Safari de un investigador escéptico en la yunga salteña documenta la asombrosa reinvención del monstruo.
Fernando Jorge Soto Roland se adentró en las selvas de Metán tras las huellas del legendario críptido y atestiguó un hito cultural: la bestia ya no es el «violador del monte» sino un protector armónico del ecosistema.
El relato de la búsqueda coincide con una noticia: el proyecto de un grupo de criptozoólogos amateur, que intenta poner en valor al legendario animal como patrimonio intangible, consigue el respaldo del poder político local y provincial. Y una pregunta: ¿Es menos escéptico el historiador que cede a la fascinación del fenómeno y acepta sin prejuicios una expresión cultural?
Por Fernando Jorge Soto Roland *
En julio de 2025, después de muchísimos años de espera y sin pisar la selva desde 1998, me introduje con mi esposa Verónica en la yunga salteña. Así, cumplía un sueño largamente añorado: ser parte de una “incursión criptozoológica” en pos de un monstruo que, desde hace siglos, según parece, circula por el noroeste argentino. La tradición oral nos habla de una criatura peluda, de gran altura, bípeda y con rasgos humanoides, conocida con el nombre de Ucumar. Un ser misterioso, no catalogado por la zoología, que desde las altura del Perú hasta Argentina ha generado relatos de todo tipo y adoptado distintos comportamientos según la época y el lugar. Un Bigfoot vernáculo, elusivo, que muchos aseguran haber visto e interactuado con él, alimentando relatos en los que la fantasía y la realidad se mezclan, generando dudas difíciles de despejar; máxime cuando se recorren esas inmensidades selváticas en las que, un hombre de ciudad como yo, se aleja de su cotidianeidad y entra en contacto con una cosmovisión diferente en la que se crió y formó.
ENCLAVE EN LA YUNGA DE METÁN, SALTA. Aquí tuvo lugar un avistamiento del Ucumar.
En Metán, provincia de Salta, la gente convive con entidades que habitan fuera de la realidad material. Los milagros del universo católico, protagonizado por santos y vírgenes de todo tipo, se entreveran con duendes, seres elementales de la naturaleza, mulánimas, fantasmas y ucumares; componiendo una sinfonía mágica, en la que muchos creen. Una matriz cultural que condiciona y moldea la forma de ver e interpretar el mundo. Los sesgos de confirmación están a la orden del día y la selva, en especial, se convierte en la inmensa pantalla donde todos proyectan sus creencias; transformando a la yunga en lo que siempre han sido las selvas y los bosques en todas las tradiciones: un convulsionado y efervescente caldero del imaginario social.
Viajar a Metán fue como sumergirme en un mundo que había olvidado desde hacía casi treinta años, cuando con un colega y amigo organizamos una expedición a la yunga peruana en pos del Paititi y la ciudad incaica de Vilcabamba La Vieja.[1] Antiguos fantasmas reaparecieron y los peligros de una selva viva, con conciencia, a la que hay que pedirle permiso para entrar y poder salir (caso contrario “te cierra el paso”, corriendo el riesgo de no encontrar el sendero adecuado para regresar a casa) volvieron a reeditarse con su condimento de adrenalina y misterio.
ADRENALINA Y MISTERIO SURREAL. Carteleras del film EL UCUMAR dirigido por Octavio Revol Molina (2023)
No era la primera vez que me relacionaba con el Ucumar. En 2016, a raíz de una serie de notas periodísticas, aludiendo a toda una serie de avistamientos de la criatura, escribí un pequeño artículo sobre el tema.[2] La buena fortuna quiso que ese trabajo inspirara al director de cine cordobés Octavio Revol Molina a filmar en 2022 la película El Ucumar, trabajo éste que puso sobre el tapate nacional (ya no solo regional) la posible existencia del elusivo ser.[3] Y como una cosa lleva a la otra, en 2024 recibí la invitación de participar en una charla por un canal de YouTube, Ucumar Metán Salta [4], conducida por Héctor Ortíz y Carlos Luna. Dos entusiastas investigadores amateurs salteños que tuvieron la deferencia de estimularme a participar en una breve expedición por las yungas del norte argentino, cumpliendo así la postergada ilusión.
EL UCUMAR, TRAILER. Octavio Revol Molina (2022).
UCUMAR METÁN SALTA. Junto a los responsables del principal canal temático de YouTube en Metán, Salta. De izquierda a derecha: Héctor Gabriel Ortíz – Logo del canal – Carlos Luna.
Con varios meses por delante para concretar el viaje a Metán, y a sabiendas que detrás de la leyenda del Ucumar se perfilaba la presencia de un animal real con el que había tenido un contacto indirecto en la selva peruana en 1998 —el oso andino u oso de anteojos—, me puse en contacto con un prestigioso naturalista y museólogo argentino, Claudio Bertonatti, con el que había compartido un mismo espacio universitario hacía ya varios años. Fue él quien, a su vez, me conectó con uno de los mejores especialistas en el tema, el biólogo salteño Fernando Del Moral, con quien entablé una sólida y muy interesante amistad.
Del Moral lleva años investigando al oso andino. Ha realizado innumerables expediciones en la yunga argentina y boliviana buscando —y encontrando— evidencias materiales sobre la presencia de ese úrsido en suelo salteño y echando por tierra aquellas viejas opiniones que sostenían la inviabilidad de hallar al animal en territorio nacional (esa era mi opinión en 2016, siguiendo un trabajo que ha quedado desactualizado).[5]
Mi encuentro con Fernando en Metán, y más tarde en Salta capital, resultó muy fructífero, en especial por compartir una mirada científica sobre el tema; desprovista de cualquier condimento folclórico o sesgo derivado de los omnipresentes relatos locales. También coincidimos en el alto valor cultural y patrimonial que tienen las leyendas del Ucumar en el ámbito de lo intangible y en la construcción de identidades locales. Las leyendas, como bien señaló Bertonatti,
forman parte de la literatura oral y ésta del patrimonio espiritual de los pueblos. (…) En ellas, la precisión pasa a un segundo plano para ceder todo su protagonismo a su intención moralizante. Porque en los tiempos en los que no había leyes había leyendas que, de algún modo, cumplían con pactar conductas buenas”.[6]
EN BUSCA DEL OSO ANDINO. De izquierda a derecha: Claudio Bertonatti – Fernando Del Moral– El autor junto a Del Moral en Esteco (Salta).
Sorprendentemente, en la yunga me topé con ese mismo y ancestral proceder. Y aunque los tiempos cambien, y las circunstancias que moldean las interpretaciones que se han dado del comportamiento de la bestia se ajusten a circunstancias diferentes, el discurso moral sigue presente. Hoy el Ucumar está reconvirtiéndose en un protector de la naturaleza. Una entidad ecológica más afín a las problemáticas medioambientales de nuestros días, y un tanto ajena al del depredador sexual que aparece en los relatos más antiguos (sin desprenderse, aunque de diferente forma, del citado componente moralizante).
La generosa invitación a indagar “en vivo y en directo” el misterio, recorriendo los escenarios de los supuestos avistamientos y charlando con algunos de sus protagonistas, resultó ser una experiencia fructífera en más de un sentido. Estimulante, emocionante y también desconcertante.
¿Con qué me encontré? Con una yunga escalofriantemente bella. Silenciosa. Verde. Enmarañada. Repleta de recovecos y senderos que parecen conducir a lo desconocido. Un espacio que se presenta como inexplorado, aunque sea una falsa percepción. Muchas personas habitan el sitio. Lo recorren a diario, a pesar de los múltiples peligros. Insectos, víboras, leones (pumas), chanchos salvajes y, claro, ucumares, entre otros.
PAISAJES DE LA YUNGA. Metán, Salta.
Allí estaba la yunga. Gigantesca. Inabarcable, incólume. Dispuesta a despertar la imaginación, consiguiendo que el forastero comulgue, al menos por un tiempo, con ese extendido sistema de creencias en el que la fantasía se solapa, como las tejas españolas, sobre la realidad positiva –siempre menos romántica que las emotivas descripciones que se hacen de ella. El patrimonio intangible de la selva parecía volverse concreto a través de las historias protagonizadas por monstruos y seres extraordinarios, relatadas en primera persona. Claro que siempre fui consciente de que la ciencia no se escribe con anécdotas y que la memoria es más que adaptable cuando lo relatado ocurrió hace ya mucho tiempo.
En un contexto donde se mezclan la indefinición y la ambigüedad con la niebla, la espesura y el secreto, vive el Ucumar; instando a que una cosmovisión premoderna, mágica y fantástica se acomode fácilmente, en un clima de acentuada religiosidad y en el que el animismo también está presente, otorgándole a los árboles, a las montañas y las cosas en general, intenciones difíciles de captar por quienes venimos de otras latitudes culturales. “En estas selvas habita el diablo”, me dijo convencido un lugareño, tras persignarse sin captar mi total escepticismo.
El deseo de ver cosas misteriosas contribuye enormemente a verlas; y en un escenario como el descripto, en el que los volúmenes se sobredimensionan y los claroscuros están a la orden del día —se mire hacia donde se mire— las pareidolias encuentran un paraíso donde germinar. Así, pues, entes feéricos, como duendes, hadas y demás “seres sabios del bosque”, suelen ser identificados sin demasiados problemas; y asociados, en los últimos tiempos, con entidades de origen extraterrestre. Porque hasta la ufología ha asentado aquí sus reales, desde hace un buen tiempo.
EN EL CAMINO. Yendo hacia San José de Metán.
VOLVER A LA YUNGA
El punto de partida fue la muy conservadora y devota capital salteña y tomamos rumbo hacia San José de Metán el 24 de julio de 2025 en un remise contratado un día antes, a instancias de Héctor Ortíz. Es la manera más segura, cómoda y rápida de recorrer los 134 kilómetros que separan a ambas ciudades y advertir cómo el paisaje va cambiando a lo largo del trayecto, volviéndose más y más húmedo, exuberante, verde y poblando de vegetación cerrada los cerros y cordones montañosos que pasan a un lado y otro de la Ruta Nacional 9.
Estaba nublado, hacía frío y era una mañana gris, triste. Pero nuestros corazones latían emocionados por el entorno en el que nos sumergíamos con cada kilómetro recorrido. Las yungas se enseñoreaban imponentes, conquistando los cuatro puntos cardinales, en tanto Verónica trataba de sacarle información al conductor, que coqueaba constantemente, teniendo su acullicu instalado contra la mejilla izquierda. No recordaba que esa costumbre estuviera tan extendida en nuestro noroeste y, en un primer momento, pensé que sufría de una infección odontológica. Me compadecí de él, pero a poco de partir reconocí que estaba equivocado. De a ratos se quitaba de la boca pequeños pedacitos de hojas húmedas, depositándolas en una bolsita que colgaba del volante. Mascaba casi imperceptiblemente su bolo de coca, sin que ese proceso —usado para extraer los alcaloides de la sagrada hoja— le impidiera hablar con claridad. Estábamos en el área de influencia del antiguo imperio incaico y sus ancestrales prácticas aún vivían en la dieta, en la lengua (quechua) y en las creencias locales. La cultura andina se asomaba a cada paso que dábamos.
Ante la obligada pregunta sobre la existencia del Ucumar, el chofer, nativo de Metán, expresó sin dudar:
He escuchado muchas historias. Una de ellas ocurrió en la localidad de Río Piedras, cerca de Metán. Desde ese río y por senderos que hay a través de los cerros se llega al Crestón, un pico alto y aislado en donde se dice vive el Ucumar. Ahí, un baqueano, un hombre, quedó mudo cuando se vio con el bicho. ¡Quedó mudo del susto! Después, cuando se recuperó, toda la gente le hacía burla y él se tuvo que venir a vivir a Salta (capital) porque era el hazmerreír. ¡Quedarse mudo! No te quedás mudo por una boludez… Ahora, yo digo que si hay un Ucumar tiene que haber una ucumara. Tiene que haber descendencia… No puede ser uno solo. Si quieren saber más tienen con contactarse con Carlos Salamaka. Él es un baqueano que conoce el monte como la palma de su mano. Pregunte por él. Le va a saber dar mucha información”.[7]
Llegamos a destino hacia el mediodía. Dejamos el equipaje en el Hotel La Delfina, justo frente a la estación de trenes, y partimos al encuentro de Ortíz y su grupo de investigación: “Ucumar Metán Salta” (GUMS).
Con Héctor manteníamos contacto vía WhatsApp desde hacía meses, cimentando una amistad a distancia basada en la honestidad intelectual más descarnada. Yo sabía y respetaba su creencia en la criatura y él conocía mi escepticismo. Hablábamos desde dos perspectivas diferentes y a pesar ello nos entendíamos a la perfección. Su generosidad y don de gente nos abrió todas las puertas posibles en su Metán natal. Desde la radio (en la que me hicieron un reportaje por demás elogioso), hasta el contacto con las autoridades municipales, historiadores y personalidades de la cultura del lugar.
San José de Metán (Salta)
Héctor es comerciante, estudia arquitectura y ama a su pueblo, sus tradiciones y leyendas. Es el creador del GUMS que, desde el 2018, reúne todos los testimonios a su alcance sobre avistamientos de la criatura en la región. Pero no está solo. Su tío, el fotógrafo profesional Carlos Luna lo acompaña casi desde el inicio, demostrándonos también él su afabilidad, sencillez y una honradez encomiables. Nunca terminaré de agradecerles la logística que puso a nuestra disposición y la excelente disposición que ambos manifestaron al entablar relación con alguien que no comparte sus creencias. Creo que en eso reside la fortaleza del Grupo Ucumar: estar abierto a la discusión, al debate y a la posibilidad de escuchar voces discordantes a las propias.
A poco de reunirnos advertí que el GUMS era en realidad una asociación familiar, compuesta por su fundador (Héctor), su tío (Carlos), dos hijas del señor Luna (Paola y María Laura) y Raúl Alberto Barceló (esposo de Paola, empresario agrícola de renombre y encargado de los traslados que el grupo está obligado a hacer a un lado y otro de la región). Además, poco más tarde supe que María Laura (la hija menor de Carlos Luna) estaba casada con el mentado baqueano llamado Carlos González (alias Salamaka). Es normal que en una población de cuarenta mil habitantes, todos se conozcan y relacionen con todos (no siempre sin conflictos, claro, como ya veremos).
HAY EQUIPO. De izquierda a derecha: Héctor Ortíz, Raúl Barceló, Paola Luna, Carlos Luna, Fernando Soto Roland, Fernando Pequeño y Fernando Del Moral.
Ya en Metán —nombre que procede de la voz de la etnia lule (mepao) y que significa “pueblo de la miel”—, Héctor y Carlos nos hicieron una breve guiada turística por el casco urbano, llevándonos a conocer sus plazas, monumentos, iglesias y casona históricas, antes de almorzar en un restaurante ubicado a la vera de la Ruta 9, y cerca del inicio de la yunga local. Resultó en verdad muy práctico desplazarse unos pocos cientos de metros para ingresar en la selva salteña. Lo que en el Perú me había llevado días, en San José De Metán lo hicimos en apenas minutos.
Dejamos el auto frente a una de las últimas casas que se levantaba sobre la calle que conducía al sendero selvático. Nos calzamos las mochilas; preparamos los celulares para captar todo fotográficamente y tras rociarnos la ropa con cipermetrina diluida en agua para evitar el ataque de insectos, dimos los primeros pasos en las tierras del Ucumar. Eran las 14 horas, estaba fresco, nublado y con visos de una pronta tormenta, que finalmente no llegó hasta cuarenta y ocho horas después, impidiéndonos, desgraciadamente, volver a la selva.
Conocido como “El camino de los Laureles”, el recorrido se inicia por un sendero de tierra jalonado por árboles, algunos gigantescos, y una flora autóctona que, a poco de andar, acojona (como dicen los españoles) a todo aquel transeúnte sin el hábito de moverse en un entorno casi salvaje. Y digo “casi” porque, a fuer de ser sincero, la cercanía del pueblo y la evidente presencia antrópica en la zona, visible en algunas que otras viviendas aisladas, son una clara señal que de “virgen” ese sector de la yunga tiene muy poco. Aun así, basta con salirse de la huella principal para entrar de lleno en un territorio en el que se vuelve necesario tener un machete bien afilado para avanzar. La yunga puede volverse traicionera sin recaudos. Incluso Héctor, nativo del lugar y acostumbrado a moverse por el sitio, me confesó haberse perdido por horas más de una vez.
PORTAL VERDE. Zona de acceso a la yunga metanense
La selva es así. Si no la respetás puede que te retenga y no te deje salir. Por eso siempre hay que solicitar el conveniente permiso a la Pachamama antes de entrar”, dijo Héctor.
Sin persignarme, como él lo hizo, me dejé llevar a lo largo de las siguientes cuatro horas por el absoluto silencio que reinaba, levemente interrumpido por nuestras charlas, comentarios y pasos. Me resultó imposible no rememorar lo que había escrito hacia tres décadas, mientras exploraba la jungla peruana:
En la selva se vive, se lucha, se mata y se muere en silencio”.
Ni siquiera se oía el canto de los pájaros. Era como haber ingresado en un cámara de vacío, rodeada de un follaje exuberante que convertía todo el entorno un la zona liminal, más que propicia para que germinen allí las leyendas. No en vano, Octavio Revol Molina filmó algunas de las escenas de su película El Ucumar en esa misma parte de la yunga.
Miles árboles con troncos retorcidos, cubiertos de musgo, se asomaban por doquier, requiriendo mi más absoluta atención y admiración. No era para menos: en Metán la naturaleza se impone con fuerza, llevándonos a querer fotografiar todo, a sabiendas de que ninguna de esas fotos reflejarán su apabullante y numinosa belleza. Es imposible sustraerse de su poder. No en vano, antes de que la secularización impusiera sus premisas, selvas y bosques eran sitios sagrados y cada árbol un motivo de adoración.[8]
De a ratos, un tupido dosel vegetal parecía custodiar nuestro andar. El ambiente se volvía más fresco, ya de por sí frío dada la época invernal; único momento del año en el que es posible internarse en la yunga ya que, iniciada la temporada húmeda (en primavera), los caminos se vuelven intransitables y el riesgo de intempestivas crecidas de ríos y arroyos impide el ingreso (o salida) de ella. Habíamos llegado en el momento adecuado del año. De todos modos, el mal tiempo de los días que siguieron me dejaron un sabor amargo y el incontenible deseo de explorar más y mejor la mítica región.
Finalmente, tras algunas horas de caminata, llegamos al sitio al que Héctor y Carlos me querían llevar: un colosal árbol de laurel, de unos 6 metros de diámetro y más de 300 años de antigüedad, en el que se habría producido, varias décadas atrás, un conocido avistamiento de la huidiza criatura.
BICHO A LA VISTA (O) AQUÍ SE VIO, HAN DICHO. El Laurel Grande. Otro sector de la selva «donde el Ucumar perdió el poncho».
A unos 1500 metros sobre el nivel mar, en una zona que técnicamente se encuentra a medio camino entre la selva montana (de los 700 y 1500 msnm) y el bosque montano (de los 1500 a 2000 msnm) se levanta el conocido Laurel Grande. Un verdadero mojón natural ubicado a 3 kilómetros del pueblo de Metán y en el que, según el GUMS, sería una de las zonas en la que habitualmente suelen verse ejemplares de Ucumar.
IDENTIKIT DEL CRÍPTIDO. Algunas representaciones del Ucumar.
El caso que nos convocaba en el sitio había tenido como testigo al señor Toti Ruiz (de 74 años de edad en 2024), un metanense radicado en Entre Ríos que desde niño solía recorrer el Camino de los Laureles, ya sea con amigos o bien solo. Según su testimonio, en el canal de YouTube de Héctor, estando en solitario sobre una de las gruesas ramas del laurel grande sintió fuertes pasos provenientes de la espesura. Cuando eran las dos o tres de la tarde, creyó que estaba ante una vaca. Pero se equivocaba. Segundos más tarde, una criatura bípeda, alta, de unos 1,80 metros y con ojos medio rojizos (“no como los de una fiera, sino como los de una cosa normal”) hizo acto de presencia. Era de color amarronado. Con pelos finitos y largos en la cabeza, y cortos en el resto del cuerpo. El pequeño Toti se asustó y se tiró del árbol. Ya en el suelo agarró una piedra. Tenía al supuesto Ucumar a solo dos metros de distancia. Entonces, le lanzó el improvisado proyectil que, al chocar contra su pecho, hizo un ruido “como cuando se golpea un cuero seco”. Acto seguido, el muchacho salió corriendo, perdiendo una de sus alpargatas en el camino.
Dijo que en ningún momento el ser quiso agredirlo y que, al sentirse amenazado, levantó sus brazos mostrándoles las palmas de la mano, como diciendo “no te voy a hacer nada”; pero el niño no esperó a saberlo. Huyó como un rayo en dirección a su casa. Ya a resguardo, se metió bajo la cama. Fue cuando la madre lo encontró acurrucado. “Estaba como jorobado, tenía un ojo hundido y el otro salido para fuera como un huevo”, se describió a sí mismo Toti. Llamaron al médico y éste sugirió que lo hiciera curar del “susto”. Así las cosas, lo llevaron a un curandero, quien lo sanó en menos de cuarenta y ocho horas.[9]
¿Qué evidencias concretas permiten certificar este suceso? Ninguna. Sólo tenemos una historia más, como de las muchas que circulan y seguirán circulando. Apenas un relato vertido en un canal de internet especializado en la temática. Un tópico convocante que atrae a miles de creyentes dispuestos a dejar sus testimonios. A la gente le gusta protagonizar sucesos importantes y ser parte de la historia. Una historia, por otro lado, sin siquiera fechas precisas. Un hombre de 74 años (en 2024) que a sus 8 años de edad, aproximadamente, cuenta haber visto a la criatura más de seis décadas antes. Sin más datos resulta imposible aseverar que lo que dice haber visto es lo que vio. La memoria suele jugarnos malas partidas, sin que ello signifique que el testigo esté mintiendo conscientemente. Una vez más, el misterio queda indemne, como marca la tradición.
Recorrí la zona del Laurel Grande durante largos minutos. Los angostos senderos que conducen a la espesura de la yunga, apartándose del camino principal, muestran lo intrincado que resulta el terreno. Basta con levantar la cabeza y otear el panorama para reconocer la inmensidad de esa selva. Por otra parte, los cerros vecinos, todos ellos cubiertos de densa vegetación, y que semejan de lejos borbotones de hojas y ramas compactas, recrean el escenario ideal para que las historias fantásticas proliferen. Entiendo perfectamente la disposición a creer en ellas que los lugareños (y no lugareños) tienen.
Regresamos a Metán al anochecer. Quedaban pocas horas de luz. Me di un baño bien caliente en el hotel y salí con Vero a cenar. Estábamos maravillados. No dejábamos de elogiar el paisaje y la experiencia vivida. Nuestro agradecimiento al GUMS será de por vida. Queda mucho por rebanar en esa selva salteña, a la que prometí regresar.
Ojalá así sea.
TESTIGO Y TESTIMONIO
Canales de YouTube, diarios, revistas y documentales para la televisión (el History Channel ha estado merodeando por Metán) dan cuenta, periódicamente, de docenas de avistamientos. El Ucumar convoca a la curiosidad y el misterio Y el misterio vende. Pero, ¿qué vieron o creyeron haber visto los supuestos testigos? ¿Cuánto de lo relatado se condice con eventos objetivos y cuánto, hay en sus testimonios, de imaginación, falsos recuerdos o lisas mentiras? Si partimos de la premisa de que no hay fabulaciones conscientes y premeditadas en ninguno de ellos, ¿cómo es posible que hayan visto a una criatura que atenta contra todas las expectativas probables y de la que no existe a la fecha ninguna evidencia concreta, a pesar del tiempo transcurrido? ¿Cuánto de sugestión existe en esos testimonios? ¿Cuán “guiadas” han sido las entrevistas, conduciendo los relatos en la dirección deseada por el entrevistador? ¿Es correcto, como lo hace GUMS, mostrar maquetas de la criatura a sus entrevistados? ¿Hasta qué punto figuras y dibujos alteran la memoria, tallan los recuerdos y generan la inconsciente obligación moral de concordar con las opiniones del interrogador? ¿Hasta qué punto la cosmovisión y contexto cultural del testigo contribuye a crear la ilusión de estar ante un ser del folclore, vigente desde hace décadas o siglos en el imaginario social de la comunidad? ¿Acaso una concepción premoderna de la realidad, en la que lo fantástico no contradice el conocimiento adquirido, puede generar avistamientos que se sienten y experimentan como reales y concretos? ¿Cuántas cosas que desconocemos entran en la ecuación? ¿Es suficiente el deseo de creer para convencer (y autoconvencerse) de que realmente se observó (o se creyó observar) una criatura imposible? ¿Por qué eventos de los se tienen tan pocos datos son interpretados así?
ELLA LO VIO. Doña Mabel Santillán dijo haber visto tres veces al Ucumar en su finca cercana al cerro El Crestón. Aquí, junto al traje utilizado en el film dedicado a la bestia que su director, Octavio Revol Molina, donó a la Municipalidad de Metán.
No cabe duda de que los testimonios transmitidos fueron (y son) sucesos importantes, incluso traumáticos, para quienes eventualmente los ven. Hechos que los marcaron, señalando un antes y un después en sus vidas. Experiencias inolvidables que sus testigos quieren recordar y transmitir a los demás, con mayor o menor detalle. Los hechos anómalos son convocantes; volviendo a quienes los protagonizan en individuos especiales, distintos. Poseedores de una sensibilidad diferente, capaces de experimentar vivencias únicas, exclusivas y fuera de lo común.
¿Quién no ha disfrutado relatando “situaciones raras”? Sin esforzarse mucho es posible captar la atención de los eventuales contertulios con historias de ese tipo; y llegado el caso —tras una seguidilla de repeticiones— terminar creyéndose uno mismo aquellas anécdotas. Y todo ello sin la voluntad explícita de mentir.
Sonidos desconocidos, ruidos tenebrosos, sombras inidentificables y difusas figuras lejanas, son la materia prima de las pareidolias. El cerebro interpreta lo que quiere interpretar. En especial, cuando la creencia es poderosa. ¿Qué diferencia existe entre la aparición de la virgen en una tostada, el rostro de Cristo en una baldosa o la figura de Bigfoot saliendo de las penumbras, en un bosque oscuro y neblinoso?
Las personas se equivocan. Es algo que muchos olvidan. Todos nos equivocamos. No existen los “testigos calificados”. No importan los títulos académicos, las jerarquías militares o policiales, ni las supuestas especializaciones que muchos aducen tener. La mayores tonterías que he escuchado en mi vida provinieron de “doctores, licenciados, ingenieros y profesores” El principio de autoridad no debería guiar las investigaciones de este tipo. Aun así, la mayoría de los criptozoólogos siguen abrazados a ese salvavidas. Es de lo único que disponen. Sus sesgos les impiden descartarlos y la colosal batalla contra la falta de pruebas, lejos de desanimarlos, los fortalece; conduciéndolos a imaginar hipótesis (que ellos llaman teorías) en las que incluso lo paranormal y las conspiraciones son presentadas sin inconvenientes.
Hay monstruos por doquier. A donde uno viaje, basta plantear las preguntas pertinentes para que éstos asomen la cabeza. Cerros, selvas y desiertos los concentran, sin importar las latitudes. Son parte del imaginario de casi todos los lugares. Dispositivos culturales con siglos de presencia activa en las charlas de fogón; en las conversaciones de cazadores, pescadores y exploradores que, como es sabido, son grupos inclinados a fabular y exagerar. Verdaderos constructores de relatos fantásticos.
Cuando especialistas no cualificados se meten a opinar y sentenciar conclusiones sobre áreas ajenas, los resultados —amén de errados— suelen rumbear para el lado de los tomates. Tal es el caso de quienes afirman que el Ucumar es un residual perezoso gigante (el archiconocido Mapinguarí) o alguna entidad relacionada con seres alienígenas (cuando no, producto de una entidad desconocida que actúa sobre nuestras mentes para acelerar la evolución espiritual y alejarnos del materialismo).
Sin cazadores de monstruos —es decir, sin criptozoólogos—, los monstruos no existirían. Como bien señala Luis Alfonso Gámez refiriéndose a la ufología: “El ser humano es el centro del fenómeno y, como pasa con otros mitos, su estudio hace que nos conozcamos mejor”.[10]
Por lo tanto, si nuestro objetivo es conocernos mejor, la convivencia de enfoques disímiles, como son los de la academia y los del saber popular, se torna no sólo complicada sino también necesaria a la hora de plasmar y comprender lo que se ha dado en llamar “patrimonio intangible” de una región. Claro que, como indica la experiencia, ninguna de las partes está dispuesta a ceder. Casi siempre es una conversación entre sordos. Dos versiones incompatibles en la que la mirada escéptica (que busca pruebas y evidencias concretas) tiene poca prensa, llevándose los “creyentes”, casi siempre, todos los premios y generando el clima necesario para que sus versiones holísticas, espiritualizada y románticas, terminen influyendo en las subjetividades colectivas, siempre dispuestas a ver el mundo con el “encanto” que los materialistas han perdido. Necesitan del misterio tanto como sea posible. Es el que los saca del aburrimiento, de la mediocre rutina diaria. El que genera las condiciones para construcción de una existencia original, snob, que los vuelva diferentes. ¿Cuántos de nosotros podemos decir: “mi padre persigue fantasmas, monstruos y extraterrestres”?
A fin de indagar en las mentalidades y creencias de un determinado colectivo social, debe prevalecer el respeto a la subjetividad del otro. Contemplar sus convicciones y tratar de comprender (no juzgar) los errores y aciertos que se observan en el honesto tratamiento emocional del que parten a la hora de explicar la aparición de una bestia más propia del folclore que de la biología.
Para ello, la recreación de las condiciones y contextos de los relatos —teniendo en cuenta la escala de valores que los guían y una aproximación al sistema de creencias de investigadores y testigos— se vuelve más que necesaria. La influencia y manipulación que ejercen los medios y las redes sociales al momento de construir monstruos también es un elemento a tener en cuenta.[11]
Lo asombroso vive entre nosotros. Siempre está y estuvo presente. Podemos aceptarlo o rechazarlo. Justificarlo o condenarlo. Pero, como historiador, la tarea es comprenderlo sin traicionar la propia subjetividad. Siendo honesto intelectualmente con uno mismo; aún si esa honestidad pueda conducir al conflicto. La riqueza de todas esas historias sobre el Ucumar, como las de otros tantos críptidos, es esencialmente cultural. En ellas se destila el imaginario, los miedos y angustias, valores y sueños de una comunidad. Ahí radica su importancia, porque es allí en donde se condensa la esencia identitaria, intransferible y propia del grupo.
El Ucumar es parte de Metán y las intenciones por biologizar la leyenda sin las evidencias requeridas por las ciencias biológicas (para dar, obviamente, visos de verosimilitud a sus supuestas apariciones), deberían ser vistas como parte de ese constructo social.
SOMBRA FUGAZ E IMAGINARIA. Con un poquito de imaginación se dibuja el hombre salvaje de las yungas.
Creo que sería necesario establecer un análisis diacrónico de la leyenda del Ucumar para observar cómo ha evolucionado a través del tiempo. Comprender cómo y por qué una criatura inicialmente libidinosa, violenta, capaz de secuestra, violar y mantener a sus víctimas en cautiverio, obligándolas a tener forzadas relaciones sexuales dentro de secretas cuevas, se transformó (al menos desde la perspectiva que quiere darle el GUMS) en el piadoso espíritu protector de una Naturaleza amenazada por la modernidad occidental. Un Ucumar incapaz de producir daño alguno a las personas. Una bestia ecologizada, preocupada por los problemas ambientales, y que sólo dirige su furia contra quienes depredan la yunga y la Pachamama.
Así, pues, el monstruo que nos convoca parece haber experimentado una profunda mutación en su comportamiento (no así en su hirsuto aspecto). De bárbaro abusador y secuestrador de mujeres (y de hombres, en el caso de las ucumaras) ha transmutado en un superhéroe bondadoso y atento vigilante del equilibrio ecológico. Lo mismo ha ocurrido con el Pie Grande estadounidense y el Sasquatch canadiense. La estructura moral de los relatos se mantiene. Las enseñanzas que de ellas deberían derivarse permanecen. Hoy, el Ucumar es pensado como un promotor de la vuelta a lo natural; a una ligazón respetuosa con la selva, con sus plantas, recursos y animales. Como dijimos, el discurso cambió. Las interpretaciones de su elusivo —y para nada corroborado— accionar son otras. El imaginario social ha reconstruido, en algunos casos con relativo éxito, a la criatura. Pero las redes sociales (YouTube, Tik Tok, Instagram, etc.), con su instantánea y repetitiva presencia en millones de pantallas a lo largo y ancho del mundo, acelera las cosas. Máxime teniendo en cuenta el reducido nicho de seguidores que, hoy por hoy, tienen los temas criptozoológicos. Área del misterio que, en comparación con el interés que despiertan los ovnis y los extraterrestres, se reduce a un núcleo de fervorosos optimistas convencidos de que van a modificar todo el árbol genealógico de la humanidad contando anécdotas y relatos imposibles de verificar. Por su parte, la manipulación de muchos de informes de YouTube y documentales televisivos a través de imágenes, fotos y dibujos descontextualizados —o recreaciones ficticias— redireccionan la atención del espectador hacia la idea de que el Ucumar es una animal real. No hay que confundir entretenimiento con un trabajo crítico y consciente de sus propios sesgos. Los programas de streaming tienden a nuclear personas que sienten, creen y piensan parecido y así, cualquier disparate es retroalimentado con aplausos, likes y más anécdotas. Y en un mundo de sensibilidades a flor de piel —en el que cualquier opinión contraria al grupo se transforma en una ofensa, casi una herejía—, el intercambio universal que nos permite hoy la tecnología se convierte en un océano de improperios y ataques ad hominem. Porque tampoco hay que olvidar que el ego juega una partida en todo el asunto.
No faltan en Metán quienes pretenden conectar al Ucumar con la ufología y las puertas dimensionales, llevando la especulación por un camino arriesgado que alejaría al tema de la seriedad que pretende alcanzar. Las redes sociales retroalimentan este tipo de historias, en mi humilde opinión disparatadas, que flaco favor le hacen al enfoque buscado. A no ser, claro, que incorporemos estas derivas en el estudio del efervescente imaginario que rodea estas cuestiones.
Cuando el convencimiento ha echado raíces y una determinada visión del mundo se solidifica, hay poco o nada que hacer. El sesgo se encarga de ignorar todo elemento que desentone con la teoría imaginada y el sonido de los cascos de caballos a la distancia se convierte en el trotar de unicornios. Claro que, como indica el periodista Alejandro Agostinelli en su último libro:
El respeto hacia la narración de la vivencia ajena, por fantástica que pueda parecer, es la base de nuestro género. (…) El veredicto concluyente puede no aparecer. A menudo, llegar a alguna parte es imposible”.[12]
En suma, todo lo anterior es parte de la historia del fenómeno Ucumar.
CRIATURAS Y ESPACIOS LIMINALES
Cuando del Ucumar se trata entramos en un mundo repleto de ambigüedades. En un universo liminal.[13]
Con diferentes nombres ―y adaptados a variados contextos histórico-culturales― los seres daimónicos, como los llama Patrick Harpur en sus libros, se niegan a perder la guerra que el racionalismo cartesiano les declaró desde el siglo XVIII.[14] Así, alimentando la perdurabilidad de una realidad maravillada y maravillosa que se resiste a descartar la idea de un mundo inacabado, dominado por el materialismo positivista, denostado abiertamente desde el siglo XIX por el romanticismo, las criaturas daimónicas de centenares de relatos ―supuestamente ciertos― siguen impactando en nuestra concepción construida de lo real.
El Ucumar y otras criaturas procedentes del universo mitológico de las llamadas culturas tradicionales, tienen hoy una vigencia y presencia tan fuerte en la cultura popular (y pseudo-académica) que ―como dije en otras ocasiones― deberían hacer que nos replanteemos el concepto mismo de modernidad; e indagar críticamente nuestra mirada del mundo.
Creo que estamos en un proceso de transición. Hay muchos síntomas que así lo indican. El antropocentrismo ―inaugurado tímidamente por los griegos en los siglo IV y V a.C. y dominante desde la Ilustración del siglo XVIII― pierde terreno, sumergiendo a gran parte de la humanidad en un renovado teocentrismo de base holística que, sin duda, nunca dejó de estar. Agazapada y expectante, la cosmovisión teocéntrica busca dominar parte del escenario. Una transición que para algunos es apocalíptica o negativa y otros encuentran estimulante y positiva.
Antes de seguir, definamos algunos conceptos clave que nos serán de mucha utilidad a la hora de entender este extraordinario fenómeno cultural y social que se esconde detrás de las criaturas anómalas (y especialmente de nuestro hombre peludo de las yungas).
CRIATURAS LIMINALES DEL IMAGINARIO CONTEMPORÁNEO. Abundan en todos los rincones del planeta romantizando nuestra concepción de la realidad, sacándonos del aburrimiento y condimentando la necesaria cuota de misterio que todos disfrutamos.
Seres imprecisos y ambiguos han desfilado a lo largo de los siglos en centenares de mitos y leyendas. Criaturas difíciles de catalogar. Evasivas, pero al mismo tiempo celosas de reconocimiento y atenciones. Los antiguos griegos tenían una palabra para designarlas: daimones. Dioses primitivos, divinidades de poco rango, muchas veces representadas como mitad bestias y mitad humanas. Genios protectores, guardianes de espacios sagrados. Seres sobrenaturales que se cruzan en la vida de los hombres por medio de premios y castigos a ciertos actos, cumpliendo el rol de intermediarios entre los simples mortales y las divinidades más altas y poderosas. Por este motivo el cristianismo primero, y la ciencia más tarde, los erradicaron, marginándolos al universo de la demonología.[15] Quitándole así sentido a las omnipresentes apariciones y visiones insólitas.
Según Patrick Harpur, los seres daimónicos aún existen recluidos en los sueños y en las historias sobre monstruos y seres misteriosos de las llamadas leyendas urbanas. Pero esa materialización, esa tendencia a volverlos físicos y fijos ―concretos― está revirtiéndose; y lo que hasta hace solo unas pocas décadas podía catalogarse, en un esfuerzo enorme de imaginación, como algo palpable, material, objetivo, está en camino de re-espiritualizarse, retomando el sendero a lo sobrenatural. No faltan en Metán los testimonios que hacen referencia a las posibles capacidades interdimensionales del Ucumar. Las esotéricas hipótesis de mentados escritores como Jacques Vallée [16] o John Keel [17] (décadas atrás rechazadas por la mayoría de los investigadores clásicos de los fenómenos criptozoológicos) ganan espacio; incluso en el campo de una antropología New Age de origen norteamericano abierta a interpretaciones sui generis y un tanto forzadas, en las que se entreveran drogas alucinógenas, chamanismo, parapsicología, creencias tradicionales del folclore y, por supuesto, mucha imaginación.[18]
De todos modos, muy a pesar del esfuerzo invertido por este renovado academicismo neo-romántico y antirracionalista, las criaturas que nos convocan siguen siendo mayormente relegadas. Hechas a un lado. Desplazadas a “islas daimónicas” rodeadas de un mar de racionalismo.[19] Lo que no les impide, de tanto en tanto, asaltar nuestra profana y aburrida “realidad”. Como parece hacerlo el Ucumar.
La criatura que fui a buscar en julio de 2025 ha estado en boca de miles de personas desde hace más tiempo del que podamos imaginar. Gente del común, cazadores, amas de casa, niños, respetables vecinos, incluso funcionarios públicos han dado testimonio de sus apariciones por el noroeste del país, especialmente en la provincia de Salta. Los diarios locales lo sacan a relucir de a ratos y sus incursiones no dejan de generar un profundo terror entre quienes se internan en la yunga salteña. Para muchos de ellos es tan real como los árboles o las rocas, y sus características liminales son las que consignamos a continuación.
1. En primerísimo lugar, como siempre, está la yunga (la selva de montaña), caracterizada como salvaje, inmensa e imposible a aprehender. Paisaje dominante del área andina que, amén de las criaturas nombradas, es el imaginario repositorio de ciudades perdidas y antiguos centros ceremoniales aborígenes, abandonados y olvidados. En zonas como éstas, se vio nacer la leyenda del Paititi y de El Dorado hace poco más de 400 años. Zona liminal por antonomasia, la selva es una protagonista permanente en este tipo de historias.
2. En el acervo de relatos recogidos por periodistas locales, el Ucumar, además de personificar a esa criatura ambivalente, de la que no se sabe si es hombre o es bestia, adopta ciertos rasgos paranormales por el solo hecho de habitar una región que las tradiciones y el folklore creen está habitada por duendes. Un límite claro entre el pensamiento premoderno y el propio de la modernidad. Lo racional convive a pasos de la irracionalidad, sin aparente contradicciones.
3. A menudo las apariciones de la criatura están relacionadas con testimonios que nos hablan de ovnis, extraterrestres, enanos del bosque y chupacabras. Este condimento le da a la leyenda un claro tinte daimónico.
4. Los sucesos reportados, por ejemplo, en la provincia de Santiago del Estero, hablan de las relaciones directas del Ucumar con espejos de agua, ríos, arroyos y riberas (vinculados también con historias de aparecidos y fantasmas).
5. El salvaje hombre de los bosques arrastra, también, comportamientos parecidos al de las viejas hadas. Lejos de ser las “Campanitas” buenas de Peter Pan, estas figuras eran consideradas entidades crueles, capaces de secuestrar (como el Ucumar) a quienes entran en sus dominios.
6. La palabra Ucumar también remite a la liminalidad propia de los lugares subterráneos. Según algunos autores, el vocablo derivaría del quechua: Uku, “profundo”/ “región interior” y Mari, “primitivo”/ “antiguo”. El Ucumar es un “bicho” que vive en cuevas oscuras, profundas. Casi una metáfora del inconsciente, según las teorías más psicologistas. Aunque, claro, hay otras maneras de traducir el término, como veremos después.
EL MALO Y EL BUENO
Según hemos dicho, el Grupo Ucumar Metán Salta (GUMS) se fijó desde hace siete años (2018) el objetivo de recabar todos los datos y testimonios posibles sobre la supuesta presencia del Ucumar en esa zona salteña. Para ello, valiéndose económicamente por sí mismos y munidos de una de una maqueta en 3D de la criatura —que dicen haber confeccionado a partir de los testimonios recogidos[20]— viajan de un lado a otro de provincia grabando a las personas que, en palabras de Héctor Ortíz, “han tenido la suerte de verlo”.
“Hay que protegerlo” —sentenció en algunos de sus programas de YouTube—. Es un patrimonio de Metán y él está bien sin la intervención humana. Ese animal es como el Bigfoot de Norteamérica. Sé que existe. A mí las evidencias me convencieron y queremos protegerlo de los cazadores. Solo es malo con ellos. Hay que visibilizarlo para que la gente lo quiera cuidar, porque (…) el Ucumar es un agente ecológico. Hay que crear alguna legislación que lo proteja. La criatura entiende. Sabe qué quiere y qué no quiere. Queremos demostrar que no es agresivo”.[21]
ECOUCUMAR. Variante amigable, amena y ecológica de la bestia, que supo ser abominable.
Este último tópico —el de la no agresividad del Ucumar— nos conduce de lleno a las distintas narrativas folclóricas locales que, como anunciamos, entran en conflicto. Memorias curiosas que se contradicen y que constituyen un verdadero desafío para el historiador a la hora de entender las causas de esas desavenencias.
Todo parecería indicar que el intento de convertir a la criatura en un ser bondadoso y protector es una intención propia del GUMS, ausente en la tradición oral anterior a sus investigaciones.
Adolfo Colombres, en su completísimo compendio titulado Seres Sobrenaturales de la Cultura Popular Argentina, lo describía así:
El Ucumar es un hombre-oso, peludo y terriblemente feo, que rapta mujeres y niños. Se lo describe asimismo como un mono del tamaño y la forma de un hombre. Es una leyenda propia del noroeste, aunque extendida también en Santiago del Estero (…). Suele aparecerse de improviso, aterrorizando al que lo ve. Si se le grita responde con voces de gentes. Si los perros lo atacan, se defiende a garrotazos. Los relatos sobre sus andanzas tienen fuertes tintes sexuales.”[22]
Por su parte, María Susana Cipoletti, antropóloga por la Universidad de Buenos Aires, recoge, en su excelente artículo “En torno a un relato andino: el Ukumari”, una larga serie de testimonios que dan cuenta de versiones muy alejadas de la bonhomía que buscar otorgar a la bestia la novel versión del GUMS.[23]
En todas y cada una de ellas el Ucumar es un ser violento, antropófago, que secuestra, viola y mantiene en cautiverio a las mujeres a fin de engendrar hijos híbridos, en cuevas secretas tapiadas por enormes piedras que solo él puede mover con su colosal fuerza. El macho persigue a las mujeres. La hembra persigue a los hombres. También roba niños.[24] Por todo esto, la gente les teme. Trata de no arrimarse a ellos. La yunga, lejos de ser un paraíso primigenio, se convierte en un infierno verde habitado por seres más que violentos. “Las collas —afirma uno de los testimonios— cuentan que han tenido que sostener verdaderas luchas para evitar que los arrastrara, cada vez que se han enfrentado con él. Dicen que ha robado mujeres y se la ha llevado al monte y no han vuelto nunca”.[25]
DE LOS AGRESIVOS A LOS UFOLÓGICOS. De aquellas versiones violentas (diario El Tribuno, diciembre de 1997) a las actuales, en flyers donde lo platillizan. ¿Qué tiene el Ucumar en común con los alienígenas? Pueden ser criaturas evasivos e indiferentes, aunque a veces secuestran personas.
El contraste es claro si comparamos los testimonios anteriores con la mayor parte de las entrevistas editadas por el GUMS; por ejemplo, aquella protagonizada por una docente jubilada que afirma haber visto al Ucumar en el sur de Salta, muy cerca de Rosario de la Frontera.
La testigo se presenta como “creyente”, “observadora de la Naturaleza”, “interesada en lo espiritual” y “fitoterapeuta”. Poco antes de la pandemia (2020), cuenta, tras buscar un lugar aislado para rezar, en horas de la siesta, vio nítidamente a un ser alto, de unos 2,70 metros de estatura, pelo marrón, bípedo, a escasos tres metros de distancia, muy cerca de un arroyo. Pasó caminando a su lado. “No sentí miedo”, afirmó. En ningún momento se creyó amenazada.El Ucumar, al cruzarla, “me hizo un gesto de comunicación. Pasó su mentón por encima del hombro y levantó la mano como diciéndome ‘andate’. Tenía pelo largo, cabeza achatada hacia atrás y manos grandes”. “No fue agresivo y caminaba como una persona muy aplomada.” Cuando los miembros del GUMS le mostraron —no sin cierta teatralidad— la maqueta 3D de la criatura, la mujer exclamó: “¡Uy, Dios mío! ¡Era igual!” [26]
Recordemos por un instante la experiencia comunicada por Toti Ruiz en la zona del Laurel Grande, descripta más arriba. En aquella ocasión la criatura tampoco mostró agresividad alguna. Todo lo contrario. Ella misma resultó atacada y sorprendida por un piedrazo que le sacudió el testigo, quien —al huir— interpretó los gestos del Ucumar, como diciéndole, “no te haré daño”.
YING / YANG. El bueno y el malo
En otro “caso”, aparentemente ocurrido en Tucumán, una señora de 84 años de edad recordó que su hermano se juntaba con la velluda criatura a compartir la comida; al punto de considerarlo “un amigo”.[27]
Pero no son éstos los únicos “encuentros” catalogados por el GUMS que busca destacar el buen carácter e inteligencia del supuesto animal. Observamos siempre en las entrevistas la intención de resaltar que el críptido “no atacó”, “no amenazó”, no parecía belicoso o provocador; y cuando el relato pareciera inclinarse en dirección contraria, se cambia el curso de la charla o se la omite. Como en la serie de televisión Harry y los Henderson, el Ucumar es retratado como un ser bueno, amigable y, en el peor de los casos, indiferente ante el ser humano.[28]
Muy lejos estamos del comportamiento que el folclore tradicional le había adjudicado a la bestia. No en vano algunos miembros del GUMS no quedaron del todo satisfechos con el final del film de Revol Molina (en el que los ucumares secuestran hombre y mujeres para procrear).
El sesgo de confirmación asoma a cada paso. Es muy difícil desprendernos de él. Solo debemos ser conscientes de que todos tendemos a buscar, interpretar y recordar información de manera que confirme nuestras creencias previas. Es decir, buscamos tener razón. Aún sin evidencias incontrovertibles. Cuando queremos que algo sea cierto, ajustamos nuestro razonamiento para llegar a donde queremos llegar. Un buen trabajo de investigación debe tener constantemente en cuenta estas trampas que nos plantea el cerebro. Atención, incluso este trabajo pudiera estar atravesado por esos mismos sesgos.[29]
OPERATIVO TURISMO EN MARCHA. Invitación y cartelera promocionada por la Municipalidad de San José de Metán (Julio 2025)
ABRAZO DE OSO
El término ucumar tiene al menos dos acepciones distintas. Una de ellas, expuesta algunos párrafos más arriba (Ukumari), estaría directamente relacionada con la cosmovisión incaica, en la que Uku derivaría del nombre que recibe el inframundo en los relatos mitológicos del Tahuantinsuyo. Una zona profunda, bajo tierra (cuevas, cavernas), que sería el hábitat habitual de la criatura que nos convoca. La otra acepción, extendida en artículos y libros sobre el tema, sostiene que, tanto en lengua quechua como aimara, significa, lisa y llanamente, “oso”.[30] Y como el único úrsido sudamericano que existe es el oso de anteojos u oso andino (tremarcto ornatus) es lógico concluir que detrás de la criatura mitológica conocida como ucumar asome su cabeza el citado plantígrado. Fundamento y germen de los relatos que de boca en boca recorren el área andina desde Venezuela, pasando por Ecuador, Perú, Bolivia y el noroeste argentino.
DE LA FAMILIA. El oso de anteojos u oso andino. ¿Acaso el Ucumar es su versión humanizada?
El biólogo Fernando Del Moral, autor de una excelente etnografía recopilada en sus muchas expediciones a las yungas sudamericanas estudiando al oso andino, aportó otras denominaciones, muy comunes entre las diferentes etnias de las regiones mencionadas: juco, juca, jucumari, ucumari y yaguá-popé, en el pueblo avá-guaraní.[31] Estas voces no solo refieren al oso como animal, sino también a una forma homínida que habitaría en lo profundo de los bosques de altura. Un ser de neto carácter espiritual, relacionado con espacios sagrados (huacas), muy propios del imaginario de aquellos pueblos que aún mantienen escasos contactos con la cultura occidental. Una criatura híbrida con elementos naturales y sobrenaturales que van más allá de una mera interpretación biologicista. En palabras del biólogo:
muchas veces caemos en un reduccionismo que olvida la faceta cultural con la que los pueblos leen e interpretan el entorno en el que viven. No se puede desvincular a las sociedades del ambiente en el que habitan, interactúan, ni en el modo en que lo comprenden”.[32]
Hablamos, pues, de “un oso que ingresó al subcontinente sudamericano hace 15-30 mil años antes del presente y que a lo largo de su historia evolutiva fue ocupando y adaptándose a la mayor parte de los diversos ecosistemas asociados a los cordones montañosos andinos. Siendo probablemente el rango sur una de las últimas zonas alcanzas en su dispersión”.[33] Un animal de tamaño medio, con pelaje denso, largo y grueso, de color negro a rojizo café. Con marcas de color blanco-crema en el cuello y en el pecho, en la cara, alrededor del hocico y los ojos. Un animal (el oso en sus diferentes tipos) que ha sido —en mitos, relatos y leyendas— antropomorfizado, no sólo en América, sino también en el continente europeo.
La figura del oso y su relación con el ser humano hunde sus raíces en el paleolítico. Fue el protagonista en los más primitivos cultos practicados en cuevas (como la de Chauvet, Francia), atravesando milenios hasta llegar a épocas históricas, tanto en la mitología grecorromana, como en la germánica y celta, en el Occidente antiguo y medieval. En su recomendable libro El Oso. Historia de un rey destronado [34], el historiador francés Michel Pastoureaux se refiere a la arraigada creencia en la lasciva sexualidad de los estos animales. Bestiarios, enciclopedias, crónicas y fábulas han destacado los caracteres antropomórficos del oso y la “monstruosa costumbre” de copular con mujeres; alejando así a la fiera del mundo de las bestias para acercarla al del hombre.
Lujurioso, pecaminoso, vicioso. Fueron los únicos atributos que la iglesia católica exaltó del animal, cuando inició una campaña en su contra, a partir de la Baja Edad Media. Fue una tarea lenta, persistente y —a la larga— efectiva. De dios paleolítico, símbolo de fuerza y fertilidad, pasando por el de generador de dinastías valientes y guerreras de reyes europeos (aparece en la heráldica medieval muy a menudo) el oso fue transformado en un animal despreciable, tonto y peligroso al que hay que darle caza o domesticar al punto de convertirlo —durante la Edad Moderna e inicio de la Contemporánea— en una bestia de feria, que baila al ritmo de la pandereta de un gitano.
A las grandes religiones monoteístas no les gustan los animales que la naturaleza o la cultura han proclamado primos o parientes del hombre. El oso fue víctima de ese odio durante la Edad Media cristiana; y los grandes simios lo serán unos siglos más tarde, ¡Nunca ha sido bueno parecerse demasiado al ser humano!” (Michel Pastoureaux, pág. 210).

Para numerosos autores medievales, el oso (pardo europeo) es la imagen misma de la ira incontrolada, de la violencia ciega y hasta del deseo brutal (…). Constituye un gran peligro para el ser humano. Y más aún para la mujer que para el hombre. Una creencia antigua, que la Edad Media heredó y transmitió a la época moderna, hace del oso macho un gran aficionado a las muchachas y mujeres jóvenes. A veces amoroso o seductor, más a menudo ladrón y violador, las rapta, se las lleva a una caverna y mantiene con ellas un monstruoso comercio carnal del que a veces nacen seres medio hombre medio osos.”[35]
Ahora bien, ¿es la figura del oso raptor una herencia de la conquista europea (por completo importada); una creencia autóctona, originaria de los pueblos americanos que ha perdurado hasta ahora con pocas variantes o el producto de un sincretismo de dos corrientes narrativas parecidas?[36]
Las respuestas son variadas. Para el folclorista ecuatoriano Carlos Ramírez Salcedo[37] y el antropólogo peruano Efraín Morote Best[38], basándose en la pocas referencias encontradas en las crónicas españolas y el análisis de relatos recogidos en trabajo de campo, la figura del oso raptor y violador de mujeres sería autóctona. El narrador, poeta y antropólogo peruano José María Arguedas, por su parte, le otorga un origen claramente europeo.[39] A modo de síntesis, Cipoletti cierra así la polémica:
los relatos de osos (raptores) en América del Sur son el producto del encuentro de dos tradiciones, un autóctona y una introducida desde España”.[40]
Es más que probable que, frente a un úrsido parecido, ambas corrientes culturales coincidieran en la humanización del animal, transmitiendo sus libidinosos comportamientos hasta hoy. Por más que algunos se nieguen a aceptarlo.
Durante mi estadía en Metán, los miembros del GUMS se mostraron renuentes a aceptar esa faceta violentamente sexualizada del Ucumar. Su vocación por obviar los raptos y vejaciones que los relatos tradicionales dan de la criatura parecen no encontrar aceptación en los algunos habitantes del pueblo que, creyendo en la existencia objetiva del ser, consideran que investigar y alentar su promoción con fines turísticos (aspecto sobre el que volveremos) pondría en peligro no sólo los preceptos morales de las creencias religiosas tradicionales (católicas), sino también convertirse en una verdadera apología de la violencia hacia las mujeres.[41]
ESQUILACHI EL MISTERIOSO. El impulso erótico del Ucumar alcanza en estos libros de Ediciones Ignotas su máxima expresión.
En este sentido, tal sensibilidad quedarían horrorizada si leyera dos pequeños libros, llenos de ironía y humor negro, escritos por un supuesto autodidacta llamado Ricardo Esquilachi (quien, se dice, desapareció en 2013 mientras buscaba al Pombero en la región de la Triple Frontera). Bajo los títulos, Sasquatchs Criollos y La Noche del Ucumar, el autor nos pasea por una “verdadera” y violenta orgía sexual en la que nuestra criatura es su principal protagonista.[42]
TURISMO Y PATRIMONIO
Hace ya más de un año, en la entrevista que Héctor Ortíz y Carlos Luna me hicieran por su canal de YouTube / GUMS)[43], sin tener conocimiento del proyecto que ellos habían emprendido con antelación, les sugerí que aprovecharan los testimonios recopilados sobre el ucumar y organizaran algún evento que permitiera dos cosas: colocar a Metán en el mapa nacional (incluso internacional) poniendo en marcha algún tipo de festival que visibilizara la fuerte presencia de la criatura en el imaginario local y, en segundo lugar, levantar algún centro de interpretación o museo en el que se mostraran las supuestas evidencias que dicen haber recogido en tantos años de trabajo (especialmente los relatos y toda la parafernalia de ideas y creencias que giran en torno a la criatura).
No había originalidad alguna en la propuesta. En muchas partes del mundo, museos de este tipo congregan a miles de interesados en temáticas extrañas. En Escocia con el monstruo del lago Ness; en Estados Unidos con Bigfoot y Mothman; en Francia con la criatura de Gévaudan; incluso en Nepal con el yeti, se concentran instituciones que buscan —en un espacio físico— ordenar y exponer una parte del patrimonio inmaterial de la sociedad. No importa demasiado cuánto de verdad hay en las vitrinas y carteleras informativas que jalonan el recorrido; si la criatura en cuestión es creída, temida o adorada, ya es suficiente. Especialmente si tiene una larga permanencia en las tradiciones de la región. El ucumar la tiene y merecería ser reconocido como una parte importante de la identidad metanense y regional en general.
Para mi satisfacción, Héctor me ilustró sobre ese proyecto en marcha. En octubre de 2025, el proyecto ya consiguió la aprobación del Concejo Deliberante, de los medios locales e incluso de altos funcionarios provinciales. Bueno sería que termine por concretarse, haciendo realidad el sueño que el GUMS remonta desde hace un tiempo: convertir a Metán en polo de atracción turística que permita reactivar la economía y, a la vez, promocionar las ricas tradiciones que la memoria conserva, derivando así en un turismo identitario original y convocante.
No importa el choque de narrativas. Todas deberían ser bienvenidas en un mismo espacio. Las “memorias raras” son parte de la historia local y muchos curiosos, eruditos, cazadores y amantes del misterio buscan reunirse en su entorno generando un único, interesante y divertido fogón cultural. La fuerza del imaginario ha sido comprobada más de una vez, transformándose en la responsable del resurgimiento de comunidades enteras, sumidas hasta cierto momento en el estancamiento. El caso de Capilla del Monte, en la provincia de Córdoba, y sus supuestos extraterrestres es el mejor ejemplo a nivel nacional.
PROYECTO UCUMAR. La propuesta del museo está en marcha desde julio 2025. Folleto promocional publicado en el diario El Tribuno, Salta, 5 octubre 2024.
¿Acaso no se produciría una reactivación económica genuina gestionando y vendiendo tours, remeras, calcomanías, muñecos y todo tipo de souvenirs sobre el ucumar? ¿No sería estimulante organizar visitas a los sitios donde, según el rumor, apareció la bestia? No es necesaria una gran inversión. La imaginación y los deseos de creer se encargarían del trabajo principal. Hay pruebas de que eso funciona. Lo vivido, lo rememorado y lo conjeturado encuentran un lugar importante en la construcción de las identidades, la mayoría de las veces sustentadas en leyendas y mitos modernos. Incluso el consumo irónico (tan de moda) podría ser un trampolín para atraer turismo a Metán.
No cabe duda de que el ucumar es una parte importante y presente de la memoria cultural de la región. Una memoria construida a lo largo del tiempo, que encuentra en la yunga y en las montañas el caldero en el que ha evolucionado —y sigue evolucionando— hasta hoy. Por tal motivo, aquellos con capacidad de decisión deberían volverla tangible; y la construcción de un museo sería la manera más rápida y segura de hacerlo. Un espacio en el que, eventualmente, folcloristas, historiadores, antropólogos e investigadores de fin de semana, se encontraran a analizar, debatir y comprender todas esas memorias, responsables de la creación de la identidad local; para la cual no interesa su uniformidad. De hecho, esa uniformidad no existe y lejos debería estar en las intenciones del GUMS el querer imponer una “memoria oficial” (menos que menos sin las evidencias requeridas).
Ya hemos dicho que la memoria es heterogénea y cambiante a lo largo del tiempo. Ver y estudiar esas modificaciones sería un muy buena idea; transmitiendo y entendiendo sus constantes actualizaciones, aún en el caso de entrar en tensión con las interpretaciones más antiguas.
El patrimonio es una selección de costumbres, creencias, objetos y prácticas que no debería perderse. Es la esencia de colectivos humanos singulares, hoy amenazados por una globalización que vuelve todo monocorde. Por tal motivo, enarbolar esas tradiciones locales es también parte del trabajo de los políticos. Ellos y la comunidad que los elige deberían poner en valor esas historias y “hechos” que, a modo de satélites, se mueven en torno a la figura del ucumar.
Más allá de la necesidad de creer de muchos y la interesante problematización de esas creencias que hagamos otros, debemos ser conscientes de que no hay construcciones definitivas y que la historia (en este caso del imaginario) es mucho más compleja de lo que solemos pensar.
Las anécdotas, rumores y relatos sobre el ucumar seguirán acumulándose en la zona de Metán. No faltarán nuevos testigos y testimonios que rememoren sucesos pasados y presentes. La criatura está inserta en la cosmovisión local. Grabada a fuego en una concepción de lo real en la que las contradicciones, que surgen ante el conocimiento académico acumulado hasta hoy, no tienen lugar.
La Tierra del Ucumar (Metán) tiene aún mucho por decir.
MERCHANDISING UCUMARENSIS. Se espera una ingente producción cultural alrededor del velludo monstruo de la yunga salteña.
CIENCIA DE LO ABOMINABLE
No quisiera dejar al lector sin que mis conclusiones sean claras y explícitas. Para ello, y recurriendo al trabajo de Daniel Loxton y Donald Prothero, Abominable Science!, detallaré aquellos ítems que he considerado importantes a la hora de analizar cualquier caso catalogado como criptozoológico.[44]
1. Sin un holotipo (un cuerpo para examinar) nunca habrá conclusiones definitivas sobre la existencia real de una criatura. Por lo tanto, hasta tanto no tengamos un ucumar sobre la camilla, el escepticismo es el camino más apropiado. Las experiencias indirectas (relatos, pistas anecdóticas, avistamientos, fotografías borrosas, moldes descontextualizados de huellas, cabello o tejido) son insuficientes.
2. Diez anécdotas no son mejor que una, ni cien mejor que mil.
3. Suele ocurrir que ciertas partes del mundo parezcan remotas e inaccesibles, pero lo cierto es que decenas de personas viven, se mueven y usan esos sitios durante todo el año.
4. El primer principio a tener en cuenta es que no debés engañarte a vos mismo, como dijo el premio nobel de física, Richard Feymman, “recuerda que tú mismo eres la persona más fácil de embaucar”.
5. No importa cuán hermosa sea tu teoría. No importa lo inteligente que sea. Si no está de acuerdo con la experiencia lo más seguro es que sea incorrecta.
6. A los medios les encanta informar sobre ideas llamativas. Todos quieren romper con los paradigmas vigentes y dejar sus apellidos en la historia.
7. “Afirmaciones extraordinarias requieren de evidencias extraordinarias”, como sostiene la famosa cita atribuida a Carl Sagan.
8. El principio de autoridad no es nunca suficiente. Nos equivocamos con mucha frecuencia.
9. Los testigos oculares son fácilmente engañados por distracciones, estrés y/o falsos recuerdos. La percepción puede fallar. Amén de esto, sabemos que la memoria es imperfecta y se distorsiona con el tiempo. Podemos recordar cosas que nunca ocurrieron.
10. Uno de los errores más comunes es obtener respuestas mostrando fotos, dibujos o bocetos del animal buscado. Lo mismo ocurre cuando se proporciona una historia para que luego sea confirmada. No hay que inducir al “testigo”.
11. Suele decirse que cuando más personas buscan críptidos, menos evidencias concretas hay de ellos.
Las historias sobre el ucumar están sujetas a un refuerzo cultural interesantísimo. Es desde la historia de las mentalidades, el folclore y la cultura popular como debería enfocarse el asunto. Rescatar y conservar el patrimonio intangible de una región es de vital importancia en la construcción de identidades y cosmovisiones que nos enriquecen a todos. Minimizar, despreciar o dejar este fenómeno social y cultural fuera del amparo institucional, le saca fuerzas al romanticismo que a menudo nos lleva a explorar la selva. Aunque el disparador sea salir a cazar monstruos.
Buenos Aires, Argentina, octubre de 2025.
AGRADECIMIENTOS
REGALAZO. Con toda seguridad, el Ucumar que tengo en mis manos es el primer ejemplar en 3D del mercado (regalo especial del Grupo Ucumar Metán Salta). Ojalá el proyecto ideado por Héctor Ortíz y Carlos Luna se vuelva realidad en poco tiempo. ¡GRACIAS!
Vayan mis más profunda gratitud a las siguientes personas que, sin coincidir muchas veces con mis puntos de vista, han hecho posible este artículo y de los que seguramente vendrán.
- Héctor Gabriel Ortíz, Carlos Luna y todo su equipo colaborador de UCUMAR METÁN SALTA.
- Fernando Del Moral (biólogo).
- Claudio Bertonatti (naturalista y museólogo).
- Nadina Toledo de Viñas (profesora y puntal de la cultura metanense).
- Carlos “Salamanka” González (baqueano metanense).
- Roberto Moyano (Director de Turismo).
- Adrián Quiroga (periodista del diario El Tribuno y conductor de la FM Fantástica de Metán).
- Fernando Pequeño (antropólogo).
- Municipalidad de la ciudad de San José de Metán.
* Profesor en Historia por la Facultad de Humanidades de Universidad Nacional de Mar del Plata (Argentina). Es autor de Homínidos, Humanos, ¡Humanoides! (Coliseo Sentosa, 2023) y El Lobizón de Carlos Casares (CIFE, 2023), entre otros.
[1] Véase del autor: Expedición Vilcabamba. Romanticismo, ciencia y aventura, 1998. Disponible en Web: https://www.calameo.com/books/005406018dc6fe6835f92 o en su defecto https://www.amazon.com/-/es/EXPEDICI%C3%93N-VILCABAMBA-Romanticismo-Ciencia-Aventura/dp/B0092VTVCG
[2] Véase: Ucumar, ese monstruo peludo que te paraliza el corazón, 2016. Disponible en Web: https://factorelblog.com/2016/11/08/ucumar-1/
[3] Véase: Agostinelli, Alejandro, El Ucumar al cine: la bestia selvática en un gran filme de terror fantástico argentino, 2023. Disponible en Web: https://factorelblog.com/2023/02/06/el-ucumar-al-cine-la-bestia-selvatica-en-un-gran-filme-de-terror-fantastico-argentino/ . Asimismo véase el film completo en YouTube. Disponible en Web: https://www.youtube.com/watch?v=eCtDCyiomOE&t=4663s
[4] Véase: Ucumar Metán Salta, El Ucumar como patrimonio intangible de los pueblos del norte argentino, 2024. Disponible en Web: https://www.youtube.com/watch?v=snfxTl3WQCg&t=1994s
[5] Véase: De Moral, Fernando, “El oso más austral del mundo; investigando y desmitificando al oso andino en un ambiente de contrastes”, en Azara, N° 11, año 2022, pp. 16-19. Disponible en Web: 2023–revista-azara-2022-nro-011_osoandino.pdf. Además véase del mismo autor: “Hay alguien en la niebla. Estudios de ADN confirman la presencia de osos de anteojos en Argentina” en Revista de la Fundación Vida Silvestre Argentina, octubre-diciembre 2013, N° 125, pp. 26-29. Disponible en Web: 2013- excelente- datos genéticos.revista_fvs_125 HAY ALGUIEN EN LA NIEBLA (2013).pdf.
[6] Bertonatti, Claudio, “El folclore de Catamarca una síntesis de sus expresiones” en Fundación Azara y Universidad Maimónides, Buenos Aires, 2018, pp. 139-144. Disponible en Web: https://fundacionazara.org.ar/img/libros/Folklore-de Catamarca-web.pdf
[7] Archivo del autor.
[8] Véase del autor: El bosque, la imaginación y el miedo. Disponible en Web: https://letras-uruguay.espaciolatino.com/aaa/soto_fernando/bosque.htm
[9] Véase testimonio completo en el canal de YouTube Ucumar Metán Salta, Disponible en Web: https://www.youtube.com/watch?v=lXI3aCvR2dY&t=197s
[10] Gámez, Luis Alfonso, “Los alienígenas somos nosotros” en Magonia. Disponible en Web: https://magonia.com/2025/09/03/los-alienigenas-somos-nosotros/?sfnsn=scwspmo&fbclid=IwY2xjawM7krFleHRuA2FlbQIxMQABHsauVh-hIvqoi24Pg-2KEZufjvWOwL6HuEnKI1SUEb_uBx71ZJAGbjcmnneN_aem_H_r_o-0o-t8a__pUt_-LlA
[11] Véase del autor: La construcción de monstruos: medios, miedos y rumores en el norte cordobés. Disponible en Web: https://www.monografias.com/trabajos106/construccion-monstruos-medios-miedos-y-rumores-norte-cordobes/construccion-monstruos-medios-miedos-y-rumores-norte-cordobes
[12] Agostinelli, Alejandro, Argentina X. Un cronista a la caza de fantasmas, alienígenas y demonios, Editorial Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, Argentina, 2025, pág. 17.
[13] La noción de liminalidad la usó por primera vez Arnold Van Gennep (1873-1957), un folklorista y etnógrafo de origen alemán criado y educado en Francia, para estudiar los ritos de transición en las llamadas sociedades tradicionales actuales. Van Gennep pretendió definir el estado de apertura y ambigüedad que caracteriza a todo aquel que participa en un ritual de paso, es decir, de iniciación; por medio del cual un miembro de la comunidad deja de ser niño para convertirse en hombre, pasando (antes de concretarse como tal) por un estado indefinido, de transición, en el que no es una cosa ni la otra. Una especie de limbo que hay que atravesar ritualmente para poder transformar el estado ontológico original en uno totalmente diferente. Quien desarrolló por completo la idea fue el antropólogo cultural escocés Víctor Turner (1920-1983), para quien lo liminal (o liminar) se asoció a una experiencia simbólica, necesaria en muchas sociedades, y ligada a un individuo en particular (aquel que transita de un estado a otro, de niño a adulto, por ejemplo) y que, al momento de vivir la transformación, no puede ser clasificado con claridad. Es un neófito. Un sujeto atrapado entre dos estados. No es chicha ni limonada, como reza el refrán popular. Y esa indefinición temporal, esa ambigüedad, hace que ―mientras atraviesa ese estado liminal― sea considerado contaminante y hasta peligroso para la comunidad. Por ese motivo el ritual de paso exige la invisibilización del sujeto en tanto se reconstruye en algo nuevo. De ahí el aislamiento al que suele ser sometido. Años más tarde, el escritor y ensayista británico Patrick Harpur tomará la noción y la ampliará en su libro Realidad Daimónica; aplicándola no sólo a personas reales en situaciones rituales, sino a los seres anómalos del imaginario. Los mismos que pueblan miles de leyendas y mitos. Pero Harpur no se detiene en esas criaturas. También extiende el concepto a lugares, tiempos y situaciones internas liminales.
[14] Al respecto véase: Harpur Patrick, Realidad Daimónica, Editorial Atalaya, España, 2997. Asimismo, del autor citado véase: El Fuego Secreto de los Filósofos. Una historia de la imaginación, Editorial Atalaya, España, 2010.
[15] Véase: Harpur, Patrick, Realidad Daimónica, op.cit., Pág. 102.
[16] Vallée, Jacques, Pasaporte a Magonia, Plaza & Janes, España, 1972. Para una buena síntesis de sus enfoques véase en Wikipedia. Disponible en Web: https://es.wikipedia.org/wiki/Jacques_Vall%C3%A9e
[17] Keel, John A., Guía completa de los seres misteriosos, Edivisión, México, edición en español 1997 (primera edición en inglés de 1970). Además leer: Véase el excelente reportaje que le hicieron en 1977: Entrevista con John Keel realizada por Peter Bloom. Revista Saga UFO Report, noviembre 1977. disponible en Web: http://arcanamundiblog.blogspot.com.ar/2012/12/entrevista-con-john-keel-por-peter-blum.html
[18] Véase: Viegas, Diego (editor), Antropología Transpersonal. Sociedad, cultura, realidad y conciencia, Editorial Biblos, Buenos Aires, 2016.
[19] Harpur, P. op.cit.
[20] Véase el siguiente video en el canal de YouTube del GUMS. Disponible en Web: https://www.youtube.com/watch?v=qAUkLpsbv0g&t=239s
[21] Véase el canal de YouTube Ucumar Metán Salta. Disponible en Web: https://www.youtube.com/@ucumarmetan/videos. Los dichos transcriptos fueron vertidos en sucesivos videos subidos a la red:
1] https://www.youtube.com/watch?v=9_OGlbfhTmc. 2] https://www.youtube.com/watch?v=J5U2tf8r4cM. 3] https://www.youtube.com/watch?v=cvDFaHyQ1-Y. 4] https://www.youtube.com/watch?v=_9t1wHwxEAg.
[22] Colombres, Adolfo, Seres Sobrenaturales de la Cultura Popular Argentina, Biblioteca de Cultura Popular, Ediciones del Sol, Buenos Aires, 1984, Pág. 38. Véase otras opiniones en Pueblos Originarios. Disponible en Web: https://pueblosoriginarios.com/sur/andina/colla/ucumar.html
[23] Cipoletti, María Susana, “En torno a un relato andino: el Ukumari” en Allpanchis, N°22, 1983, pp. 145-160. Véase también Relatos populares sobre el oso andino en Argentina, Proyecto Juco, 2010. Disponible en Web: Lameda_-_Camacaro__F._I._2010.__Relatos_populares_sobre_el_oso_andino_Tremarctos_ornatus_en_Argentina.pdf
[24] Ibídem pp. 147-151.
[25] Ibídem pág. 150.
[26] Véase video en YouTube Ucumar Metán Salta, Mujer interactuó con un lenguaje no verbal con un Ucumar. Disponible en Web: https://www.youtube.com/watch?v=_9t1wHwxEAg&t=4s
[27] Véase video en YouTube Ucumar Metán Salta, Mi hermano interactuaba y compartía su comida con el Ucumar. Disponible en Web: https://www.youtube.com/watch?v=4SWmQgSvpc0
[28] Harry y los Henderson es una serie estadounidense que se trasmitió en 1991 y 1993, en la que un Bigfoot bonachón y torpe convive en la misma casa con una típica familia yanqui,
[29] Véase: Romero, Ricardo, El libro de los sesgos. Cómo y por qué nuestra cabeza nos hace creer lo que quiere. Editorial Godot, Buenos Aires, Argentina, 2025.
[30] Nota: Según consigna Cipoletti, en el diccionario de E.W. Middendorf (1890), ucucu significa oso y ucumari, gran oso. Por su parte el diccionario de J. V. Sola (Diccionario de regionalismo de Salta, 1950) le da el significado de oso y/o hombre-oso o mono.
[31] Del Moral, op.cit. pág. 17.
[32] Véase: Del Moral, Fernando en Primera convención de mitos y leyendas del norte argentino. Disponible en Web: https://www.youtube.com/watch?v=80Fsbff1HVE&t=2175s
[33] Ibídem, pág. 17.
[34] Pastoureaux, Michel, El Oso. Historia de un rey destronado, Editorial Paidós, Barcelona, 2008.
[35] Ibídem, pág. 93.
[36] Como ejemplo de la perdurabilidad de estas historias cabe destacar el testimonio de un gendarme que asegura haber conocido personalmente a una pareja que —hace más 30 años— resultó secuestrada por una “tribu” de ucumares en las cercanías de la localidad de Los Toldos, más precisamente en un cerro conocido como “Cerro Ucumar”. Permanecieron en cautiverio durante 25 días y si bien finalmente pudieron escapar, relataron que “¡Son sexuales los monos esos!” Y que ambos resultaron sometidos.” El mono quería sexo con la chica y la mona con el hombre”. Por lo visto, las historias del mono/oso raptor alarga sus sombras hasta hoy. Un típico ejemplo de la “larga duración” en la historia. [Ver archivo el autor].
[37] Ramírez Salcedo, Carlos, “Observaciones entorno a un cuento”, en Revista del Instituto Azuayo de Folklore, N°6, Cuenca, 1979, pp.43-60.
[38] Morote Best, Efraín, “El oso raptor (estudio de un cuento de folclore peruano” en Archivos venezolanos de Folklore, IV y V, Caracas, 1957, pp. 135-178.
[39] Arguedas, José María, “Cuentos religiosos mágicos quechuas de Lucanamarca” en Folklore Americano, 89, Lima, 1960, pp.142-216.
[40] Cipoletti, op.cit. pág. 152.
[41] Siguiendo el relato que convierte al ucumar en un protector de la naturaleza, éste tiene también sus detractores dentro la grey católica. ¿No le robaría protagonismo a la virgen y otros santos del panteón oficial un ucumar amigable y con poderes capaces de cuidar el entorno de yungas en las que habita?
[42] Esquilachi, Ricardo, Sasquatchs Criollos, Ediciones Ignotas, Buenos Aires, 2015. Y La Noche del Ucumar. Ediciones Ignotas, Buenos Aires, 2019. [Nota: el pseudónimo con el que el verdadero autor de presenta esconde a un escritor con gran sentido del humor, divertido y que sabe mezclar tópicos de la criptozoología y la ufología con enorme ironía].
[43] Véase: Ucumar Metán Salta, El ucumar como patrimonio intangible del norte argentino. Disponible en Web: https://www.youtube.com/watch?v=snfxTl3WQCg&t=1999s
[44] Loxton, Daniel y Prothero, Donald, Abominable Science!, New York, 2013.
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