

Nada de esto impidió a Clarín publicar el alegato a favor de la magnetoterapia de Pérez Martínez, quien (mezclando datos ciertos con otros falsos) escribe:
«La naturaleza parece utilizar los iones y la corriente eléctrica que ellos transportan para coordinar las actividades intracelulares y ciertas relaciones entre células cercanas. Cada célula tiene su propia carga magnética (medible en microgauss) y su propio potencial eléctrico, que se pueden medir a nivel de la membrana. Una célula sana tiene unos 70 milivoltios y una célula muerta menos de 25 mV.”
«Hoy sabemos que el campo magnético negativo es alcalinizante, y este estado favorece la vida porque permite que el oxígeno esté presente. También se sabe que este campo es reductor, dispersor, analgésico, enfriante. Imanes en polo negativo aplicados sobre un área inflamada calman el dolor.”
«El campo electromagnético positivo, en cambio, aparece en áreas acidificadas, donde hay procesos inflamatorios. Genera calor, estimula el crecimiento de los tejidos y su reparación.”
Las afirmaciones destacadas en negrita no son corroboradas por evidencia, investigaciones o experimentos pasibles de reproducción: los defensores del sistema afirman, a través de testimonios, anécdotas y casos particulares, que «la magnetoterapia sirve». Empero, estudios que aparecen citados hasta en Wikipedia (aunque, como siempre, las mejores referencias bibliográficas están en la versión en inglés) contradicen con muy buenos argumentos estas afirmaciones.
En suma, el artículo de Pérez Martínez es, parafraseando al viejo Vicente Leónidas Saadi, pura cháchara:
Bruce L. Flamm, en su nota Magnetoterapia: un despilfarro de mil millones de dólares, revisó los estudios sobre magnetoterapia y descubrió que muchos fueron publicados en revistas “alternativas” en vez de revistas médicas revisadas por pares. «Muchos estudios», escribe Flamm, «incluyen muy pocos pacientes para alcanzar conclusiones estadísticas significativas. Otros tenían problemas con los grupos de control con placebo.»

Supimos del artículo publicado en Clarín por una lectora de este blog, Dalia Sodemberg. Dalia adjuntó al enlace la siguiente propuesta:
«Creo que esta nota de Clarín debería ser enseñada en las escuelas para aprender que:
– No todo lo que parece ciencia tiene algún valor científico.
– Que no todas las personas que en los diarios se mencionan como expertos, poseen conocimiento acerca de lo que están hablando.
– Que no porque se utilice terminología científica se están diciendo cosas con valor científico.
– Que resulta vergonzoso que se utilice una nota periodística para engañar a la gente.
– Que se pueden utilizar muchas palabras para no decir nada.
– Que muchas veces los periodistas ni siquiera se molestan en usar Google para confirmar lo que afirma (un colaborador) en una nota.
– Que la propaganda encubierta es peligrosa.
– Que mucho más útil que la terapia con imanes sería meter presos a todos los que dicen ser expertos en biomagnetismo y terapia con imanes.

Salvo el último punto, ya que el Código Penal alcanza a los que ejercen una práctica y no a los que afirman ser expertos en ella, coincido con Dalia en que Clarín promociona una pseudociencia que está recubierta con una engañosa pátina de “nota periodística”. Entonces, más que falta de “chequeo” del editor, el suplemento Buena Vida está bajo sospecha de publicar la oferta de un servicio cuya eficacia es, como mínimo, altamente cuestionable, está promoviendo el uso y enseñanza de una falsa práctica médica y, como máximo, es cómplice de un engaño.
Por lo tanto, se impone enseñar a establecer, desde la edad escolar, cuáles son los méritos que debe tener una idea para ser aceptada como conocimiento científico. Este es uno de los posibles caminos para llevar la duda crítica adentro de las escuelas y, eventualmente, desalentar la propagación de macanas, que experiencias como la magnetoterapia desgastan a pacientes y familiares, ya que sus promotores, si tienen éxito en instalar la pseudociencia en cuestión, quitan tiempo, dinero y, por ende, oportunidades de recuperar la salud a los enfermos.
Nunca serán suficientes los esfuerzos que realicemos para exponer claramente los argumentos que permiten comprender por qué estas terapias carecen de fundamento. Por eso hay que insistir, incluso al precio de perder por cansancio, entre quienes estén dispuestos a escuchar.







