Angeles de la fatalidad: “trabajos” caros, negocios turbios

Ignacio colecciona papelitos pegados en los postes: “Sra. Laura”. “Sra. Alma”. “Melody”. Y las va a visitar. Cuando logra sentarse frente a una de ellas, le advierte antes de mezclar el mazo: «No trabajo para Satán». La técnica suele ser la misma: alguien le hizo un trabajo y solo ellas pueden revertirlo. Todas lo pueden ayudar, todas piden plata y (curiosamente) todas parecen tener un cómplice misterioso.

Por Ignacio Lamberto *

Beware of a place

A smile on a bright shiny face

I’ll never return, how do you know?

Tarot woman

I don’t know

I don’t know

(Rainbow, Tarot Woman)

El anuncio se imprime en volantes monocromáticos, con mayúsculas de tipografía catástrofe, que se reparten en las esquinas más importantes de la Ciudad de Buenos Aires. También en carteles de plástico que coronan los postes de luz, disputando el espacio con otras promesas irresistibles: «Compro oro», «Compro su auto», «Alquilo habitación», «Jubílese ya». El diseño y el copy varían poco de un anuncio a otro. Solo se diferencian por dos detalles: el nombre y el teléfono de la tarotista. Llevo un tiempo coleccionándolos: Sra. Laura, Sra. Alma, Sra. Tamara, Melody. ¿Serán parte de una misma red? ¿En qué consiste el servicio?

Llego a Sofía por medio de uno de esos papelitos, dispuesto a correr el velo. La contacto por WhatsApp. Su foto de perfil es una selfie de mala calidad. El rostro está envuelto en sombras, pero la figura permite intuir una mujer joven. Me pregunta en qué zona vivo. Dice que atiende en dos lugares: Almagro y Villa Urquiza. Elijo Almagro. Me pasa su dirección.

El día convenido llego al lugar de la cita, un departamento venido a menos de la calle Billinghurst. Una señora que supera largamente los 70 años me da paso a un living sucio, repleto de adornos, montañas de colillas y paquetes de cigarrillos a estrenar. Desde otra habitación, separada apenas por una cortina, Sofía interrumpe su sesión con otra clienta («consultante», en la jerga) y grita: «¡Ponele música, así no se aburre!». La señora toma el control remoto del televisor y por media hora, sentados en un sillón de pana roja, miramos Los Simpson a volumen insoportable mientras ella fuma sin parar. Solo abre la boca para retar a los dos perros del hogar, que se pelean entre sí.

Llega mi turno. Paso al consultorio, amurallado por estatuillas de santería y diplomas enmarcados. En uno de ellos leo un nombre: no es Sofía, sino Esther. La mujer que tengo frente a mí tampoco es la joven de WhatsApp: como dirá varias veces a lo largo de la charla, tiene 75 años.

—Antes que nada me voy a presentar. Yo no soy umbanda. No hago rituales, no hago ceremonias. No trabajo ni con carne ni con sangre. Trabajo con materiales, minerales y pirámides. Y soy totalmente católica. En una palabra: no trabajo para Satán. Te explico esto porque están muy de moda los umbandas. Y uno a veces va y no sabe a dónde va ni con quién va. La gente es boluda.

Sofía mezcla las cartas y las amontona prolijamente sobre la mesa.

—Cortá una sola vez con la mano izquierda para el lado que vos quieras.

Sigo las órdenes. Sofía saca tres cartas y las da vuelta.

El retorno de los brujos

Los mazos de tarot nacieron en Italia en la década de 1430, cuando se combinaron las 56 cartas de la baraja española (bastos, copas, espadas y oros) con 22 motivos nuevos, llamados trionfi (triunfos). Aunque se habían diseñado con fines recreativos, en la década de 1780 distintos místicos y religiosos franceses empezaron a asociar las cartas con significados ocultos, convirtiendo al mazo en un instrumento de adivinación. Las cartas de palos y las de triunfos pasaron a ser llamadas, respectivamente, arcanos menores y arcanos mayores.

Aunque la historia del tarot en Argentina es difícil de reconstruir, es plausible que la práctica haya sido importada en nuestro país por las oleadas inmigratorias europeas de fines del siglo XIX y principios del XX. Eran los tiempos de gloria de instituciones esotéricas como la Orden Hermética de la Aurora Dorada y la Sociedad Teosófica, entre otras, que promovían las artes ocultas en el Viejo Continente.

A fines de la década de 1960, aquí, como en todo Occidente, el interés por el tarot ganó nuevos bríos de la mano del movimiento hippie. La cartomancia era parte de un combo que también incluía terapias naturales y religiones orientales, como el hinduismo.

No se sabe a ciencia cierta cuántos argentinos creen en el tarot actualmente, pero existen motivos para suponer que son cada vez más. Según la Encuesta Nacional sobre Creencias y Actitudes Religiosas en Argentina (CEIL-CONICET), en 2008 el catolicismo representaba a un 69,1 % de los argentinos, pero para 2019 esa cifra había caído a un 56,4 %. En el mismo período, la creencia en la astrología creció de un 25,9 % a un 33 %. A simple vista, el tarot y la astrología son tradiciones bien diferentes, pero, como si fueran líneas paralelas, se cruzan en el infinito: el «tarot astrológico» es una especialidad con peso propio.

Hoy, la literatura sobre tarot cuenta con estantes propios en las librerías. Pero mientras algunos de los vendedores consultados hablan de un repunte en la demanda, otros no ven señales de un auge. Solo coinciden en su diagnóstico sobre el perfil de los consumidores: la abrumadora mayoría son mujeres.

Las autoridades de una importante cadena de librerías aportan datos más precisos. Sus locales ofrecen 429 títulos sobre tarot, de los que apenas 61 venden al menos un ejemplar al año. En ese período, de cada mil libros vendidos, solo 1,28 se abocan al tarot. El podio de los autores más populares en la categoría lo ocupan tres argentinas con legiones de seguidores en las redes sociales: Margarita Luz, Dalia Walker y Jimena La Torre.

OFERTA DIVERSIFICADA. Videncia. Unión de parejas. Amarres. Abrecaminos laboral.

Magia veneno

—Te espera una vida muy larga y muy prolongada. Tu prolongación de vida va a ser muy cerca de los 87 años. Te vas a acordar de mí.

Sofía dice esto, y todo lo demás, con el tono monocorde de quien lleva años repitiendo el mismo parlamento.

—En realidad te veo muy buena persona. Y te veo muy sensible. Pero a pesar de tu sufrimiento, en tu corazón no guardas rencor, sino todo lo contrario. Te gusta ayudar, te gusta favorecer, y no te gusta burlarte de nadie. Pero eres algo orgulloso.

—Puede ser, sí.

—Analizate y vas a ver que es así.

Los elogios no se detienen: independiente, inteligente, con visión de futuro. Pero las malas noticias no tardan en llegar, a caballo de una sintaxis intrincada que recuerda a la del maestro Yoda.

—Una carga, una pesadez sobre los hombros sueles tener. Un pequeño malestar en la boca del estómago sueles tener. Tu boca se seca y tus pies también. Y la parte de tus ojos, los párpados, como cansados y pesados por el sueño sueles tener. Pasás de un estado anímico-emocional al otro. En un día quiere hacer todo, y al otro día lo hace por obligación, no porque vos lo sientas. Creas o no, fue mi deber decírtelo.

Es el Sábado Santo del año 2024.

—Y por algo viniste en esta fecha tan importante. Te han hecho un trabajo. Te quieren cortar la raíz. Te han puesto de cabeza. Te han hecho, de los pies a la cabeza, todos los rituales. Tu vida cambió como el día a la noche. Entró en la frialdad, en la angustia, en la soledad y en los fracasos. Te han atado en un río de lágrimas, de dolor y de espinas. Quizás sientes como una opresión, un vacío, pero es un segundo nomás.

—¿Una opresión, un vacío? Eso no sé si lo siento.

—Es… menos de un segundo. Como una opresión, un vacío. Como por momentos. Como que te sientes como cansado. Eso significa muerte sentimental. Pasás de la risa al llanto, del llanto a la amargura. De un estado emocional y anímico a otro. Se llama «perturbaciones mentales». Hay un manto de oscuridad en tu casa. ¿No se te rompen las cosas?

—Sí. No pasa muy seguido, pero…

—No muy seguido, pero…

—Pero bueno, sí, la lámpara de la habitación se rompió, por ejemplo, y no la arreglé. Sí. Alguna cosa se rompe de vez en cuando.

Pero el golpe más duro todavía no llegó.

—Por este trabajo te han sacado algo tuyo, personal. Puede ser una ropa, puede ser un objeto. Que está atado y enterrado en el cementerio. El daño lo tenés. En la boca del estómago y en la nuca en la cabeza. Perdoname, tú no eres gordo, pero sí tienes inflamación e hinchazón.

—Sí, engordé mucho en el último año.

Lo reconozco: llevo un buen tiempo consagrado al sedentarismo y la comida chatarra. Al parecer, lo que no pude revertir con fuerza de voluntad podría tener una solución heterodoxa.

—Si vos querés, yo me comprometo en ayudarte. Yo no trabajo ni con velas ni yuyitos. Ni de la boca para afuera. Yo trabajo con pruebas y con hechos. Vos mismo me vas a decir quién es y quién deja de ser la persona que te hizo este mal. Te hago ver tu propia ropa, objetos que te han sacado y me vas a decir «sí, es mío» o «no es mío». Es sí o no. En pocos días vas a ver los cambios y los resultados. ¿Sí?

Sofía promete recluirse en Moreno, en el oeste del conurbano bonaerense, para desplegar su hechizo munida de «pirámides, materiales y minerales». El costo de la «limpieza» es de 63.000 pesos, que se suman a los 4000 que voy a pagar por la sesión de cartomancia. Rechazo la oferta: ya tengo suficiente material para una buena anécdota (*).

—Por el momento lo dejamos así, pero le agradezco igual. ¿Su nombre? —pregunto, mirándola fijamente.

—Sofía —responde, sin inmutarse.

Antes de dejarme ir me dedica una oración católica: le pide a la Virgen María que rompa el hechizo que me subyuga. En la calle, mientras espero el colectivo, una mujer vende huevos de Pascua. Reviso mi WhatsApp. El perfil de Sofía ya no tiene foto.

ASOCIACIÓN DE TAROTISTAS DE ARGENTINA. Su fundadora es la rosarina Ana María Peccioloni, y ya van por el séptimo congreso. Acuden miembros de todo el país.

Hechizada

No todas las tarotistas operan en la clandestinidad. Algunas van por la vida sin disfraz y reivindican públicamente su profesión. La rosarina Ana María Peccioloni (73) es una de ellas. Con más de 40 años de trayectoria, hoy tiene su propia tienda esotérica (El Mundo de Ana María), acaba de fundar la Asociación de Tarotistas de Argentina y es organizadora del Congreso de Tarot, cuya séptima edición se celebró el 1 y el 2 de noviembre en Mar del Plata. Además, desde 2003 enseña sus artes a cualquiera que se interese en su propuesta, entre quienes se incluyen psicólogos deseosos de ampliar su caja de herramientas. «Hoy estoy recogiendo todo lo que sembré», reconoce con orgullo. Pero el camino estuvo plagado de obstáculos.

Ana María asegura que su don se despertó en la primera infancia: «A los cinco años estaba jugando en el patio de la casa de mi abuela y antes no había teléfono en todos lados. En la cuadra había dos casas con teléfono. Los de al lado tenían y le dicen a mi mamá: «Juanita, teléfono». Pasa por atrás mío y le digo: «Te van a decir que se murió la tía Lucía». Lucía había estado el día anterior. Y cuando [mi mamá] volvió, nunca supe si estaba descompuesta porque se había muerto Lucía o por lo que yo le había dicho».

A los 10 años perdió a su padre: «Se murió de asma, algo que hoy ya no pasa […]. De tanto corticoide le explotó el corazón». Como su madre trabajaba todo el día (era personal doméstico), Ana María solía quedar al cuidado de Nilda, una chica más grande que vivía en la casa vecina. Un día, Nilda le pidió que la acompañara en secreto al consultorio de un tarotista. Cuando terminó la sesión con Nilda, el vidente le pidió a Ana María que eligiera una carta. La niña tomó el decimoprimero de los arcanos mayores, La Fuerza, representado en la baraja de Marsella por una mujer que doblega a un león. «Esa sos vos», le prometió el hombre. «Vas a tener una vida muy dura, pero vas a conseguir todo lo que quieras». Al día siguiente, Ana María, que ya manifestaba una curiosidad especial por lo oculto, le pidió a Nilda que le comprara un mazo igual al que había visto. El idilio fue inmediato.

Cuando terminó el colegio, decidió estudiar enfermería con la esperanza de hallar una explicación para la muerte de su padre. Ya recibida, puso su don al servicio de los enfermos. Una de sus especialidades era detectar focos infecciosos que sus colegas no advertían. Con el tiempo, ellos mismos recurrieron a sus servicios como vidente. A una compañera, apodada Pichi, le prometió que pronto sería abuela: su hija Silvia daría a luz a una niña. «Piénselo bien», retrucó Pichi, «porque mañana voy con dos bolsos de ropa a buscar a una nena que adoptó Silvia porque no puede tener hijos». Aunque el traspié la hizo dudar de sus dotes extrasensoriales, en 1990 Ana María abandonó la enfermería para dedicarse al tarot a tiempo completo. Años después volvió a la clínica como paciente y Pichi reapareció: le contó que, además de su hija adoptiva, Silvia había tenido una hija natural, nacida ocho meses después de la profecía.

No eran buenos tiempos para los adivinos. «A mí cuando empecé lo único que me faltó fue la hoguera», ironiza Ana María. Además de ser acusada de «bruja», tuvo que pasar unas cuantas noches en el calabozo. Desde 1969, el Código de Faltas de Santa Fe sanciona «[a]l que profesionalmente, sin título habilitante y con ánimo de lucro, explote la credulidad pública o la fe religiosa interpretando sueños, formulando profecías o predicciones, atribuyéndose milagros o pretendiendo, en cualquier forma, la posesión de un poder sobrenatural». Para poder trabajar debía pagar cánones a las fuerzas del orden: «Aprendí que el que no se adapta al sistema no sobrevive, y tuve que hacer eso».

Una vez recibió a una joven consultante y su sexto sentido la delató: era una mujer policía. Sin embargo, abandonó la idea rápidamente. Ya iniciada la sesión, agentes de la fuerza tocaron la puerta para allanar el domicilio. Ana María no opuso resistencia, pero pidió que dejaran ir a la mujer. «No, señora: ella es empleada nuestra», respondió un oficial.

Ana María no cree que el tarot esté creciendo en adherentes, pero sí en visibilidad y aceptación pública. El perfil de los consultantes también cambió: ahora acuden más hombres y matrimonios. La mayoría de la gente pregunta por cuestiones amorosas, aunque las preocupaciones económicas y laborales vienen ganando terreno. Pero, a pesar de haber mejorado su imagen, el tarot todavía carga con el estigma de toda práctica espiritual mediada por el dinero: el de la estafa.

—¿Cómo diferenciar a un tarotista legítimo de un impostor? Entiendo que, como fundadora de una asociación de tarotistas, tiene que vigilar quién entra…

—Si vos no te comprometés a hacer buen uso del tarot… ¿Qué quiere decir «hacer buen uso del tarot»? Cobrar a todos lo mismo. Y si alguien viene en una situación que no tiene [dinero], no le puedo cobrar, pero si sé que alguien tiene mucha plata, no le voy a cobrar un millón de pesos. Yo a todos les cobro lo mismo. Leerlo y hacerlo con criterio y a conciencia. Porque yo te puedo leer y te puedo decir «uy, te hicieron un trabajo de muerte», y a lo mejor acá no lo dice en ningún lado; ¿qué sabés vos? «Y para sacarte ese trabajo me tenés que traer cinco millones de pesos», ponele. Eso hacían los colombianos. Los trucos de los colombianos fueron famosos y ahí fuimos más perseguidos todavía.

—¿Colombianos viviendo en Argentina?

—Sí. Te hacían tocar un metal y estaba frío. Lo enchufaban… Decían: «Bueno, ahora vamos a invocar a Fulanito y vos vas a tocar. Si cuando tocás te quema, es que tenés un trabajo hecho». Cuando tocaba, se quemaba.

Le cuento a Ana María mi experiencia con las tarotistas de panfleto, que parecen trabajar en red y esconden su identidad. Me responde que en Rosario ese esquema también campeaba cuando ella daba sus primeros pasos como vidente, pero ya no es tan común. Sin embargo, advierte, hay estafas peores: algunas de sus consultantes venían de enfrentar a cazafantasmas que prometían quitarles el mal del cuerpo teniendo sexo. A esos y otros timadores, Ana María los llama «hongos» por su capacidad de reproducción.

—Estamos los que nos dedicamos al bien, a aconsejarte, a acompañarte, a guiarte, y están los que se dedican al mal bien hecho. En el medio hay una manga de chantas que no saben nada, como el truco de los colombianos… O el otro que decía «mirá, vos andá al quiosco abajo y traeme una botella de agua mineral y un vaso descartable». Entonces, vos vas confiado, si el vaso lo compraste vos y la botella te la abren adelante tuyo. Pero son tan hábiles que si tenés un mal, o se va a teñir el agua, o cuando tomes vas a vomitar marrón.

Dirigida por Franco, uno de los hijos de Ana María, la Asociación procura incluir entre sus filas únicamente a quienes adhieran al Código Ético del Tarot confeccionado por la española María del Mar Tort i Casals. Hasta el momento tiene unos 100 afiliados. El número está por debajo de lo esperado: «Hay más de los otros que de los sinceros», reconoce Ana María. Al menos la entidad logró cumplir su principal objetivo: que los tarotistas se sientan acompañados si tienen algún problema. Pero ella ambiciona más.

—Lo que yo quiero es que el tarot se difunda y sea una profesión. Que no sea algo que tenés que contar a escondidas, que tenés que decir a escondidas. Que eso se termine de una vez por todas —concluye Ana María.

Tiempo de gitanos

Un año después de mi sesión con Sofía, vuelvo al ruedo con el objetivo de escribir una crónica sobre el mundo del tarot. Voy tanteando a las pitonisas de mi colección. En WhatsApp, todas esconden su identidad tras fotos de paisajes o retratos con el rostro tapado. Algunas no responden; otras solo ofrecen sesiones online, una variante poco atractiva para quien busca una experiencia completa. Por descarte, llego a Adriana, que después de varios audios me cita en Villa Urquiza. Es la voz de una señora mayor. No tiene foto de perfil.

El lugar es una enorme casa de dos plantas. Hay una reunión familiar y una pandilla de niños alborota el ambiente. Adriana es, sorpresa, una mujer joven. Me hace pasar a su «oficina», una pequeña habitación con una cama matrimonial. Su hija, que no supera los cinco años, salta sobre el colchón con la mirada clavada en el televisor, que transmite un programa infantil.

—Comentame, ¿tu nombre completo, por favor?

—Ignacio Lamberto. ¿El tuyo?

—Marina, o Azu; como me quieras llamar.

Si Esther se aferraba a un único nombre de guerra —Sofía— hasta las últimas consecuencias, Adriana jugará a la confusión usando múltiples nombres de manera indistinta. Su verdadera identidad se oculta bajo capas y capas de disfraces. En otro momento de la charla insistiré sobre este tema: me dirá que su nombre legal es Marina y que sus abuelas le dicen Adriana, pero ella prefiere llamarse Azucena porque es «más juvenil».

—Yo te explico, Ignacio, que yo soy vidente natural. ¿Sí? En realidad, yo uso las cartas para que tengas una noción de qué es lo que veo. Pero en realidad yo, al mirarte a los ojos, sé todo. Porque soy vidente natural. ¿Sí?

A diferencia de Sofía, Adriana es una ametralladora de palabras e interrumpe todas mis intervenciones, queriendo adivinar —sin éxito— lo que le voy a decir. Deposita una confianza admirable en sus dotes oraculares.

Adriana dispone 23 cartas sobre la mesa. Como Sofía, empieza por los elogios: trabajador, solidario, emprendedor. Los problemas vienen después.

—Pero veo que estás llevando una angustia, una tristeza muy grande, que viene de hace un tiempo para acá. ¿Sí? Acá vemos que hay muchas cartas de angustia y de lucha en tu vida. Veo que das un paso para delante y dos pasos para atrás. Pero todo lo que estás proponiendo y todo lo que estás haciendo retrocede. Tanto sea laboral, emocional, en pareja… Veo que hay una persona que querés averiguar.

Le digo que no se me ocurre ninguna. Adriana insiste. Para seguirle el juego, invento a una mujer que conocí en un viaje reciente. La conversación deriva, inevitablemente, en un repaso de mi trayectoria sentimental. El final es predecible: una exnovia me hizo un trabajo.

—Hay un temita que quiero comentarte, que es delicado, pero esto… Lo que pasa es que lamentablemente ella acudió… Acá somos una casa de familia. No hago ningún trabajo de brujería, hechicería, amarres. Pero ella acudió a un centro de magia negra.

Dice «magia negra» en voz baja, como si temiera despertar a algún demonio. El hechizo —una macumba, en rigor— me impide entablar una relación sana con una mujer que tengo cerca y a la que no presto atención. Su nombre o su apellido empieza con M, L o N.

—Si vos querés yo puedo empezar a hacerte un trabajo, como para que quedes limpio. Un abrecaminos. Voy a hacer una unión de pareja, porque esa chica, tal vez, cuando vos limpies tu camino, se te va a dar.

—¿En qué consiste esto? ¿Qué tipo de ritual hacés?

—No hago rituales. Yo trabajo con santos, con velas blancas; no es que te pongo un pollo y lo mato. Ni en pedo hago eso. No hago macumba. Magia blanca… Todas cosas sanas, limpias: inciensos, miel, rosas, abrecaminos; voy a buscar velas blancas, algodón. Todo blanco, todas cosas buenas; buena vibra quiero que tengas. Porque estás bajoneado. No hay nada que te haga reír de la manera en que antes te reías. No hay nada que te despierte, Ignacio. No hay nada que te dé esa chispa. O sea, no por halagarte ni decirte algo raro, pero esos ojazos que tenés necesitan tu brillo de antes. ¿Me entendés a lo que voy?

Adriana despliega el tarifario: 150.000 pesos por un trabajo de acción lenta, 300.000 por uno más eficiente. El monto solo cubre los insumos, ya que la mano de obra (vaya generosidad) es gratuita. Mi primer impulso es rechazar ambas ofertas: la trampa es evidente. Pero mi curiosidad por ver en qué consiste el hechizo, sumada a mi anhelo de contar la experiencia, se sobrepone a mi instinto de preservación. ¿Hasta dónde podrá llegar? ¿Cuál es el precio de una buena historia?

MIEL DE ABEJAS. «Otro insumo de la anécdota más cara de mi vida».

Negociamos. Le propongo pagarle 150.000 pesos en tres cuotas mensuales de 50.000. Insiste en que compre el conjuro más caro, pero finalmente acepta mis condiciones. Promete enviar fotos como evidencia del trabajo. Pero cuando saco el celular para hacer la transferencia, vuelve a tirar de la cuerda.

—¿Vos querés empezar con algo más, así yo en un rato encargo y ya…? Hoy alrededor de las diez, once, ya empezaría….

—¿Cómo sería «algo más»?

—Un suponer: en vez de 50, lo que vos puedas. Si podés más, mejor. Yo voy a comprar más materiales así vas viendo el cambio más rápido. Y te doy mi número y hablame a mi número ya.

—¿El número al que yo te escribí…?

—Es de mi secretaria, pero te doy el mío. Vas a ver esta foto… ¿Te doy el número?

Adriana me pasa su número. El verdadero, supongamos.

—Dame un segundo. ¿Yo te anoto como «Marina»?

—Como «Azu».

—«Azu».

—Algún día me lo voy a cambiar en el… Encima mis abuelas cada una quería que yo me llame a su manera. Una me ponía Silvia, por eso ahora me dicen Silvia; otra me decía tal… «Azu» me gusta más. Azucena.

Su WhatsApp muestra, ahora sí, una foto suya. Es un perfil de empresa que apunta a una página de Facebook: Tarot y Videncia Maira. La matrioshka sigue sumando capas.

Antes de transferir el dinero, le pido un minuto para revisar el saldo de mi cuenta. Adriana aprovecha el intervalo para entreabrir la puerta, dejando que algo del bullicio infantil se filtre en la habitación. Intercambia unas palabras con un hombre en un idioma que no reconozco. Vuelve a mí con un alias de MercadoPago. Naturalmente, no es suyo, sino de su «asistente», de nombre exótico y apellido griego gitano: Richard Moisés Angelopoulos. Transfiero 70.000 pesos por el «trabajo» y 19.500 por la consulta. La estafa está consumada.

—¿Son griegos, ustedes?

—Sí, son rusos [sic]. Rusos, griegos…

—Este apellido es griego.

—Claro, es griego.

—¿Y vos sos, también, de origen griego?

—Yo soy López.

El pacto está sellado, pero Adriana todavía tiene un as bajo la manga.

—Lo que sí: si surge algo que yo veo que ella (ojalá que no, Dios no lo quiera), si veo que ella hizo algo más fuerte, yo te lo comento y vemos si necesitamos algo más, pero ojalá que no. Yo te aclaro antes de que me digas: «¿Por qué no me lo dijiste, Azu?». No. Yo siempre me adelanto en estas cosas. ¿Sí?

Yo no soy vidente, pero veo venir lo peor. Mientras salgo a la calle, me preparo para un nuevo debate entre lo que me queda en el bolsillo y mis pretensiones periodísticas.

El primer mensaje llega al mediodía siguiente.

—Anoche empecé tu trabajo. ¿Cómo te sentís? Avisame y te cuento todo.

—Hola. Me levanté con cansancio. Contame un poco.

—Porque te estoy sacando todo el mal que ella te hizo. Todos los espíritus malos. Te quería decir que surgieron cosas más fuertes. Es supercomplicado tu trabajo. Lo bueno es que tiene solución.

—¿Qué cosas surgieron?

—Ella hizo tal brujería para atarte de por vida. Te dije ayer. Pero hasta con tus partes íntimas. Un trabajo para que no sientas placer. Escuchame, yo estoy en Belgrano ahora. Comprando más cosas para vos que anoche no me trajeron. Ahí te voy pasando info. Lo que sí, ¿podés pasarme algo más? Porque lo sé, sí. Es mucho más fuerte tu trabajo.

—¿Qué materiales necesitás?

—Más velas. Para sacarte eso a vos también. Te diste cuenta, ¿no?, lo que está pasando. Está jugando con tu cuerpo y tu intimidad.

—Es que ayer te pasé los $50.000 que habíamos acordado y al final te pasé $20.000 de más. ¿Son tan caras esas velas? ¿Cuántas necesitás?

—Sí. Ahora te muestro lo que compro. No es que invertís sin saber. Es que tenemos que hacer el trabajo reservado, ¿sí? O sea, por más que estés con una mujer, ¿cómo hacés si ella te trabaja tus partes?

—Estuve hace poco con alguien y no experimenté problemas.

—Vas a empezar a sentirlos. No quiere que estés bien con ninguna mujer.

—¿Cuánto necesitás?

—¿Cuánto podés? De todo corazón. Esto se hace con el alma. Y dependiendo de cuánto me mandás, esos materiales compro. ¿Llegás a 100?

—¿100 más lo que te pasé ayer?

—¿Podés? Estoy en Belgrano, comprando materiales.

—No, no puedo. Con la plata que te pasé hasta ahora, ¿qué podés hacer?

—¿Cuánto podés vos?

—$15.000 más.

—Dale, pasame.

Me desprendo de quince mil más. Los envío al alias que me pasó el día anterior. El hilo se tensa.

—Listo. De acá hasta mediados de mes no te puedo pasar más.

—Perfecto.

—Después pasame algunas fotos de lo que compres y, si podés, contame un poco en qué consiste el trabajo.

—¿Lo mandaste o querés que te pase el alias?

—Ya lo envié a Moisés Angelopoulos.

Adriana me pasa un nuevo alias. Esta cuenta tampoco está a su nombre, sino al de un tal Martín David Moreno.

—Estoy con mi compañero. Mandame al de él. ¿No podés 40 por lo menos? Estoy viendo acá precios: una locura.

—Pero ya se lo mandé a tu socio, Richard Moisés. Preguntale.

—¿Cuánto? ¿15.000?

—Sí.

—Podés mandar lo que falta a este. Sí, recién me dijo de los 15. Mandá a este los 35.

—De acá a mediados de mes no te puedo pasar más.

Okay. Mientras tanto, voy comprando. ¿15 más no podés?

—No.

Okay, los pongo yo. Cuando puedas me avisás.

—Dale. Pasame también la factura de la compra.

—No dan factura en la santería. Te muestro lo que compré. ¿Qué, dudás?

—Aunque sea el ticket del PosNet.

Okay. Veo si me lo dan, porque estoy comprando. Igual no está bueno esto de que te entren dudas. Yo trabajo hace muchos años de esto y, por suerte, nunca tuve problemas.

—Es para estar más seguro, porque nunca hice este tipo de prácticas.

—Tranquilo, no voy a robarte.

—…

Al día siguiente, en el extravagante horario de las cuatro de la mañana, Adriana me envía las fotos prometidas: velas de todos colores y tamaños y un frasco de miel. Es muy probable que el lugar sea una santería. Sé que no habrá más pruebas. Ni siquiera un video donde al menos finja desplegar sus encantamientos. La bloqueo y doy por terminada la anécdota más cara de mi vida.

En la Web, el número de «Azu» aparece asociado a dos sitios. El primero no ofrece sorpresas: Tarot Azucena. El segundo es curioso: su dominio menciona a una tal Yasmina, pero lleva por título «Pamela, Maestra del Amor». En el resto del contenido, el vidente en cuestión se llama Salomón. El motivo es fácil de intuir: muchos de los sitios de tarotistas que se publicitan en esta clase de volantes están hechos por el mismo desarrollador y comparten la misma template, que en este caso fue copiada y pegada desde otro sitio, sin cuidado por reemplazar el nombre. La existencia de una red común es evidente.

SANTOS HUIDIZOS, TARIFAS NEGOCIABLES. Velas, variedad de colores y formatos. Parte de los insumos que ofreció la segunda vidente consultada por el cronista.

La vencida

Dicen que un solo caso es aislado, dos son casualidad y tres son tendencia. Dispuesto a comprobar si las similitudes entre Sofía y Adriana forman parte de una regla general, vuelvo a echar mano a mi archivo de anuncios para contactar a una tercera tarotista. Desde el principio hay una anomalía: la foto de perfil de su WhatsApp muestra un rostro distinguible. Es el de una mujer elegante que ronda los 45 años. Se hace llamar Sandra y dice atender en Flores y Palermo (lo que quizás signifique que hay al menos dos tarotistas diferentes detrás del mismo cartel). Me informa sus honorarios —30.000 pesos— y, tras varias idas y vueltas, me cita en un departamento de Flores.

Sandra me recibe en un living reluciente con decoración profusa y algo ecléctica. Desde la cocina llega el murmullo ininteligible de otras personas. Una foto enmarcada en la pared sugiere un hogar familiar. Sandra no se parece a la mujer del avatar; en el mejor de los casos, dejó de serlo hace mucho tiempo.

—No estés cruzado de piernas ni de brazos —me pide, y empieza a extender sobre la mesa el lujoso Tarot Dorado de Botticelli. A lo largo de la sesión usará más de la mitad del mazo.

Sandra es más espontánea que Sofía y menos verborrágica que Adriana. Y su tasa de aciertos sobre mi vida es sorprendentemente alta («tengo don de videncia natural», dirá con seguridad). Pero el diagnóstico final es el mismo de siempre.

—Alguien terminó mal con vos porque ha querido atentar contra tu vida. ¿Cómo? De una manera espiritual. No, capaz, mano a mano o cara a cara. Alguien que tuvo la ayuda de otra persona para perjudicarte en muchas áreas. En lo económico me salís con una traba tremenda. O sea, sos una persona con una mentalidad brillante. ¿Vos lo sabías? Tenés el talento de pensar cosas muy buenas y ejecutarlas. Y te sale. Pero venís con un corte desde hace un tiempo atrás que no podés progresar. Es un paso adelante y dos para atrás. No podés avanzar como vos querés. […] El trabajo que te hizo es malo. Es algo que está en la tierra. Puede ser magia negra, pero te quiere ver arrastrado. […] Este trabajo te va a traer muchas consecuencias malas. Todos los malestares… No sé si estás teniendo problemas en la parte gástrica.

—Sí, reflujo.

—Ahí está. Ahí ataca parte de la nuca hacia la cabeza y todo lo que se llame descanso. Y como que siempre vas a estar cansado. ¿Por qué? Porque te trabaja mientras dormís, ¿entendés? O sea, no te deja dormir y descansar.

—¿Qué tipo de trabajo puede haber sido? ¿Al estilo umbanda, macumba…?

Umbanda con magia negra. ¿Sabés lo que es eso? Una bomba atómica.

La solución es una curación con magia blanca de inspiración católica. Sandra y su madre, recluidas en un santuario, rezarán una oración durante nueve días (una novena) rodeadas de «velones súper y extrapotenciados» y «polvos volátiles». Sandra dice que los materiales son importados (las velas tienen hilo de platino), lo que explica el alto precio del trabajo: 700.000 pesos.

Le prometo evaluar la oferta y le pido un alias para pagarle la consulta. Me lo dicta. La cuenta está a nombre de Sandra Belén Angelopoulos.

Epílogo

No puedo evitarlo. Cuando voy por la calle, mis ojos se posan automáticamente en los postes de luz, buscando nuevos anuncios de tarot. Si encuentro uno que no figura en mi colección, le saco una foto. Los textos no cambian mucho, pero los diseños son cada vez más audaces: ahora vienen con tipografías tridimensionales e ilustraciones de los arcanos. Me pregunto si es la misma red o una nueva organización, más profesional y más hambre de mercado.

Como quien compra un auto y empieza a notar vehículos del mismo modelo y color en todos lados, desde que concluí mi investigación advierto un fenómeno que antes no veía: cada vez que aparece en las calles uno de estos nuevos afiches, en cuestión de horas manos anónimas tapan el número de teléfono con aerosol. ¿Será un escéptico justiciero, acaso un «refutador de leyendas» de los que habla Alejandro Dolina, dispuesto a combatir las supersticiones que nos ayudan a ordenar el caos del mundo? ¿O serán las tarotistas de la red original, celosas de la competencia? Imagino una guerra secreta donde las armas son trabajos de magia negra; esos que, según Sofía, Adriana y Sandra, ellas jamás se animarían a hacer.

* Ignacio Lamberto es programador e investigador autodidacto de temas diversos. Durante años fue redactor para empresas. Recién ahora está animándose a escribir por hobby.

NOTAS

(*) Estos valores eran los vigentes en abril de 2024 (la primera sesión), julio de 2025 (la segunda) y agosto de 2025 (la tercera).

(**) Se han modificado algunas identidades reales para preservar la integridad de los involucrados y cumplir con los marcos de reserva legal vigentes.

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El que prescribe

Alejandro Agostinelli, editor de este blog, es periodista desde 1982.

Fue redactor de las revistas Conozca Más, MisteriosEnciclopedia Popular Magazine Gente, y de los diarios La prensaPágina/12. Fue uno de los impulsores de la Fundación CAIRP y escribió y asesoró a la revista El Ojo Escéptico. También fue productor de televisión en Canal 9 y América TV. Fue secretario de redacción de las revistas de divulgación científica Descubrir NEO y fue editor de una docena de colecciones de infomagazines para la revista Noticias y otras de Editorial Perfil. Últimamente ha colaborado en las revistas Pensar, publicada por el Center For Inquiry Argentina (CFI / Argentina), El Escéptico y Newsweek.

Fue creador del sitio Dios! (2002-2004) y del blog Magia crítica. Crónicas y meditaciones en la sociedad de las creencias ilimitadas (2009-2010). Es autor de Invasores. Historias reales de extraterrestres en la Argentina (Random House, 2009).

Asesoró a Incoming, el noticiero de Canal Infinito (2009-2011) y escribió la columna Ciencia Bruja en Yahoo! Argentina y Yahoo! español (2010-2012). Asesoró a las productoras SnapTv y Nippur Media en la producción de documentales históricos y científicos para NatGeo (2011-2013).

Contacto: aagostinelli@gmail.com
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