Dijo Elena Álvarez, educadora y seguidora de este blog. Agradecida, curiosa. Adorable. Murió en marzo.
A veces no la hacía fácil. “Puta, esta chica escribe raro, ¿qué me habrá querido decir?”, me pregunté alguna vez. Hubiese debido tenerle más paciencia, me digo ahora: casi siempre es uno –no el otro– el que falla.
Hacía meses que no andaba por las redes de Factor. Entonces, me preocupé. Y fui a su muro a ver cómo estaba. Bueno, murió en marzo. Hace cuatro meses, ya. Me morí de pena. No supe en qué pensar para recomponerme. “Tranquilo, es bastante común morirse en estos días», me dije. No me resultó suficiente. Di algunas vueltas más, pero no tantas antes de escribir estas líneas reparatorias.
Elena (Eleonora) Álvarez dictó álgebra en el CBC. Fue maestra en tres distritos: Pilar, Escobar y Malvinas Argentinas, provincia de Buenos Aires. Mantuvo una huerta junto a una amiga. Amó a la ciencia. Fue discutidora y peleó duro en defensa de sus opiniones. Apoyó múltiples causas destinadas a promover el conocimiento. Organizó colectas para familias de alumnos sin IFE. Contagiaba alegría de vivir.
Aun siendo hermoso, sigo sin decir gran cosa sobre ella. Tampoco supe tanto, pero digo más si me refiero a su preocupación por los índices alarmantes de deserción escolar. A sus clases por Skype –nunca Zoom–, cuando empezó la pandemia. A su desesperación por la falta de reflejos de las instituciones de enseñanza en entornos virtuales.
“Los alumnos no saben investigar ni son autónomos, necesitan conocer el ABC”, me dijo también. La contundencia desmesurada de su afirmación cumplió su objetivo: grabó su idea en mi cabeza hasta hoy.
Apoyó la idea de este blog. Es desolador, ni siquiera supe cuándo enfermó. No le pude mandar ni un abrazo virtual.
“Daba todo lo que tenía para la gente que la pasaba mal. Le tocó irse joven”, escribió una amiga que sin duda la conoció mucho mejor que yo.
Fuiste grande, Elena.
Todavía no sé por qué murió. De qué murió. Si enfermó, si se accidentó. Nada de nada, en verdad. ¿Cuánto cambiaría saber qué la mató? (1)
Hoy sólo sé su ausencia. Y me pesa la necesidad de dejar algún elemento para su permanencia.
Gracias, muchas gracias por tu cercanía, Elena querida. Hasta siempre.
Nota
(1) Un abogado me diría que sin duda conocer la causa lo cambia todo: si en las causas de la muerte intervino la acción dolosa de un tercero, la falta de testigos garantiza la impunidad. Así, tener conocimiento fidedigno del motivo de la muerte devuelve la tranquilidad.
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