“Wir sind unschuldig”. (Nosotros somos inocentes). El grafiti también estaba en el muro de Berlin.

Revolución: el día que perdimos la inocencia

“Wir sind unschuldig”. (Nosotros somos inocentes). El grafiti también estaba en el muro de Berlin.
“Wir sind unschuldig”. (Nosotros somos inocentes). Marx, Engels y un grafiti histórico, en Berlín.

En estos días que los argentinos hablamos hasta por los codos de política –y encontramos charlatanes, fanáticos y mercenarios por todas partes– quiero reivindicar a un hombre bueno para quien la política fue una pasión genuina.

Fernando Cordova (1931-2012) fue criado en un hogar donde Revolución se escribía con mayúscula. Llegó al final de sus días con muchas preguntas y un puñado de convicciones. Una de ellas: la urgencia de la solidaridad. Nació sabiendo que una sociedad más justa partía del socialismo. Desde esa experiencia política escribió su breve y precioso ensayo «Mi historia y la otra». En los primeros párrafos se disculpa por su carácter autobiográfico, que yo agradezco porque allí está la información sobre su vida que busqué –sin hallar– cuando supe, hace tres años, que nos habíamos quedado sin Fernando.

“En plena década infame éramos una familia de extrema izquierda muy burguesa –escribe. Mi padre, intelectual de origen provinciano que en esos días vivía su luna de miel con el Partido Comunista, se había casado con una heredera de la oligarquía porteña en decadencia”.

Su raíz genética fue el stalinismo, y hasta sus catorce años su fe en el comunismo fue religiosa. “Absoluta”, subraya. “Jamás tuve dudas sobre la inevitable derrota del fascismo y el triunfo final del comunismo a través de una mezcla rara de democracia y revolución”. Era una esperanza reconfortante. Pero Fernando vivía en la Argentina, patria del peronismo. Cuando emergió Juan Domingo Perón la cosa se le complicó. Observó el fenómeno peronista con la perplejidad –clásica por aquellos años– que causaba entre los comunistas “la opción voluntaria por el fascismo”. Casi sin darse cuenta él comenzó a alejarse en esa dirección. Se acercó a textos de Jorge Abelardo Ramos y Rodolfo Puigróss, aunque percibió en ellos “una turbia e interesada relación con el gobierno peronista”. Cuando llegó al trotskismo le pasó lo que a tantos: sintió “haberlo comprendido todo”. Aquella experiencia fue corta: le duró dos años. “Me abrí cuando los troskos –también ellos– pegaron su viraje en 1957 con el voto a Arturo Frondizi”. Dice que allí conoció gente jodida. Pero también supo que la gente jodida podía tener razón: “Hoy pienso que mi actitud –escribe Fernando– era comparable a la del católico que putea contra los curas sin dejar por eso de acompañarlos en sus procesiones”.

Fernando Córdova
Fernando Cordova (1931-2012)

El análisis que hace Fernando Cordova de su procesión interior va y viene de la política a la religión. Porque cuando descubrió el destello mesiánico en la prosa revolucionaria de León Trotski, a quien consideraba “el más grande de los escritores marxistas”, notó que “la experiencia religiosa es un fenómeno espontáneo casi en cualquier hombre; que, cuando se la niega asumiendo ‘la religión del ateísmo’, se corre peligro de poner el absoluto en nuestras propias invenciones humanas; sobre todo en el partido y el Estado revolucionarios. Y el marxismo se me apareció como la más brillante racionalización cientificista del viejo mito judeo-cristiano, con su infierno capitalista, su clase redentora y su paraíso al fin del camino. No por casualidad los más grandes pensadores marxistas –Marx y Trotski- habían sido judíos.”

Cuando falleció quise publicar algo, alguna cosa que él hubiese escrito o alguna anécdota que describiera el perfil de aquel tipo tan querible. Tuve la suerte de recibir por mail la cálida despedida del antropólogo Carlos Sarasola, que fue su amigo y lo conoció tanto más que yo. En la pudorosa introducción que escribí al texto del antropólogo exhorté a la familia, a los amigos, a cualquiera que tropezara con aquellas líneas, que buscara y diera a conocer sus últimas reflexiones políticas conocidas, un texto de apenas seis carillas escrito en Diciembre de 1994.

Yo lo había dado por perdido. Por fin lo hallé junto con otros papeles de los 90. Ojalá “Mi historia y la otra” encuentre lectores que aprovechen este ensayo para pensar sobre nuestra historia reciente.

El texto original, escaneado tal como me lo entregó por aquellos años, se puede descargar desde aquí.

Párrafos seleccionados:

“Por un tiempo seguí diciéndome que ‘el Muro –es decir, la mentira del socialismo burocratizado, la cárcel que reemplaza a la libertad prometía– había caído, como lo previó Trotski; sólo que para el otro lado’. Pero mi propio argumento no me convencía; todo era demasiado diferente a lo imaginado hasta entonces.

“Los intelectuales liberales hablaron de ‘la revolución de las comunicaciones’: en el mundo de la segunda mitad del siglo XX ya no era posible mantenerse aislado, decían; los pueblos se comunican pese a todo, y la Unión Soviética no había soportado tales cambios. Se recordó La tercera ola, de Alvin Toffler: el ‘socialismo real’ había sido un fenómeno de la segunda de esas ‘olas’, de la sociedad creada a partir de la Revolución Industrial –la de las computadoras, los microchips y la producción robotizada– significaba barajar y dar de nuevo en la sociedad humana.

“Todo eso –pensé y pienso– es parte de la verdad; pero me interesaba y me interesa saber qué nos pasó a los socialistas.

Lev Davídovich Bronstein, Más conocido como León Trotski (1879-1940)
Lev Davídovich Bronstein, más conocido como León Trotski (1879-1940)

“Mi primer intento de explicación fue decirme que el stalinismo no había nacido con Stalin, sino con Lenin. Que fue la derrota de Rosa Luxemburgo y el aplastamiento de la revolución en Alemania lo que determinó ese desarrollo, fallido desde un principio. Algo de eso prevé Trotski en el magnífico reportaje que le hace John Reed en Los diez días que conmovieron al mundo. En Rusia no pudo haber habido, nunca –pienso ahora–, socialismo. Aquello fue una inmensa “situación revolucionaria”, sí; pero que empezó a burocratizarse de entrada, bajo la dirección de Lenin y con la participación de Trotski, como en Kronstadt. Se me hablará del bloqueo imperialista, de que no era posible otra cosa. De acuerdo. Pero no nos tapemos los ojos. La ‘dictadura del proletariado’ tuvo mucho de dictadura y muy poco de revolución proletaria. No tengo inconveniente en coincidir en esto con la derecha: la propiedad privada sólo fue reemplazada allí por la administración de un poder absoluto. Casi sin transición, el partido bolchevique de Lenin no hizo sino heredar a la autocracia zarista.

(…)

“Hoy, quienes siguen en la izquierda parecen hablar del marxismo como del único pensamiento liberador que nos dejó el siglo XIX. ¿Es tan así? Intuyo que es sólo una vertiente; sin duda la más importante, pero una sola nada más, del vital y confuso torrente que por el flanco izquierdo se le desprendió a la Revolución Francesa.

“Lo mío son sólo hipótesis; lo sé. Habría que estudiar mucho –también lo sé– todos esos períodos; habría que saber más sobre el pensamiento anarquista para establecer si es ese costado libertario lo que nos faltó desde entonces, después del rompimiento entre Marx y Bakunin.

De izq a der.: Fernando Córdova, Nahuel Sugobono y Carlos SarasolaDe izq a der.: Fernando Córdova, Nahuel Sugobono y Carlos Sarasola

Fernando Cordova, Nahuel Sugobono y Carlos Sarasola
Fernando Cordova, Nahuel Sugobono y Carlos Sarasola en la Feria del Libro (2004)

“Porque –y esto es una intuición muy honda– fue toda una marcha hacia la libertad lo que se quebró en la historia de la humanidad. El pensamiento socialista es el pensamiento liberal llevado hasta las últimas instancias, había dicho más o menos Federico Engels. Los anarquistas se hundieron en la secta; cuando el marxismo quiso hacerse liberal sólo consiguió servir a la burguesía dándole apenas algunos retoques al capitalismo. Los leninistas pretendíamos estar en la línea correcta basándonos en el éxito logrado. Los stalinistas, sobre todo, despreciaban a la izquierda ‘teórica’, refregándole por la cara el ejemplo concreto de las ‘realizaciones socialistas’. Ahí quedaron. Y nosotros, los trotskistas –la otra cara del stalinismo, digo ahora– insistíamos en la defensa del ‘Estado Obrero’ y de las ‘irreversibles’ conquistas de la propiedad colectiva. ¿Qué fue de todo eso? Hoy, la ‘sexta parte del mundo’ –ya prácticamente sin Estado de ningún tipo- es la tierra de nadie en que se enfrentan las mafias formadas por los antiguos asesinos que la desbandada nomenklatura utilizaba. Allí también padecen nuestro conocido problema de ‘mano de obra desocupada’.

“Hay que pensarlo todo de nuevo. No son viejos e inútiles fantasmas del pasado, porque varias generaciones perdieron su vida en esto. Es toda la marcha de la historia humana. Y es la vida nuestra.”

El que prescribe

Alejandro Agostinelli, editor de este blog, es periodista desde 1982.

Fue redactor de las revistas Conozca Más, MisteriosEnciclopedia Popular Magazine Gente, y de los diarios La prensaPágina/12. Fue uno de los impulsores de la Fundación CAIRP y escribió y asesoró a la revista El Ojo Escéptico. También fue productor de televisión en Canal 9 y América TV. Fue secretario de redacción de las revistas de divulgación científica Descubrir NEO y fue editor de una docena de colecciones de infomagazines para la revista Noticias y otras de Editorial Perfil. Últimamente ha colaborado en las revistas Pensar, publicada por el Center For Inquiry Argentina (CFI / Argentina), El Escéptico y Newsweek.

Fue creador del sitio Dios! (2002-2004) y del blog Magia crítica. Crónicas y meditaciones en la sociedad de las creencias ilimitadas (2009-2010). Es autor de Invasores. Historias reales de extraterrestres en la Argentina (Random House, 2009).

Asesoró a Incoming, el noticiero de Canal Infinito (2009-2011) y escribió la columna Ciencia Bruja en Yahoo! Argentina y Yahoo! español (2010-2012). Asesoró a las productoras SnapTv y Nippur Media en la producción de documentales históricos y científicos para NatGeo (2011-2013).

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