Qué clase de Dios habita el cerro Uritorco

En Capilla del Monte, el cerro Uritorco y el Valle de Punilla se convirtieron en el epicentro argentino de una geografía esotérica poblada de ovnis, ciudades subterráneas, gurúes y peregrinos. Más que preguntarse si Erks existe, la historia invita a entender por qué ese mito echó raíces y qué encuentran allí quienes buscan una experiencia extraordinaria. (Anticipo: nota completa en Revista Supernova).

Por Alejandro Agostinelli

INVERSIÓN PLANETARIA. Ilustración de Frank Vega (Revista Supernova).

Grutas ilocalizables, canteras de cuarzo, volcanes huecos. Un ronquido geológico atribuido a la actividad de las “máquinas” de la ciudad intraterrena, o procesos de recarga de energía ovni. Morteros en las rocas de las cumbres tallados por los indígenas, reinterpretados por los guías místicos como respiradores de la metrópoli subterránea. Y aventuras más cercanas al trekking que al contactismo extraterrestre. Como en Paso del Indio, cerca del Paseo Los Mogotes, donde un pasadizo delgado entre piedras chatas recuerda al turista espiritual un contratiempo contundente, quizá laico: el cuerpo es un vehículo, y necesita mantenimiento. O mantener la respiración. Riachos malditos o ciénagas benditas por gurúes en tránsito. Comunidades establecidas o efímeras, nunca independientes de la ciudad que proveen de latas de arvejas, librerías esotéricas o farmacias para llenar el botiquín: las flores de Bach no curan heridas tras una caída ni restañan la mordedura de una víbora. Lugares reinventados para peregrinos que buscan salud, bienestar o un pedazo de cielo. Son el axis mundi de Mircea Eliade, la tranquera del homo religiosus que habita en las grietas donde lo sacro se cruza con lo profano; el zaguán a un portal dimensional visualizado por iluminados que la tienen clara. O no tanto. Al final, internarse en estos santuarios es un acto de entrega: reclama suspender la sospecha y buscar un paraíso en pequeña escala, en un mundo amenazado donde quedan pocas utopías a mano. Pero no todos echan raíces, ni quedan satisfechos. Los espíritus rotan.

La cumbre del Uritorco es un nodo. Allí, el cielo y la tierra se enmarañan y el cableado sináptico hace cortocircuito. Para algunos es, apenas, un paseo intenso. Hace falta tener pulmones libres de humo, buena ventilación alveolar y seguir la música del silencio. Así es posible vencer el primer desafío. Cuatro horas de caminata, con una sola vertiente de agua al promediar la ascensión, no son para cualquier mequetrefe. El cerro tiene 1.979 metros. Alcanzar la cima es un triunfo. Lograr la meta, un instante áurico. La existencia cobra sentido. La geografía pasa a ser un espacio de refundación cósmica. Reinan las cumbres, la naturaleza y la paz. Es un escenario majestuoso donde nacen, renacen y mueren dioses. Con sus instructores y sus iniciados, que van de la curiosidad al redescubrimiento, y diversas fuentes. Conocimiento ancestral cifrado en textos, testimonios y visiones; o coberturas, como las de José de Zer en Nuevediario o los documentales de Infinito. Ideas que tan pronto resuenan con lo que uno intuía o aprendió en otras vidas.

Hay algo indiscutible: para salir de la incertidumbre o plantearse nuevas preguntas, nada mejor que un baño de experiencia.

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