Filosofía libertariana con vaselina, para escépticos incautos

En una tribuna de supuesto pensamiento escéptico latinoamericano, un autoproclamado “humanista secular” disfraza de filosofía profunda un discurso que reduce el valor de las personas a un examen de rendimiento intelectual. Cómo razonan quienes dan sustento teórico al elitismo transhumanista.

Por Alejandro Agostinelli

Me han consultado por qué ya no difundo artículos de la revista Pensar, dirigida por Alejandro Borgo, una persona que fue parte de mi círculo de amigos pero de quien me he alejado hace varios años.

No es por nada personal. Quienes me plantean la pregunta y me leen, o conocen mi forma de pensar, creo que no han leído –o peor, no han notado– la insistente prédica ideológica de esa publicación.

Los sesgos ideológicos marcados –más si son de derecha, lo admito–, me fastidian. Pero a veces entro a Pensar por curiosidad o para darle una oportunidad.

Consciente de que quizá amplificaré el alcance de una publicación que no debería merecer atención, citaré a guisa de ejemplo Dos moralejas sobre el mito de la ‘igualdad humana’, nota del peruano Daniel Molina agregada en las categorías “Filosofía y pensamiento crítico, Religión”. Sí, “pensamiento crítico”.

Pero el artículo es un festival de falacias.

Quizá convendría que el lector intente leerlo antes de abordar mi crítica. Molina, en nombre de la “moralidad”, derrapa en una trampa absurda: confunde “realidades empíricas” con la igualdad de derechos, la única herramienta disponible para proteger a los más débiles y construir un mundo vivible.

Molina incurre en varios sofismas de manual. Por ejemplo, equipara la categoría biológica del Homo sapiens con cualquier otra característica accidental o rasgo fenotípico superficial, como la raza, el sexo o el color de ojos. Escribe:

Si algunos demarcan lo que está en el círculo moral en lo que es humano y repelen del círculo lo que no, por qué no demarcarlo solo en los humanos blancos (con bajos niveles de melanina), o por qué no en los humanos hombres (el macho adulto de la especie)».

El problema grave de este planteo es que la especie biológica no es un «detalle secundario» como el color de la piel. Ser humano es formar parte del grupo biológico que comparte nuestra capacidad de sentir dolor, dar afecto y vivir en sociedad. Comparar el racismo –que es discriminar arbitrariamente a otras personas– con el simple hecho de reconocer a los de nuestra especie es tramposo, un truco para acusar de «especista» y poner a la altura del racismo a cualquiera que intente defender la dignidad humana.

Sigamos con dos textuales más de Molina.

Hay humanos los cuales poseen capacidades muy limitadas y, de hecho, muchas veces superadas por animales no humanos. Humanos principalmente conocidos como ‘severamente discapacitados’, humanos los cuales poseen estas capacidades avanzadas de una manera muy mermada, muy reducida, y, de hecho, muchas veces ni siquiera las tienen debido al grado de discapacidad que se posee. Si el criterio para incluir o no a alguien dentro del círculo moral es ese conjunto anteriormente mencionado de capacidades intelectuales y conscientes superiores, deberíamos excluir dentro de este círculo a muchos individuos humanos, lo cual rompe tajantemente el dogma de ‘todos somos iguales'».

Al final, lleva el argumento a un extremo para concluir que «la igualdad es un mito».

Aquí se debe hacer una decisión, o se sube la consideración moral de ciertos individuos (como los animales no humanos) y aceptamos que los tratamos mucho peor de lo que se debería, o simplemente somos coherentes y señalamos que no hay dilema moral en tratar mucho peor de lo que tratamos a ciertos humanos marginales».

Ni José Ingenieros se animó a tanto. Bajo la lógica nefasta del autor, desproteger a bebés, ancianos o personas con discapacidad es darle legitimidad teórica a la misma crueldad con que el libertarianismo, el anarcocapitalismo y el fascismo pseudoliberal exhiben en redes sociales, indiferente al sufrimiento humano.

¡Hay que ser caradura para disfrazar de «filosofía profunda» el discurso libertariano que hoy ataca y se burla abiertamente de la discapacidad en Argentina!

El autor confunde todo porque incurre en un doble engaño lógico. Por un lado, comete la falacia naturalista al saltar de lo que somos a lo que debería ser. Por el otro, recurre a un hombre de paja archiconocido: se inventa la idea ridícula de que la igualdad de derechos exige que todos tengamos el mismo coeficiente intelectual o las mismas capacidades. ¡Pero nadie en su sano juicio sostiene eso! La igualdad es un acuerdo político y ético para proteger a los más débiles y evitar que el más fuerte los pase por encima. Pretender medir el valor de un ser humano según su rendimiento intelectual es una aberración antihumanista. Para Molina, las personas que pertenecen a una categoría que llama individuos marginales “no merecen la misma consideración moral que los individuos totalmente plenos, los que hagan méritos totales en cuanto a sus facultades cognitivas.”

Daniel Molina no es un colaborador golondrina de Pensar. Es miembro de la Sociedad Secular Humanista del Perú y de la Asociación Peruana de Ateos. Suerte que Paul Kurtz no está vivo para enterarse de la extravagante vulgaridad de los giros del movimiento que fundó en 1980. Hay más ejemplos, como señaló Daniel Galarza Santiago. Para el filósofo estadounidense, el valor y la dignidad de las personas no se resuelven aplicando un «examen de admisión cognitivo», que es lo que parece pretender el autor reseñado, sino que es un postulado ético central. En el Manifiesto Humanista II (1973), Kurtz dejó dicho que «la dignidad humana es un valor básico» y que la sociedad debe proteger la autonomía y los derechos de todos los individuos, especialmente de los más vulnerables. “La razón debe equilibrarse con la compasión y la empatía”, afirma el Manifiesto.

No hay nada en el artículo de Molina que postule la necesidad de ampliar derechos; al contrario, usa la «razón» para desmantelar principios éticos básicos usando tergiversaciones retóricas.

Para colmo, el articulista cierra con un falso dilema: o tratamos a las personas vulnerables como basura, o hay que darle documentos a las vacas. Molina escribe:

¿Por qué no sería aceptable, simplemente, subir la consideración moral a otros individuos dentro del espectro? Muchos considerarían inaceptable aceptar que un discapacitado cognitivo vale lo mismo que una vaca o un chimpancé por el hecho de que le hacemos cosas horribles a las vacas o a los chimpancés. Pero, para solventar esta disonancia cognitiva, ¿por qué no aceptar que estamos tratando mucho peor a las vacas o a los chimpancés de lo que deberíamos?

Si a los humanos discapacitados cognitivos los tratamos de maneras decentes y creemos que hacer lo contrario estaría mal, para solventar las contradicciones internas, lo más coherente en este punto sería, simplemente, aceptar que no hacer eso mismo con un animal no humano con capacidades cognitivas similares también está mal (si una hamburguesa de carne de discapacitado cognitivo humano severo es algo abominable, también debería serlo una hamburguesa de carne de vaca).”

¡Mama mía! Más allá de la jerga ampulosa e insensible, y la fantasiosa reducción al absurdo, revisemos la médula del dislate intelectual contenida en este último pasaje.

Molina reduce la dignidad humana a una cuestión de desigualdades cognitivas y pasa por alto la necesidad de proteger a los más vulnerables por empatía y pertenencia a nuestra comunidad. Parte de esa premisa deformada para armar su falso dilema: exige elegir entre tratar a los sectores más golpeados de la sociedad como animales o equiparar a las vacas con los seres humanos. Esa provocación grosera de la «hamburguesa humana» no la invoca para razonar, sino para forzar un impacto efectista y disfrazar de rigor lógico lo que es apenas una chicana.

Va de suyo que resguardar la integridad de las personas no impide a nadie ser empático con el mundo animal. La forma en que el autor presenta el tema no es más que una patética justificación de los más favorecidos, disfrazándola de rigor filosófico. Para usar una metáfora un poco petardista, pero que es explícita, este ensayo enmascara el típico razonamiento del facho pobre, enredado en su discurso para recibir una palmadita del amo.

No es el trumpismo paranormal de Iker Jiménez en Cuarto Milenio, como denuncia en este recomendable artículo Luis Alfonso Gámez. Su alcance es más limitado. Pero Pensar lo hace en nombre del humanismo secular, el pensamiento crítico y el escepticismo científico.

En síntesis: como me encontré seguido con bazofia similar en esa revista, aconsejo leerla con atención. Suele vender gato por liebre.

***

Nota: ¿Por qué no envié esta crítica a la revista Pensar? Porque su editor odia el pluralismo. En 2020, contesté un artículo de Borgo, cuando se atrevía a opinar sobre magia y pseudociencia en la política nacional, y mi réplica fue primero publicada y luego, no bien me distraje, fue abducida por alienígenas.

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