David Wilcock fue un potente propagador de las paranoias del siglo XXI: integró ovnis con Nueva Era, alienígenas con geopolítica y misticismo con misterios antiguos. El pasado 20 de abril se quitó la vida y entró en un club al que no quería pertenecer: el de los científicos muertos o desaparecidos sin explicación, que ya adquieren estatura de subgénero dentro de las conspiraciones milenaristas contemporáneas.
Cuando ya estaban cómodamente instaladas las versiones de que “una decena (y subiendo) de científicos e investigadores de primera línea relacionadas con acceso a material nuclear o aeroespacial clasificado” habían aparecido muertos o seguían desaparecidos –sin causas conocidas o sí, pero unidas por un hilo invisible–, trascendió el suicidio de David Wilcock (1973-2026), el pasado 20 de abril en Boulder, Colorado.
Wilcock fue un prolífico autor y youtuber con una audiencia que superaba el medio millón de seguidores. Antes de quitarse la vida, fue una de las caras del «movimiento de divulgación ovni» a través de plataformas como Gaia y su serie Cosmic Disclosure. A la vez, lideraba su propia iglesia apocalíptica, «Sanación y Empoderamiento Espiritual», en el estado de Nevada, y figuraba como Director de Tecnología Avanzada de la fallida compañía Stavatti Aerospace.
La influencia de Wilcock creció gracias a su participación en varios capítulos de la serie Ancient Aliens, junto a figuras como George Tsoukalos y otras dos celebridades del panteón ufológico: los recientemente fallecidos Erich von Däniken (1935-2026) y Nick Pope (1965-2025). Algunos deslizaron que el suicidio de Wilcock cerraba un fatídico triángulo de “muertos por saber demasiado”. Si bien Däniken y Pope murieron por causas naturales y a la serie de History Channel le interesa la arqueología fantástica, no las revelaciones sobre UAP (sigla en inglés de Fenómenos Anómalos No Identificados), los tres fallecieron el mismo año.
Wilcock no solo denunciaba la incursión de naves de tecnología exótica sobre la Tierra. En su complejo sistema de creencias él se consideraba reencarnación del psíquico Edgar Cayce (1877-1945). Sus pretendidos contactos telepáticos con el Arcángel Miguel o el colectivo Ra le permitieron saber que gran parte de la Antártida funciona como un búnker reptiliano que controla los gobiernos y bancos mundiales, y prepara una invasión a gran escala, definitiva.
Durante la pandemia de COVID-19 lanzó afirmaciones falsas sobre el origen del virus y profecías catastrofistas, que eran parte de cursos pagos donde instruía a su audiencia sobre “zonas seguras y cómo preparar a su familia” ante un final siempre postergado.
Para miles de aficionados que relacionan la espiritualidad con los extraterrestres, Wilcock murió porque “sabía demasiado”, era acosado por odiadores en línea o combinaciones de ideas parecidas. Pocos «fuera del círculo» han considerado la posibilidad de que en su decisión prevalecieran aspectos desconocidos de su vida privada.
Según parece, su llamada al 911 corrió el telón. «Necesito irme», dijo David al operador. Habló de su salud, de sus deudas. «Lamento hacerte pasar esto», se disculpó antes de colgar. Cuando los agentes llegaron, lo vieron salir con un arma en la cabeza. «¡Baja el arma!», gritó una voz de mando. Y se disparó. Se desplomó sin vida a metros de la puerta de su casa.
Ese mismo día, en la red social X, la congresista Anna Paulina Luna (R), presidente de la comisión sobre UAP, tuiteó un versículo bíblico: «La verdad os hará libres».
En una carta pública, la familia de Wilcock habló sobre sus libros, sus intereses y su licenciatura en Psicología. “Se quitó la vida tras una larga lucha contra la depresión y una abrumadora deuda financiera”, escribió. No ocultó lo que para observadores atentos de sus últimos vivos en Youtube era obvio. “Si bien era conocido como un maestro carismático y cautivador entre sus seguidores, quienes estaban más cerca de él conocían íntimamente la gravedad de sus problemas de salud mental sin tratar. Muchos que lo conocían de lejos han especulado sobre un posible encubrimiento en torno a su muerte, pero les podemos asegurar que no hubo ningún hecho delictivo”, dijo la familia en el comunicado.
De diez años a esta parte, la ufología como fuente de ideas conspirativas creció a niveles inauditos. Las tragedias personales, las muertes por enfermedad o el retiro por agotamiento psicológico, hoy son reinterpretadas como evidencias de ejecuciones digitadas por el poder en las sombras y nutren una mitología que prioriza la épica sobre las hipótesis sencillas. Ya son parte de un subgénero dentro de ese conjunto mayor llamado “Teoría de la Conspiración”: el conspiracionismo milenarista.
LA PRIMERA DESAPARICIÓN
2026 será recordado como el año de la consolidación del subgénero consagrado a los mártires ufológicos. El murmullo empezó a circular en febrero en foros de Reddit y siguió en redes sociales como TikTok y X: al principio fueron cinco, tan pronto diez, hasta que ascendieron a once o doce el conjunto de muertes y desapariciones bajo la misma premisa: personas expertas, o ligadas a expertos, caídos a causa de un supuesto acceso a secretos de Estado.
La teoría de los científicos desaparecidos ya escaló a los niveles más altos de la política estadounidense. El Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes y miembros del gobierno de Trump sugirieron “la posible implicación de potencias extranjeras como China, Rusia o Irán”. Cuando el presidente Trump salía de una reunión que abordó el asunto, dijo que era “un asunto bastante serio, solo espero que sea una coincidencia”. Su secretaria de prensa, Karoline Leavitt, confirmó que el gobierno tratará las “preguntas legítimas sobre estos casos preocupantes. No se dejará piedra sin remover”.
Todo empezó con el caso del General William Neil McCasland. Su carrera parece tener un vago paralelismo con la de Donald Keyhoe (1897-1988), el exmayor del Cuerpo de Marines que se convirtió en la figura visible de la ufología en los años 50 con su bestseller The Flying Saucers Are Real. Solo que Keyhoe, a pesar de ser un hereje pionero, constituye una notable excepción a la creencia de que investigar ovnis a conduce un final trágico: murió de viejo a los 91 años.
McCasland, Mayor General retirado de la Fuerza Aérea de EE.UU., ha sido señalado como una figura clave en la “nueva era de la divulgación ovni” iniciada en 2017. Ese año, The New York Times reveló un programa secreto del Pentágono, cuya desclasificación de videos de fenómenos anómalos y el permiso tácito para habilitar a pilotos de la Marina a contar sus experiencias, transformaron un tabú marginal en un asunto de seguridad nacional bajo supervisión del Congreso.
Según correos que envió el ex funcionario de Bill Clinton, John Podestá al músico y ufólogo Tom DeLonge en 2016, McCasland habría sido el contacto que confirmó la posesión de “tecnología no humana y materiales recuperados en Roswell” por parte de contratistas de Defensa. El General, un ingeniero astronáutico de 68 años que dirigió laboratorios vinculados a la Fuerza Aérea en la base Wright-Patterson (históricamente vinculada al mito Roswell), era el candidato perfecto para estrenar el club de la conspiración.
McCasland está desaparecido desde el 27 de febrero 2026. Salió armado y dejó su teléfono en casa. La denuncia fue recibida por la Oficina del Sheriff del condado de Bernalillo. De inmediato, los investigadores emitieron una Alerta Silver y desplegaron la búsqueda usando drones, helicópteros, perros K-9 y equipos de rescate, coordinados con el FBI y otras agencias. Su esposa, Susan McCasland Wilkerson, declaró que tenía indicios de que él «debió planear no ser encontrado». Sobre su salud, la mujer aclaró que no padece demencia ni Alzheimer, y que no estaba confundido ni desorientado. Solo sufría de ansiedad, pérdida de memoria y falta de sueño. Ella desmintió la idea de una conspiración. “Neil no tiene ningún conocimiento especial sobre los cuerpos extraterrestres y los restos del accidente de Roswell almacenados en Wright-Patterson. Aunque en este punto, sin ninguna señal de él, quizás la mejor hipótesis es que los alienígenas lo teletransportaron a la nave nodriza. Sin embargo, no se han reportado avistamientos de una nave nodriza sobrevolando las Montañas Sandia”, ironizó Susan. Hacía trece años que se había retirado. “Difícil que lo secuestraran por guardar secretos”.
Para el investigador británico de Metabunk, Mick West, este es un caso de «atribución de autoridad»: el prestigio del rango militar permite validar testimonios de oídas (lo que DeLonge dice que el General dijo) sin presentar pruebas. A falta de documentos o materiales físicos, su mención en correos filtrados y su “eliminación de escena” es maná para los rumores de “escándalo de filtraciones”. No importa si el General ya no frecuenta su hogar o ignora los correos. ¿Puso fin a su vida por motivos personales? ¿Fue eliminado por el gobierno? Los investigadores han descartado el factor encubrimiento extraterrestre: en estos casos, seguir las hipótesis que explican más hechos con menos especulaciones parece el camino indicado.
ARCANO PATRÓN PLATIVOLISTA
La casi octogenaria ufología tiene sus propios «archivos X» de investigadores que murieron en circunstancias inusuales. ¿“Alguien” apuró su viaje a otros cielos por su acceso a “conocimientos inconvenientes”? ¿Fueron obligados a quitarse la vida por fuerzas incontrolables?
Esta manera de pensar se ha tejido por décadas en el folklore ovni. Entre los posibles causantes de crímenes o falsos suicidios se puede desgranar un rosario de sospechosos de novela: Hombres de Negro, mercenarios de fuerzas de seguridad, servicios secretos, sicarios del Nuevo Orden Mundial o extraterrestres negativos (ayer grises, hoy reptilianos). No siempre es necesario nombrar culpables.
La bola de la conspiración rueda mejor lubricada sin información corroborada. Si esta información se ignora, voluntaria o involuntariamente, el desconocimiento es el aliado más fuerte para acelerar su expansión: la sospecha no solo es suficiente, sino necesaria.
Sin contar con grandes hitos como el asesinato de JFK o la maldición de Tutankamón, como se le escapó al antropólogo Ignacio Cabria en el grupo Liminal, lideran esta luctuosa nómina cinco figuras históricas del plativolismo estadounidense.
Morris K. Jessup (1900-1959) fue un astrónomo con formación en matemáticas interesado en ovnis. Asistió a la Universidad de Míchigan y dirigió el telescopio universitario en Sudáfrica, aunque se ganó la vida dedicándose a otras actividades. Su libro The Case for the UFO (1955) fue el más exitoso de su corta carrera literaria. La obra ascendió a la categoría de mito pop cuando el marino mercante Carlos Miguel Allende (1925-1994) empezó a enviarle cartas donde afirmaba haber sido testigo de un caso increíble. En 1943, le escribió, vio cómo un destructor de la marina se volvía invisible y era teletransportado de Filadelfia a Virginia. En 1957 el caso dio un giro de vértigo cuando la Oficina de Investigación Naval citó a Jessup porque habían recibido un paquete anónimo con un ejemplar de su libro anotado en los márgenes con lapiceras de tintas de colores. Allende, un tal Allen, era un paciente psiquiátrico que reconoció haber sido el autor del fiasco. La decepción hizo tambalear a Jessup, pero no lo detuvo: en 1958 publicó The UFO Annual en 1958 y siguió colaborando en revistas del género, como Fate.
El 20 de abril de 1959, su cuerpo sin vida apareció dentro de su auto, hallado con sus ventanas cerradas, el motor encendido y una manguera que conectaba el caño de escape a la cabina. Este suicidio por monóxido de carbono cedió al misterio porque su amigo, el Dr. Manson Valentine, sospechó de un asesinato. Su declive anímico estuvo relacionado con problemas financieros, su separación matrimonial y la presión mediática causada por el caso Allen. Nunca se repuso del “factor ridículo”. Días antes de morir, le pidió en una carta que envió a su amigo, el presentador radial Long John Nebel, que “organizara una sesión de espiritismo en el aire para contactar su espíritu después de su muerte”. Curiosamente, la historia de Allen, que engañó a Jessup hasta que el fraude fue obvio, solo dio de comer a generaciones posteriores: ambos murieron en la pobreza. El caso es conocido como El Experimento Filadelfia.
El Dr. James E. McDonald (1920-1971) era un destacado físico, que colaboró en paneles de la Academia Nacional de Ciencias (NAS) y fue profesor en la Universidad de Arizona. Su especialidad era física de las nubes, la meteorología y los recursos hídricos. Desde 1966 se convirtió en el defensor académico con más peso del campo ovni. Por cierto, él se encargó de revisar los archivos del Proyecto Libro Azul de la Fuerza Aérea y concluyó que el gobierno “ignoraba evidencia significativa”. En 1968, participó en el Simposio sobre Objetos Voladores No Identificados ante el Comité de Ciencia y Astronáutica de la Cámara de Representantes de EE. UU., donde dejó una frase que pronto fue cabecera de la literatura ovni: “Mi propia opinión actual, basada en un estudio bastante intensivo de unos dos años, es que la hipótesis de la inteligencia extraterrestre es la única que puede dar sentido a todos los datos”.
Oficialmente, su muerte, el 13 de junio de 1971, fue declarada suicidio: con un revólver calibre 38 se disparó en la sien después de alejarse a una área desértica de Tucson, Arizona, y dejó una nota de despedida. En marzo de ese año había sido ridiculizado en una audiencia por su postura pro ovni mientras presentaba datos científicos sobre los daños a la capa de ozono que podía causar el avión supersónico SST. Aquel ataque ad hominem golpeó su reputación académica y su estado emocional. Después de un intento fallido en abril, meses después consiguió quitarse la vida. Tenía 51 años. Algunos ufólogos se preguntan si lo quebró la presión de su entorno o si tomó la decisión acosado por “alguien más”. Lo cierto es que ese primer intento le provocó una ceguera parcial y daños neurológicos, agravando su depresión y su sensación de aislamiento. Ann Druffel, autora de su biografía Firestorm: Dr. James E. McDonald’s Fight for UFO Science (2003), sugirió que McDonald era “demasiado peligroso” para el establishment por el empuje que le puso a su obsesión, que era obligar a la ciencia a mirar a los fenómenos ovni. Pero Druffel no contradijo la conclusión oficial.
McDonald luchó para que los ovnis fueran tomados en serio y solía criticar al periodista Frank Edwards (1908-1967) por su sensacionalismo. Si bien no era un científico, Edwards escribió un best-seller, Flying Saucers, Serious Business (1966), que llevó el tema al gran público. Su deceso fue atípico por un detalle casi literario: falleció 20 minutos antes de la medianoche del 23 de junio de 1967. Al día siguiente se cumplían 20 años del avistamiento de Kenneth Arnold sobre el monte Rainier, el evento que instaló la expresión «platillo volante» en la cultura popular. Falleció de un ataque al corazón a los 58 años. En ese momento, se estaba celebrando en Nueva York el Congreso del 20º Aniversario de los Platillos Voladores. Cuando esa mañana anunciaron su muerte, el auditorio, impactado, revivió las preguntas sobre el final de Jessup.

Otros casos fueron largamente debatidos. Uno de ellos es William Milton Cooper (1943-2001), autor del libro Behold a Pale Horse (1991), obra de la que bebieron otros jugadores del conspiracionismo milenarista, ya que agregó extraterrestres al tropo Nuevo Orden Mundial. El 5 de noviembre de 2001, agentes de la oficina del Sheriff del Condado de Apache, Arizona, intentaron arrestarlo en su granja de Eagar. Había amenazado con disparar a quienes intentaran ingresar; los agentes no hicieron caso y Bill cumplió su amenaza, hiriendo a un oficial de gravedad. Entonces, la policía le asestó un tiro mortal. Algunos autores omiten que no fue abatido por sus ideas locas sobre los ovnis, sino por asalto agravado con un arma de fuego y por ser prófugo de la justicia en un caso de evasión de impuestos que arrastraba desde hacía años. En su programa de radio Cooper había jurado: «No me atraparán vivo».
El 10 de enero de 1996, Karla Turner, investigadora de abducciones y abducida ella misma, según relataba, murió de un cáncer fulminante a los 48 años de edad. Karla, doctora en Literatura Inglesa, fue autora de Into the Fringe (1992) e Inside the Alien-Human Abduction Agenda (1994). En la comunidad ufológica empezó a correr el rumor de que “hablaba demasiado” sobre la hostilidad de las entidades y que su cáncer (así como el de otros abducidos que ella investigaba) fueron inoculados artificialmente o fueron consecuencia de la exposición a radiación durante los supuestos encuentros. Esta idea conspirativa de la “inducción del cáncer” abarca varios rubros, entre otros el de los pacientes oncológicos que fueron o son presidentes de un país o dirigentes políticos opositores. Karla murió a los 48 años.
Algunos han sumado a la pérfida racha al psiquiatra John Mack (1929-2004), embestido por un conductor ebrio. «Pero, vaya… y si…» Vaya, sí. Vayamos despacio: en esta dimensión, que te atropelle un sujeto alcoholizado podría calzar en la cuenta.
UNA COALICIÓN HETEROGÉNEA Y DISPERSA
Los casos de la nómina en circulación desde marzo de 2026 florecieron gracias a la conexión de incidentes aislados y diversos que sucedieron a lo largo de casi cuatro años. Años en que –digámoslo todo– el clima de «Revelación» estaba a punto caramelo.
Michael David Hicks, un científico planetario del Laboratorio de Propulsión a Reacción (JPL) de la NASA. Su trabajo fue clave en la misión DART (Double Asteroid Redirection Test), ya que analizó los datos del impacto contra el asteroide Dimorphos. Su muerte, el 16 de julio de 2023, fue relacionada con un supuesto conocimiento sobre anomalías detectadas durante la misión DART y su nombre engrosó el acervo de los casos «desconocidos». Era joven, tenía 56 años. El forense del condado de Los Ángeles anotó que falleció por una enfermedad cardiovascular arteriosclerótica. Meses antes, el astrónomo Carl Grillmair, un profesor de Caltech de 67 años, especializado en exoplanetas y objetos cercanos a la Tierra, fue asesinado a tiros en el porche de su casa en Antelope Valley, California, por un delincuente reincidente.
El portugués Nuno Loureiro, físico del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), dirigía el Centro de Ciencia de la Fusión y el Plasma. Murió el 16 de diciembre de 2025 en su casa de Brookline, cerca de Boston. Fue asesinado por Claudio Neves Valente, quien se había cargado, dos días antes, a dos alumnos en una universidad de Rhode Island. Los investigadores creen que competía con Loureiro, a quien había conocido en Lisboa. Después de matar a su colega se suicidó, dato más que relevante para predisponer a la idea de la conspiración.
Mónica Reza, una ingeniera aeroespacial de 60 años del JPL, era experta en superaleaciones, una especialidad que resuena con la idea de los metamateriales o tecnología inversa de naves recuperadas en Roswell. En junio de 2025, Reza desapareció mientras practicaba senderismo en el Bosque Nacional de Ángeles, en Monte Waterman, California. Fue vista caer por dos excursionistas, pero su cuerpo no fue hallado. Jason Thomas, un biólogo químico y ejecutivo de la farmacéutica Novartis, que murió ahogado en un lago, no tenía ningún contacto con las ciencias aeroespaciales. Su esposa confirmó que atravesaba una fuerte depresión.
Sin duda, mientras el caso replique en los medios, la lista seguirá creciendo. A último minuto, por ejemplo, se sumó el caso del ingeniero nuclear de la NASA Joshua LeBlanc, de 29 años: el 22 de julio de 2025 su Tesla chocó contra un árbol en Huntsville, Alabama, y murió calcinado.
No todos los portales lo aclaran, pero nobleza obliga: el catálogo de desapariciones sospechosas engorda con no científicos, como el capataz de construcción jubilado de 79 años, Antonio Chávez, la asistente administrativa Melissa Casias, ambos trabajadores del Laboratorio Nacional de Los Alamos, y Steven García, un hombre de 48 años contratado en el Campus de Seguridad Nacional de Kansas City, donde era custodio de una fábrica de componentes no nucleares para armas atómicas, quien se fue de su casa el 28 de agosto con una pistola.
Mención aparte merece el caso de Amy Eskridge, una entusiasta autodidacta en «sistemas de antigravedad» de 34 años que murió por un disparo autoinfligido en la cabeza el 11 de junio de 2022. La familia, que conocía sus padecimientos mentales, no estaba sorprendida. Su padre dijo: “Los científicos también mueren”. Richard Eskridge fue ingeniero de propulsión en la NASA. Un dato que cifra la nota misteriosa de la relación establecida.
Quizá los datos duros son eficaces para comprender el alcance del enigma.
Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de EE. UU., cada año unos 35.000 estadounidenses de las mismas edades mueren por causas naturales y otros 50.000 mueren por suicidio, la mitad de los cuales a causa de problemas de salud mental. Mick West analizó diez casos concentrados en tres áreas urbanas: Los Ángeles, Nuevo México y Boston, ya que –según los partidarios de la conspiración– son “zonas propicias” para la narrativa ufológica. Esa idea a West no le parece mala, pero agrega que esas áreas “también albergan las mayores concentraciones de trabajadores con autorización de seguridad aeroespacial y nuclear del país, unas 150.000 personas en total”. Además, remarca que ningún nombre de la lista, ubicado en esa zona, tiene relación comprobable con la ufología. Son investigadores de asteroides, teóricos del plasma e ingenieros de materiales. Y otras ciudades, habitadas por personal con autorización de seguridad comparables y su propia tradición ovni, no registraron ningún caso. La lista es una geografía de francotirador texano: el blanco pintado alrededor de donde ya impactaron las balas”.
West concluye:
La fuerza laboral estadounidense de la industria aeroespacial y nuclear, con autorización de seguridad de alto secreto, es de unas 700.000 personas. La mortalidad ordinaria durante 22 meses predice aproximadamente 4000 muertes, 70 homicidios y 180 suicidios. La lista incluye una decena de casos. Incluso restringida a las poblaciones de clúster, las cifras se mantienen entre uno y dos órdenes de magnitud por debajo de la mortalidad ordinaria. Las muertes son reales. El dolor de las familias es real. El patrón no lo es.”
El psicólogo Michael Shermer prefiere las preguntas. “¿Qué ocurre con todos los científicos de ovnis y nucleares o militares que no desaparecen, o no son encontrados muertos antes de la vejez?” Le llama a este fenómeno falacia de las excepciones excluidas. “De repente, nuestro misterio desaparece. No hay nada inusual que explicar en el contexto más amplio de todo lo demás que podría suceder, pero que se ignora al centrarnos únicamente en la combinación que nos interesa explorar”.
“El verdadero misterio no es una conspiración enemiga, sino el desmantelamiento de la estructura científica nacional bajo la administración Trump”, escribió Daniel Engber en The Atlantic. Mientras la gente mira a su alrededor por un pánico prefabricado, continúa, el gobierno ha propuesto recortar a la mitad la financiación de la NASA y la Fundación Nacional para la Ciencia (NSF). “Esta es solo una parte de los daños a la investigación de EE.UU. desde que empezó 2025. Algunos de los principales científicos reaccionaron marchándose. No se puede culpar por esto a China, Rusia o Irán. Quizá la Casa Blanca debería investigarlo”, ironizó.
CONSPIRACIONISMO MILENARISTA: UNIR LOS PUNTOS
Para el sociólogo Robert Bartholomew, profesor en el Departamento de Medicina Psicológica de la Universidad de Auckland, Nueva Zelanda, la creencia en la interconexión de estos sucesos es un caso de apofenia, definida como “la tendencia humana a encontrar vínculos significativos en eventos que, en realidad, no guardan relación entre sí”. Es la humana tentación de ver aquello que esperamos encontrar. “Las publicaciones en redes sociales siembran la idea de que existe un ataque coordinado contra algunos científicos estadounidenses”, continúa. “Y algunos reinterpretan muertes o desapariciones aleatorias como sospechosas”.
El misterio se esfuma cuando las víctimas no comparten áreas de experiencia ni circunstancias comunes y ni siquiera tienen contacto entre sí: no hay “ataque externo”, sino una caravana de tragedias humanas, individuales y descontextualizadas.
El académico británico David G. Robertson, profesor de Estudios Religiosos en la Open University y cofundador del Religious Studies Project, muestra cómo el conspiracionismo elabora relatos plausibles no a partir de pruebas sólidas, sino mediante la acumulación y conexión de piezas construidas con informaciones débiles pero sugestivas.
Ante la falta de pruebas físicas (naves, cuerpos, artefactos), estas narrativas necesitan el “testimonio de primera mano” como “prueba definitiva”. Pero las experiencias no son hechos en bruto, sino que se interpretan a posteriori dentro de marcos culturales disponibles. Así, la exposición repetida al discurso ufológico transforma la duda inicial en certeza: uno aprende a tener una experiencia del tercero, cuarto o cualquier tipo.
En su libro UFOs, Conspiracy Theories and the New Age: Millennial Conspiracism (2016), Robertson analiza cómo se cruzan los discursos sobre ovnis, las teorías conspirativas y la espiritualidad New Age, enmarcándolos dentro de un «conspiracionismo milenarista»: la creencia de que una élite oculta controla la historia humana y que un cataclismo inminente (ya sea físico o espiritual) traerá una nueva era.
Estas historias, escribe, “a menudo comienzan como rumores, que se ‘solidifican’ con el tiempo cuando son recogidos por los medios masivos”. A modo de ejemplo, cuenta el caso de una lista de nombres de individuos influyentes supuestamente investigados por pederastia que circulaba en internet que le fue presentada a quien fue primer ministro británico David Cameron entre 2010 y 2016. En vivo, por televisión. En esta escena, fase del despliegue de un rumor al que llama “solidificación”, se advierte cómo una especulación marginal, repetida por los medios (incluso para desmentirlo), adquiere patente de legitimidad. El ejemplo muestra cómo un rumor puede llegar al más alto nivel político, como el evento que nos ocupa.
“La investigación sobre el rumor sugiere que, además de la función social de proporcionar información que, por alguna razón, no está clara en el relato oficial, también funciona para hacer que el hablante parezca ‘estar al tanto’, aumentando así su capital social y epistémico”, escribe Robertson.
A esas diferentes pequeñas piezas de información que revela el “panorama general”, para los nativos es “intuitivo”.
Esta estrategia adopta la forma de largas listas de nombres de individuos y organizaciones –a menudo ampliamente separados en el tiempo, la geografía y el idioma– acompañadas de sus supuestas conexiones ocultas, creando una narrativa amplia pero altamente sugestiva: ‘conectar los puntos’”.
Esta forma de conocimiento no sigue los cánones de la evidencia científica (verificación de fuentes, fechas, contexto), sino que “conecta puntos” separados. El problema epistemológico es claro: cualquier punto puede conectarse de infinitas maneras; la «intuición» selecciona los trazos que confirman la hipótesis previa.
Así tenemos construcciones sociales complejas como la de los científicos perseguidos, cazados y asesinados por un ominoso e innombrado “poder en las sombras”.
Agradecimientos: Chris Aubeck, Jeff Knox, Alex Boge, Ágora Plaza Sotomayor
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