La oleada plativolista de 1968 comenzó el 3 de junio con el caso del matrimonio Vidal, supuestamente teletransportado desde Chascomús hasta México. Ese mes, pilotos de Aerolíneas Argentinas confirmaron haber maniobrado junto a un ovni sobre la Patagonia. En estas dos notas publicadas por PRIMERA PLANA vemos cómo los casos de los empleados del casino Juan Carlos Peccinetti y Fernando Villegas y, poco antes, José Paulino Núñez en Mendoza, consolidaron una pasión nacional que desbordó a la prensa, la policía y hasta la Cancillería.
Tres de estos hitos son analizados en el libro Invasores. Historias reales de extraterrestres en Argentina (Sudamericana, 2009) por Alejandro Agostinelli. En ambas notas, recuperadas por Mágicas Ruinas, desfilan otros nombres, como el de Benjamín Solari Parravicini y el del padre jesuita Segundo B. Reyna, este último «por ausencia»: su nombre no aparecía en la polémica y el redactor conjeturó que estaba distraído con su propia aventura junto al contactado Eustaquio Zagorski, traductor al varkulets del Martín Fierro.
Factor refresca estas notas de la época para anunciar el reinicio del ciclo Misterios Sin Verso. ¿Tema? El Caso Vidal.
CHE OVNI. La película dirigida por Aníbal Uset estrenó dos meses después del famoso Caso Vidal. Cortesía: Marcelo Metayer.
Los argentinos y sus platos voladores
«Si no tuviera tanto respeto por los chinos diría que se trata de un cuento chino», se burló el Ministro de Relaciones Exteriores, Nicanor Costa Méndez. El chiste del Canciller —el lunes 10, ante las cámaras del Canal 13— intentaba sepultar de una buena vez la más espectacular historia de los OVNI (Objeto Volador No Identificado; el nombre oficial de los platos voladores), incorporada al ya nutrido anecdotario nacional sobre el tema. Es que la noticia de un viaje increíble Chascomús-México, protagonizado involuntariamente por una pareja, alcanzó una difusión no conquistada por otras narraciones. Hasta en la Presidencia de la Nación hubo funcionarios que aseguraron la veracidad del suceso; además, un representante del gobierno bonaerense habría entrevistado al titular de la SIDE, general Eduardo Señorans, para preocuparlo con el fantástico periplo.
Para muchos se trata de un nuevo brote de la epidemia estacional que todos los años contagia al país con noticias que relatan desde simples visiones de estos artefactos hasta encuentros, charlas y paseos con habitantes extraterrestres. En esta ocasión, sin embargo, el caso del «matrimonio de Maipú» se nutrió con un insólito refuerzo: el testimonio irreprochable de dos pilotos de Aerolíneas Argentinas, que se fascinaron con las maniobras de un misterioso aparato mientras cruzaban volando, a mil metros de altura, el estrecho de Magallanes.
CUENTO CHINO. «Si no tuviera tanto respeto por los chinos diría que se trata de un cuento chino», se burló el Ministro de Relaciones Exteriores de la dictadura de Juan Carlos Onganía, Nicanor Costa Méndez. Fecha: 10/06/1968. Entrevista: Leo Gleizer, noticiero de Canal 13.
Semejante experiencia fue suficiente para desatar un rosario de declaraciones, la mayoría de muy dudosa veracidad. El sábado pasado, La Nación narró las tribulaciones de María Elodia Letzel (19 años) (N. del E.: Pretzel), quien tropezó en la cocina de su casa —en Villa Carlos Paz, Córdoba— con un gigantón rubio, envasado en un buzo color celeste brillante de estructura escamosa. Echando rayos luminosos, el desconocido paralizó a la muchacha con movimientos de su mano derecha, mientras reía y murmuraba frases ininteligibles sin mover los labios. El padre de la joven, Pedro Pretzel (39, dueño del hotel La Cuesta), llegó más tarde y observó «un aparato que irradiaba haces, de luz roja de gran intensidad», elevándose hacia el cosmos. La policía cordobesa no desdeñó la denuncia que radicaron los Pretzel contra el formidable intruso: oficialmente se anunció una investigación.
¿Quo vadis, OVNI?
La primera versión sobre la tournée mexicana de la pareja que sólo deseaba transitar en automóvil hasta Mar del Plata, despuntó el lunes 3 en el matutino La Capital, de esa ciudad. Ese mismo día se sumó a la divulgación él vespertino porteño La Razón, y la información se multiplicó entonces ad infinitum. En la noche del día siguiente, martes 4, ocurrió la observación de un OVNI por los pilotos de Aerolíneas. La semana quedó signada por los platos voladores.
Bajo de estatura, seguro de sí mismo, algo extravertido, el comandante Ulises Alejo Tiviroli (54, casado, una hija) explicó a Primera Plana lo ocurrido, mientras descansaba en su casa de San Isidro: «Descendíamos ya sobre el aeropuerto Chavunco, en el final del vuelo Buenos Aires – Punta Arenas —recuerda—; mientras el Avro 748 torcía a unos mil metros de altura para lograr el rumbo 250° en que se halla la pista, vimos el extraño artefacto».
Tiviroli cubría el puesto de copiloto, a la derecha del comando, una casualidad que lo convirtió, durante dos minutos, en asombrado espectador. Al otro lado, ocupado del manejo, el comandante Humberto Raúl Guardabassi se dio por satisfecho con breves observaciones del OVNI. Para él fue una victoria memorable: es un creyente entusiasta, en la realidad, de los platos voladores. Sus discusiones con Tiviroli —hasta entonces un escéptico— finalizaron en ese instante: «Ahora me pasé al otro bando —concede el copiloto—. El plato volador se hallaba a unos 13 kilómetros dé nosotros. Eran las 21,15, la visibilidad ilimitada y la noche patagónica estaba hermosa. Parecía una enorme lenteja, de color blanco-azulino. Abajo, en el centro de la panza, la tonalidad se transformaba en un rojo que variaba, a amarillo, hasta confundirse con la noche. Creo que allí se producía una combustión; por eso cambiaba el color». El ovni certificó, su existencia inteligente con dos maniobras de 90 grados: «Ningún cuerpo celeste o fenómeno atmosférico puede hacer eso», destaca Tiviroli. La serenidad de sus 15 mil horas de vuelo (22 años en la empresa) apoyan el testimonio, compartido por su compañero y varios pasajeros. También por habitantes de Punta Arenas: «Cuando llegamos al hotel Cabo de Hornos nos preguntaron si habíamos visto al plato volador. Parece que incluso lograron fotografiarlo», concluye el aviador.
Los ecos que despertaron los reales floreos cósmicos del misterioso navío no alcanzaron, sin embargo, a ensombrecer la popularidad que halagó al alucinante y no comprobado caso del viaje Chascomús-México. La historia, que intriga a millones de argentinos, es más sencilla que cualquier cuento de ciencia-ficción: en los primeros días de mayo (nunca se precisó la fecha), dos matrimonios iniciaron en sus automóviles un viaje de fin de semana a Mar del Plata. Una cita debía congregarlos en el restaurante Los Autitos, de Dolores, para almorzar, algo que nunca ocurrió. Cerca de Chascomús, una de las parejas —de apellido Vidal, vinculada a familias de la ciudad bonaerense de Maipú— tropezó en la ruta 2 con un banco de niebla que obligó a disminuir la marcha del Peugeot 403 que tripulaba el marido. Casi enseguida; ambos perdieron el sentido. Cuando lo recuperaron, 48 horas más tarde, se hallaban en una carretera, siempre dentro del vehículo, a unos 10 kilómetros de Ciudad de México.
Dos días después, el escribano (N. de la R.: Martín) Aníbal Rapallini recibía en su casa de Maipú un llamado telefónico de Vidal, desde el consulado argentino en México. Informaba hallarse bien y reclamaba la presencia familiar —hay lazos de parentesco— en el aeropuerto de Ezeiza. Cuando el matrimonio retornó al país, esta vez en un vuelo comercial, sólo habló el marido para contar el viaje increíble: su mujer, víctima de tremendo shock, desembarcó en una camilla y fue internada en un sanatorio porteño.

Un manto de certidumbre general amenazaba convertir el affaire en la noticia del año, pese a las inmediatas desmentidas. La policía de Buenos Aires aseguró que ninguna denuncia sobre desaparición de esa pareja había sido recibida. El cónsul argentino en México, Rafael Raúl López Pellegriril (N. de la R: Pellegrini) declaró a la agencia Reuter: «Toda la información es absurda. No sabemos absolutamente nada». La misma ignorancia manifestó el embajador mexicano en Buenos Aires, licenciado Francisco González de la Vega, ante la curiosidad de su ex colega argentino David Blejer, que aprovechó un almuerzo para mostrarse curioso. La Cancillería inició una investigación de la cual participó el gobierno mexicano. El resultado fue negativo. «Si alguien hubiera llegado aquí por esos medios, seguro que no podría haberse mantenido el secreto.»
Una parte de la historia fantástica denunciaba la intervención de la CIA, que compró el automóvil, mancillado en su carrocería por quemaduras ignotas. Una empresa de autos de la ciudad de Dolores —se completaba— entregó un coche nuevo a Vidal, pagado por la agencia norteamericana de espionaje. La familia Rapallini convocó, por su parte —a pedido del comisario de Maipú, José Luis del Villar—, una conferencia de prensa para condenar las versiones. El efecto fue justamente contrario; creció el rumor de una conspiración oficial entre Argentina. México y USA para silenciar el asunto e impedir el pánico general.
Tanto alboroto obligó a investigar. Francisco Juárez, de Primera Plana, inició un paciente trabajo que lo llevó a media docena de sanatorios, tres canales de televisión y una docena de pistas falsas. En todos los casos, familiares o amigos de entusiastas informantes conocían, inexorablemente, a un allegado de los Vidal. Una respuesta insólita brotó de las páginas de Psicología del Rumor, el libro de Allport y Postman; un hecho, cierto o inventado, circula aceleradamente; sus agentes —impelidos por una necesidad previamente motivada (temores, falacias filosóficas o religiosas)— creen en la versión y la convalidan con vinculaciones amistosas o filiales.
La semana pasada, otros testimonios registraban el paso de platos voladores y seres extraterrestres. El abogado Eduardo Squirru (hermano de Rafael, secretario de cultura de la OEA) atestiguó el vuelo de un OVNI sobre su quinta de Castelar. El septuagenario pintor Benjamín Solari Parravicini fue más allá: describió un viaje en plato volador, ida y vuelta, desde las cercanías del Obelisco hasta los cielos celestes.
Curiosamente, algunas de las pistas terminaban en un callejón sin salida a pocos kilómetros de la metrópoli, en la ciudad de Quilmes. Desde mediados de mayo, se conocía allí el caso del «matrimonio de Maipú». En la madrugada del viernes, todo pareció aclararse cuando Primera Plana logró ubicar, en la confitería Colón, a Carlos Vignale (44, industrial), Fernando Arena (42, dibujante proyectista), Abel Cerruti (42, industrial) y Mario Marchisotti (56, jubilado). El grupo acostumbra reunirse todas las noches allí para charlar. El tema OVNI casi los obsesiona y muchas veces se trasladan hasta la costa del río —con teodolitos, brújulas y telescopios— para realizar observaciones.
Vignale y Arena narraron: «El 8 de mayo nos llegó la noticia del viaje a México; incluso se revelaba el nombre del protagonista, un señor Goñi«. Vignale conocía a la presunta víctima y fue a visitarla. Recibió una rotunda desmentida; también, por otra fuente, la versión de que un socio de Goñi, el abogado Gerardo Vidal, con familiares en Maipú, era el pasajero del plato volador, junto con su esposa. Por supuesto, Vidal también negó todo y el grupo conjetura que se trató de una broma que alcanzó truculentas repercusiones en el país y el exterior.
Los devotos estudiosos de las frecuentes visitas cósmicas se extrañan del silencio de una autoridad en la materia: el conocido platófilo, sacerdote jesuita Segundo B. Reyna. Un allegado justificó: «Lo que pasa es que el padre dice estar muy ocupado. Todas las semanas lo visitan habitantes de Ganímedes, un satélite natural de Saturno (N. de la R.: Júpiter), que le enseñaron su idioma». Reyna, agradecido, habría traducido al ganímedes el Martín Fierro de José Hernández *.
Fuente: PRIMERA PLANA, 18 de junio de 1968. Recuperado por Mágicas Ruinas
(*) El traductor de la obra de Hernández al varkulets (supuesto idioma de Ganímedes) no fue el padre Segundo Benito Reyna, sino el inmigrante lituano-polaco Eustaquio Zagorski. El ovnílogo jesuita fue quien desafió al contactado a hacer esa tarea.
OVNI: una pasión argentina
«Ya están aquí» Si el titular hubiera adornado, como estaba previsto, la primera página de un vespertino —el miércoles de la semana pasada—, sus efectos sobre la población serian parecidos, nadie lo duda, al pánico colectivo que desató Orson Welles, en octubre de 1938, al anunciar por radio la invasión marciana a Nueva York. Es que ese día la «psicosis del OVNI» alcanzaba su pico más agudo en la Argentina desde principios de junio, cuando se dio noticia de un supuesto periplo Chascomús-México, protagonizado —vía plato volador— por un acaudalado matrimonio de Maipú.
Una confidencia anónima al diario La Razón —telefoneada a las 10 de la mañana de ese miércoles— explicaba que un OVNI, volando muy bajo por defectos mecánicos, había embestido en la avenida General Paz a un terráqueo automóvil. Dos atribulados enanitos —hubo versiones contradictorias sobre el color— emergieron al exterior para comprobar los daños; vencida la primera impresión, los vecinos no tardaron en atraparlos. De inmediato, periodistas y fotógrafos se lanzaron hacia la noticia del siglo mientras las llamadas telefónicas acribillaban las redacciones de diarios y agencias exigiendo detalles sobre la invasión.
La especie llegó hasta el vespertino rival, Crónica, con el inquietante agregado de que La Razón no sólo se había adelantado: también contaba con una generosa colección de fotografías de humanoides, vecinos, OVNI y el automóvil chocado. Dominando los nervios, en Crónica decidieron confirmar los hechos: las bases militares aeronáuticas de Morón y El Palomar se mostraron tan sorprendidas como la Policía. Para entonces, una caravana de curiosos recorría anhelante la avenida General Paz, rastreando el plato volador; hacia el mediodía, un funcionario policial destruyó todas las ilusiones con una irónica desmentida: «No tenemos conocimiento de que se haya producido un accidente de esa naturaleza».
Los visitantes de la noche
Por supuesto, se trataba de una broma; pero que semejante disparate haya levitado a media ciudad revela hasta qué punto los inquietantes platillos se han transformado en una pasión argentina capaz de concitar más fervores que el fútbol o la situación política. Sin embargo, hay que conceder por la hazaña tanto mérito a los revoloteantes artefactos como a la vocación sensacionalista de un sector de la prensa y a los dos empleados del Casino de Mendoza cuya epopeya sensibilizó a la opinión pública, que aguardaba impaciente otra visita-primicia.
En la madrugada del sábado 31 de agosto, Fernando Villegas, 29, y Juan Carlos Peccinetti, 26, pagadores de la casa de juego mendocina, treparon a un vetusto Chevrolet 1929 y se encaminaron hacia su destino. «Manejaba por la calle Suipacha —relató Villegas— y, sin saber por qué (jamás tomo ese camino), doblé por la calle Neuquén hacia el Norte.» Sólo habían avanzado tres cuadras en la oscuridad cuando las luces y el motor se apagaron y los amigos descendieron rezongando para inspeccionar el coche. De pronto observaron que, en un baldío cercano, reposaba suspendido a unos dos metros del suelo un platillo, despidiendo el’ consabido resplandor.
«Vimos entonces —confía Villegas— que se nos acercaban cinco enanitos de forma muy parecida a la humana, pero con una cabeza enorme y completamente calva.»‘ Los macrocéfalos lucían un overoll gris claro o celeste; tres de ellos se aproximaron a los estupefactos mientras otros dos permanecían junto a la nave espacial. Una comunicación reservada —verdadero incunable— elevada por el inspector policial Roberto Palomo Albornoz al director de Seguridad mendocino sobre el caso, relata que Peccinetti declaró haber escuchado «en su cerebro» esta amistosa exhortación: «No temer; no temer. Hemos dado tres vueltas al Sol. Agua, agua. Las matemáticas son el idioma universal». Mientras tanto, uno de los enanos se afanaba frente al automóvil inscribiendo signos sobre la carrocería en medio de un vaho de azufre. Otros humanoides acarrearon ante los terrícolas una pantalla que exhibía, en colores, un show donde alternaban cascadas (con y sin agua) y un hongo nuclear. «Acto seguido —detalla el oficial Palomo Albornoz en su informe— se fueron con la pantalla en dirección a la nave quedándose los otros dos que estaban al frente del relator y su compañero, los cuales tomaron suavemente su mano izquierda (respectivamente), notando el contacto de una mano normal, y luego le aplicaron unas punzadas en dos dedos de la mano izquierda, agregando al retirarse: Volveremos». Poco después la nave se perdía en el espacio atronando la noche de Mendoza con una fortísima explosión.
Despavoridos, Villegas y Peccinetti corrieron a la guardia del Liceo Militar General Espejo, distante trescientos metros, donde un incrédulo oficial les administró un vaso de agua, remitiéndolos luego hacia el hospital Lagomaggiore.
Los médicos verificaron el shock nervioso y los pinchazos: «Cuando llegaron al hospital tenían una cara de espanto como jamás he visto», vociferó ‘—según el sumariante Albornoz— un enfermero «de talla baja entrado en años, que si se considera de valor localizaré». Un agente de policía notificó del episodio a la seccional 3ª, cuyo oficial de servicio, precisamente el inspector Palomo Albornoz, partió de inmediato hacia el hospital. En el camino se topó con Villegas, que le relató la historia. «El infrascripto —continúa el policía—:, obtenido este relato, se trasladó al nosocomio en asocio del oficial Carloni», para entrevistar a Peccinetti; que confirmó la aventura.
También entregó su reloj, detenida a las 3.42, hora del encuentro estelar. Albornoz se lanzó a una pericia: «Al no funcionar, fue movido en distintas formas y no arrojaba sonido alguno, pasándoselo al oficial Carioni a su pedido, quien lo retuvo también examinándolo y en un momento dado me fue llamada la atención por el oficial Carioni, quien, mostrándome el citado reloj destapado, me exhibía la máquina del mismo al tiempo que con una punta de metal blanco revolvía la máquina en busca del pelito que le faltaba».
Este hurgueteo en la maquinaria del reloj desató las iras de Albornoz: «Ante ello dispuse que lo cerrara y me fuera entregado, luego de la recomendación de que no debía haberlo destapado, demostrando este oficial encontrarse escéptico del hecho, pero en cuanto al informante en este caso no hizo una opinión del mismo puesto que el deber era lograr obtener un procedimiento funcional y luego se vería el grado de veracidad que tuviese el caso».
Las inscripciones y unas extrañas bolitas de mercurio terminaron por convencer al policía, que considera «pese a ser profano en interpretar estos casos y no haber presenciado tal entrevista extraterrestre, que los causantes Villegas y Peccinetti son veraces en sus exposiciones».
Por la mañana, el baldío de la aparición era una romería de curiosos que recolectaban evidencias y souvenirs; sin embargo, los contadores geiger de la Comisión de Energía Atómica no denunciaron restos radiactivos de los comunicativos humanoides. El automóvil de Villegas era la vedette, escrutado por todos: los creyentes están seguros de que el mensaje grabado a soplete esconde la clave para determinar el origen de los OVNI. Los dibujos equivalen a la representación de dos sistemas planetarios, cada uno con un sol y tres satélites, «Uno podría ser Júpiter, cuya tercera luna es Ganímedes; el otro nuestro Sol, Mercurio, Venus y la Tierra», teorizo Victorio Corradi, del Centro de Investigaciones Espaciales de Mendoza. «En ese caso podemos observar flechas que vinculan las órbitas terceras. Quizá traten de decirnos que Ganímedes es su lugar de origen o su escala para llegar a la Tierra desde lejanas galaxias.»
Se trata, en realidad, de dibujos geométricos primitivos, indignos de una civilización capaz de pergeñar artefactos que circulan por el espacio y atemorizan a los seres humanos, desde la posguerra.
No es éste el único indicio que robustece la hipótesis de una patraña imaginada por dos oscuros empleados ansiosos de notoriedad. Al llegar a la zona, el oficial sumariante Albornoz declara haber percibido un fuerte olor parecido al azufre; resultaría fácil truco haber utilizado este elemento, mezclado con clorato de potasio, para provocar la explosión y el resplandor que se atribuye al despegue. Además, algunas versiones insisten en que Peccinetti y Villegas militan en una secta esotérica, que profesa una delirante admiración por los platillos y sus tripulantes. El episodio resultaría, entonces, una forma espectacular de proselitismo.
Estos recelos enfrentaron a los croupiers con una desconfiada Junta Médica que los abrumó a preguntas y test durante más de cuatro horas. «Fueron todos contra uno», lamentó Peccinetti a la salida. «La próxima vez que vea un OVNI no se lo cuento ni a mamá», proclamó a su vez Villegas, jaqueado por coleccionistas dispuestos a comprar el Chevrolet-testimonio a cualquier precio. Pero, en el fondo, ambos están contentos del alboroto que los lanzó a la fama; el viernes pasado exhibieron su aventura en el programa televisivo Séptima Edición, como invitados; los periodistas, además, no dejan de acosarlos.
Tanto éxito provocó, también, una epidemia de espontáneas presentaciones en los diarios, de ex tímidos dispuestos a confesar pasados encuentros con OVNI y marcianos, hasta ahora prolijamente ocultos por temor a ser sospechados de lunáticos. Quizás esta manía explica que cada provincia exhiba un extenso surtido de apariciones más o menos terroríficas. Mendoza trata de imponer seriedad encomendando por medio de su Corte Suprema un sumario al Juez Jorge Mazari Céspedes.
Mientras tanto, se organizan ya excursiones al Cerro de las Lapas, en la precordillera, una zona muy apreciada por los seres galácticos según sus pobladores, hoteleros y taxistas. Un potencial santuario turístico que quizá desplace al Cerro de la Gloria.
El jueves 4, la policía mendocina desdeñó las conclusiones de su oficial Palomo Albornoz y fulminó a quiénes alardean protagonizar diálogos estelares y apariciones. Un tajante comunicado sentencia que se trata «de fenómenos alucinatorios de individuos con tendencias mitómanas, a veces concurrente con su bajo nivel cultural; en otros, el propósito es la publicidad con fines no confesados». Luego de asegurar que las investigaciones revelaron el carácter estrictamente natural de muchos fenómenos presuntamente galácticos, el bando recuerda que el delito de intimidación pública se castiga con penas de 6 meses a 4 años de prisión; un anticipo claro de que Peccinetti, Villegas y sus epígonos pueden concluir su aventura espacial en una celda bien terrena.
Fuente: PRIMERA PLANA, 10 de septiembre de 1968. Recuperado por Mágicas Ruinas
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