Postales, recortes e imágenes del Morro Borel, 1994
La violencia en Río de Janeiro no es nueva. Hace 29 años, el editor de FACTOR intentó entrevistar a un jefe del Comando Vermelho, que ya era la banda narco más poderosa de la ciudad.
Por Alejandro Agostinelli
El domingo 27 de noviembre de 1994, el Comando Militar del Este abandonó el centro operativo que había montado en la cima del Morro de Borel. Los medios más influyentes de Brasil difundieron una sensación de éxito.
Aquella maciza arbolada de espaldas a Tijuca, considerada un bastión inexpugnable, se había convertido en una de las zonas más conflictivas de la Operación Río. Dos bandas de 100 combatientes cada una se disputaban el poder narco, mientras que una tercera, liderada por Claudinho da Conceição, hostigaba a ambas desde el Morro de Casa Branca.

Los 40 mil habitantes del Borel, encerrados en el laberinto sin escapatoria de las favelas, eran como cobayos de un cruel experimento político militar. Sus preguntas sin respuesta retumbaban de morro en morro como el eco de las balas perdidas. Ahora guardan un silencio provisorio.
Durante cuatro días, dos mil militares cercaron el santuario regenteado por Julio Pie de Pato y Antonio Carlos dos Santos, jefes de sendas facciones que actúan en nombre del Comando Vermelho. Las tropas contaron con el apoyo de blindados, helicópteros y aviones. El propio general Roberto Cámara Senna, comandante máximo de la Operación, encabezó el asalto.
La prensa carioca informó hasta el aburrimiento que al general una bala errante le pasó raspando. Pero pocos medios titularon con el magro saldo del operativo. Tras algunas escaramuzas, fueron detenidos 26 sospechosos de mantener relaciones promiscuas con el narcotráfico, se secuestraron algunos rifles y fusiles y cuatro kilos de cocaína.
La primera demostración pública de superioridad militar fue reemplazar una gran cruz de madera que representaba el Comando Vermelho por una bandera brasileña. En realidad, el crucifijo había sido colocado en 1979 por un misionero católico sin otro ánimo que evangelizar.
La repercusión del testimonio de los pobladores que denunciaron haber sido sometidos a torturas en la Iglesia San Sebastián, utilizada como base por el Ejército mientras peinaba las favelas en busca de armas y tildaba con yeso las casas requisadas, fue mayor de lo esperado.
A pocos días del espectacular despliegue militar, La Prensa recorrió las zonas más conflictivas del Borel y comprobó que el poder narco sigue siendo dueño y señor de la región. Varios favelados, incluso aquellos que mantienen algún grado de compromiso con las cuadrillas, confesaron que no habían perdido la esperanza de que el Ejército consiguiera desarmarlas. «Torturaron a mucha gente que no tenía nada que ver… ¡y aunque lo tuviera! Ya perdimos el miedo a las bandas. Antes de guerrear pegan unos tiros para que nos metamos en las casas. Ahora estamos peor», confió Isabel, una monja carmelita que asiste a los pobres desde hace 10 años.
INFIERNO CON VISTA AL PARAISO
Abajo, en las estribaciones del Borel, sólo había policías del Batallón de Operaciones Especiales (Bope) con sus espaldas pegadas a los muros.
El objetivo a alcanzar era la cima, donde se refugiaban las cuadrillas. La única garantía para entrar en la zona prohibida sin arriesgar el pellejo era José Iván, presidente de la Asociación de Moradores. La condición era internarse acompañando a los cronistas del Jornal do Brasil, diario que –dicho sea de paso– apoyó abiertamente la intervención militar.
“No es una compañía tranquilizadora”, concedió Iván, “pero como ustedes son de un medio extranjero, nos respetarán”. Aun así, inquietaba saber que los narco son buenos lectores de las crónicas que protagonizan.
Chacra del Cielo es el paraje poblado más alto del morro. En un sentido, la vista es maravillosa. La Bahía de Guanabara, el puente que une Río con Niteroi, las playas doradas de Copacabana. En otro, dantesco: la realidad de los que viven como pueden en los miserables márgenes de una ciudad que, allá abajo, rinde culto a la desmesura e hizo de la elefantiasis un estilo arquitectónico.
Si la primera impresión es lo que cuenta, la bienvenida fue prometedora. En medio de una nube de tierra naranja, una decena de pixotes corría detrás de una pelota. La llegada foránea disipó la polvareda. Los rapazes, de distintas edades e idéntica desconfianza, mostraron sus caras oscuras. Uno de ellos guió a La Prensa hasta los jóvenes que dijeron haber sido torturados. Los tres más golpeados denunciaron haber recibido descargas eléctricas en las heridas, en el cuello y bajo las uñas, pero ahora estaban internados. Los otros no mostraban moretones “porque cuando te meten las partes bajo el agua no quedan marcas».
Un vecino sin nombre acusó por lo bajo: “No les crea. Se hacen las víctimas porque quieren que se vayan los militares. Son delincuentes, pertenecen a las cuadrillas”. ¿A quién creer? El político de Borel puso cara de conocer la verdad. “Pero tienen que entender mi situación. Mi vida pende de un hilo”. Ese mismo día, el Comando del Este había conseguido autorización para intervenir los teléfonos de los líderes comunitarios. “El 80 por ciento está ligado al narcotráfico. Quien no colabora con el negocio de las drogas, muere”, sentenció un oficial, acaso anunciando quiénes serán las próximas presas de la cacería.

LA HORA DEL TERROR
Cuando efectivos del Ejército y la Policía Militar ocuparon el Morro de Borel, impusieron un horario de restricción de circulación a partir de las 20 horas. “Por la noche todos los gatos son pardos”, había explicado el coronel Luis Cesario, portavoz del Comando del Este. Durante esos días, nadie podía salir ni entrar. Ahora, el toque de queda es el mismo. Pero lo fijan los gerentes del narcotráfico. Y solo rige para los visitantes no invitados.
El sol había caído y las nubes eran un manchón de acuarela gris que desteñía el manto boscoso de los morros. “Hay que irse; se agotó el plazo de seguridad”, ordenó Iván. “Ya se pone en marcha el sistema y no permiten que nadie vea su funcionamiento”. El rostro del líder de la comunidad es tan seco e inexpresivo como un terrón del Pan de Azúcar. Pero cuando dijo que el tiempo se había terminado, por su frente se deslizó una persuasiva, delatora gotita de sudor. Leni Silles, guía e intérprete de BTR, la única agencia de Río que incluyó en sus turs rondas nocturnas de alto riesgo, insistía en quedarse.
“Vaya con Iemanjá, que luego bajamos a pie», dijo. Iván miró al cronista y giró su índice en la sien. “A las 20 superamos el horario máximo”. Eran las 21. “Si se quedan, están muertos”. Ni falta que hacía, pero quiso ser más gráfico y llevó a La Prensa hasta el borde de un precipicio. La enorme sigla T.C. se calaba en la roca donde nuestros pies intentaban afirmarse. “Este sector es del Tercer Comando. Si se asoman, el Comando Vermelho les vuela la cabeza. De abajo tiran con FAL, y les aseguro que, en lo oscuro, su puntería mejora”
El Volkswagen azul del líder de los pobladores avanzaba por el camino empedrado como un caracol asustado. Iván saludaba ostentosamente a los olheiros (campanas), que cumplían a rajatabla su trabajo de estatuas vigilantes. El saludo sin eco reforzaba la sensación de soledad. «Si ponen música funky sobre la vida en las favelas, no hay problema», aclaró. «Pero si suena la marcha del Comando Vermelho, sí». La banda narco era hasta entonces una amenaza invisible.
A mitad de camino, el coche de los cronistas del JB se detuvo. Iván maldijo y frenó para ayudarlos. En ese momento, un centinela surgió de la oscuridad como una sombra. Llevaba una gorra con el emblema rojinegro del Flamengo y no tenía más de 16 años. «Es un soldado del Comando Vermelho», balbuceó Iván. Sus bracitos nerviosos e inestables sostenían un fusil AR-15. En su cuerpo se cruzaba una pesada guirnalda de municiones y su mirada era más temerosa que temeraria. El político bajó del auto e intentó tranquilizarlo con una palmada en la espalda. La valerosa intérprete de La Prensa clavó sus uñas en el hombro del cronista y le gritó al joven: “Deicha-nos continuar. Tudo bem, tudo bem, estamos com voces”. El pequeño guerrillero de intramuros aún no parecía convencido. José Iván tomó su arma prestada, elogió su calidad y jugó a que le disparaba a los cronistas.
«Los jóvenes combatientes de la miseria armada saben que su destino es morir antes de los 25 años»
(imagen ilustrativa)
“Bang, bang”. El rabioso sonido de la onomatopeya estremeció a todos. El narquito sonrió con ganas. Iván explicará que el simulacro, respetuoso del lenguaje interno de los traficantes, fue el salvoconducto que hoy permite contar la historia. “Nadie sabe lo que pasa por la cabeza de un drogón asustado, menos si está armado”. Y asestó: “Lo que sí sé es que sólo ascienden cuando se muestran dispuestos a matar”.
La imagen de esa sombra regresando a la oscuridad pudo ser tanto la de un miliciano rojo como la de un fantasma de verdad. Pero para los políticos que negocian, los pastores que rezan, los militares que torturan, los jueces que miran, los sociólogos que explican, los policías que arreglan y los favelados que temen, los narco son personas de carne y hueso que pertenecen a este tiempo, a este lugar. Nada ni nadie los mueve de sus madrigueras impenetrables. Porque el negocio, aunque a veces pueda resultar pequeño, es rentable, y los jóvenes combatientes de la miseria armada saben que su destino es morir antes de los 25 años. Porque, lejos de allí, en lugares más confortables que el corazón de la floresta, el negocio grande continúa.
FUENTE
Diario La Prensa, 12 de diciembre de 1994.
PARA SABER MÁS
Fuente externa: «Los problemas socioeconómicos de las ciudades globales del Sur. Estudio de caso: Río de Janeiro». Por Juan Pérez Ventura, 2013: Universidad de Zaragoza
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