Existe una abundante bibliografía anglosajona especializada en “lo anómalo” centrada en criaturas que no pueden existir y sin embargo nunca faltan testigos. El castellano necesitaba una primera gran obra que reuniera las grandes, pequeñas y deliciosas controversias sociales en torno a la criptozoología.
Más conocido por su inmersión en el asunto ovni, el antropólogo Ignacio Cabria dio un primer paso para colmar ese vacío. Y deja muy alta la vara. Su obra “Así creamos monstruos” (Luciérnaga, 2023), constituye un jalón en la literatura sobre criaturas extrañas en el idioma de Guillermo Del Toro, Lionel Messi y Miguel de Cervantes.
Con prólogo de Javier Sierra, el libro de Cabria llena 502 páginas de sirenas, bigfoot, yetis, animales prehistóricos redivivos y hasta pájaros diabólicos, sin contar las fieras milenials como el chupacabras y otras variantes homínidas, peludas o espectrales.
Con permiso de Editorial Luciérnaga, Factor adelanta parte de la Introducción de “Así creamos monstruos” de Ignacio Cabria
“A un antiguo filósofo chino le preguntaron una vez: ‘¿Cuál es el más astuto de los animales?’ Él respondió: ‘El que nadie ha visto aún’” (1)
Arthur C. Clark
«Así creamos monstruos» de Ignacio Cabria se puede adquirir en Amazon
Los monstruos nos han acompañado a lo largo de la historia como una parte consustancial a nuestra cultura, o más bien a cada cultura, porque su presencia es una constante universal. Los monstruos nos producen repulsión y atracción al mismo tiempo, y por eso excitan de tal manera la imaginación. Estas pulsiones de fascinación y rechazo explican el éxito del cine de vampiros y zombis de nuestra época, y hace un siglo y medio justificaban el éxito de las exhibiciones de “monstruos humanos”. La naturaleza de los monstruos desafía el entendimiento, y por eso se les ha dedicado tantos libros. Pero vamos a empezar por deslindar entre las diferentes concepciones del monstruo, porque monstruos hay muchos y con múltiples significados. Acabo de mencionar dos de sus aspectos: el terrorífico, que se encuentra en la literatura y el cine fantástico y de terror, y el teratológico, es decir, esos seres humanos a los que se ha calificado de “monstruosos” por sus malformaciones y patologías.
Pero hay otros. Naturalmente, están siempre presentes los monstruos de las mitologías clásicas y los propios de las leyendas y tradiciones populares más cercanas. Además, en un sentido figurado se habla de “monstruos” en sentido moral, como símbolos de la maldad, cuyo origen es psicótico o social.
Los estudios sobre los monstruos nos hablan de unos y de otros, pero hay una categoría que casi siempre queda fuera de los análisis eruditos, que ha sido descuidada porque se la asocia a lo paranormal, al fraude, a la charlatanería o a la mercadotecnia. Y sin embargo son los monstruos más populares: son esos que testigos de distintas partes del mundo dicen haber visto en los mares, los lagos, las montañas o los bosques, o sea, precisamente los únicos monstruos que en teoría serían reales porque hay gente que dice que los ha visto. Me refiero a la gran serpiente marina, al monstruo del lago Ness, al bigfoot (2), al chupacabras y a tantos otros. En este libro me enfocaré sobre esta categoría de monstruos “reales” o “factuales”, es decir, que han sido observados, a los que se ha presentado como animales desconocidos pero que no son reconocidos por la ciencia. Es decir, son criaturas hipotéticas. Este es el objeto de estudio de esa nueva disciplina llamada criptozoología, la pretendida ciencia de los animales “ocultos”, a los cuales sus especialistas llaman críptidos.
Entre los monstruos mitológicos o literarios y estas criaturas anómalas de los tiempos modernos hay una línea nítida de separación: nadie cree en la existencia de los cíclopes; sin embargo, muchas personas afirman la realidad del yeti o del bigfoot (para nosotros pie grande). Hay testigos que los han observado, filmado y fotografiado, se han encontrado huellas que se atribuyen a su presencia y trazas que, para los criptozoólogos, constituyen pruebas científicas de su materialidad como animales de carne y hueso. Los escépticos han descartado tales pruebas como fraudes o confusiones con animales conocidos, y desde la ciencia se ha relegado a esas y otras criaturas “ocultas” al ámbito de la leyenda o del engaño. Pero la refutación no alcanza a explicar la naturaleza del fenómeno psicológico, social y cultural que estos monstruos representan.
¿Cómo definir o delimitar a ese animal-monstruo que aquí vamos a tratar? El monstruo ha sido definido desde la antigüedad por su desviación de la norma. El monstruo es deforme, desproporcionado, o bien sus costumbres son aberrantes. No hay definiciones positivas de la monstruosidad. Pero si hablamos de los monstruos de la moderna criptozoología, su característica definitoria es ser evasivo. Si fuera capturado en un zoo y catalogado, dejaría de ser monstruo. Para cualificar además como tal tiene que ser grande, enorme comparado con sus congéneres los animales conocidos. Pero también tiene que suponer una amenaza, sea real o imaginada. Con estas características, los monstruos forman parte de la psique colectiva de la humanidad. Pero el monstruo ha evolucionado con la cultura. Criaturas legendarias de territorios lejanos o fronterizos fueron aceptadas por la ciencia europea a partir del siglo XVI como animales con estatus zoológico, merecedores de ser incluidos en las clasificaciones taxonómicas. La ballena, por ejemplo, que llenó relatos como bestia terrible de los mares por su tamaño, hoy es un animal inofensivo. Otros quedaron en el reino de la leyenda, como el kraken o la gran serpiente marina. Y de alguno se quiere seguir sosteniendo su posible realidad material, como el orang-pendek de Sumatra.
El debate científico sobre la existencia de los monstruos ha estado vivo durante los últimos 200 años. El gran naturalista y padre de la paleontología George Cuvier creyó en 1812 que se había alcanzado el fin de los descubrimientos zoológicos, y hoy sabemos lo errado que estuvo, pues aún estaban por encontrarse animales que hoy nos son familiares. El okapi fue desconocido para los zoólogos hasta 1901, y el dragón de Komodo no se conoció hasta 1926. El naturalista Friedrich Robert von Beringe descubrió que el monstruo simiesco de los montes Virunga, en el centro de África, del que se contaba la leyenda de que secuestraba mujeres nativas y en acto lascivo les daba muerte, existía realmente; era el gorila de montaña. En 1976 un barco oceanográfico explorando a 500 metros de profundidad en aguas de Hawaii recogió un gran tiburón desconocido de cinco metros de largo, al que se dio el nombre inglés de Megamouth (tiburón boquiancho) y el nombre científico de Megachasma pelagios, que significa “boca grande de aguas profundas”. También se dice que aún quedan selvas impenetrables y profundidades marinas que no hemos explorado, y que se siguen descubriendo cada año nuevas especies.
Además de animales desconocidos, algunos que se creían extintos resultaron seguir vivos. El celacanto, un pez acorazado supuestamente extinguido, se demostró en 1938 que seguía existiendo. El fósil de pecarí del Chaco (Catagonus wagneri), similar al cerdo y al jabalí, había sido encontrado en 1930 en un yacimiento del nordeste argentino y se lo consideró una especie extinguida hasta que a principios de los años setenta el zoólogo Ralph Wetzel lo encontró vivo en el Chaco paraguayo, dándolo a conocer a la comunidad científica en 1975, y hoy el pecarí del Chaco es considerado un monumento natural de la provincia argentina del Chaco. Algunos científicos tienen la esperanza de que los grandes antropoides misteriosos como el yeti o el bigfoot existan realmente y representen la supervivencia de alguno de los ancestros humanos. La famosa primatóloga Jane Goodall ha escrito:
“Como soy una romántica incorregible, creo que esos homínidos podrían haber sobrevivido en regiones remotas” (3)
Da la impresión de que todos los que se han interesado por los monstruos han partido del mismo sentimiento romántico del redescubrimiento de especies que pueden haber permanecido vivas y desconocidas para la ciencia en algún lugar inaccesible del mundo.
Otro objeto de estudio de los criptozoólogos son ciertas criaturas mitológicas que podrían tener una materialidad biológica, y así proponen desmitificar esas historias para hacer aflorar al animal que hay detrás de los relatos fabulosos. Como fundamento de sus esperanzas, los creyentes esgrimen que se han descubierto animales que se creían puramente legendarios, como el calamar gigante, que en realidad son varias especies del género Architeutis. Además, la ciencia difícilmente puede negar categóricamente la existencia de algo, y se arguye que “la ausencia de evidencia no es evidencia de su ausencia”. ¿Podría ser que la leyenda de la gran serpiente marina se convirtiera en realidad, que en las selvas asiáticas habitara un homínido superviviente de un estado evolutivo anterior de los primates? Esas son las esperanzas de los criptozoólogos.
También se habla de criaturas “etnoconocidas”, es decir, que son conocidas por los pueblos indígenas, pero no por la ciencia occidental. El problema de estas interpretaciones es que la literalidad de los textos mitológicos y de las leyendas indígenas nos substrae de la comprensión de su contenido simbólico y del carácter sobrenatural que muchas veces representan. Para interpretar los relatos de encuentros con lo extraordinario es necesario analizar la tradición en la que se insertan y conocer el significado que esas criaturas y esos encuentros con lo maravilloso tenían en la cultura del momento.
Así pues, la criptozoología oscila entre distintas perspectivas: entre el análisis científico de las pruebas, la interpretación literal de los textos míticos y la búsqueda activa de monstruos sobre el terreno como actividad casi deportiva (monster hunting en la terminología en inglés). Y en medio de esta disparidad de criterios, se critica a esta pretendida ciencia de la distorsión de prestar atención solo a bestias misteriosas de gran tamaño, como el monstruo del lago Ness y el yeti, y no especies de insectos o de peces, donde a buen seguro puede encontrar numerosos ejemplares sin catalogar por la zoología.
Mientras que los monstruos de los mares representaban el asombro y un temor ante lo desconocido de las profundidades heredado de las mitologías, los monstruos homínidos como el yeti o el bigfoot tienen raíces profundas en los mitos y leyendas de las poblaciones locales de Asia y América sobre hombres salvajes de los bosques, gigantes caníbales o espíritus malignos. No es que esas leyendas signifiquen, como pretenden los criptozoólogos, que el bigfoot ya caminara en las montañas de Norteamérica hace siglos, sino que las leyendas sobre gigantes peludos han traspasado las culturas indígenas y han inspirado relatos sobre hombres-mono u homínidos supervivientes, interpretando las narraciones fuera de su contexto original. Tendremos oportunidad de profundizar sobre ello. De la misma manera veremos cómo las creencias en seres vampíricos de Latinoamérica han podido influir en el origen del monstruo milenial llamado chupacabras. Y así podremos analizar en otros monstruos modernos unos orígenes basados en tradiciones y temores de distintos pueblos hacia amenazas percibidas como reales.
A pesar de las dudas sobre la existencia de los monstruos, el interés por ellos no disminuye en nuestros días. Según una encuesta norteamericana de 2005, el 19% de la población cree en la realidad del bigfoot y el 21% ha leído algún libro sobre él, lo que indica un amplio interés popular (4).
Monstruos clásicos como la gran serpiente marina tuvieron su “momento de gloria” en tiempos de la expansión colonial y de las grandes expediciones geográficas, que excitaron la imaginación de la gente, pero su leyenda se resiste a morir a pesar del avance del conocimiento del mundo. El yeti fue una sensación de los años cincuenta, pero hoy día, cuando las expediciones de ascenso del Everest se masifican y el turismo invade Nepal, su estrella no acaba de desvanecerse por falta de pruebas. Los monstruos siguen vivos en la imaginación y en el interés de la gente a pesar de la ausencia de evidencias científicas sobre ellos. Aunque los escépticos hayan destapado fraudes y explicado los casos como falsas interpretaciones de objetos naturales, la presencia constante del bigfoot, de Nessie (nombre familiar del monstruo del lago Ness) o del chupacabras en los medios de comunicación de masas, el hecho de que se presuman enraizados en las tradiciones, y la popularidad que han adquirido a escala global los ha convertido en iconos de nuestro tiempo, y por ello son un genuino campo de estudio histórico y antropológico.
En este libro, vamos a poder comprobar la distinta naturaleza de las criaturas criptozoológicas. Pero me interesa menos llegar a una conclusión sobre su posibilidad que analizar los modos por los que se han generado las creencias sobre la existencia de seres tan improbables para la ciencia como los que aquí vamos a visitar.
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Clasificación. 1 meñique fracturado: pésimo. 1 meñique:malo. 2 meñiques: regular. 3 meñiques: bueno. 4 meñiques: muy bueno. 5 meñiques: excelente.
REFERENCIAS
1 Arthur C. Clark’s Misterious World. Collins, Londres, 1985, p. 151.
2 Los autores anglosajones suelen escribir los nombres de estas criaturas con mayúsculas (Bigfoot, Sasquatch, Yeti), como si fueran nombres propios, a pesar de que denominan a otros seres de los mitos y las leyendas en minúsculas, como las sirenas o los cíclopes. En este libro yo prefiero escribir todos los nombres en minúscula, por consistencia gramatical, igual que los de otras criaturas legendarias.
3 Jane Goodall. Prólogo a Frenz, 2018, p. 5
4 Bader, Mencken y Baker, 2010.
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