
Osvaldo Soriano

ESCRITOR CORSARIO, EDITOR PIRATA

Mis editores de aquella época eran también hermanos y para colmo mellizos. Nunca conocí pícaros más gentiles: mientras mis libros encabezaban las listas de best-sellers, no dejaron pasar semana sin mandarme a casa dos plateas preferenciales para ver jugar a San Lorenzo. Eso me conmovía lo suficiente como para no hablarles de mis derechos de autor, pero ellos prestaban atención a todo. ¿Molestarme en viajar a Tandil para visitar a mi madre? ¡No! Bastaba con que yo eligiera el día y la mandaban a buscar. Una palabra mía y mamá, como miss Daisy en la película, llegaba a la Feria del Libro o a casa, conducida por un chofer silencioso.

Los italianos son de una extrema gentileza pero muy reacios a mostrar la billetera. Una leyenda cuenta que el chileno Ariel Dorfman, cansado que le demoraran la liquidación, se presentó a un gerente de Milán con un revólver y sólo así pudo irse con su dinero. Yo conocí a uno que se gastó una pequeña fortuna para hacerme conocer Florencia y las trattorias donde comía Vasco Pratolini y a medianoche me explicó que estaba fundido y no podía pagarme de otra manera.

CAFIOLOS

El consejo de Hemingway a su hijo Bumby vale para todos los editores del mundo. Hubo un tiempo en que los infelices que publicábamos en España creíamos que el único capaz de cobrar derechos de autor era García Márquez. Por lo general el autor gana el diez por ciento del precio de tapa de un libro pagadero cada cuatro, siete o trece meses. Sin indexación ni costo de vida. Menos que eso si se trata de su primera publicación o si es muy tonto, y el doce o el catorce por ciento si sus libros se venden por toneladas. Hay una elite del dieciséis por ciento y en Europa se puede alcanzar hasta un veinticinco por ciento, como Herman Hesse en Alemania y Céline en Francia.

Entre los más infelices de los escritores fundamentales está Franz Kafka. La oficina donde trabajaba para ganarse la vida le quitaba lo mejor de su tiempo y de su ánimo. Siegfried Unseld, actual director de la Suhrkamp de Alemania, supone que Kurt Wolff, el editor de Kafka, ha sido responsable de que la humanidad sólo haya heredado obras inconclusas. El 27 de julio de 1917 Kafka escribía a Wolff para decirle que tenía la esperanza de dejar su empleo y mudarse a Berlín. “Me angustia –a mí o a ese funcionario que llevo dentro, lo que para el caso es lo mismo-, ese tiempo futuro; sólo espero que usted, estimado señor Wolff, no me abandone del todo, suponiendo, naturalmente, que yo merezca su apoyo. Una palabra suya sobre este tema, en este momento, significaría mucho para mí en toda esta incertidumbre presente y futura.” Wolff le responde: “Apenas hay dos o tres [escritores] con los que me une un lazo tan apasionadamente fuerte como con usted y su obra.”


LA MUERTE DEL CORSARIO NEGRO

En una de sus novelas, Manuel Vázquez Montalbán mata a un editor y confía la investigación al detective Pepe Carvalho. Sublimar ese dulce asesinato ha sido una constante de la literatura e incluso del cine: en Le magnifique, de Philippe de Brocca, el actor Jean-Paul Belmondo representaba a un escritor de novelas de aventuras asediado y hambreado por su editor. Para componer a sus personajes más malvados, el novelista imaginaba siempre la cara de su adusto y avaro editor francés.

Como no es fácil publicar un primer libro, el escritor debutante suele estar dispuesto a entregar el alma al diablo con tal de ver su obra en la mesa de una librería. Tarde o temprano lamentará su desliz de juventud. Todos los veteranos lo saben. Por eso el primer cuidado que tendrá el joven al firmar un contrato será el de limitar en el tiempo la validez del acuerdo por más ventajoso que le parezca. Esta precaución permite a las partes, si una de ellas ha quedado insatisfecha, darse un apretón de manos y separarse llegado el momento.

Faulkner no pedía monedas; en 1940 escribe a Random House: “Los mil dólares me ayudaron pero necesito nueve mil más para comprar mi libertad económica durante dos años y dedicarme a escribir. También aceptaría cinco mil por año (…) lo que sería una apuesta suya a mi producción literaria de dos años, a condición que no sean dos años de tensión (…) Dígame si puede darme el anticipo o permítame que me vaya a otra editorial”.
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