La periodista cultural Ivana Romero llamó a Gyula “el Gardel de la vanguardia” y el artista, cuando leyó el título, se puso feliz por semejante distinción. No era para menos. Escultor, poeta, pionero del arte lumínico e hidrocinético, también fue fundador del movimiento Madí, que propone articular el arte con la ciencia y la tecnología. Fue reconocido en el mundo por “Ciudad Hidroespacial”, escultura que representa una urbe en suspensión con un sistema hidráulico que genera energía. La bajada de aquella obra era bien explícita: “El hombre no ha de terminar en la Tierra”. Cuando hoy supo de su fallecimiento, Romero escribió estas líneas conmovedoras.
Por Ivana Romero (*)

Entrevisté varias veces a Gyula Kosice, entre 2010 y 2014. No diría que fuimos amigos. Pero sí que siempre me recibía con una sonrisa y su guardapolvo azul y el pañuelo turquesa claro de seda, sobre su cuello.
Por las mañanas diseñaba bocetos de obra y escuchaba por radio a Víctor Hugo Morales.
En su estudio-museo de la calle Humahuaca, guardaba varias de sus obras hechas de agua y luz. Él, que le temía al agua porque una vez, a los 13 años, casi se ahoga.

Lo vi recorrer ese lugar junto a chicos de jardines de infantes, junto a sus ayudantes, junto a su nieto. A él le gustaba prender las luces para mí y para el fotógrafo que me acompañase en ese momento. Sus esculturas despedían luz como platos voladores y transformaban el lugar en una disco lisérgica y maravillosa. «Whisssskyyyy», decía cada vez que el fotógrafo hacía click. Es que detestaba salir serio en las fotos.

Cada vez que nos veíamos señalaba con orgullo una tapa que le habíamos hecho en el suplemento de cultura de Tiempo Argentino, donde decíamos que él era el Gardel de la Vanguardia. Y es que en 1944, junto con Arden Quin, Rhod Rothfuss y Edgar Bayley, entre otros, publicaron la revista Arturo, que sólo salió una vez pero armó revuelo por años con sus pronunciamientos sobre el fin de la figuración. Luego, en 1945, vinieron las exposiciones de Arte Concreto-Invención en la casa de Enrique Pichón Riviere y un año después, la creación del nombre Madí (proveniente de “Madrí, Madrí, no pasarán” de los republicanos españoles), con manifiesto propio e imagen fundacional a cargo de Gyula y la fotógrafa Grete Stern cerca del Obelisco.
Me regaló todos sus libros. Por ejemplo, uno inconseguible donde recopila entrevistas que hizo en sus viajes por el mundo, desde Tristan Tzara a André Malraux. Así de enorme y visionario era Gyula, creador del arte madí.


Su último libro fue «500 lugares para vivir». Son pequeños (y hermosos) poemas de apenas una línea escritos entre 1946 y 2010, inspirados en la Ciudad Hidroespacial.
Lo vi por última vez el año pasado, en un homenaje que se le hizo en el Centro Cultural Kirchner. Me miró de manera algo nublada. «No me gusta estar en sillas de ruedas», susurró en medio de un vendaval de gente que quería saludarlo. Alguna vez también me confesó que extrañaba a su esposa Diyi y que le dolían los huesos.
[ttshare]#Kosice, que el agua vuelva a ser su compañera amorosa. Su luz nos ilumina.[/ttshare]
Me quedo con el lugar 499 que aparece en su libro: «Estar imbuidos de transgresión y sin embargo defender las premisas incesantes del júbilo de vivir».
Buen viaje, Gyula, y gracias por todo. Que Diyi lo reciba y lo cobije y que el agua vuelva a ser su compañera amorosa. Su luz nos ilumina. Lo queremos mucho. Defenderemos el júbilo y la transgresión.

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