de paso, Timothy tampoco se resigna a que sus parientes desaparezcan y decide inmortalizarlos en su prosa… como lo hizo el propio Ray Bradbury:

Ésta es, en síntesis, la historia de De la Ceniza Volverás. Fuera de ello, podría agregar que todos mis personajes se basaron en los parientes que vagaban por la casa de mi abuela en esas noches de Octubre, cuando yo era niño. Mi tío Bion existió y los nombres de todos los demás que figuran en este libro, estuvieron, en su momento, relacionados con los de los primos, tíos o tías. Aunque han muerto hace tiempo, viven otra vez y flotan en los tubos de la chimenea, escaleras y altillos de mi imaginación, conservados allí, con gran amor, por este muchacho que alguna vez fue fantásticamente joven y que estaba increíblemente impresionado por el misterio de Halloween, la Noche de Brujas.

Con su prosa evocativa y brillante, pero también oscura e imaginativa, Bradbury, en la voz de Timothy, revive de entre las cenizas del pasado a los fantasmas de los fantasmas, los que ya no están pero de alguna manera sobreviven, los no-muertos; los que vivieron una época que ya no volverá, un mundo que sí llegó a su fin pero que a través de la memoria siempre está. Como una momia en un altillo. Como una soñadora que recorre etéricamente los paisajes del recuerdo perdido. El querido Ray nos ofreció (y nos sigue ofreciendo), en sus historias, su propia y muy personal forma de reencantar el mundo…

DE LA CENIZA… ¿VOLVERÁS?

(*) Mazzu es ensayista, músico, blogger y podcaster. Lo leemos en su blog y en La Manzana Dorada, y lo escuchamos en La Capilla Peligrosa y En el País del Diablo, este último dedicado a relatar historias esotéricas, paranormales y plativolistas de Bahía Blanca. Es activo colaborador de FactorElBlog.com.

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