El temible «Peludo» del Parque Pereyra Iraola: safari a la vuelta de casa

A solo una hora de la metrópoli porteña, un grupo de guardaparques lleva décadas persiguiendo a una criatura gigante, esquiva y pilosa. Entre túneles secretos, pululan leyendas que se cruzan con apariciones que aparentan desafiar la lógica. Viaje al corazón de una reserva natural de la provincia de Buenos Aires que sorprendió por un motivo inesperado: hasta hoy, nada se conocía sobre sus secretos.

Por Fernando Jorge Soto Roland *

¿Un homínido relicto en el cinturón verde del Conurbano?Un Parque Provincial esconde algo más que patrimonio natural: el testimonio de los guardaparques, sus avistamientos y una red de túneles subterráneos que alimentan la leyenda de una bestia hasta hoy desconocida.

ALBA ALE. In Memoriam

Terminé de escribir este artículo a principios de noviembre de 2025. Un mes más tarde, al cumplirse un año de la entrevista que le hiciera a Alba Ale en el Parque Pereyra Iraola, tuve la desgraciada y triste noticia de su sorpresivo fallecimiento. Dedico estas líneas en su memoria.

QEPD, Alba.

NI UCUMAR NI LOBIZÓN. La leyenda del Peludo acecha en la «selva» bonaerense.

ALGO DE CONTEXTO

La historia de la moderna criptozoología y la búsqueda de monstruos —mucho antes de que la pretenciosa pseudociencia se inventara en la década de 1950— están atravesadas por dos condiciones que resultan ubicuas en todos sus relatos: la distancia y el aislamiento. Sin éstas, resultaría difícil imaginar el peregrinar de las muchas criaturas extrañas que pueblan los millones de páginas, podcasts, películas documentales y programas de televisión con los que se intenta dar visos de realidad a seres que la ciencia no ha podido catalogar a pesar del largo tiempo transcurrido. Como ha señalado el antropólogo español Ignacio Cabria, “la lejanía se vuelve ontológica ya que, cuando más lejana, la criatura perseguida se vuelve más ajena a la condición humana”, y la otredad hace acto de presencia de un modo intempestivo, generando asombro, extrañeza, rechazo y miedo en partes iguales.[1]

El ucumar, ese supuesto homínido peludo y enorme que deambula por el noroeste argentino, rompe con los límites que separan al hombre de la bestia. Produce confusión y nos retrotrae a las crónicas medievales en las que asilvestrados hombres salvajes de los bosques merodeaban las periferias de los asentamientos urbanos; simbolizando el deseo inconsciente de una vuelta a la Naturaleza y recordándole a los seres humanos el lado animal que no han perdido, muy a pesar del constructo civilizatorio. Al mismo tiempo, el salvaje conducía a un fuerte sentimiento de identidad, a partir de los contrastes que sus relatos anunciaban entre ellos y nosotros.[2]

Expectantes, esas bestias liminales solo de tanto en tanto se dejan ver, perturbando el sentido de realidad generalmente aceptado y poniendo de cabeza todo el árbol genealógico de nuestra propia especie.

Los siglos han pasado y el mundo se ha vuelto mucho más chico que antes. Las distancias, más fáciles de transitar y, aun así, el aislamiento se resiste a desaparecer del todo cada vez que nos detenemos frente a selvas, bosques, montañas o desiertos. Un innegable romanticismo de larga duración pareciera querer conservar —y alimentar— la cuota de extrañeza y misterio que nos saca de la cotidianeidad y el tedio de la rutina. Por tal motivo, atravesar los márgenes de “lo conocido”, saliéndonos imaginariamente del mapa y de nuestras zonas de confort, suele sumergirnos en un universo en el que uno se siente ajeno y maravillado por los paisajes y visiones del mundo que creemos vigentes sólo en novelas y películas de aventuras. Lo exótico se empodera de la situación. El contexto se vuelve más fluido y permeable a las fantasías. De otro modo no las aceptaríamos tan abiertamente, en especial cuando de monstruos se trata.

El ucumar es una criatura peluda que la tradición folclórica asoció con la brutalidad, la desmesura y el desenfreno sexual. Cuesta erradicarlo del imaginario popular, muy a pesar de los intentos por sublimar esas condiciones, domesticándolo y acallando su ferocidad con el fin de convertirlo en un moralizante y espiritual Oso Fumarola, en perfecta y cuidadosa armonía con su entorno. Estamos ante un salvaje incapaz de controlar su pasión e impulsos libidinosos (como sucedía con el “silvícola” e incluso el oso medieval) que, guiado por las inclinaciones más oscuras de la moral cristiana, queda encapsulado así en su condición de monstruo. Difícil se hace, por tanto, una lectura roussoniana de la criatura que busque, forzadamente, ir en contra de la tradicional y más antigua lectura que se hizo de su leyenda.

Todo parece indicar que desde épocas precolombinas el ucumar ha generado y alimentado el terror en numerosas generaciones. Tal como señala Guillermo David en el prólogo del Bestiario Nacional – Criaturas del imaginario argentino, sus inciertos orígenes (como el de otros tantos seres mitológicos) se desdibujan en la religiosidad andina para, más tarde, mestizarse con las corrientes culturales procedentes de Europa, tras la conquista.[3] Y es que, “en tanto alguien las invoque a través de historias, esas ficciones seguirán vivas, transmigrando y transfigurándose en el espacio y en el tiempo”.[4]

 A esto quería llegar: a los cambios que se han dado no solo en las tramas de dichas historias, sino también en los escenarios en los que algunas veces suelen ubicarse. La lejanía, aunque predominante, resultaría —hoy— no ser tan necesaria, pudiendo toparnos con monstruos en el patio trasero de nuestra casa.  Mucho más cerca de lo que imaginamos. Sin que por eso la criatura pierda fuerza o deje de encontrar lugares en donde esconderse. Como suele decir el periodista y amigo, especializado en criptozoología, Javier Resines en su bien documentado blog: “Lo extraordinario sucede muy cerca de ti”.[5]

La elusividad es parte de la esencia de todos estos seres del imaginario. Nunca alcanzamos a tener evidencias materiales confiables y concretas. Ni las tendremos, con toda seguridad. Aun así, siguen estando. Se densifican de generación en generación, adaptándose a los discursos emergentes y aprovechando las grietas del modelo epistémico dominante para socavarlo desde adentro. Los seres extraordinarios (y sus historias maravillosas) condimentan la vida. Sin ellos, ésta sería una torta insulsa, pastosa y aburrida al paladar. Un carnaval sin pasiones.

Desde las ciudades perdidas (sobre y por debajo de la superficie terrestre) pasando por los fantasmas, los vampiros, los extraterrestres y decenas de monstruos salidos del folclore o la literatura, la elusividad —esa propiedad constante en todos ellos— encuentra en lo misterioso el ámbito ideal para crecer y hacernos soñar despiertos. Tal vez sea ese el motivo del éxito de tantísimos programas de televisión y radio, de revistas y libros, que exaltan lo elusivo como tema principal; centrándose en aquello de lo que no se puede dar cuenta, afirmar o refutar nada. Un campo abierto a especulaciones infinitas. Un limbo gnoseológico que subyuga, vende y atrae a millones. Es que la mediocridad busca maquillarse. Mostrarse atractiva, interesante. Muchas veces lo hace sin ser consciente de ello. Ante la insignificancia del día a día, sólo el discurso, el relato florido, el “verso” que nace de las charlas, actúan como antídotos. No hay otro camino posible. Sin esos condimentos la magia se desvanecería de un plumazo. Como ocurre con los viajes, a los que solemos ―ya de regreso en casa― aderezarlos a fin de mantener en alto las expectativas que teníamos antes de partir (muchas veces incumplidas).

Con relatos y testimonios construimos realidades alternativas en las que el imaginario es el principal protagonista, dentro de un universo onírico siempre elusivo, discreto, enemigo de lo concreto y fiel aliado de los archipiélagos de otredades en los que civilizaciones y mundos perdidos son posibles.

Salgamos o nos quedemos en casa, nos expandamos o encapsulemos, las fantasías estarán; y en cada caso analizado, los iniciados de turno ―únicos privilegiados con acceso a esas “otras realidades”― serán los responsables de instalar y difundir a los cuatro vientos esas historias estimulantes y movilizadoras. Para ello disponen hoy de un variadísimo abanico de medios; amén de un periodismo kolchakizado, amante de las noticias bizarras.[6] Las mismas que tanto tiempo le ha demandado recopilar a Charles Fort.

Como dijo Jean Bruno Renard, la elusividad consiste en la combinación de dos comportamientos concatenados: la ostentación y la huida. Casi un acto histérico que pone en guardia a quienes pretenden infructuosamente resolverla, capturando aquello que se escabulle. Seres escurridizos de los que sólo se puede dar cuenta de forma indirecta.

 Sin importar lo que se diga ―lo mucho o poco que se crea conocerlos― el resultado siempre es el mismo. Ningún perseguidor queda bien parado. El fracaso es inevitable. Pero nadie baja los brazos. La búsqueda continúa. Nadie se reconoce definitivamente vencido. Siempre hay argumentos para que la fe se renueve. Porque de eso se trata: sólo una cuestión fe.

Siempre están a mano las teorías conspirativas y la interdimensionalidad, claro. Pero el sustrato mitológico se mantiene y las fantasías sólo se empaquetan de un modo distinto. En algún sentido, ufólogos, cripzoólogos y amantes de lo elusivo construyen, alimentan y mantienen ese camino.

Otra experiencia directamente relacionada con la elusividad es la aventura. La primera inspira a la segunda. Resulta imposible imaginar una aventura sin una búsqueda. Sin algo que se esconda, escape o se niegue a revelar sin vueltas. Los peligros de la selva, las amenazas de los animales salvajes, las inclemencias del clima, incluso el constante acechar de las comunidades aisladas, “primitivas”, cuando no caníbales, se convierten en el telón de fondo dominante. Sin esa dosis de aventura y riesgo, el espectador/lector perdería el interés rápidamente. En el fondo es lo único concreto que exhiben: el esfuerzo por terminar con aquello que los elude permanentemente. Ese es el guión de fondo, sin importar cuán real o falso pueda resultar lo que se persigue.

La elusividad seguirá presente. Ya no interesa si nuestro planeta esté poco o muy explorado, si quedan o no lugares vírgenes o haya rincones lejanos o cercanos con la posibilidad de albergar monstruos. En tanto el imaginario siga ofreciendo lugares en donde esconderse, los seres elusivos seguirán entre nosotros y los hombres diferentes deambularan por doquier. Si no están en ninguna parte, estarán en todas partes.[7]

Hacia uno de esos sitios nos dirigimos el 28 de diciembre de 2024. Un enclave ubicado a solo una hora de viaje en tren desde la ciudad de Buenos Aires. Un lugar impensado para toparnos con un homínido relicto, peludo y gigantesco, que muchos asocian ahora con el ucumar: el Parque Provincial Pereyra Iraola.

Parque Provincial Pereyra Iraola

ENCUENTROS IMPOSIBLES

Es el pulmón verde más grande de la provincia de Buenos Aires. Con una superficie total de 10.248 hectáreas, el Parque Pereyra Iraola no sólo es el reservorio de un rico patrimonio natural, declarado en 2007 por la UNESCO Reserva de Biósfera, sino también un enclave histórico y cultural digno de ser conocido. Como bien se indica en la web, comprende los partidos de Berazategui, Florencio Varela, Ensenada y La Plata; extendiéndose desde la rotonda de Alpargatas hasta Villa Elisa y desde el Río de La Plata hasta la ruta provincial N° 36. Un inmenso escenario arbolado, una “selva” muy cerca de casa, que desde hace décadas se ha convertido en una pantalla ideal en donde proyectar historias fantásticas en las que lo paranormal y el misterio parecen germinar a gusto. Basta con googlear un poco para reconocer que los grandes montes siguen estimulando relatos de ese tipo.

PULMÓN VERDE DEL SUR. El Parque Provincial Pereyra Iraola tiene una superficie equivalente a la mitad de la Ciudad de Buenos Aires.

Partimos en tren con Verónica, mi esposa, muy temprano desde Plaza Constitución en la formación que tenía como destino final la ciudad de La Plata. El paisaje urbano, omnipresente a lo largo de las ocho primeras estaciones, empezó a cambiar en Berazategui y una densa pared vegetal a un lado de las vías nos anunció que nos acercábamos a la reserva. Pasando la localidad de Plátanos y Hudson nos paramos y esperamos a que el tren se detuviera en la Estación Pereyra, a escasos kilómetros de Villa Elisa. Descendimos. Ya era media mañana y el calor empezaba a notarse. Cuando observé el paisaje que nos rodeaba no pude dejar de recordar una historia bastante rara de la que había escrito un artículo años atrás. Una que refería la presencia de un león africano (con melena y todo) deambulando por esos bosques. Una historia interesante, bizarra, llena de matices extraordinarios e íntimamente ligada a una de las ramas paranormales de la criptozoología: los denominados Alien Big Cat. Es decir, grandes felinos (panteras, tigres, jaguares y leones) totalmente fuera de contexto, apareciendo y desapareciendo misteriosamente en parajes muy lejanos al hábitat natural de los mismos.[8]   

Bajamos del andén y transitamos un largo camino de tierra en dirección a la Base de Guardaparques Sección San Juan del Parque Pereyra Iraola. Un pequeño conglomerado de casas muy humildes nos acompañó unos doscientos metros, en tanto un par de perros ladraban anunciando nuestra llegada.

¿Por qué habíamos ido a ese lugar? ¿Qué nuevo insólito interés nos conducía a ese parque, del que solo tenía un recuerdo muy lejano cuando, en mis numerosos viajes desde Mar del Plata, observaba de lejos su llamativo arco de ingreso de aspecto medieval? ¿Acaso se debía al deseo de recorrer sus senderos y entrar en contacto con un paisaje semi-domesticado? No, nada de eso. Lo que habíamos ido a buscar era un monstruo velludo, enorme en tamaño y al parecer un tanto agresivo. Los guardaparques lo llamaban “El Peludo”, pero mis amigos del Grupo Metán Salta, en una entrevista previa publicada en su canal de YouTube, especulaban de que trataba de un ejemplar de Ucumar.[9]

Me comuniqué con ellos, me dieron el número de teléfono de Alba Ale, una de las jefas de guardaparques del Pereyra Iraola. La llamé y combiné un encuentro para ese día, 28 de diciembre de 2024.

LA BASE. Este es el centro operativo de los guardaparques Sección San Juan del Parque Pereyra Iraola en Estación Pereyra.

Alba nos recibió con entrañable amabilidad. Con ella estaba Adrián González, su colega y pareja actual, junto a un par de estudiantes que estaban haciendo sus primeras armas en aquel hermosísimo campo de operaciones. Entramos en la oficina, nos sentamos y sin demasiados preámbulos iniciamos una larga charla.

ENTREVISTA. Aquí, en la Base de Guardaparques, empezó la charla. Centro: Adrián González, el autor y Alba Ale.

Contame todo al respecto sobre esa criatura que ustedes llaman “El Peludo” —le pedí, quedando a la espera de su exposición.[10]

Alba: —Bueno, esto tiene su historia en los comienzos, cuando estuve como guardaparque en este lugar. Como todos los guardaparques, empezamos como voluntarios. Por entonces, desde el Camino del Centenario hasta la costa del río no había guardaparques. Todo este lugar estaba en manos de la Infantería de Marina y de la Policía Bonaerense y había una calle que dividía el sector de la Armada del de la Policía…

¿De qué año estamos hablando?

   Alba: —Año 1989… Hasta el año 1989, avanzada ya la democracia, el lugar lo tenían ellos. No se liberó con la llegada de la democracia en 1983. Esto seguía en manos de ellos. Sólo gradualmente se fueron retirando. Por ejemplo, la Escuela Vucetich fue retirando sus puestos más cercanos a esta base, en dirección a la escuela, muy lentamente, Y la Armada, definitivamente, cuando se terminó con el servicio militar. Mantuvo, sí, una guardia durante una transición y después, finalmente, desapareció. Pero no fue de golpe. Esto era un regimiento donde hacían instrucción los infantes de marina.

— ¿Acá? ¿En este lugar?

Alba: — Sí. En este lugar. Era la guardia. La Armada hubiera tenido que tener hasta hoy este sitio, seguramente con otras funciones. Pero como se mandaron una macana (empezaron a vender tierra y tosca), entraron en juicio con la provincia de Buenos Aires y en cierto momento la Justicia decidió que tenía que entregar el predio al Ministerio de Asuntos Agrarios. Y bueno, pasó de nuevo a la provincia… En el año 2000 nos hacen la entrega  de todo el lugar a nosotros. Desde entonces lo tenemos en nuestras manos, bajo custodia. Está la base de guardaparques permanente, con viviendas y todo. Hay dos casas. Es para la custodia del lugar… Encima, tocó en épocas jodidas, 2000-2001. Tuvimos que parar intentos de usurpación. Un lugar tan grande, tan cerca de la Estación Pereyra… Venía la gente, bajaban con los colchones, saltaban los paredones… ¡Menos mal que estábamos, que si no…! ¡Hubiesen ocupado todo! Así que, bueno, con Pedro Castrioti (el otro jefe) empezamos a ser los primeros guardaparques voluntarios de la zona. Porque los guardaparques del Parque solo estaban en el sector público-recreativo, que es el que todos conocen, del otro lado de la Avenida del Centenario. Nosotros habíamos sido scouts desde muy jóvenes y a este lugar solamente podíamos entrar algunos a acampar y hacer actividades. Entonces, una navidad decidimos con Pedro (que en ese momento era mi novio) pasar la navidad acá. Bajamos del tren, pasamos por la guardia (el lugar donde estamos ahora), saludamos a los militares y nos fuimos a acampar a un lugar bien adentro, monte adentro, en el tramo más espeso —hoy más urbanizado— entre Hudson y Pereyra. Que es todo monte… Armamos campamento lo más alejados posible para estar tranquilos. Nosotros conocíamos el lugar así que no nos importaba. No le tenemos ni le teníamos miedo al lugar. Pero ese día nos sentimos observados todo el día. Yo le decía a Pedro: “¡Qué sensación rara! ¡Con todos los campamentos que hay en este lugar!” Y él me decía: “Sí, es raro”. Y anocheciendo armamos el fuego para el fogón. Comimos. Nos quedamos comiendo unos turrones y esas cosas navideñas y escuchando un programa de radio que siempre escuchábamos. Pero estábamos re-incómodos. Nunca nos había pasado eso: la sensación de estar siendo observados. ¡Y en monte tan adentro! Bueno, dije, “vámonos a dormir así mañana nos levantamos y nos vamos de caminata”. Nos metimos en la carpa, pero la tensión era tan grande que le dije: “Yo me meto con el hacha”. “Y yo entro con el machete, por las dudas”, dijo Pedro. Estábamos re-tensionados. Nos metimos mirando el techo de la carpa y empezamos a escuchar unos pasos pesados. ¡Parecía una película de terror! Eran como unas pisadas… ¡Puf! ¡Puf! Pero una pisada bípeda, pesada, que se acercaba. Y jadeo profundo… Yo digo: “Pero la puta que lo parió, ¿qué es esto?”. No eran pisadas de caballos (que las conocemos), ni pisadas de vacas. Hacen otro ruido. Las pisadas de vacas y caballos rompen todo. Se llevan todo por delante. Las vacas, más… No. No, no, era otra cosa. Yo le digo a Pedro, susurrando: “¡Salgamos!”. Y empezamos a gritarle que se vayan… Tres veces entramos y salimos a los gritos. En un momento Pedro empezó a hacer ruido con un coso de metal, como que cargaba un arma. “¡Hijo de puta, te voy a cagar a tiros! ¡Ahora vas a ver! ¡Dejá de joder!” Era increíble. Salíamos, alimentábamos el fuego para ver y no se veía nada, pero ¡nada! Entonces, la última vez, le digo a Pedro: “No me voy a quedar acá”. Salimos y nos fuimos corriendo. Sabíamos que si corríamos en una dirección estaba el arroyo, pero si salíamos para el otro lado estaban las vías. Y ahí ya nos guiábamos… La última vez, el ruido era impresionante. Entonces salimos corriendo hacia las vías, que tienen un terraplén. Subimos y vinimos corriendo hasta acá, sobre las piedras de la vía, todos ensangrentados porque estaba lleno de acacias negras con espinas. Cuando bajamos de las vías y llegamos a este puesto de guardia eran las cero horas en punto. ¡Navidad! Había una mesa allá —dijo señalando desde el escritorio en el que estábamos—. En la cuadra que está allá. Con gendarmes de guardia que estaban brindando. Entonces el sargento nos hace pasar. “Uy, chicos, ustedes son los que pasaron hoy. Son los scouts que nos avisaron que iban a pasar”. “, le digo. No sabemos que pasó”. Y él dijo: “Seguramente sé lo que les pasó. Se cruzaron con el lobizón.

Alba tomó aire y continuó con su relato.

Alba: —Bueno, nos sirvieron algo para brindar (ellos estaban justito brindando). Nos curaron las heridas, porque estábamos todo cortados…Cortes en la cabeza, en las piernas… Era un bosque cerrado con acacias. ¡Todo cortados estábamos! ¡Sangre por todos lados!

—Ubicame en el tiempo, por favor. Ya sabemos la época pero, ¿en qué año fue?

Alba: —Esto habrá sido en el ochenta y… —dudó unos segundos y terminó diciendo: —Estoy casi segura que fue en 1988.

—Navidad del ´88… Entonces, ¿fines del ´88, principios del ´89?

Alba: —Si no fue en la navidad del ’88, fue en la navidad del ’87. Pero no fue para los ’90… Nosotros éramos muy pibes. Aún no trabajábamos como guardaparques.

—Entonces, ¿cómo siguió todo el asunto?

Alba: —El sargento me dice: “Bueno, coman algo. Brindemos y después organizamos una patrulla y nos vamos a buscar sus cosas. ¡Quieren?”. “Sí, claro. Vamos a buscar todo. Yo no me voy a quedar a dormir allá”. “No, no, se quedan acá —dijo el sargento—. Quédense tranquilos. Vamos a buscar el equipo y de paso vemos si encontramos a alguien molestando”. Entonces, sale la patrulla, con un camión Mercedes Benz. Salimos derecho por el camino que sigue hacia Hudson, hasta el puente del Arroyo Pereyra. Esa es una de las entradas por la que nosotros entramos con Pedro, costeando el arroyo para meternos en el monte y acampar. El sargento dice: “Bueno, miren, nosotros nos quedamos en el camino, acá, arriba el puente y ustedes entran con la patrulla (estaban armados con FAL). Si no salen en determinado tiempo y les tocamos el silbato, haya pasado lo que haya pasado, vuelvan”.

La guardaparque se arrellanó en la silla y continuó.

Alba: —Nos metimos y nos metimos… Como el fuego se había apagado, no encontramos el campamento. El monte era muy cerrado. Habíamos dejado todo. Carpa, todo… Entonces volvimos a la guardia sin éxito. El sargento nos dijo: “Quédense tranquilos. Pasan la noche en la cuadra de los oficiales, dormimos y mañana desayunamos y vamos con otra patrulla a buscar el lugar para levantar sus cosas”. Y a la mañana salimos de nuevo. La sorpresa fue grandísima. Entramos, obviamente de día y nos ubicamos perfectamente porque teníamos puntos de referencia, que ahora podíamos ver. Cuando llegamos al lugar la carpa estaba revuelta, pero había plata y no se la habían llevado. Eso fue lo primero que nos sorprendió. Estaba todo dado vuelta. Todo tirado y nos faltaban el arco y las flechas… Habíamos estado haciendo tiro al blanco con unos arcos que teníamos. Además, faltaba la radio, que habíamos apagado cuando estábamos en la carpa porque queríamos escuchar el más mínimo ruidito de afuera. Pero lo más sorprendente fue que nosotros habíamos puesto una soga en una rama de un árbol con una bolsa grande con galletitas de agua. La mamá de Pedro tenía un almacén y nos había preparado la bolsa… La habíamos colgado en caída libre a más de dos metros de altura, para que ningún animalito las comiera. Cada vez que queríamos la bajábamos y la subíamos. ¡Y la bolsa estaba rajada desde abajo! Le digo a Pedro: “Mirá eso, ¡mirá! La rajaron desde abajo. ¿Qué animal hizo eso?” Una comadreja o cualquier otro bicho tendrían que haber ido por la rama hasta llegar a la soga y bajar por ella…Pero no. La rajadura era desde abajo y las galletitas estaban caídas por todo el piso… Cuando vimos eso decidimos  desarmar todo y nos fuimos. Más tarde, tomamos el tren y nos volvimos. Ese fue el primer encuentro, para míPorque lo escuchamos. No pudimos ver absolutamente nada.

«AQUÍ FUE DONDE LO VÍ». Alba le cuenta al autor lo que vio en el Parque Pereyra Iraola en 1998.

— ¿Por qué crees que el sargento que los recibió habló de un lobizón? —inquirí.

Alba: —Porque estaba convencido. Se ve que ellos lo veían… Se veía mucho por esa época. Era un lobizón. Un hombre-lobo

No agregué nada y Alba continuó.

Alba: —Yo estudiaba en la Universidad de la Plata, pero como quería entrar en Parques Nacionales y todavía no incorporaban mujeres, decidí estudiar educación física. Yo iba a La Plata en tren y bueno, mi lugar en el trayecto era Pereyra. Una vez estaba sentada en el tren y una persona que iba a mi lado me dijo: “¡No sabés lo que me pasó a mí! Cuando la gente habla de este lugar yo no quiero ni asomarme por la ventanilla…Una noche me asome acá, en Pereyra, y vi como un coso peludo que iba corriendo a la par del tren”.

Me mantuve en silencio.

Alba: —Otro testimonio de un compañero que viajaba conmigo en tren, cada vez que pasaba por Pereyra contaba que una vez se asomó y vio a una persona, en la estación, que tenía como una cara de perro. ¡Toda peluda! ¡Cara de perro! Era grandote y peludo, dijo. Y tenía cara de perro.

En ese momento Adrián González intervino por primera vez.

Adrián: —Ahora en la estación hay un montón de gente…

Alba: —Sí. Ahora está tomada la estación.

Adrián: —En aquella época había sólo dos casas. Una era la del jefe del ferrocarril y la otra, del otro lado de la vía. Dos familias, nada más.

Alba: —Sí, eso era lo único que había. Toda la gente que ahora está ahí, está de un modo ilegal.

Adrián: —Esto es a raíz de lo que ocurrió en los años´90, cuando cerró la estación y echaron a la gente del ferrocarril. Acá, durante mucho tiempo dejó de parar el tren…La gente quedó desocupada. Más tarde las casas fueron invadidas. Es la gente que vende ahora en los trenes.

Alba retomó la charla reencauzándola hacia la extraña y supuesta criatura.

Alba: —Después, cuando lo vi, recién ahí empecé a contar. Antes escuchaba y tragaba saliva. Te iban a tratar de loca. Pero después sí… No abiertamente, pero sí al círculo de gente scouts que busca estos lugares para acampar. Con ellos sí lo compartía. Incluso muchos de ellos también habían tenido experiencias. Contaban cosas… Mirá, por ejemplo, yo soy docente, trabajo en la escuela, y no lo contaba.

— ¿Cuándo lo viste? —pregunté.

Alba: —Creo que fue en 1998. Del primer episodio habían pasado diez años. Nosotros seguíamos viniendo. Trabajábamos en el parque. Teníamos una colonia de vacaciones, en verano. Pedro también tenía la carrera de profe bastante avanzada. La colonia de vacaciones la teníamos en Bernal y en febrero, cuando estábamos por terminar, íbamos a hacer campamento y como cierre le íbamos a regalar a los chicos un banderín de recuerdo. Entonces vinimos al monte a buscar madera. Vine con Pedro y otro chico, Tito, que es guardaparque también y siempre nos ayudaba. Nos metimos caminando por lo que hoy son senderos. Yo venía discutiendo con ellos sobre no sé qué cosa y les digo: “¡Váyanse a la mierda! ¿Yo me voy a quedar y volver en tren! No voy a volver con ustedes en el vehículo”. Entonces me alejé de ellos y me escondí. Me tiré, adentro del monte. Corrí monte adentro y me acosté boca abajo para que no me encontraran. ¡Soy muy cabeza dura! ¡Me iba a volver en tren! ¡Váyanse con el auto! Entonces me tiré así —simuló la posición descripta. —Recordá que todavía estaban los militares…Nosotros veníamos al lugar y teníamos que irnos. Y como habíamos venido en auto yo dije: “No me vuelvo con ustedes”. Me tiré en el monte y pensé: “Me voy a quedar acá en silencio hasta que se vayan. Hasta que se haga de noche y después voy a salir tranquila”.

— ¿A qué hora fue todo eso?

Alba: —Eran como la siete y media de la tarde. En verano. Febrero. Todavía era de día. El sol recién estaba empezando a caer. Así que, metida ahí (medio loca), yo no tenía miedo. Me quedé en esa posición y después de un rato empiezo a escuchar como que viene algo… Como cortando ramas, pero muy rápido. Mucho ruido. Y cuando miro hacia un costado veo una silueta que, para mí, era inmensa. Negra. Alcanzo a ver como que era todo negro, peludo. Lo que me impresionó fue que tenía la cabeza cortada hacia la mitad del cráneo. Que no tenía la cavidad cerebral y que extendía los brazos como para agarrarme. Cuando veo que hace ese movimiento salgo disparada para la calle, que no estaba muy lejos. A los gritos. “¡Pedro! ¡Tito! ¡Vengan, vengan!”. Ellos no habían avanzado mucho porque los veía al fondo del camino… Se dan vuelta y empiezan a acercarse corriendo porque yo no era de hacer bromas. Y me preguntan qué pasó. “¡Vi algo horrible”, les digo. “¡Algo gigante que estaba ahí, en el monte, y que venía a agarrarme!”. “Vámonos a la mierda”, dijeron. Y nos fuimos. No juntamos madera, nada. En el auto se los dibujé. Entonces Pedro me dice: “¿Te acordás lo que nos pasó hace años?” “Sí, claro que me acuerdo”.[11]

— ¿Y qué fue lo que viste?

Alba: —No sé…La cuestión es que uno empieza a tomarle más respeto al lugar.

— ¿Le viste el rostro?

Alba:No. Vi una silueta peluda, gigante, negra. Por eso le quedó El Peludo. Es que era peludo, peludo, peludo… Alcancé a distinguir como brazos muy largos. Grandes, que se afinaban hacia la muñeca. No me agarró. Salí corriendo… Fue un shock. Después, atando cabos con Pedro, decíamos: “Esto fue lo que escuchamos allá por el ‘88”.

— ¿Qué animales hay en esta zona?

Alba: —Acá hay zorros, gatos monteses, comadrejas y en algunos momentos, muy esporádicamente, hurones. En las zonas de curso de aguas podés llegar a ver carpinchos. El carpincho se asusta de nosotros y hace un ruido muy particular. Grita y se tira al agua. Lo hemos escuchado también.

—Y eso que viste, ¿emitió algún sonido?

Alba: —No, nada. Esa vez, no. Después empezamos a evidenciar otras cosas que, supuestamente, era él. Lo cuento en el reportaje que me hizo Héctor Ortíz de Ucumar Metán Salta (minuto 24 con 14 segundos).

— ¿Esa fue la única vez que lo viste?

Alba: —Hubo otra, con Pedro. Pero yo no lo alcancé a ver. Pero Pedro lo vio. Estábamos juntos porque Tito, el otro guardaparque, había venido a acampar en esa zona del arroyo con un amigo…

—Desde acá (la Base) a esa zona, ¿se puede llegar caminando?

Alba: —Son dos o tres kilómetros. Se puede. Sí, se puede llegar al puente —respondió y retomó la historia. —Resulta que Tito había venido en tren para acampar en la zona, que es una de las más cerradas que hay. Ese día nos enteramos por alguien que había habido un descarrilamiento en Pereyra. Como no vivíamos acá (donde estamos ahora), vinimos rápido porque queríamos saber qué había pasado. Además, Tito estaba en el lugar… Cuando llegamos, el tren estaba todo descarrilado. Ya no había gente, nada. No había servicio de tren. ¡Qué les había pasado a esos dos (Tito y su amigo)? En esa época no había celular…

—Estamos hablando del año…

Alba: —Noventa y pico…antes de los celulares. Ya era tarde. Estaba anocheciendo. Nos quedamos hablando con la gente de Ferrocarriles, ahí mismo, sobre las vías. Pero íbamos a meternos al monte. Por entonces teníamos una perra galga mezclada con doberman. Era gigante y a ella le encantaba venir. Se metía, iba delante de nosotros. Iba y venía. Entonces, cuando estábamos por bajar del puente hacia el monte, veo que la perra recula. La miro y digo: “¿Qué onda?” Y le digo a Pedro: “Yo no voy a entrar. Si la perra recula, no entro”. Subimos al puente. De arriba podíamos ver el arroyo. Pedro llega antes que yo y me dice: “¡Mirá, Alba! ¡El Peludo” ¡El Peludo!”. Lo ve cruzar. Ve un lomo que cruza…

EMPACADA. Alba y la galga que se negó a entrar al monte.

— ¿A qué distancia?

Alba: —Cincuenta metros, oscuro, desde arriba del puente. Cruzaba de una margen a otra del arroyo y se mete al monte. Pedro lo ve. Cuando yo llegué no lo vi. Las ramas vi, sí, que se movían, pero a él no lo veo. Pedro lo vio cruzar. “Es El Peludo”, me dice. Era como una espalda grande. ¡Con razón la perra no quiso entrar! Bueno, como imaginarás, no entramos al monte. Vinimos al otro día y Tito (y su amigo) seguía acampando. Cuando les dijimos lo que habíamos visto…

— ¿Ellos no escucharon nada? —interrumpí.

Alba: —Ellos no vieron ni escucharon nada. Pero, bueno, era la zona donde nos había pasado eso también. Se ve que El Peludo se movía por ese lugar.

Mantuve el silencio.

Alba: —En otra oportunidad, en una de esas recorridas nocturnas que hacíamos para ver si había público acampando. Tomábamos sus datos. Aunque después todo eso se terminó porque ¡era tanta la gente que venía! En esa época no eran muchos… Entonces, te cuento, íbamos a bajar a hacer la última recorrida a pie por el monte, para ver los campamentos, y cuando vamos entrando, la perra empieza a recular  y de allá (señala a monte cercano) se empiezan a escuchar uno de los gritos que me mandó Héctor Ortiz de Ucumar Salta. Al escucharlos le digo a Pedro: “Eso es un búho… Pero, ¿y eso otro? ¿Qué es eso?”

— ¿Héctor te mando el sonido por Whatsapp?

Alba: —Sí —respondió y puso varios registros de audio que tenía en su celular. —En este, por ejemplo, se escucha un “uuuuuuuh”. Pero lo que nosotros oímos era “uuuuuh, uuuuuh, uuuuuh”. Era como cortado. No es un ave de acá. Nosotros conocemos a las lechuzas, sus gritos. Aquello era como un aullido. Una cosa horrible. Después, con el tiempo, fuimos levantando testimonios. Porque nosotros, además de trabajar acá, oficiamos de investigadores. Y en una época de juventud, era mucho más que inquietante.

— ¿Y había muchos testimonios sobre ese Peludo?

Alba: —Muchos, pero distintos…—En ese momento se puso a buscar uno de los audios enviados desde Salta. Los encontró. Me hizo escuchar tres. —El último es lo que escuché este año, despertándonos en la mitad de la noche. ¡Este año 2024! Mi casa está ahí —agregó señalando hacia afuera— ¡Me despertó en la mitad de la noche! Él, Adrián, mi pareja, duerme como un tronco. Me quedé desvelada, entonces le digo: “¡Adrián, la puta madre, estoy escuchando como cornetas! Me dice: “¡Dejame dormir!” Eran las tres y pico de la mañana. Este año. Hace unos meses atrás…

—Y acá, de noche, ¿no hay nadie? ¿Están sólo ustedes?

Alba: —Estamos nosotros… Los que están ahí, en la estación Pereyra, y nadie más.

En ese momento Adrián intervino por segunda vez.

Adrián: — ¿Te acordás cuando nosotros estábamos en la casita? —E inmediatamente me puso “en autos”. —Es la casita donde ahora vive Pedro, en el medio del monte. De la estación, unos 500 o 600 metros para adentro. Ahí, frente a la casita, vivía una abuelita con el hijo que era ciego. Un día escuchamos un grito. Así, “¡Aaaaaaah!” ¡La abuela! ¡Le pasa algo a la abuela!”, dijimos. Salí corriendo, pero la abuela estaba bien.

— ¿Esto cuándo fue?

Adrián: —Esto fue en el 2000, más o menos.

—Pero por acá hay gente. Convengamos que no estamos tan lejos de la “civilización”—acoté.

Alba lo interrumpió y explicó que la abuela era un habitante histórico del lugar, Que había muerto a los noventa y pico de años y que su marido había sido peón de la estancia de los Pereyra Iraola.

Alba: —La gente que vivió en esa época en la estancia de los Pereyra contaban relatos. Ellos le decían el Gato Grande. ¿Por qué? Porque lo veían en dos patas, pero también en cuatro. Así, tipo caballo. En cuatro y con movimientos como de felino, más delicado que un caballo porque, claro, tenía una morfología más humana. Ellos le decían el Gato Grande. La gente que vivía en la estancia, por ejemplo la esposa de mi primer jefe guardaparque, que vivía acá porque su familia eran peones de los Pereyra, me contó que una vez su padre, que atravesaba todo el monte para ir de donde laburaba a la casa, sintió como un golpe en la espalda. Se dio vuelta y no vio nada. Cuando llegó a su casa, Lidia (la hija) lo mira y le dice: “Papá, ¿qué te pasó en la espalda?” “¿Qué tengo?” “Tenés como un arañón”. ¡Tenía toda la ropa rasgada! Por eso ellos lo tildaban como Gato Grande.

Adrián: — A raíz de todo esto empezamos a recordar todo y a hablar con los compañeros. Daniel, uno de ellos, también, yendo a la casa al atardecer, a caballo, lo ve en cuatro patas pero con los ojos rojos. Todo peludo. Era una cosa grande, alto como el caballo

Alba: —Dijo que los perros lo atacaron.

— ¿Y de eso cuánto tiempo hace?

Alba: —Año dos mil —se apresuró a responder, superponiéndose a su compañero.

Adrián: —En la misma época que lo viste vos…

Alba: —Sí, en la misma época: 1998, 2000, 2001…

Alba Ale cambió intempestivamente de tema. Se la veía ansiosa por relatarme otras historias. Me dijo que había trabajado en muchas de las escuelas que había en el parque y que, haciendo una suplencia en la Escuela Primaria 11°, escuchó a María, una de las porteras, contar que su marido, la noche anterior, había tenido que salir rápido de la casa a dejarle comida al lobizón. “Porque si no, nos hace un desastre en la huerta. Nosotros le dejamos la comida y nos encerramos cuando se hace de noche. Le tenemos mucho miedo. Preferimos dejarle la comida, si no, nos saca la nuestra. Es grande, muy grande. Asusta. Es el lobizón. Acá se lo conoce así”.

Alba aclaró que la criatura en cuestión recibe diferentes nombres según la zona. La portera lo asociaba con el hombre-lobo y la gente de la estancia como el Gato Grande. Por otra parte, la gente que trabaja hoy día en las quintas colindantes al Parque lo llaman Lobizón y que para ella es, sencillamente, El Peludo.

Alba: —No sé si sabrás que acá, en el Parque, están las Escuelas de Oficiales, el Liceo Policial de Suboficiales de la Provincia y la División Halcón. Está todo adentro de la Escuela Vucetich, que se levanta en el Camino del Centenario, que es el límite con el sector público del Parque. Hace unos años un jefe de la División Halcón venía a tomar mate acá, con nosotros. Y un día hablando con él le digo: “Nosotros siempre vivimos buscando cosas. Tenemos años, décadas, buscando los túneles”… Porque hay testimonios de túneles subterráneos en lo que hoy es el Country Abril, que fue parte de la estancia de los Pereyra. Cuando no era un country, cuando no estaba vendido, cuando todavía estaba la mansión del lugar, yo pude entrar a esas entradas. De hecho, tengo fotos. Pero también buscábamos un cementerio. Porque había un cementerio donde enterraban a la peonada. Un cementerio interno. Y sabemos que está, por muchos testimonios. Pero no lo pudimos encontrar. Entonces, charlando con el jefe de la División Halcón, le pedí si nos podían dar una mano y él me dijo: “Pero, Alba, el cementerio está ahí. En el pueblito abandonado de los peones, donde nosotros hacemos algunas prácticas. Lo que pasa es que no lo vas a encontrar porque las lápidas están todas tapadas por los pastos. Es un lugar que no se ve”. E inmediatamente me dice: “Te cuento algo que me pasó por ahí, algo rarísimo, recorriendo el cementerio…”

—Perdón —volví a interrumpir—, pero ¿cuándo ocurrió todo esto?

Alba: —Eso habrá sido en el 2006, 2008. Por ahí… Ponele, como mucho, 2010. No más.

Adrián: —Para mí fue poco antes de la pandemia —retrucó en voz baja.

Alba continuó con el relato del policía, sin acotar nada al respecto.

Alba: —El jefe dijo: “Estábamos buscando el cementerio para mostrárselo a unos compañeros. Llegamos a una de las tumbas y pasó algo rarísimo: arriba de una de ellas había un arco y una radio…”

¡Me estás jodiendo! —exclamé—. ¡Lo que te habían afanado en el año 1988!

Alba: —Yo me quería morir. Sí, lo que habíamos perdido en el ’88. ¡Y esto ocurrió en el 2008/2010! Entonces le conté toda nuestra historia. No lo podía creer. Lamentablemente el flaco no vino más. En realidad me arrastraba el ala y cuando se enteró de que Adrián era mi pareja no vino más.

—Pero, vos, la historia del ’88, ¿se la habías contado a algún policía?

Alba: — ¡A nadie! ¡A-nadie! Absolutamente a nadie…

—Mirá —le dije—, yo hice la colimba durante la guerra de Malvinas, en Mar del Plata, y solíamos asustar a la gente, a las parejas que estaban rascando en la escollera norte. ¿Vos no creés que el tema de las pisadas, del robo, pudo haber sido una broma?

Alba: —No. ¿Sabés por qué no? Porque nosotros pensamos racionalmente todo lo posible. Mirá, el equipo que teníamos para acampar aquella vez no era nuestro. Nos lo habían prestado unos amigos. Era una carpa militar de campaña. Chiquita. Para dos o tres personas. Nos la prestaron Jorge y Lobo, unos amigos. Eran los únicos (y nuestras familias, claro) que sabían que íbamos a acampar allí. Entonces, cuando escuchamos los ruidos, le digo a Pedro. “Estos son Lobo y Jorge que nos están haciendo una joda. Fue lo primero que pensé”.

Adrián: —Pero era Navidad y tenían que estar con sus familias…

Alba: — ¡Nosotros éramos de un grupo de scouts muy católicos! No, no es lógico. Nuestros amigos eran de familia chupacirios. No festejaban Navidad como nosotros. Ellos la festejaban religiosamente. Iban a misa de gallo, etc. Así que a Jorge y Lobo los descarto.

— ¿Y los muchachos de la Armada que estaban acá, en la base (los que te nombraron al lobizón y auxiliaron)?

Alba: —Cuando nosotros llegamos a la base estaban brindando. Había militares con algún que otro familiar que los habían venido a saludar. O sea, estaban totalmente inmiscuidos en la Navidad… No, aquello del monte era todo muy raro. Además, el ruido, el peso de las pisadas, el jadeo profundo, no era algo normal.

—Y aquella vez en que lo viste, tirada en el suelo, ¿cuánto tiempo calculás que duró ese avistamiento?

—Fueron segundos. ¡Segundos! Además, yo tengo una particularidad: ante una situación de peligro no me congelo. Salgo corriendo. Es mi instinto. No me voy a quedar a ver qué me va a pasar.

—Te repito la pregunta: ¿qué suponés que pudo haber sido?

—No sé… Pero pará, que siguen los testimonios.

Adrián: —Hay testimonios que son exactamente los mismos sin que la gente se haya conocido o que se los hayan contado previamente —reafirmó.

Alba comenzó a relatar que un equipo de policías —de la Seccional IV de Berazategui—, con jurisdicción desde las vías hasta la costa, en una ocasión la había ayudado a buscar un caballo que se había perdido.

—El comisario era un tipo muy piola. Se llamaba Jorge. Me dice: “Che, Alba, vénganse a la comisaría así tomamos unos mates, armamos todo el esquema de búsqueda y de paso nos distendemos un poco”. Así que fuimos. Empezamos a hablar de historias del lugar. Historias raras. Y en un momento Jorge me dice: “¡Uh, yo le tengo mucho respeto al monte en el que están ustedes! ¿Por qué? Porque me han pasado cosas que no me las van a creer”. Contá una, le digo. Y contó. “Bueno, dijo, una vez me escapé con una novia que, como yo, era cadete en la Escuela Vucetich. Nos escapamos al monte, atrás de la escuela, hasta un árbol que llamábamos el arbolazo. Otros le decían el Árbol de los Doce Cadetes, porque su diámetro era el de doce cadetes haciendo una ronda tomados de la mano. Era el más viejo de la estancia. Un ciprés lambertiana. Por desgracia lo prendieron fuego y se debilitó. Se desgajó y murió años después. Bueno, resulta que estaba con mi noviecita, abrazados debajo de ese árbol, cuando escuchamos que algo venía rompiendo ramas y cuando me doy vuelta a mirar, vimos una cosa negra que extendía los brazos y nos quiere agarrar. Salimos corriendo para la Vucetich. No paramos hasta llegar”.

—Eso es igual a lo que te pasó a vos…

— ¡Calcado! Entonces le digo: “¡Ay, Jorge, la puta madre, a mí me pasó lo mismo! ¡Lo mismo!”

Pero aquello no era todo. Las historias que se arremolinaban en su cabeza, parecían salir sin control.

—Otra persona, un líder social de Florencio Varela —siguió Alba—, me contó que él tenía un amigo que era director de la Vucetich. Esto ocurrió en la década de 1970. Adentro de la escuela está la casa del director y como éste se iba de vacaciones y tenía un perro, le pidió si se lo podía cuidar. Que se quedara en la casa para darle de comer y esas cosas. El Nasta (así le decíamos, era amigo nuestro) le dijo que sí. Que no había problema. Entonces se puso a contar en un fogón lo siguiente: “¡Tengo una experiencia en ese monte!”, dijo. “Le tengo mucho respeto por lo que me pasó. Es que, mientras le cuidaba la casa a  mi amigo, una noche escucho al perro ladrar. Había tormenta, la casa tenía un alero grande y cuando salgo (para entrar al animal), el perro estaba enloquecido, ladrando”. Y dice que al salir vio algo negro, gigante, peludo, que sobresalía por encima del alero. Él solo alcanzó a ver esa silueta, con dos piernas y el cuerpo, pero no alcanzó a ver la cabeza… Dijo que cuando vio que eso se había acercado a la casa, se metió y metió al perro. “Al otro día me levanté y me fui. Al amigo, cuando vino, le dije: no me quedo más ahí.

—Eso ocurrió, decís, en la década del ’70…

—Sí, por ahí. Él lo vio en la década del ’70.

— ¿Y huellas? ¿Encontraron alguna vez huellas?

Alba: —Compañeros que acampaban, de los grupos de scouts, las han visto. Huellas gigantes, como de hombre.

— ¿Hay fotos?

Alba: —No, porque no eran épocas en las que uno andaba con cámaras.

— ¿Y desde cuándo no se escucha nada del bicho?

Alba: —Hace más de veinte o veinticinco años… Nada de nada. Pero, ¿sabés con qué coincide eso? Con que el lugar se fue abriendo paulatinamente al público y empezó a haber mucha actividad de la gente. Una de dos: o retrocedió a los lugares que nosotros pensamos que está o, si no era un ser muy longevo, se murió.

Adrián: —Como acá hay túneles (se descubrieron que existen), para mí él vivía en los túneles

Alba: — Sí, para nosotros él vivía en los túneles.

Adrián: — ¡Los túneles comunican todas las estancias de los Perera! Bajo tierra…

—Pero, ¿están esos túneles? ¿Se los puede visitar? [12]

Alba: — ¡Nooo! Pero yo sé dónde está una entrada…

Adrián: —Hay un programa, “Misterios de Villa Elisa”, en YouTube, que cuenta la historia de los túneles. Y de cómo están comunicadas todas las estancias. [13]

Alba: —De la que yo puedo hablar (que vimos con Pedro) está en el casco de la estancia Abril. Una de las estancias de los Pereyra, cuando no era country. Cuando no era un barrio cerrado nosotros llegamos tras una caminata nocturna. Llegamos de madrugada. Había una laguna y en ella una isla. Y un puente que llega a la isla… En esa época era un casco de estancia abandonado. Entonces, nosotros que estábamos buscando y teníamos testimonios y referencias, fuimos. Llegamos. Sabíamos que la entrada a los túneles estaba ahí, en la isla. ¡Y estaba! Bajamos por unas escaleritas y de ahí salían cuatro ramas que en ese momento estaban bloqueadas. ¡Pero llegamos a la entrada de los túneles?

EL TÚNEL DE LA ESCUELA JUAN VUCETICH. Muchos relatos misteriosos de la zona se originan en este tipo de construcciones.

— ¿Y por qué suponen que El Peludo vive o vivía en los túneles?

Adrián: —Y, porque si la criatura, como cuentan, es el ucumar, el ucumar vive en cuevas. En la montaña vive en cuevas…

— ¿Un oso de anteojos por acá? Es imposible.

Adrián: —Acá puede que haya venido… La teoría es que en época de inundaciones, en camalotes, pudo haber llegado (como algunos pumas) una criatura de esas. ¡Está desde la década de 1970!

No dije nada.

Alba volvió a insistir con los relatos que, dijo, circulaban sobre el lobizón desde los años ’70. Y que, incluso, se habían organizado puebladas en Villa Elisa y City Bell, para correrlo.

—A principios de los 2000, eso lo leí en los diarios. En una nota se decía que una mamá tuvo que sacar a su hijo (sin decir el lugar) porque padecía de una enfermedad que no lo dejaba crecer y tenía todo el cuerpo cubierto de pelo. Vivía en un lugar discreto del conurbano y como lo descubrieron y corría peligro la vida del hijo, se lo llevó a Entre Ríos. ¡Yo lo leí! —Tomó aire y continuó: —Hablando con Héctor Ortiz, él me decía que hay testimonios que apuntan a que los ucumares copulan con humanos. Y Adrián tiene una teoría.[14]

Adrián: —Sí… Acá, el Parque, tiene todo un cordón hortícola (quintas), y años atrás venía mucha gente de Salta, de Bolivia. Ahora también hay. Pero antes venían más…

Alba; —Vienen de todo el norte. En la escuela donde trabajo paran chicos de las familias que vienen como “golondrinas” a las cosechas. Es una escuela que está para eso.

Adrián; —Entonces, mirá si una mujer que vivía en Salta, o en Bolivia, vino embarazada de esa criatura y lo tuvo acá…

Alba: —Yo se lo dije a Héctor y me dijo que no es descabellado. Lo que pasa es que, ciertas cosas, no las podés decir.

Adrián: —Hay una película del ucumar, no sé si la tenés… ¿Viste cómo termina?

—Es pura ficción.

Alba: —Sí, bueno, pero es una de las teorías también.

—A ver, intento ser racionalista. En buen castellano, ¿qué mierda creen que es “eso”? ¿La hipótesis que tienen es que esos bichos pueden estar y salir de los túneles?

Alba: —El túnel del lago del country está.  Acá la tenés [me la muestra pero a fuer de ser sincero no se veía gran cosa]. Es la entrada principal. Habíamos sacado fotos de los cuatro ramales, pero ¡se nos velaron! ¡No puedo creer las cosas que nos pasaron! Hay ciertos lugares en que las fotos se te velan. Esta que te mostré es una foto de una foto que digitalicé. Mirá, si vos buscás el programa “Misterios de Villa Elisa”, hay una filmación de unos ciclistas que se meten por todos lados, por senderos nuevos, y se ve que encontraron una de las entradas. Un túnel. Y se metieron. Son grandes y están adentro del monte.

— ¿Ubicaron ustedes el lugar?

Alba: —No, todavía no. Pero tenemos testimonios de entradas a los túneles en la costa del Río de la Plata. Van desde acá y atraviesan todos los campos. ¿Por qué? Porque parece que los Pereyra se dedicaban al contrabando. Mi antiguo jefe de guardaparques decía que él había entrado en esos túneles. Contó que, llegado un momento, se llenan de raíces. Ha estado en los túneles. Nosotros tenemos la certeza. Yo tengo la certeza…

—Volviendo al tema de El Peludo, desde hace veinte años que no se sabe nada de él…

Alba: —No, de él no. Pero sí de otras apariciones. Y a algunas las hemos podido registrar.

Mantuve el mutismo.

Adrián: —En 2005, más o menos, yo estaba con el tío de ella…

Alba: —…vivíamos en una casa en medio del monte. Cerca de la casa de la viejita de la que te hablé.

Adrián: —Yo tenía una coupé Taunus a la que se le había roto el embrague y estaba con el tío de ella, que era mecánico, él sentado en la escalerita de la casa cebándome mate. Teníamos como treinta perros por entonces, yo estaba debajo de Taunus, centrado en la caja de cambios y, de pronto, siento un ruido [golpeó la mesa con ambas manos, in crescendo] pesadísimo. Una cosa pesada… Los perros salen todos a correr. Miro y cuando veo (no me vas a creer), dos piernas grises corriendo.

— ¿Cómo “dos piernas grises”? Ah, claro, desde abajo del auto  alcanzaste a ver eso…

 Adrián: —No… Y el tío de Alba me dice: “¿Viste eso? ¡Dos piernas corriendo!”

—¿Dos piernas solas?

Adrián: — ¡Dos piernas solas corriendo! Altas, como de dos metros de altura. Era pleno día. No era de noche. ¡De día! ¿Entendés? Y las vieron los perros, que las corrieron hasta el alambrado, en el que había una enredadera y “Eso” la traspasó. La casa está rodeada de monte. Las piernas salieron de una punta del monte, corrieron por una parte descampada (que teníamos toda cortadita) y atravesó todo. ¡Y el ruido! “tuc, tuc, tuc, tuc”…

Yo me quedé sin palabras, sorprendido. Recordé que era 28 de diciembre y esperé que en algún momento me dijera que todo eso era una broma. Pero, no…

Adrián: — ¡Atravesó la enredadera! O sea, la vieron los perros, la vio el tío y la vi yo. ¡Dos piernas grises! Piernas sin pelos… —Se detuvo un instante y aclaró: —Después, investigando, me enteré que le dicen nightcrawler, “el vigilante nocturno”.[15] Pero lo vimos de día. Mirá, yo era una persona incrédula hasta que vi eso. Algo hay.

Alba; —Bueno, después también está la filmación del duende y la aparición de la virgen.

En mi fuero interno me estaba convenciendo de que todo eso era una soberana cargada, pero me mantuve incólume, hierático. Sin modular una sola palabra.

FINAL DE RECORRIDO

Hace unos cinco años se viralizó por internet un video casero, grabado en uno de los senderos del Parque Pereyra Iraola, en el que se puede observar a un grupo de personas haciendo footing. Nada fuera de lo común. Pero hacia el final de la grabación, cuando la última corredora pasa por delante de la cámara, detrás de ella, a unos cuantos metros de distancia, se ve una silueta pequeña y tambaleante que cruza el camino de tierra. [16]

Cuando Alba y Adrián me lo mostraron por el celular, no demoré un segundo en decir que lo más probable es que hubiera sido un niño. Un simple niño, de los muchos que debería haber habido ese día disfrutando de la naturaleza, cruzando el sendero con un palito en la mano. Pero los guardaparques rechazaron una interpretación tan pedestre.

¿QUÉ ES ESTO? Fotos ampliadas del video en cuestión.

Según el análisis que ellos habían hecho del video, aquello era un duende captado en el sector de máxima reserva de conservación, a la que suelen ir muchos deportistas. El ser, según la guardaparque, “tenía una cabeza muy rara y brazos como si fueran ramas. Con articulaciones diferentes. No es como nosotros. Una cosa extrañísima”, sentenció.[17]

Inmediatamente, Adrián complementó aquellos dichos con una historia que, recordaba, había ocurrido unos quince años atrás.

Adrián: —Estábamos en el monte haciendo una ronda, dándole una charla a unos chicos de unos doce o trece años de la Agrupación Martín Fierro, y mientras Alba y Pedro hablaban siento detrás de mí algo que se mueve y el pibe que estaba a mi lado dice: “¡Un bebé!” Y al girar veo una cosita chiquitita, como un bebé en pañales, corriendo, que se metió atrás un árbol. Cuando fuimos a ver no había nada. Era de día. Lo vimos perfecto los dos.

Pero como el mundo es un infierno de interpretaciones, no faltan en la Red quienes afirman que el “duende” del sendero en verdad es un fantasma. El fantasma de la hija del antiguo propietario del inmenso predio, don Leonardo Higinio Pereyra Iraola, asesinada, según cuentan, cuando tenía solo cinco años de edad, a principios del siglo XX, tras haber sido secuestrada y pagado su rescate. Un drama familiar que ha dado pie a numerosas historias espectrales que circulan en la zona.[18]

Pero faltaba otro evento anómalo por escuchar.

Alba: —En el año 2014 estábamos trabajando acá y se venía una tormenta terrible. Fue un sábado. Se puso negro y se pronosticaba lluvia y piedras. Entonces pasamos para este sector a los caballos, que estaban en el campo, porque se ponen como locos con las tormentas. Se largó de golpe y nos agarraron las piedras. Cada uno de los guardaparques corrió a refugiarse en donde pudo. Yo me fui corriendo a mi casa y Adrián también. Se puso negro como de noche y, cuando abro la ventana para ver cómo estaban los caballos (que debimos guardar en las caballerizas), los veo tranquilos. Al rato se calmó todo. Dejaron de caer piedras y, por la ventana abierta, veo un brillo y le digo: “¡Adrián, vení, está la virgen arriba de un árbol! ¡Traé el Nextel y sacá una foto!” Sale él y lo registra. No le contamos a los otros compañeros hasta mucho más tarde porque nos habíamos quedado como en un estado de paz, de trance. No pudimos precisar el tiempo en que estuvo ahí. Fue todo como medio atemporal. ¡Tenía luz propia! Y miraba para el lado el que venían las tormentas! ¡Era una persona suspendida ahí arriba! ¡Se le ve hasta el color de la piel y un cinturón!

Y me mostró las fotos.

“LA VIRGEN”. Imagen captaba por los guardaparques Alba y Adrián en la Base de Pereyra.

Con absoluta honestidad intelectual les dije, entre risas, que iban a necesitar más que unas fotos borrosas para convertir a un ateo con más de cincuenta años de práctica.

Y Alba, con esa gentileza que la caracteriza, respondió sonriendo:

—No, no, no, para nada. Mirá, lo que pasa es que si en este lugar está una persona que no cree, deja pasar todas estas cosas. Nosotros creemos en todo. Somos re-curiosos, re-investigativos. Adrián es el más incrédulo de todo el equipo. Analiza todo hasta último momento, hasta que no le encuentra más explicaciones…

Terminada la larga charla, con Pedro al volante, nos llevaron a recorrer en camioneta gran parte de esa verdadera selva bonaerense.

IMAGEN AL AZAR. Tomada en Parque Pereyra Iraola durante el recorrido.

¿Qué extraña “energía” existe en esas diez mil hectáreas de monte que conforman el Parque Pereyra Iraola? ¿Es posible que por sus senderos y corredores arbolados deambule un homínido relicto, enorme, negro y peludo, amenazando con secuestrar a las personas? ¿Resulta lógico especular sobre el posible hábitat de la criatura en las profundidades de secretos túneles nunca encontrados ni certificados por nadie? ¿Y qué decir de las sombras, fantasmas, duendes, espíritus en pena y apariciones místicas que se cree son visibles dentro del gigantesco predio? ¿Es acaso el Parque Pereyra Iraola una Disneylandia de fenómenos anómalos? ¿Un nuevo Rancho Skinwalker? ¿O estamos ante un caldero de fantasías capaz de interferir nuestra psique, al punto de ver gnomos, nightcrawlers y enanos corriendo en pañales?

En principio, todos los testigos dicen ser escépticos. Que tratan de mantener la cabeza fría. Que buscan ser objetivos en sus apreciaciones para, después, cuando los carbones del fogón se tornan blancos, defender a capa y espada los testimonios más inverosímiles. Aun así, en primera instancia parecieran no mentir, al menos conscientemente. Pero, ¿hasta qué punto es factible aceptar sin más las historias que circulan? ¿No hay otras explicaciones alternativas? Siempre las hay. Pero Guillermo Occam muere en el medio del bosque. Su herencia fenece y la razón no encuentra los meandros por donde escurrir convincentemente (al menos para los materialistas). Las dudas se corporizan y una lucha interna, en la que se enfrentan la emoción con lógica, te quita el sueño. Al menos por algunos días. Porque, aun soñando, nada cierra. Aceptar la realidad alternativa de aparentes testigos calificados es el camino más fácil, pero no resuelve las dudas ni satisface al espíritu crítico. Negar los sesgos, propios y ajenos, es el camino equivocado.

¿Llegaremos a saber con certeza qué vieron todas estas personas? Lo dudo, aunque tengo mis propias “sesgadas” respuestas.

Movilizarme por parte del país buscando “misterios” y pensando soluciones (que a muchos no satisfacen y no lo harán nuca) me divierte. Me llena de adrenalina. Me generan dudas y todo ello, a pesar de mi edad, me mantiene joven.

Buenos Aires, noviembre de 2025

FJSR


(*) Profesor en Historia por la Facultad de Humanidades de la UNMdP (Argentina).

REFERENCIAS

[1] Véase. Cabria, Ignacio, Así creamos monstruos. Las leyendas del yeti, el chupacabras y otros seres de la criptozoología, Ediciones Luciérnaga, Barcelona, 2023, pág. 192.

[2] Véase: Bartra, Roger, El Salvaje en el Espejo, Editorial Destino, Barcelona, 1996.

[3] Véase: David, Guillermo, “Los demonios de las pampas” en Bestiario Nacional- Criaturas del Imaginario Argentino, Biblioteca Nacional Mariano Moreno, Buenos Aires, 2023, pp. 5-6.

[4] Op.cit. pág.6.

[5] Véase: Resines, Javier, Criptozoología en España. Disponible en web: https://criptozoologos.blogspot.com/

[6] Véase; La Kolchakización de la realidad. Disponible en la web.

[7] Véase: Boia, Lucien, Entre el ángel y la bestia. El mito del hombre diferente desde la antigüedad a nuestros días, Editorial Andrés Bello, España, 1997, pp. 219-250.

[8] Véase del autor: La Bestia de Berazategui. Leones y grandes gatos fantasmas (2018). Disponible en la web.

[9] Véase: Entrevista a Alba Ale en Ucumar Metán Salta. Disponible en la web.

[10] Nota: Transcribiré las respuestas de los entrevistados sin alterar una sola palabra. Archivo del autor.

[11] Nota: En un reportaje que le hiciera el Grupo Ucumar Metán Salta, Alba informa que es nacida en esa provincia y criada en Buenos Aires. Teniendo un padre salteño (como señala) no es de extrañar que estuviera previamente empapada de la leyenda del ucumar. Por otra parte, cuando Héctor Ortiz le muestra la maqueta del ucumar (confeccionada por el grupo), la guardaparque afirma: “Así fue lo que vi yo, tal cual. Pero negro. Con esos brazos…” (minuto 37 del programa).

[12] Nota: Para la historia e historiografía sobre la realidad y fantasía de los túneles recomiendo la lectura del excelente libro escrito por el arqueólogo Daniel Schávelzon, Arqueología Histórica de Buenos Aires, Túneles y construcciones subterráneas de Ediciones Corregidor, 1992. 

[13] Véase video en YouTube. Disponibles en la web, video 1 y video 2.

[14] Nota: Sobre las muchas fantasías que circulan desde hace siglos sobre las posible hibridaciones entre el ser humano y otras especies véase el artículo de Javier Resines (Anica, la hija del orangután) disponible aquí.

[15] Googleando encontré este video sobre esos extrañísimos seres nightcrawler. Las coincidencias con lo relatado por el guardaparque es digno de tener en cuenta. Disponible en la web. Hay otro (re-trucho) publicado en Tik Tok. Finalmente me topé con un streaming de misterios —de los que abundan por la red— titulado La leyenda de losnightcrawler explicada. Disponible en la web.

[16] Véase el video aquí.

[17] Archivo del autor.

[18] Véase: La trágica historia de los Pereyra Iraola y la leyenda de la virgen robada. Disponible en la web. Otras historias de fantasmas en el Parque pueden escucharse aquí.

RELACIONADAS

El que prescribe

Alejandro Agostinelli, editor de este blog, es periodista desde 1982.

Fue redactor de las revistas Conozca Más, MisteriosEnciclopedia Popular Magazine Gente, y de los diarios La prensaPágina/12. Fue uno de los impulsores de la Fundación CAIRP y escribió y asesoró a la revista El Ojo Escéptico. También fue productor de televisión en Canal 9 y América TV. Fue secretario de redacción de las revistas de divulgación científica Descubrir NEO y fue editor de una docena de colecciones de infomagazines para la revista Noticias y otras de Editorial Perfil. Últimamente ha colaborado en las revistas Pensar, publicada por el Center For Inquiry Argentina (CFI / Argentina), El Escéptico y Newsweek.

Fue creador del sitio Dios! (2002-2004) y del blog Magia crítica. Crónicas y meditaciones en la sociedad de las creencias ilimitadas (2009-2010). Es autor de Invasores. Historias reales de extraterrestres en la Argentina (Random House, 2009).

Asesoró a Incoming, el noticiero de Canal Infinito (2009-2011) y escribió la columna Ciencia Bruja en Yahoo! Argentina y Yahoo! español (2010-2012). Asesoró a las productoras SnapTv y Nippur Media en la producción de documentales históricos y científicos para NatGeo (2011-2013).

Contacto: aagostinelli@gmail.com
Alejandro Agostinelli en Twitter
Alejandro Agostinelli/Factor 302.4 en Facebook
+ info sobre el autor, Wikipedia en Español
+more info about Wikipedia English