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25 septiembre, 2010
El próximo 31 de octubre estaremos a ochenta y cinco años de su muerte. Médico, sociólogo y filósofo, el autor de El hombre mediocre fue uno de los científicos argentinos más influyentes de la primera mitad del siglo XX. José Ingenieros defendió la revolución rusa, cuando apoyar el comunismo era casi casi simpatizar con el demonio. Sus cátedras cautivaron a la juventud de su tiempo, estuvo entre los maestros que impulsaron la Reforma Universitaria y fue autor de casi veinte obras que causaron un impacto que abarcó varias generaciones.
Su fascinante, increíble vida –a muchos no nos alcanzarían cien años para hacer lo que él logró en tres décadas–  mereció varias biografías laudatorias, mientras otros aspectos de su vida fueron pudorosamente ocultados.

En el más reciente fascículo de “200 Argentinos”, la colección sobre el Bicentenario que sale con cada edición de la revista Veintitrés, soy autor de una biografía que no omite esos aspectos poco conocidos del famoso científico argentino: su paso por la masonería, sus irreverencias literarias, su celebración del racismo y algunos de sus curiosos aportes literarios. Sobre estos últimos, el escritor (y amigo) Gabriel Muscillo me reveló la participación de Ingenieros en el primer experimento de escritura colectiva de la ciencia ficción argentina, la olvidada novela por entregas El Paraguas misterioso (1904).
Quedaron fuera del ensayo materiales de gran interés para mí, que sacrifiqué consciente de que mis prioridades pueden no ser las del público. Por ejemplo, los apuntes de Ingenieros tras su encuentro con Charles Richet (1850-1935), galardonado en 1913 con el Premio Nobel de Medicina. Me explico: no todo el mundo sabe que Richet presidió dos sociedades psíquicas (una en Gran Bretaña, desde 1905, y otra en Francia, desde 1919) y que escribió no menos de cuatro libros sobre el tema, entre ellos Traité de Métapsychique (1922) y Notre sixième Sens (1928). Sobre la afición cazafantasmas del ilustre fisiólogo francés, Ingenieros escribió: “…está enfermo de misticismo senil; de no tratarse de un hombre por tantos conceptos respetable, diríamos sin reparo que está zonzo. Da tristeza conversarle acerca de mediumnidad y de fantasmas; habla como una vieja de tierra adentro y por milagro no se persigna al nombrar el objeto de sus actuales preocupaciones. Parece un iluminado vergonzante, un hombre de fe que lee la incredulidad en el rostro de su interlocutor. Ensayamos en vano algunas objeciones; las eludió con enternecedora ingenuidad. Hizo bien: la fe no se discute” (*).
El prócer de la Ilustración argentina cultivó un profundo racismo, excepcional entre los intelectuales modernos pero común entre los positivistas de comienzos del siglo XX: “Cuanto se haga en pro de las razas inferiores –escribió– es anticientífico; a lo sumo se les podría proteger para que se extingan agradablemente, facilitando al mismo tiempo la adaptación provisional de los que por excepción puedan hacerlo. Es necesario ser piadosos con estas piltrafas de carne humana; conviene tratarlos bien, por lo menos como a las tortugas seculares del Jardín Zoológico de Londres o a los avestruces adiestrados que pasean en el de Amberes”. Ingenieros consideraba “absurdo tender a su conservación indefinida, así como favorecer la cruza de negros y blancos. La propia experiencia de los argentinos está revelando cuán nefasta ha sido la influencia del mulataje en la argamasa de nuestra población, actuando como levadura de nuestras más funestas fermentaciones de multitudes, según nos lo enseñan desde Sarmiento, Mitre y López, hasta Ramos Mejía, Bunge y Ayarragaray(*).
Otra perlas de la búsqueda fue descubrir, por sugerencia de Mario Bunge (otro de los biografiados en “200 argentinos”), que su hija Delia (1915-1995), fue bióloga e ilusionista profesional. Con el seudónimo de “Delia Kamia” escribió Memorias de una maga (1952), una obra sobre la que regresaré, y Los microbios útiles (1968). También colaboró con Jorge Luis Borges, quien se estuvo por casar con la hija menor de Ingenieros, Cecilia, gran bailarina de danza contemporánea y aficionada a la egiptología.
(*) Ambos fragmentos fueron tomados de sus Crónicas de Viaje. Obras completas, tomo VIII. (Ediciones Mar Océano. Buenos Aires, 1962).

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