La Parte I de este cursillo intensivo de danikenismo práctico había dejado muchos bajorrelieves en el porta-cincel. Esta segunda nota estará centrada en los saberes del no-saber. ¿Suena muy lacaniano? Si le ponemos al asunto un poco de imaginación se advertirá que no hay contradicciones. Los «neoarqueólogos» que ejercen la seudoarqueología adolecen de un tic recurrente: los enigmas verdaderos les parecerían a ellos poco interesantes. Guiados por lo que “las cosas parecen” o por coincidencias curiosas y no por los orígenes establecidos históricamente, necesitan plantear hipótesis improbables, cuanto más traídas de los pelos mejor. Quizá porque el objetivo no sería comprender o explicar, sino llamar la atención. Pues bien, nosotros también podemos hacerlo. Bajo esta consigna emprendemos nuestro segundo viaje a través de misterios inventados sobre las huellas menos conocidas –o más alejadas del centro– de las culturas ancestrales.
¿Nos visitaron extraterrestres, sí o no? Compréndase la capacidad de complejización argumentativa de los promotores de esta idea, dedúzcase y archívese.
Escandinavos y celtas en el Nuevo Mundo, contactos entre Perú y la Polinesia, o entre África occidental y el golfo de México, sin olvidar a los fenicios, los chinos o los egipcios de tiempos faraónicos. La historia del origen de las altas culturas de América y de otras regiones (e.g. la Polinesia), casi siempre convenientemente alejadas de los grandes centros de alta cultura –cuyo origen e historia están bien documentados y estudiados desde hace tiempo– presenta sin duda, como todo, muchos misterios. Pero estos misterios, sobre cuya resolución aún no existe total consenso entre los investigadores, no son los que más les interesan a los seudoarqueólogos, quienes tienden a plantear cosas mucho más improbables y traídas de los pelos.
En estas historias, nuestros difusionistas a ultranza no se detienen a pensar que ciertos desarrollos puedan haberse dado independientemente en distintas partes del mundo. Así, hacen volar su imaginación y el tópico parece desarrollarse de una manera nada inocente en cuanto a lo político-ideológico: siempre “a favor” de ciertos grupos humanos insertos en el pasado de la tradición cultural a la que pertenece el aficionado mandafruta en cuestión y en detrimento de las capacidades creativas de otros grupos provenientes de tradiciones culturales hoy relegadas a la periferia, que quedan reducidos al rol de pasivos receptores de innovaciones que tienen su origen en otros lugares, producidas por grupos supuestamente más dinámicos que serían, en última instancia, los responsables de la “evolución” de la cultura humana.
Nótese que casi siempre los hermanos mayores/educadores en estas historias son los representantes de la cultura europea o, en un sentido más amplio, occidental: los vikingos, los fenicios, los antiguos mesopotámicos.
Otros grupos relativamente relegados también han recurrido, al momento de intentar mejorar su autoestima y posicionarse mejor en un sentido político, a fábulas que los colocan en el rol de maestros (y a la par, al menos en este sentido y en un pasado dorado al que siempre podrán volver, con los envidiados europeos) de otros pueblos que aún tuvieron menos voz que ellos en la historia de los últimos siglos.
Así, entre las comunidades de origen africano en el nuevo mundo, cuyas voces, sobre todo en los EE.UU., han ido ganando volumen en las últimas décadas, empezaron a difundirse y consolidarse indemostrables historias sobre antiguos navegantes que habrían cruzado el Atlántico desde los reinos de África occidental con destino a las regiones orientales del nuevo mundo –el México atlántico en particular (claramente no encontraron en las culturas precoloniales por ejemplo del área caribeña nada cuya paternidad les interesara adjudicarse) y sus famosas cabezas olmecas con “rasgos africanos”.
OLMECA DE JADE. Este personaje representado en una figurilla Olmeca de jade parecería estar bailando una jiga. Y uno bien podría decir (¿por qué no?) que representa una prueba de la presencia en Mesoamérica de marinos de la antigua Irlanda que en sus curraghs lograron cruzar el Atlántico para enseñarles a los locales sus vigorosas danzas célticas.
Las historias de imposibles difusionismos planteadas por los seudoarqueólogos tienen por protagonistas favoritos a los escandinavos; pero algunas de estas imaginativas tramas también contemplan a los irlandeses. La falta entre los habitantes de la isla del noroeste europeo de una tradición navegante comparable a la escandinava es compensada con la existencia entre ellos de viejas historias como aquella de los celtas cristianos que hablaba de la isla de Hy Brasil: una historia del estilo de la de la “Ultima Thule”, o “el país del Preste Juan”, y otros países maravillosos de la imaginación europea medieval. Esta tierra soñada de los monjes irlandeses de la alta edad media estaba situada en el lejano oeste; y esta locación occidental (aunque alejada e indeterminada) y la similitud del nombre con la de Brasil (tierra nombrada así por los portugueses por la abundancia en ciertas regiones costeras de un árbol de madera rojiza como la de una brasa: de ahí…) bastó para proporcionar otro motivo para que los seudoarqueólogos empezaran a tejer sus historias. Improbables, innecesarias pero sin duda entretenidas: que los viejos escritores celtas estaban hablando del nuevo mundo, que los monjes irlandeses también cruzaron el Atlántico… Y así.

BARBA DE JADE. Figura de un hombre barbado que sostiene a un pequeño jaguar. Alguno de nuestros difusionistas extremos bien podría concluir que es suficiente evidencia de la presencia de escandinavos en Guatemala hace 3 mil años (“¿Quiénes tienen barba? Los escandinavos. No más preguntas, sr. juez”). Por cierto, entre ellos se encuentra Herr Jacques de Mahieu, un investigador (?) sospechosamente interesado en plantear el origen germánico de toda manifestación de cultura superior en América del sur. Para él, los escandinavos/germanos estuvieron en todos lados e inventaron todo (hasta que llegaron los nórdicos a iluminarlos, parece que al jade los mayas se lo trataban de comer).
MAPUCHES-YAKUT/SAKHA. El artículo de arriba fue compartido en un ecléctico grupo de Facebook. Originalmente apareció en un sitio web dedicado a la seudoarqueología y a toda clase de especulaciones difusionistas. Ya desde la introducción, el autor se ataja con que su idea podría parecer “audaz” (uno usaría otro término); acto seguido, asegura que se trata de una investigación rigurosísima. No sé si creerle: parece más bien que nos hallamos frente a una de las tantas fábulas construidas a partir de la detección de similitudes superficiales entre los desarrollos culturales de dos grupos separados en el tiempo y en el espacio. Constatación a partir de la cual –y de poco más– el autor concluye que SÍ O SÍ tuvo que haber habido contacto entre esos dos grupos. Y nuestro amigo no se está refiriendo precisamente al lejanísimo (15 mil años antes del presente, o más) origen siberiano de las poblaciones nativas del nuevo mundo.
¿OLMECAS O ARAWAK? Juguemos un poco al juego de los difusionistas diletantes. Por ejemplo, podemos plantear (¿por qué no?) que las famosas cabezas Olmecas representan a una dinastía de reyes de origen arawac, descendientes de guerreros de esa etnia, probablemente procedentes de las Antillas.
Los arawac llegaron desde el norte de Venezuela, saltaron de isla en isla y colonizaron la mayor parte del archipiélago antillano (el origen sudamericano de los antiguos antillanos está bien reconstruida por la arqueología en serio). A partir de aquí, podríamos empezar a jugar el juego de las suposiciones, y plantear que de alguna forma llegaron desde las Antillas hasta las costas atlánticas de México, donde se establecieron entre los pueblos locales: Mi evidencia es tan sólida como la de Erich von Däniken, De Mahieu, o la de los que hablan de la llegada de africanos a México: una foto en la que se ve la similitud de los rasgos de una de estas cabezas con los de un tipo de la etnia guaraní que vive en el estado de Paraná, sur de Brasil
Los distintos grupos tupí-guaraní, como los arawak, que viven más al norte, comparten un tipo antropológico (digamos) “amazónico”: tipo reconociblemente distinto al de las poblaciones mesoamericanas. Eso es todo lo que tengo: labios más gruesos y narices más chatas en las cabezas y en el tipo antropológico de las poblaciones selváticas sudamericanas (y las extintas caribeñas), vs. narices aguileñas de los mesoamericanos. Así y todo, este jueguito de imágenes, similitudes superficiales e imaginativas construcciones históricas, sin más evidencia que lo anterior, sigue siendo menos inverosímil que la teoría(?) de los reyes africanos del país de los olmecas (ni hablemos de escandinavos en Tiawanaku).
CABEZONES DEL MAR NEGRO. Esta idea nace de cuando la seudociencia era LA ciencia, porque todavía no había mucho más que las especulaciones ilustradas con lo que había (con suerte, en la biblioteca de Alejandría), mejor o peor orientadas a partir de lo que los hombres con tiempo y conocimientos observaban a su alrededor –un “alrededor” que se vuelve mucho más amplio en los siglos de la Antigüedad clásica, cuando el mundo conocido desde los grandes centros de poder y alta cultura, sobre todo en la región mediterránea, se expande muchísimo.
En su tratado “Lugares, climas y aguas”, escrito hacia fines del siglo V a.C., Hipócrates menciona a los makrokephaloi (algo así como ‘los cabezones’), que viven cerca de Trebisonda, al fondo del Mar Negro, y entre quienes una cabeza alargada era considerada signo de nobleza, por lo que artificialmente producían el alargamiento de la cabeza de los niños. “Con el paso del tiempo (escribe Hipócrates), el proceso devino natural, por lo que ya no fue necesario forzarlo”.
El tratado de Hipócrates es una de las primeras manifestaciones del determinismo climático, según el cual el clima influye sobre el carácter y la naturaleza humana, lo que a su vez influye en la cultura y organización social de los distintos grupos; un pensamiento protocientífico que tuvo una larga fortuna: al menos hasta la edad moderna. Incluso hoy, estas ideas se mantienen con fuerza en el sentido común conservador, ya dentro de los dominios ideológicos de quienes, aunque el conocimiento científico esté disponible, eligen no utilizarlo porque sus conclusiones podrían no ser funcionales al mensaje de mantenimiento del statu quo que se desea transmitir. Este ideario conservador, revitalizado por lo menos desde los 90, no ha querido avanzar mucho más que Hipócrates al momento de analizar las diferencias entre las distintas sociedades. ¿Quién no escuchó alguna vez la monserga de la laboriosidad germana relacionada con la rigurosidad del clima en la planicie norte de Europa? ¿O el enmohecido tópico de la indolencia de los pueblos que viven en el trópico, locación geográfica que explicaría –eso, y no la historia– que la mayor parte de la riqueza humana se concentre en este momento histórico en algunos países localizados en latitudes altas?
Volviendo a Hipócrates, con su ejemplo de los “cabezones de Trebisonda”, el viejo maestro también se adelantó a la “herencia de los caracteres adquiridos” de Jean-Baptiste Lamarck. Tanto practicar la deformación artificial del cráneo, la forma “devino natural”(!), dice.
En las fotos, imágenes de la práctica del alargamiento del cráneo para señalar la pertenencia a una élite entre grupos humanos de distintos lugares y períodos: en el África precolonial (Congo), entre los grupos que vivían en la costa desértica de Perú hace dos mil años (cultura Paracas), entre los hunos nómadas de origen centro-asiático que llegaron a Europa en el siglo V (foto de un cráneo de un noble huno hallado en Hungría), entre los mayas de Yucatán (estatuilla de cerámica de un personaje de la élite).
BLOQUES UNIDOS DE OTROS MUNDOS. La realidad, no menos fascinante que las ficciones de los Mahieu et al. Arquitectura megalítica, de los hititas y de los quechuas. Tecnología de la edad del bronce. Ningún misterio, ninguna necesidad de plantear “contactos” entre estas dos altas culturas separadas por el tiempo y el espacio.
Sencillamente, estamos ante una arquitectura del poder: las construcciones con grandes bloques de piedra son una imagen lo suficientemente potente como para que distintos pueblos, independientemente, las hayan considerado una perfecta demostración visual –casi propagandística– del poder de una élite capaz de movilizar los recursos necesarios para levantarlas (por algo desde la Grecia micénica hasta Japón se encuentran construcciones así).
Distintos grupos humanos dan con soluciones similares para problemas similares. En este caso MOSTRAR, en sociedades que ya han alcanzado un grado importante de diferenciación social, que algunos tienen un poder del que otros carecen: nada nuevo bajo el sol, no hay necesidad de plantear visitas del espacio.
MESOPOTAMIA AMERICANA. Así como William Blake se preguntaba si Jerusalén “acaso no fue levantada aquí (en Inglaterra), entre estos oscuros, satánicos molinos (fábricas)”, a partir de esta extraña publicación podremos preguntarnos: “¿Y la antigua Uruk no habrá sido levantada aquí, en las verdes cuchillas entrerrianas, entre estos satánicos silobolsas?” Acá ni siquiera fue necesario detectar similitudes culturales o fenotípicas: sólo constatar que también en el continente sudamericano existe una “tierra entre los ríos”. Y a partir de ahí empezar a tejer la trama…
MURAL EN GALVESTON, TEXAS. Este mural busca recrear la historia de las personas de origen africano en la región a través de una secuencia ilustrada que arranca nada menos que con una cabeza olmeca (abajo a la izquierda). Monumentos tallados hace aproximadamente 3 mil años y que, por los labios gruesos y nariz chata que presentan algunas de ellas, parecen constituir la prueba irrefutable de la llegada de africanos a las costas atlánticas de México en algún momento del IV milenio a.C.(?!).
La Argentina es un ejemplo de país que tiene su fake history (el ejemplo más brutal: “en la Argentina en los 70 hubo una guerra”, cuando la investigación histórica muestra una cosa muy distinta). Pero esto va más allá todavía (¿fake ethnography? ¿fake archeology?)
DE MAHIEU REENCARNÓ EN FACEBOOK (I). Esta publicación, tomada de un grupo de Face, ofrece un ejemplo de unos delirios seudoilustrados de una complejidad que me hace pensar si la autora no será la reencarnación de Jacques de Mahieu. Porque entre afirmar que unos petroglifos parecidos a huellas de patas de pájaro hallados en Paraguay son runas escandinavas, y decir que los Shuar del Amazonas occidental están relacionados con los magiares de lengua finoúgrica que llegaron a la cuenca de los Cárpatos en el siglo IX, no hay mucha diferencia en cuanto al nivel de grandiosidad de la construcción delirante involucrada. Y está bien: si vamos a mandar fruta, que el cielo sea el límite.
DE MAHIEU REENCARNÓ EN FACEBOOK (II). Nada que agregar. Si lo dice nuestro viejo conocido el “antropólogo” Jacques de Mahieu, ha de haber sido así nomás: todo el mundo –rubios, austronesios y africanos– venía a comerciar a una especie de Singapur que debe haber habido (una estatuilla olmeca de un tipo con una barba bastante rala: ¿qué otra prueba pedir?) en alguna parte del golfo de México
¿CHACHAPOYAS O CELTAS? Perfecto ejemplo de seudoarqueología y de una montaña de fantasiosas teorizaciones difusionistas erigida sobre la (casi) nada es este reciente documental del Discovery Channel según el cual los Chachapoyas, una etnia preincaica a la que se asocia con Kuélap, gran asentamiento fortificado en el centro-norte de Perú (foto), descendían de celtas que habían cruzado el Atlántico desde algún lugar en el oeste de Europa. En el documental hablaban de Irlanda o de España, que todavía sigue de moda entre los gringos. Esta etnia habría remontado el Amazonas 5 mil kilómetros hasta las nacientes, para establecerse en esa zona de Perú.
Si bien hace décadas que Discovery se fue al diablo, todavía consiguen sorprender: hablan de cosas que no son ningún misterio (o sí, pero de otra índole). Porque no estamos en 1820: hace tiempo que se sabe un montón sobre Kuélap; también sobre Stonehenge. Al parecer no importa, el espectáculo debe continuar.
Uno creería no ser muy exagerado al decir que estas cosas son un poco la continuidad, en la cultura popular, de la concepción cien por ciento mítica de la historia que tenían los nazis, según la cual cualquier acontecimiento decisivo de la historia –o que ellos considerasen decisivo– era explicado por la presencia de “los germanos”.
¿De pronto surge en la cuenca del mediterráneo una civilización brillante como la de Grecia? Bueno, los germanos llegaron del norte, se mezclaron con las perezosas “razas” mediterráneas y les transmitieron su superior energía y creatividad típicamente nórdicas. Y así todo: la seudociencia histórica y arqueológica de la Alemania nazi no iba mucho más allá de ese tipo de especulaciones. Y la misma matriz, el mismo tópico, se encuentra en muchas de estas historias hiperdifusionistas, aunque en una escala un poco ampliada: los iniciadores de todo supuesto “milagro cultural” (como la imponente fortaleza de Kuélap, con sus bloques megalíticos) constatado en el pasado del mundo periférico no son ya los germanos, sino los europeos–occidentales.
ANGELES HIPERDIFUSOS. Seres angélicos, flotando en el aire (sobre la parte superior de la escena) en China (relieve en la pagoda de Chaoyang, dinastía Liao, principios del siglo XI AD) y en Mesoamérica (relieve Olmeca en La Venta, aprox. 800 a.C.). Ninguna prueba de contactos, ni de nada: sencillamente dos grupos humanos, de similar nivel de evolución social y cultural, que intentan pintar el universo –visible e invisible– con las herramientas de la imaginación.
CONTINUARÁ…
RELACIONADAS




















