La astrología no puede considerarse una ciencia, no porque busque aparentarlo o porque sea inherentemente falsa, sino porque sus afirmaciones son infalsables y tan generales que resultan triviales. Su punto fuerte radica en su capacidad para eludir cualquier prueba concreta.
Para contrarrestar eficazmente el discurso astrológico, es crucial comprender cómo funciona, evitando caer en críticas simplistas o exageradas. La clave está en conocer al enemigo y en desarrollar, sobre esta base, defensas, lo cual requiere evitar atacar una versión caricaturesca de la astrología.
El trabajo ofrece una perspectiva y una metodología para reenfocar disciplinas de la misma «familia» que, hasta hoy, son confinadas, como se verá equívocamente, al campo de las «pseudociencias».
Por Valeria Edelsztein y Claudio Cormick (*)
La aceptación del discurso astrológico por amplias franjas de la población, en particular entre la juventud, es un fenómeno preocupante que distintos estudios han registrado en nuestro país tanto como en el exterior.
En nuestro artículo Attacking a Straw Man? A theoretical alternative and an exploratory empirical approach on how to ‘inoculate’ students against astrology, recientemente publicado en la revista académica Science and Education y que coescribimos con el profesor Pablo Ramos Méndez, presentamos los resultados de una investigación didáctica de carácter exploratorio acerca de cómo proporcionarles a estudiantes de escuela secundaria “anticuerpos cognitivos” para “inmunizarlos” contra la atracción de este discurso.
Solo tropezamos con un pequeño problema: para ofrecerles estos anticuerpos teníamos que asegurarnos, primero, de estar caracterizando correctamente qué clase de discurso es el de la astrología. Y, para nuestra sorpresa, los resultados de la caracterización definitivamente no encajaron con la forma en que este discurso suele ser descrito, tanto desde la epistemología como desde la didáctica de las ciencias.
En pocas palabras: no, no es verdad que la astrología “se hace pasar por ciencia” y que, para “desenmascararla” haya que mostrar que no es ciencia. Y no, tampoco es verdad que la astrología se compone de un conjunto de hipótesis que se pueden contrastar con la realidad y que, en consecuencia, cabe mostrar como falsas. Buena parte de los abordajes de la astrología están basados en estos dos supuestos falsos y, en consecuencia, no son apropiadas para que quienes consumen este tipo de discurso se vean interpelados cuando se lo critica; por el contrario, el riesgo es que perciban que las pretendidas críticas se dirigen a un “hombre de paja”, una caricatura de la astrología real. En lugar de enfocar la astrología de esta manera distorsionada, nos propusimos atacarla desde un flanco en el que sí se mostró vulnerable: las descripciones astrológicas tienden a ser, no tanto falsas, sino trivialmente verdaderas, verdaderas de una forma poco interesante, poco informativa. La astrología “no puede fallar”, pero no puede porque no dice (casi) nada. Y esto es lo que tratamos de mostrarles a los estudiantes. Pero vayamos por partes.
¿Ciencia, yo?
Quizá una forma rápida de introducirnos en la tesis (equivocada, según nuestro relevamiento) de que la astrología se hace pasar por ciencia es la siguiente: discursos como el astrológico o el homeopático son a menudo caracterizados como pseudocientíficos, y el prefijo “pseudo” indica justamente esta idea de apariencia engañadora.
Una pseudociencia sería algo que aparenta cientificidad sin tenerla realmente; lo que tendría de disvalioso sería precisamente que nos engaña haciéndose pasar por lo que no es. De esta manera, una serie de autores en didáctica de las ciencias —como Matthews, Martin o Turgut, entre otros— piensan que la clave para enfrentar el discurso astrológico, al que caracterizan justamente como “pseudocientífico”, pasa por enseñarles a los y las estudiantes a demarcar, delimitar, entre ciencia y no-ciencia. Pero una consecuencia irónica de presentar las cosas de esta manera es que si luego resulta que el discurso astrológico realmente existente no se describe a sí mismo como ciencia sino como un «lenguaje simbólico», un «arte interpretativo» o una forma de «conocimiento alternativo», es más, si critica explícitamente el “cientificismo”, entonces la estrategia de “develar” la no cientificidad de la astrología será totalmente inútil: la respuesta de quienes la practican o la defienden será que por supuesto que no están haciendo ciencia.
Por cierto, esto encontramos en autores como AstroMostra, Lu Gaitán (de quienes analizamos sus Astrología para hacer la revolución y Astrología para re-encantar el mundo, respectivamente) o Agostina Chiodi, que hace poco más de un lustro hizo tristemente célebre a la revista Anfibia al convertirla en un medio de una universidad nacional que hizo lugar a una defensa de la astrología. Pero si son los propios practicantes de la astrología quienes niegan que sea una ciencia, entonces la crítica tiene que pasar por otro lado: tenemos que poder señalar por qué ella no es ninguna forma de conocimiento, y no simplemente un “conocimiento alternativo a la ciencia”. En otras palabras, el punto no es defender la ciencia porque es ciencia y atacar otros discursos porque no son ciencia; el punto es mostrar que la ciencia es una forma de conocimiento de la realidad, y que no cualquier discurso logra esto. Esto incluye el hecho de que la ciencia dice cosas interesantes, no triviales.
Pero antes de avanzar sobre esta idea y cómo la implementamos con estudiantes, notemos que la tendencia de la astrología a no pretender ser ciencia no es en absoluto un fenómeno exclusivamente argentino, ni exclusivamente de los últimos años. Como parte de nuestro relevamiento, analizamos el ¿trabajo? de Chani Nicholas, una astróloga canadiense cuyo libro You were born for this (traducido al castellano, entre varios otros idiomas) alcanzó el rango de best-seller en el 2020. Y, nuevamente, los rasgos son los mismos que encontramos en autores locales: lejos de una pretensión de cientificidad, nos ofrece más bien una reivindicación de lo que llama explícitamente “pensamiento mágico”. Pero esta tendencia puede ampliarse aún más, esta vez ya no en el espacio sino en el tiempo: como también relevamos en nuestro artículo, ya en los años 70 y 80 autores como Dane Rudhyar y Liz Greene se alejaban expresamente de todo intento de “volver científica” a la astrología; el valor que le reconocían a la práctica y el discurso astrológicos pasaría justamente por su “otredad” con respecto a la ciencia.
Finalmente, nuestra investigación también incluyó un foco en la recepción, no solo la emisión, del discurso astrológico; esto es, en cómo perciben a la astrología quienes la “consumen” o al menos simpatizan con ella.
Por medio de una encuesta online a 3.035 participantes, intentamos responder a la pregunta de si las personas que podemos clasificar como creyentes en la astrología, por manifestarse de acuerdo con un enunciado sobre la influencia de los planetas en la personalidad de los seres humanos, o con otro según el cual la astrología “nos da claves para conocernos a nosotros mismos”, responderían también que la astrología es una disciplina científica. A partir del trasfondo de autores que abordaron la cuestión, encontramos que el 55% de estos creyentes en la astrología no pensaban que fuera una disciplina científica; en otras palabras, para (al menos) un poco más de la mitad de los casos, el motivo por el cual aceptaban esos enunciados no era que creyeran que la astrología sea una ciencia. Una vez más, la clave para combatir sus tendencias pro-astrología no puede ser poner de manifiesto el carácter no-científico de esta disciplina. Estas personas son plenamente conscientes de que no es científica.

La astrología no puede fallar… ¡y eso es un problema!
Pasemos ahora a otra caracterización muy habitual sobre la astrología entre quienes hacen didáctica de las ciencias o epistemología (y el representante más conocido de la cual es seguramente el epistemólogo Sven Ole Hansson): aquella según la cual mostrar por qué la astrología no es valiosa consistiría básicamente en mostrar que sus enunciados son falsos, tan simple como eso.
Así como el terraplanismo sería básicamente el compromiso con una hipótesis falsa (que la Tierra es plana), y otras conectadas con ella, también falsas, algo parecido pasaría con la astrología. Quienes suscriben a esta caracterización del discurso astrológico piensan, entonces, que es un discurso contrastable, un discurso que podemos cotejar con la realidad para chequear si las cosas son o no como se las presenta.
Así, la astrología presentaría un conjunto de hipótesis, como también puede hacerlo una ciencia como la biología o la física, con la diferencia de que las de la astrología simplemente no saldrían bien paradas cuando las comparamos con el mundo. Ahora bien, ¿es el discurso astrológico un conjunto de hipótesis contrastables y falsas? Una vez más, los hallazgos de nuestro relevamiento no encajan con buena parte de lo que sostienen los abordajes vigentes.
VIAJAR, CONOCER OTROS LUGARES, OTROS ESCENARIOS. Los pronósticos para 2020 de Jimena Latorre, “un buen año para viajar”, y de Lourdes Verón, “Argentina va a estar bastante bien”, lograron viralizar este video en tiempos de cuarentena por la pandemia de Coronavirus.
Naturalmente, algunos enunciados astrológicos son demostrablemente falsos. Así como las astrólogas Lourdes Verón y Jimena La Torre vaticinaron que un “buen año para viajar” sería… el 2020, probablemente el peor año para planes turísticos del último siglo, dada la pandemia de COVID-19 y las consecuentes restricciones a la circulación, a la vez encontramos una buena porción de predicciones falsas en el Horóscopo 2021 de Ludovica Squirru, otro de los libros incluidos en nuestro relevamiento. Para Ludovica, entre otras cosas, ese sería el año en que veríamos disolverse a (nada menos) la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pero señalar solo esto es ciertamente incompleto: lo es a propósito de una astrología “tradicional”, con pretensiones predictivas, como la de la propia Squirru, pero lo es todavía más cuando se trata de la “nueva” astrología representada por Lu Gaitán o Astromostra.
Todos estos textos están plagados de enunciados “blindados” contra la realidad, diseñados para permanecer “a salvo” de la refutación, sin importar lo que pase en el mundo. Esto no significa que reflejen la realidad; más bien, en cierto sentido, no dicen nada: carecen de valor informativo. (Cabe señalar que, en ciencia, también buscamos que una buena hipótesis no sea refutada, pero por razones distintas: queremos que resista porque ofrece una descripción concreta de la realidad, que se ajusta a la evidencia, no porque la hipótesis “sobreviva” al precio de ser inespecífica o inmune a la refutación).
Nuestra clasificación seguramente podrá refinarse y profundizarse en futuras investigaciones. Sin embargo, en el artículo que analizamos —y al menos con el propósito inmediato de disponer de mejores herramientas teóricas que la simple (e incorrecta) afirmación de que los enunciados astrológicos son falsos— proponemos cuatro formas en las que estos resultan infalsables, irrefutables:
I) Vaguedad. Los enunciados astrológicos recurren sistemáticamente a lo que se conoce como “predicados vagos”, es decir, predicados cuya aplicación tiene “contornos” imprecisos; tales que, dada una gradación, una variación cuantitativa, no se podría establecer un límite preciso que divida casos a los que se aplica el predicado y casos a los que no. Desde ya, esto no solo sucede en la astrología: si decimos que el gobierno puede decretar el estado de sitio frente a una situación de grave conmoción interior, ¿cómo determinamos exactamente qué cuenta como “grave”? No está establecido que tenga que haber un número preciso de, por ejemplo, personas muertas para que la situación sea suficientemente grave. Pero en ciencia lo tratamos de evitar para que nuestras hipótesis tengan condiciones de contrastación bien precisas. Por el contrario, la astrología hace uso de la vaguedad sistemáticamente: ¿cómo demostraríamos que es falsa una descripción como la de Lu Gaitán según la cual “el tema para las personalidades de Fuego es que muchas veces dicen que van a hacer algo pero cuando llega el momento de actuar, se fue el deseo o se fue ese impulso, de ahí que muchxs sean acusadxs de ser irresponsables”? ¿Cuántas veces son muchas veces, cuánta gente son “muchxs”? Si quisiéramos mostrar que esta descripción no encaja con lo que realmente sucede, siempre nos podría responder que sí, los casos que creemos que son “pocos” en realidad son “muchos”, y sanseacabó.
II) Indeterminación, o la trampa del “llená los huecos”. Parece haber una segunda forma en que los enunciados astrológicos logran blindarse contra la refutación. A diferencia de la vaguedad, donde hay una gradación de situaciones que impide establecer un límite claro para determinar cuándo un predicado se aplica, en el caso de la indeterminación el problema no es de grado, sino que ni siquiera sabemos de antemano qué tipo de fenómeno concreto se está describiendo. Esto es precisamente lo que permite que, solo después de ocurrido un evento —“con el diario del lunes”—, se afirme que la predicción se refería a eso, dando la impresión de haber sido “confirmada” a posteriori.
Cuando en 2021 Astromostra dice que a finales de diciembre de 2019 había “alertas astrológicas de que estábamos viviendo tiempos de muchísima importancia”, y en el párrafo siguiente agrega “Y entonces, coronavirus” (sic), todo el truco está en sugerir que la astrología había podido de algún modo predecir que iba a ocurrir una pandemia. Pero, obviamente, no la predijo, y justamente por eso nunca se arriesgó, como sí hace la ciencia, cuando enuncia una predicción que luego pueda fallar. Decir “van a ocurrir hechos dramáticos” no es una predicción arriesgada, es una especie de casillero en blanco que después se puede llenar con casi cualquier cosa. De enunciados así no podremos decir que hayan sido refutados, ni tampoco que hayan sido corroborados.
III) Modalización. Acá nos ponemos un poco más técnicos, pero no tanto: en lógica se dice que además de concebir a los enunciados como verdaderos o falsos, podemos concebirlos desde la perspectiva de la modalidad, que los distingue a partir de la categoría de la “posibilidad” (y así hablamos de lo que es necesariamente verdadero, lo que es imposible que sea verdadero o lo que es posible que sea verdadero, pero también que sea falso). A propósito de la astrología, nos interesa que, en la medida en que se limita a hablar de lo que puede pasar, sin decir si pasará o no, su juego es que no puede perder. Que una de las predicciones de Ludovica Squirru para el 2021 haya sido que los primogénitos del hogar “podrían sufrir migrañas” es un ejemplo inmejorable: si en nuestro hogar eso pasa, será compatible con la predicción, pero si no pasa, también, porque Squirru solo nos dijo que podía pasar. De nuevo: ningún evento en el mundo podría servir para confirmar o refutar un enunciado de este tipo.
IV) Desconexión entre el vocabulario “teórico” y el observacional. Hay todavía otra forma más por la cual los enunciados astrológicos, según relevamos, pueden “blindarse” contra lo que pase en el mundo: cuando se trata de enunciados que no pueden ser contrastados, y en consecuencia no pueden probarse falsos —hablan de “influencias planetarias”, “energías cósmicas” o “alineaciones determinantes”—, no existen reglas claras que establezcan cómo estas nociones, su vocabulario “teórico”, se vinculan con fenómenos observables de manera objetiva y sistemática. Es decir, no hay criterios que nos permitan determinar qué deberíamos observar si estas influencias fueran reales, ni qué tipo de evidencia podría refutarlas.
Aclaremos esto: cuando en ciencias se utilizan términos como “electrón”, existen algo así como reglas o principios (aunque la naturaleza precisa de estas herramientas esté sujeta a debate) que permiten predecir qué deberíamos poder observar cuando estamos en presencia de aquello a lo que llamamos “un electrón”: seguramente no vemos el electrón, pero sí vemos ciertas alteraciones en ciertos instrumentos, las cuales hemos acordado que son un indicio suficiente de que hay ahí un electrón y que se encuentra en tal o cual estado. De esta manera, una hipótesis falsa que involucre electrones podrá ser contrastada y rechazada.
Cuando, en cambio, Astromostra escribe:
En sus energías opuestas Júpiter puede más bien desmantelar intrincadas tramas mentales con la fuerza de la espontaneidad y la síntesis”
¿Qué podemos hacer para contrastar esto? ¿Sabemos siquiera qué son las “intrincadas tramas mentales”, o cómo determinar si es Júpiter el que las “desmantela”, en caso, claro está, de que ese desmantelamiento ocurra?
En ausencia de una forma establecida de “aterrizar” estos enunciados, como sí la tenemos en el caso de los electrones, ningún dato podrá servir como confirmación de los enunciados por medio de la experiencia, pero tampoco como refutación. Una vez más, la estrategia de “demostrar que las descripciones y predicciones astrológicas son falsas” no parece llevarnos muy lejos.
En una investigación que hicimos los mismos autores allá por 2022, cuyos resultados publicamos antes del trabajo que aquí comentamos, estudiamos, por medio de un “pre test” (es decir, una evaluación anterior a nuestra intervención) y un “post test” (una evaluación posterior), si estudiantes de escuela secundaria podían mejorar su capacidad de distinguir entre —por un lado— enunciados que, como las hipótesis científicas, podemos cotejar con la realidad y llegado el caso descartar, y —por otro lado— enunciados que, por una o varias de estas cuatro vías, están construidos de modo tal que están “blindados” contra cualquier cosa que pase en el mundo, y que, en consecuencia, no pueden “fallar” pero tampoco informan: no nos dicen nada. Aquella investigación mostró progresos estadísticamente significativos, al menos en el plazo inmediato: sí, la capacidad de detectar estos enunciados pseudo profundos, pero que no dicen nada, puede entrenarse con éxito.
Esta vez nos interesó otra cosa: ¿qué hacer con los enunciados astrológicos que están en un tercer grupo, es decir, que no son demostrablemente falsos, pero que tampoco son incontrastables, sino que son verdaderos en un sentido trivial, poco interesante? Esto nos llevó a una intervención nueva, que también contamos en nuestro artículo de Science and Education. Pasemos a eso.
El efecto buscado
Efectivamente, hay otra forma específica en la que los enunciados astrológicos, pese a no constituir formas de conocimiento interesante sobre el mundo, tampoco son falsos; a saber, el tipo de verdades triviales que tendemos a aceptar creyendo erróneamente que son reveladoras de algún rasgo profundo de nuestra personalidad. Lo llamativo es que, muchos años antes de que Hansson y compañía lograran instalar un cuasi consenso según el cual los enunciados astrológicos son falsos, la comunidad científica ya había descubierto —y había inventado para ella el nombre de “efecto Forer” (o “efecto Barnum”)— esta aceptación de enunciados que son, en realidad, verdades triviales.
En 1949, el psicólogo Bertram R. Forer descubrió que lo que en realidad está mal, muy mal, en el discurso de la astrología, no es que sea falso, sino casi lo contrario: la astrología nos da, como si fueran características individuales o propias de un grupo, descripciones que son verdaderas de cualquiera. Forer descubrió que sus estudiantes tendían a percibirse bien representados cuando se les presentaban enunciados encantadoramente genéricos y universales como por ejemplo:
“Tenés una gran necesidad de caerle bien a otra gente”
“Tenés una tendencia a ser crítica de vos misma”
O enunciados del tipo: “esto, pero también un poquito de lo otro”, por ejemplo: “Si bien tenés algunas debilidades en tu personalidad, sos por lo general capaz de compensarlas” o bien: “En ocasiones sos extrovertido, sociable, mientras que en otras sos introvertido”. Solo al final del experimento el investigador les revelaba que, en realidad, les había dado a todos las mismas descripciones.
Volviendo al presente, el punto es que, de forma o bien más cándida o bien más brutalmente engañadora que en Forer, este tipo de enunciados es precisamente lo que encontramos cuando Lu Gaitán escribe paparruchadas como que es un rasgo “propio de lo leonino” el de que “cuando soy leal a mí misma, no le voy a gustar a todo el mundo”, que lleva a preguntarnos si a alguien no se le aplica la regla general de que es imposible gustarle a todo el mundo, en particular si uno es leal a sí mismo. O cuando escribe que, cuando tiene a “Urano en Casas de Agua”, puede vincularse “íntimamente con las personas muy rápido, pero luego necesit[a] espacio”: justamente son casos ejemplares de lo que encontró Forer. En efecto, las personas, con “casas de agua” o sin ellas, a veces necesitamos vincularnos profundamente y otras veces necesitamos estar solas (¡gracias Lu por el hallazgo!).
Uno más y no jodemos más: cuando Gaitán escribe: “si pertenecés a la clase media argentina, tenés formación universitaria y en tu carta natal tenés Venus en Géminis, lo más probable es que te guste y disfrutes leer a Borges o a Cortázar, dos autores muy valorados por ese sector”, la reacción obvia es notar que a los miembros de la clase media argentina con formación universitaria, bastante al margen de su “carta natal”, lo más probable es que gusten de leer a Borges o Cortázar (nótese que la disyunción hace aún más probable que se dé alguno de los dos gustos en cuestión). Estas descripciones no son falsas, pero definitivamente no son interesantes tampoco, por más que sus destinatarios se sientan reflejados por ellas: en definitiva, no son sustancialmente diferentes de otra que dijera: “Vos tenés dos piernas y cierta tendencia a usarlas para caminar”.
Bien, ¿y qué hacemos para contrarrestar el discurso astrológico cuando presenta estas características? Vamos a contarles qué estrategia aplicamos entre los estudiantes, pero primero vamos a dar un pequeño rodeo por la noción de “inoculación”, que estamos extrapolando para fines educativos pero que en realidad tiene su origen en la psicología cognitiva (y que, obviamente, la psicología cognitiva tomó de la idea de, en medicina, “inocular” a alguien con una vacuna).
En los últimos años, se acumuló entre quienes tratan de enfrentar distintas formas de desinformación —creencias antivacunas o escepticismo frente al cambio climático— cierta evidencia a favor del viejo principio de que es mejor prevenir que curar: sí, en serio, es más efectivo prevenir (o sea, evitar que las personas “caigan” en ciertas creencias falsas y preocupantes) que curar (es decir, agarrarlas una vez que ya tienen esas creencias, y tratar de sacárselas).
Hay que curar a la gente en salud, evitar que empiecen a ser antivacunas o negacionistas climáticos; una vez que ya cayeron, entra en juego una serie de mecanismos “protectores” de esas creencias que hace que el esfuerzo para “curarlos” sea mayor que el que habría sido necesario para evitar que llegaran a formarlas. Y, así como en el ámbito de la salud la forma de lograr esto es desarrollar, por medio de una vacuna, anticuerpos que luego podrán reconocer la infección real cuando se la encuentren, los psicólogos cognitivos hablan de desarrollar “anticuerpos” contra ciertos tipos de creencias.
Si se les presentan a las personas variantes “atenuadas”, como tales más fáciles de combatir, pero representativas de lo que pueden encontrar en ciertos discursos anticientíficos en el mundo real, las personas podrán desarrollar de antemano defensas cognitivas. La idea de la inoculación epistémica, igual que la de la inoculación más literal que se logra a través de una vacuna, es que la infección real no tiene por qué esperarse como un hecho inédito, radicalmente diferente de lo que hayamos tenido que enfrentar previamente: la infección real por un virus se “parece” a aquello a lo que nos expuso la vacuna, y, en la misma línea, la inoculación epistémica funciona sobre la base de encontrar patrones tales que, cuando finalmente un sujeto encuentre en el mundo un discurso real contra el que se le hayan dado herramientas, ese discurso se parezca a la variante “atenuada” que ya conoce. La clave para los psicólogos, entonces, es encontrar patrones reiterados, formas recurrentes en las que argumentan, por ejemplo, los negacionistas del cambio climático. En nuestro caso, esos patrones reiterados son los del efecto Forer. La idea fue, entonces, enseñarles esos patrones a nuestros estudiantes y ver si podían reconocerlos.
Y para eso recurrimos al mismo truco que el viejo Forer: haciendo equipo con Pablo, que les pidió a los estudiantes de dos de sus cursos sus fechas de nacimiento “para dárselas a una astróloga profesional, tía de Vale”, elaboramos supuestas “cartas natales” para cada uno de ellos. Si bien no eran iguales en todos los casos, como en el experimento original de los años 40, sí compartían con él el hecho de que ninguna descripción había sido elaborada tomando en cuenta particularidades de la persona destinataria; de hecho, no les prestamos atención a las fechas de nacimiento, y nos limitamos a escribir descripciones extremadamente genéricas, cada una de las cuales le asignamos al azar a un estudiante, y Pablo les hizo llegar.
Cuando les pidió que evaluaran, en una escala del 1 al 5, qué tan bien creían que las descripciones los representaban, la puntuación promedio fue de 4.3, y ningún estudiante calificó ninguna categoría con un 1. Nadie escribió tampoco, en el espacio dedicado a justificar la puntuación que elegían, nada que indicara que se percataran del carácter universal del rasgo que la descripción les atribuía; por caso, a una descripción que decía: “Sos alguien que disfruta pasar tiempo con sus seres queridos, aunque también hay momentos en los que necesitás estar solo”, un estudiante le puso la calificación máxima, y su justificación fue: “Me gusta pasar tiempo con mi familia pero también estar solo”. Cuando, luego de recoger las respuestas, Pablo les comunicó a sus estudiantes que no se trataba de cartas profesionales “reales” sino de textos asignados al azar, quedaron en shock: antes de que les contáramos sobre el efecto Forer en términos abstractos, teóricos, habían experimentado el efecto Forer… y la decepción posterior.
Después de una puesta en común en clase sobre cómo funcionaba el efecto en cuestión, realizamos una evaluación cualitativa para determinar qué tan bien los estudiantes habían comprendido los rasgos característicos de las verdades triviales que sustentan el efecto Forer. Para ello, los invitamos a escribir sus propias descripciones “astrológicas” de personalidades.
Los resultados, en línea con lo discutido, fueron descripciones maravillosamente genéricas. Ejemplos como “Aunque tengas peleas y desacuerdos con tu familia, en el fondo sabés que los querés” o “Siempre buscás una forma de divertirte y aprovechar lo mejor posible el tiempo libre con tus seres queridos” ilustran cómo lograron replicar el tipo de afirmaciones vagas y universalmente aplicables que hacen parecer acertadas a las descripciones astrológicas.
Desde luego, sería necesario reevaluar a estos estudiantes con el paso de los meses o incluso años para determinar en qué medida persisten los efectos de esta “inmunización” contra el discurso astrológico. Sin embargo, como demuestran las descripciones que elaboraron, los estudiantes de Pablo aprendieron al menos una lección fundamental: que una descripción puede estar mal no solo por ser falsa, sino también por ser poco interesante.
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Del trabajo original comentado por los autores está disponible en la web un artículo anterior, en castellano, sobre el mismo tema: Edelsztein, Valeria Carolina ; Ramos Méndez, Pablo José Francisco & Cormick, Claudio (2023). Contra la astrología: una propuesta didáctico-epistemológica para distinguir discursos anticientíficos. Diálogos Pedagógicos 21 (41).
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LOS AUTORES
Claudio Cormick es licenciado en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y doctor en Filosofía por esa misma universidad y Université Paris 8. Actualmente se desempeña como investigador asistente en el Consejo Nacional de investigaciones Científicas y Técnicas, y como docente de Filosofía Contemporánea en la UBA. Ha publicado más de una treintena de artículos en revistas especializadas sobre temas de teoría del conocimiento. Es autor del libro Opacidad y relativismo (Buenos Aires, Prometeo, 2019). Además, publica junto a Valeria Edelsztein hilos de divulgación filosófica en X desde la cuenta @ClaudioJavierCM.
Valeria “Arvejita” Edelsztein es una química, docente e investigadora argentina, destacada por su labor en la comunicación científica. Doctora en Química Orgánica por la UBA e investigadora del CONICET, también se diplomó en Enseñanza de las Ciencias en FLACSO. Cofundadora del proyecto Científicas de Acá, trabajó en radio, televisión y el podcast Contemos Historias. En 2024, impulsó Elijo Crecer, el primer festival federal de ciencia en Argentina, en respuesta a los recortes al sector. Ese mismo año, recibió el premio Científicas Que Cuentan y denunció la crisis del sistema científico argentino.
Valeria y Claudio son autores de Argumentos en una baldosa (Buenos Aires, TantaAgua, 2021), un libro que ayuda a entender de qué hablamos cuando hablamos de argumentación.
Artículos en el diario Tiempo Argentino, investigaciones y reflexiones en este enlace















