Hace tiempo que acumulo unas cuantas cosas para decir sobre Claudio María Dominguez y lo que éste representa. Pocas tienen que ver con el negocio montado alrededor de su persona. Se ha puesto de moda cuestionarlo porque el costo de sus charlas es excesivo, como si constituyera una mejora que las diera gratis. Eso no debería preocupar demasiado (salvo que asegure que parte del dinero que cobra va a parar a donaciones inexistentes): si algunas personas pagan para escucharlo, es su problema. La percepción sobre “el problema del otro” cambia cuando somos conscientes de que asisten en pos de ayuda muchas personas emocionalmente sensibles o desesperadas, a veces con graves problemas de salud. A mi modo de ver, uno de los daños objetivos que causa Domínguez (y que no llegan a ver, o no le interesa ver a su corte Leer más…
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Categories: PÁRRAFOS SUBRAYADOS, PSEUDOLOGÍAS Tags: Alex Orbito, almuerzos de Mirtha, Beto Casella, Chopra, cirujanos filipinos, Claudio María Dominguez, Daniel Hadad, Emilio Laporga, Ernesto Tenembaum, Krishnamurti, Marley, o Sai Baba, Osho, Susana, terapìa colónica, TOB Alternativa

El fotógrafo Cristóbal Manuel captó esta imagen de un joven paseándose desnudo por una calle del Down Town de Puerto Príncipe, Haití, el 4 de febrero de 2010. La tomó poco después del violento terremoto que diezmó al país. La fotografía acaba de recibir el Premio Ortega y Gasset.
“La Tierra es un muy pequeño escenario en una vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, Leer más…
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Marxe Morn, el misterioso autor de Los monos ilógicos, trabajó sus historias a lo largo de varios años. Se pueden decir muchas cosas de sus monos; de sus aventuras, sus farsas, sus obsesiones, sus flaquezas, sus genialidades, sus fisuras psicológicas y sus susurros a oídos del autor, que captó cada una de sus excentricidades. Sé que los monos de Marxe son el resultado de un largo, extraordinario proceso de maduración. Mientras iba y venía con sus historias, Morn pensó en varios formatos posibles para hacer circular su material. Al final optó por la variante tradicional -a esa altura casi “revolucionaria”- y así salió el libro. Una edición rústica y barata que aquilata la lectura: su prosa exquisita, en crudo contraste con el papel económico en que fue impresa, provoca emociones extraliterarias. Elegí un cuento entre tantos porque todos me gustan, con su autorización y a la espera de que algún lector me pregunte cómo conseguirlo; a mí también me interesa: mi ejemplar está un poco deteriorado y quiero otro.
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“…Un resumen diría lo que sigue: que Jorge González nació el 31 de enero de 1966 en El Colorado, a mil doscientos kilómetros de Buenos Aires, hijo del matrimonio de Mercedes y Felipe, ama de casa ella, empleado de la construcción él, y que vivió con esa familia compartiendo lo poco que compartir se podía: un cuarto con sus hermanos (Plácida, Zunilda, Ricardo, Omar) y apenas la comida. Diría, también, que después de iniciarse a los nueve años en trabajos de los brutos —cosechar algodón, desmontar monte cerrado— a los dieciséis le propusieron integrar un equipo de básquet en un club de la vecina provincia de Chaco y él dijo sí. Que jugó en la Selección Argentina, fue elegido en el draft de la NBA, devino estrella de la lucha libre, viajó por treinta países, participó en la serie Baywatch, tuvo mujeres, tuvo chofer, tuvo dinero, y que hoy vive Leer más…
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“
(El padre Mario) Pantaleo fue alumno mío, en la década del ’50, de filosofía de la ciencia. Estaba aterrorizado por la materia. Lo tuve que aplazar porque se copiaba, se escondía el machete en la sotana. Me extrañó mucho. Un día, el cónsul en Costa Rica me mostró una foto de él y me dijo: ‘Este hombre es un santo’. ¡Ja! ‘Viejo conocido’, respondí.”
De la excelente entrevista que hizo Matías Loewy en Montreal al filósofo argentino Mario Bunge, en Newsweek Argentina de hoy. Sin desperdicio.
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“La Espiga de Trigo había cambiado su legendario nombre por el más existencial Ya no somos los que éramos. Nadie dudaba de la audacia del gesto: algunos, sí, se atrevieron a dudar de su pertinencia. El nuevo nombre parecía destinado a espantar a la clientela cautiva, la que había hecho grande a la panadería, la que valoraba el respeto por ciertas marcas de estilo que, sumadas, determinaban una tradición.
“La ex Espiga de Trigo se convirtió en una panadería de vanguardia: las colchonetas en el suelo obligaban a los clientes a quitarse los zapatos al entrar. Una empleada solícita se encargaba de guardarlos en un viejo horno en desuso y de repartir números como si se tratara de un guardarropa. La empleada estaba vestida de riguroso y ceñido cuero negro, con una máscara de soldador que le cubría el rostro, y era el único ser humano que veían los clientes. El viejo mostrador había sido reemplazado por un paredón de cemento alisado con una puerta negra en el centro. Sobre el paredón habían colgado cuadros con fotos de los productos que ofrecía la panadería, nomenclados de acuerdo con un código alfánumerico. Las medialunas de grasa, por ejemplo, eran F 1; las de manteca, F2; los cañoncitos de dulce de leche, F3; los de crema pastelera, F4, y así. Cada vez que alguien entraba en Ya no somos… activaba un sensor que activaba a su vez a la liana que trasladaba el micrófono que los clientes debían utilizar para hacer los pedidos. Desde el sótano, un operador “atendía”. Leer más…
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