Médico, sociólogo y filósofo, el autor de El hombre mediocre fue uno de los científicos argentinos más influyentes de la primera mitad del siglo XX. Sus cátedras cautivaron a la juventud de su tiempo: apoyó la Reforma Universitaria y defendió la revolución rusa. Una primera versión de esta minibiografía fue publicada en 2010 en la obra “200 Argentinos”, coleccionable de la revista Veintitrés. La nota no solo se detiene en su trayectoria científica, también repasa su paso por la masonería, sus críticas al espiritismo, sus irreverencias literarias y sus ideas racistas.
A fines del siglo XIX, Buenos Aires vivía en plena efervescencia política, cultural y social. Un poeta nicaragüense, Rubén Darío (1867-1916), incendiaba el corazón de la intelectualidad porteña; José María Ramos Mejía (1849-1914) consolidaba la medicina científica en la universidad argentina; y un autodidacta precoz, Florentino Ameghino (1854-1911), construía la ciencia de los huesos en el subcontinente. Una nueva generación crecía encandilada por la llamada «ciencia positiva», y las ideas y las ciencias ya no eran un pasatiempo romántico. La Iglesia Católica, acostumbrada a una grey dócil, enfrentaba a sus primeras ovejas descarriadas. Un cura de Magdalena, Benigno Prado López, estaba entre los vigías de la ortodoxia. En sus misas alertaba sobre la amenaza latente que infectaba hogares, fábricas y conciencias cristianas. En diciembre de 1896, Prado supo que un orador de fama indómita iba a mezclarse entre los fieles. Su adversario era un muchacho enjuto, de chaqueta azul obrero y cabellera descuidada. Al verlo, el sacerdote radicalizó el sermón. «Lejos de salir corriendo —recuerda Aníbal Ponce (1898-1938), biógrafo del intruso—, el joven escuchó pacientemente. Y cuando el párroco hubo terminado, avanzó hasta el púlpito y subió. Sin exageraciones pero con energía, replicó a las injurias, defendió al socialismo, e invitó a los feligreses para la controversia de la noche siguiente». Un clamor de desconcierto acompañó cada párrafo de su discurso. «En la comisaría local —sigue Ponce— dijo ser estudiante de medicina y llamarse José Ingenieros«.
M’ HIJO EL DOTOR
Había nacido el 24 de abril de 1877, en Palermo, sur de Italia, como Giuseppe Ingegnieros. Sus padres, Salvador y Ana Tagliavia, emigraron a Montevideo, Uruguay, donde José pasó su infancia. Ya en Buenos Aires, cursó sus primeras letras en el Colegio Catedral del Norte y en 1888 ingresó en el Colegio Nacional de la calle Bolívar. Estudioso y rebelde en clase, José había heredado la bravura del padre, periodista y escritor, amigo personal y corresponsal de Giuseppe Garibaldi (1807-1882) y Giuseppe Mazzini (1805-1872), y de Errico Malatesta (1853-1932), líder anarquista que halló refugio en la Argentina entre 1885 y 1889.
La casa de los Ingenieros era centro de peregrinaje de cuantos conspiradores de izquierda visitaban Buenos Aires. Junto a su padre tradujo obras completas del italiano, el francés y el inglés. Más tarde, cuenta Aníbal Ponce, José comprendió que aquellas tareas respondían a un plan de educación. Salvador también lo acercó a la masonería —fue iniciado como lowton en 1888 y alcanzó la condición de masón en 1898—, ambiente donde afinó la punta de su lápiz anticlerical. Era un adolescente y ya salía en los diarios: lideró comités estudiantiles, improvisó arengas en centros cívicos y, en Barracas al Sur (hoy Avellaneda), participó de un asalto a la municipalidad durante la llamada Revolución de 1893, dirigida por la Unión Cívica Radical.
Por la diversidad de sus intereses, al terminar los estudios secundarios atravesó una crisis vocacional: en 1893 se inscribió en las facultades de Medicina y de Derecho, y optó por la primera. Fundó un pequeño periódico, La Reforma, y en 1895 publicó su primera monografía, ¿Qué es el socialismo?, como folleto del Centro Socialista Universitario. No había cumplido 19 años y ya era secretario del Partido Socialista que presidía Juan B. Justo (1865-1928). En abril de 1897 dirigió La Montaña, un periódico «socialista y revolucionario», junto a un joven recién llegado de las sierras de Córdoba. Un tal Leopoldo Lugones (1874-1938). La Montaña coincidía con las ideas anarquistas sobre la supresión del Estado, pero consideraba que iba a ser una consecuencia lógica de la socialización de los medios de producción y de la abolición de las clases sociales.
LOS SIMULADORES
Farmacéutico en 1897 y médico en 1900, entretanto Ingenieros leyó a Friedrich Nietzsche (1844-1900), su más perdurable profeta secular. Se doctoró con la tesis Simulación de la locura por alienados verdaderos, que amplió en 1903 como Simulación de la locura ante la sociología criminal y la clínica psiquiátrica. En la introducción de la obra, titulada La simulación en la lucha por la vida, escribió una dedicatoria irreverente:
Al modesto y laborioso Maximino García, portero de la Facultad».
Hombre de palabra, Ingenieros le había prometido esa distinción si le ayudaba a vencer la burocracia que atrasaba su diploma. La Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires premió la obra con una medalla de oro en 1903.
Su maestro, José María Ramos Mejía, lo nombró jefe de clínica de su cátedra de Enfermedades Nerviosas en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. En 1903 ingresó en el Servicio de Observación de Alienados de la Policía de la Capital, que dirigió desde enero de 1904, y ese año ganó la suplencia de la Cátedra de Psicología Experimental en la Facultad de Filosofía y Letras. Pero fue en los Archivos de Criminología, Medicina Legal y Psiquiatría (luego Archivos de Psiquiatría y Criminología), fundados por Francisco de Veyga y dirigidos por Ingenieros entre 1902 y 1913, donde reunió sus múltiples intereses científicos.
José se había desencantado de la militancia y el partido se había cansado de él: su voluntad de contrariar había alcanzado a la dirección del Partido Socialista, disgustada con el dandismo de aquel joven que ahora iba a las marchas obreras con levita y galera de felpa. Finalmente, en 1902, rompió con el Partido Socialista tras chocar con Juan B. Justo. Volcado a su profesión y a su consultorio médico, nunca abjuró de sus ideales socialistas. Con una escritura incesante —esculpió decenas de ensayos a costa del sueño—, forjó un fiel círculo de amigos que giraba en torno a Darío y que se conoció como La Syringa. De esa bohemia surgieron proyectos literarios y travesuras como las de los simuladores de su tesis: el grupo jugaba con el absurdo y con los límites entre la realidad y la ficción, y dejaba correr rumores sobre supuestos ritos de iniciación.
Mezcla de vanguardismo francés y parodia del esoterismo y de los ritos iniciáticos de la época, sus farsas eran publicadas en el periódico El Mercurio de América. Los syringos veneraban a Darío, pero José Ingenieros era el mentor. David Viñas cuenta que, entre 1914 y1916, Ingenieros se presentó ante el presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, como «Benito Villanoivas, embajador argentino en Washington». Carlos Octavio Bunge (1875-1918), tío del epistemólogo Mario Bunge, también escribió sobre sus «bromas de niño grande». Nadie dejó de apreciar su afabilidad campechana y su generosidad.
Aníbal Ponce, discípulo y continuador de su Revista de Filosofía (que Ingenieros dirigió entre 1915 y 1925), definió su personalidad como «poliédrica»: el médico, el criminalista y el psiquiatra que en 1915 lanzaba el primer Seminario de Filosofía de la UBA era el mismo que en la Syringa ejercitaba «el adorable sacerdocio de la risa». Entre su fervor por la ciencia y el humor no había contradicciones. Otras más intensas, empero, aguardaban al profesor, conocido como «maestro de juventudes» por sus alegatos contra el statu quo y su apelación a la acción cívica, liderada por «las minorías ilustradas».
EL «ISMO» MENOS MENTADO
En su impulso germinal por hacer de la ciencia una cosmovisión capaz de organizar el conocimiento y explicar la totalidad de los fenómenos humanos, Ingenieros ya era legítimo heredero del positivismo argentino, que Juan Bautista Alberdi (1810-1884) y Domingo F. Sarmiento (1811-1888) habían impulsado en el plano económico y político, Ramos Mejía en medicina y Ameghino en las ciencias naturales y la antropología.
Racionalismo, humanismo y socialismo eran consignas perturbadoras para el canon vigente en América Latina. Otro «ismo» se sumaría a su currículum. En 1905, Ingenieros viajó a Roma para representar a la Argentina en el V Congreso Internacional de Psicología. De regreso, visitó la isla San Vicente, en Cabo Verde, el archipiélago situado frente a Senegal.
En sus Crónicas de viaje (1906), escribió:
La solidaridad humana resulta aquí una preocupación lírica y sentimental […] Los hombres de razas de color no deberían ser, política y jurídicamente, nuestros iguales […] Cuanto se haga en pro de las razas inferiores es anticientífico; a lo sumo se les podría proteger para que se extingan agradablemente […] ¿Es necesario ser piadosos con estas piltrafas de carne humana?» (…) «En la cárcel, aseguró, vi algunos negros felices».
El racismo de este intelectual que luchaba por la justicia social al tiempo que auspiciaba una feliz extinción de las «razas inferiores» no era sino el resultado de una aplicación mecánica del darwinismo, donde los pobres debían ser asistidos por los blancos «superiores», locos y delincuentes eran enfermos sociales y los negros estaban condenados a desaparecer por imperio de las leyes inexorables de la biología social.
Esta visión de Ingenieros atraviesa su producción médico-legal, criminológica y sociológica: «Las disertaciones sobre la trilogía republicana Libertad, Igualdad, Fraternidad (científicamente absurda: el determinismo niega la libertad, la biología niega la igualdad y el principio de lucha por la vida, universal entre los seres vivos, niega la fraternidad), preocupan cada vez menos a los sociólogos», afirmó en Sociología argentina (1908).
No era el único positivista que atribuía el atraso a cuestiones de raza y herencia, corriente impulsada en Italia por Cesare Lombroso (1835-1909). Como ha señalado la profesora Sara Makowski, Carlos Octavio Bunge llegó a celebrar el alcoholismo, la viruela y la tuberculosis porque habían diezmado la población indígena y africana de la provincia de Buenos Aires. Entonces, el evolucionismo darwinista era confundido con «progreso», cuando en rigor era «adaptación al ambiente». Para el positivismo, el futuro humano era casi una transposición del dogma católico: el hombre blanco europeo ocupaba la cima de la escala zoológica. Así, el estigma de la inferioridad racial —esto es, la caracterización seudocientífica de negros, locos y delincuentes— ya tenía sus ideólogos en una sociedad que todavía habla de «bolitas», «perucas» y «negros cabeza».
Este racismo, en definitiva, era la norma entre los positivistas de la época. El de Ingenieros tal vez se distinguió por su crudeza, como destacó Angel Rodríguez Kauth en un artículo pionero sobre este aspecto del pensamiento del autor, publicado en 2001.
CERCA DE LA REVOLUCIÓN
En 1907 pasó a dirigir el Instituto de Criminología de la Penitenciaría Nacional de Buenos Aires, por propuesta de su director, Antonio Ballvé. A mediados de 1911 la Facultad de Medicina lo propuso en la terna para ocupar la Cátedra de Medicina Legal. Sin embargo, el presidente Roque Sáenz Peña (1851-1914) designó al candidato en segundo término. El desaire lo decidió a alejarse del país: cerró su consultorio, regaló su biblioteca y viajó a París y Alemania para continuar sus estudios. En 1913 hizo publicar en España El hombre mediocre, la obra que instaló su ideario entre los jóvenes de América Latina, y en 1914 se casó en Lausana, Suiza, con Eva Rutenberg. Era, para él, la hora de la filosofía y la crítica social. En Hacia una moral sin dogmas (1917) su simpatía hacia el ideal positivista adquirió ribetes épicos. Ante la religiosidad instintiva del ser humano, Ingenieros se preguntó:
¿No es posible encauzar su misticismo hacia una acción moral intensa, benéfica para la sociedad? ¿Pueden los ideales morales sustituir a los dogmas religiosos?»
El ensayista se apoyaba en la obra de Ralph W. Emerson (1803-1882), promotor del eticismo, una religión laica a la que Ingenieros consideró la mejor opción para hombres en «pos de la perfección», dispuestos a «vivir con dignidad respetándose a sí mismos» y alejados del sistema de premios y castigos impuestos por las doctrinas reveladas por seres sobrenaturales.
Al regresar de Europa le siguieron ofreciendo cargos públicos, que aceptó y usó a modo de tribuna. En 1918, ya miembro del Consejo Directivo de la Facultad de Filosofía y Letras, apoyó la Reforma Universitaria, iniciada en Córdoba por los estudiantes, entre ellos Deodoro Roca (1890-1942), autor del Manifiesto Liminar. La revolución bolchevique en Rusia había dividido las aguas del socialismo argentino. Al principio Ingenieros la celebró: «Expresa el punto más alto de una nueva conciencia». El comunismo era para él «un estado de fe colectiva en la posibilidad de vivir en un mundo mejor». En 1919 renunció a sus cargos docentes y hacia 1920 adhirió al grupo Clarté, fundado por Henri Barbusse (1873-1935), y colaboró con la revista Claridad. Durante unas jornadas europeas reincidió en su espíritu insumiso: dio su discurso en idioma español porque éste tenía «valor de lengua internacional». En 1922 impulsó la Unión Latinoamericana, un grupo «para luchar contra el imperialismo», que quedó constituida en 1925. Desde su juventud, influido por el criminólogo italiano Pietro Gori (1865-1911), había simpatizado con el anarquismo.
Falleció en Buenos Aires el 31 de octubre de 1925. Según el CeDInCI, la causa fue una sinusitis frontal avanzada que derivó en meningitis. En Las fuerzas morales, publicado tras su muerte, había anticipado su esperanza «de tener la dicha de morir antes de envejecer». Tenía 48 años.

Celoso custodio de su intimidad
En su copiosa obra casi no hay vestigios autobiográficos, y de sus hábitos de soltero perviven anécdotas de segunda mano. El poeta Eduardo Moreno (1906-1997), por ejemplo, juró haberlo visto entrar junto al escritor Alberto Ghiraldo (1875-1946) en un salón de baile de Plaza Italia. En 1914, Ingenieros se casó con Eva Rutenberg durante su autoexilio europeo. De regreso en Buenos Aires, tuvieron cuatro hijos.
Delia (1915-1995). Bióloga e ilusionista profesional. Con el seudónimo de «Delia Kamia» escribió Memorias de una maga (1952, reeditado en 2026 por Ediciones Ignotas) y Los microbios útiles (1968). En Entre Yrigoyen e Ingenieros (1957) reveló que el entonces presidente había invitado a su padre a discutir las huelgas obreras previas a la Semana Trágica, en 1919. Colaboró con Jorge Luis Borges en Antiguas literaturas germánicas (1951).
Amalia (1917-1997). Doctora en Medicina. Sus hijos Diana y Horacio Valla Ingenieros cedieron los archivos de su abuelo al Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en la Argentina (CeDInCI).
Julio (n. 1918). Cineasta y precursor del cine estereoscópico. Experimentó con títeres y animación. Fue presidente del Club de Cortometrajistas y coautor de El Segundo Plan Quinquenal en el Cinematógrafo y la Cultura del Pueblo (1954) y autor de Tiempo de cine (1962).
Cecilia (1920-1996). Fue novia de Borges entre 1941 y 1943 y planearon casarse en Europa. Ella declinó y viajó a los EE.UU. para continuar sus estudios de baile. Se consagró en danza contemporánea y se hizo aficionada a la egiptología.
El “viaje paranormal” de Ingenieros
Una entrada de 2012 de Factor, Ahora dicen que José Ingenieros fue espiritista, preguntó por la fuente según la cual la Profesora e investigadora de la Universidad de Buenos Aires (UBA), María Gabriela Mizraje, afirmó:
Si (José) Hernández es el gran espiritista de la cultura decimonónica, Ingenieros es, sin duda alguna, el gran espiritista del positivismo argentino y acaso el principal espiritista de la cultura letrada del siglo XX”.
El argumento había sido desarrollado en la revista Ñ del 16 de junio de 2012, bajo el título general La patria y los espíritus. La autora, en una breve respuesta personal, saludó mi interés por la obra de Ingenieros, pero no me proporcionó esa fuente, por lo que desde entonces asumí que su afirmación había sido una licencia poética.
Un año después, regresó sobre el tema Soledad Quereilhac, doctora en Letras (UBA) e Investigadora Independiente del CONICET, en un artículo de referencia (1). Si bien señala algunas ambivalencias, Quereilhac documentó una tímida simpatía por el ocultismo en los comienzos de Ingenieros. En 1898, cuando Palacios y Lugones se iniciaban en la Sociedad Teosófica, publicó en la Revista de Estudios Teosóficos Philadelphia, valoró a quienes experimentaban en este campo llamándolos “verdaderos hombres de ciencia”, ya que rompían barreras a la investigación de lo desconocido. El acercamiento fue efímero. En 1903, envió una carta a la espiritista Sociedad «Constancia», presidida por el periodista Cosme Mariño, en la que solicitaba presenciar una sesión mediúmnica; si bien Ingenieros ya había cuestionado el carácter científico de estas experiencias, un año después, en un libro sobre psicología experimental, escribió sobre el valor terapéutico del hipnotismo y la sugestión. Este pronunciamiento cautivó a los espiritistas argentinos, quienes deseaban sumarlo a sus filas. Pero tras sus críticas públicas a Charles Richet, el romance no se concretó. Finalmente, en 1918 acudió a la sede de Constancia para presenciar las “materializaciones y levitaciones” del médium platense Osvaldo Fidanza, de la Sociedad «Luz del Porvenir», en compañía de varios periodistas (entre ellos Constancio C. Vigil, director de Atlántida), sin dejar su testimonio en la revista. En suma, hasta donde está documentado, Ingenieros nunca aprobó la hipótesis espiritista.
(1) Quereilhac, S. (2013). Ecos de lo oculto en el Buenos Aires de entre-siglos: intervenciones de escritores e intelectuales en medios de prensa. Literatura y Lingüística, (28), 91-106.
Ficción apocalíptica
El escritor Gabriel Muscillo recuerda la participación de Ingenieros en una novela, acaso el primer experimento de escritura colectiva de la ciencia ficción local: El paraguas misterioso (1904). Publicada en trece entregas en la revista Caras y Caretas, la obra es una parodia de los folletines policiales de Eugène Sue (1804-1857) y Ponson du Terrail (1829-1871) y de las ficciones de Julio Verne (1828-1905). «Uno de los temas —explica Muscillo— es la simulación como herramienta de poder, una preocupación recurrente de Ingenieros». Seis de los trece autores, Ingenieros incluido, eran masones: Eduardo L. Holmberg, José Luis Murature, Roberto J. Payró, Enrique del Valle Iberlucea y Gregorio de Laferrère. También se sumaron David Peña, Severiano Lorente, José Luis Cantilo, Diego F. Espiro, Carlos O. Bunge, Alberto Ghiraldo y Manuel Carlés, algunos de ellos integrantes de la peña La Syringa.
La historia oscila entre el crimen y la intriga palaciega, y culmina con el choque de un cometa contra la Tierra; el enigma gira alrededor de un paraguas abandonado, que en la trama resulta ser un escudo magnético. El astro errante, poblado por un zoológico fantástico, deriva en lo que hoy —apunta Muscillo— sería «una especie de ficción política de ribetes apocalípticos».
«Hermano masón»
Las grandes figuras que acompañaron la vida cultural, política e intelectual de Ingenieros (Rubén Darío, Roque Sáenz Peña) eran parte de la cofradía. También lo era su padre, el periodista y dirigente socialista Salvador Ingenieros, un respetado referente de la colectividad italiana en Buenos Aires. Salvador presidió la Logia Unión Italiana Primera N° 90 y dirigió por dos décadas la Revista Masónica, en la que su hijo, que alcanzó la condición de masón en agosto de 1898, colaboró hasta 1904. En La masonería argentina a través de sus hombres (1966), Alcibíades Lappas revela que padre e hijo escribieron juntos el libro Historia, apuntes, fines y objeto de la masonería (1929), parte de un trabajo inconcluso e inédito. El manuscrito se conserva en la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones de la calle Perón 1242.
Nuevos abordajes del racismo en Ingenieros
En el post de 2010 que anunció la publicación de esta minibio en “200 Argentinos”, la colección sobre el Bicentenario de la revista Veintitrés, Jose Ingenieros (1877-1925): brillante, oscuro y desconocido, citamos aquellos fragmentos de “racismo explícito” tomados de sus Crónicas de Viaje. Obras completas, tomo VIII. (Ediciones Mar Océano. Buenos Aires, 1962).
Para Sergio Díaz, en Revista Bordes, el racismo eje central y recurrente en la obra de José Ingenieros. Si bien cambió de forma con el tiempo, mantuvo una función constante: justificar y legitimar la jerarquización social y racial: En El hombre mediocre (1913), sostenía que «igualar todos los hombres sería negar el progreso de la especie humana». Esta lógica lo llevó a oponerse al sufragio universal, lo llamó «mediocracia», y a despreciar a las mayorías, en línea con su idea de que solo las «minorías ilustradas» debían conducir la sociedad. Del mismo modo, en los textos póstumos reunidos por Aníbal Ponce en Tratado del amor (1940), la preocupación por la raza deriva en un interés explícito por la eugenesia. Su foco de interés viaja de la cantidad de población hacia su «calidad», abordando temas como la procreación, la maternidad y la «fortaleza moral de la raza nacional». Ese racismo, escribe Díaz, era parte estructural de su pensamiento.
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