Una reconstrucción cruza las tres versiones del testigo con un radiosondeo lanzado desde Ezeiza la mañana del 20 de julio de 1965 y propone una explicación terrestre para el “aparato” que el vecino de Quilmes Ramón Pereyra dijo haber visto despegar.
Antes de analizar el caso y proponer mi hipótesis sobre este desafiante capítulo de la ufología argentina de la década del sesenta, transcribiré textualmente el testimonio del Ramón Eduardo Pereyra (testigo único) obtenido por Fabio Zerpa y Omar Roque Pagani, publicado en la revista española Stendek (1973), y las entrevistas de Paco Martínez (1999) y Mariela Verónica De Tomaso y Miguel Angel Gómez Pombo (2001), cuyas fuentes cito al pie de este artículo.
El relato de Fabio Zerpa y Omar Pagani (1)
El protagonista de este caso es Ramón Eduardo Pereyra, ciudadano argentino de 38 años, de profesión comerciante, casado y con dos hijos, residente en Villa La Florida, Partido de Quilmes, en la provincia de Buenos Aires. El 20 de julio de 1965, a las nueve menos cuarto de la mañana de un día nublado y con llovizna, el señor Pereyra iba en su coche por el camino Donato Álvarez, que une a San Francisco Solano con el Camino Paseo, en dirección a Buenos Aires. Cuando se hallaba cerca el Monte de los Curas, bosque muy tupido pero con algunos claros, observó a su izquierda como caía del cielo un “paracaídas luminoso”.
Inmediatamente Pereyra detuvo su auto, descendió del mismo y caminó unos 500 o 600 metros
bosque adentro, cruzando un pequeño arroyuelo y un terraplén de las vías del Ferrocarril General Belgrano que une La Plata con Nueva Pompeya. Al llegar a un claro del citado bosque se encontró con un pequeño “avioncito”, de dos metros de diámetro, de forma ovoide, sin alas ni hélices, y sin remaches ni junturas. En la parte inferior, de color metálico, tenía dos fuselajes de cada lado y dos patas pequeñas en forma de “L”, que parecían sostener el aparato. En la parte superior había una semiesfera de plástico o algo similar, con una división en el centro. Dentro de la nave se podían ver dos asientos anatómicos con sus respectivos tableros, “como de avión o automóvil” añadió el testigo. Los asientos estaban colocados espalda contra espalda. En uno de los mismos se encontraba un ser, vestido con un mameluco de color gris, y llevando colocado un casco de plástico esférico, que no podía ver a Pereyra.
Pereyra rodeó el aparato, viendo entonces a unos 30 metros a otro ser, situado al lado de un árbol y con un “papel” en la mano, que estaba mirando el cielo. Al darse la vuelta y ver al testigo, el ser emprendió una veloz carrera hacia el aparato. A unos 10 metros de la nave se cruzó con Pereyra, el cual, creyendo que se trataba de pilotos accidentados, le dirigió la palabra, aunque el ser siguió su carrera sin contestar. Al llegar al aparato, puso la mano sobre la parte superior transparente (el testigo no observó botones ni perillas), levantándose la tapa en la parte correspondiente a su asiento anatómico. Una vez dentro de la nave, se produjo un ligero sonido, “como de soldadura autógena” según afirmó posteriormente el señor Pereyra, procedente del fuselaje. A continuación, el aparato se elevó verticalmente, adquiriendo gran velocidad. Al perderse en el firmamento era una enorme luz alargada.
Pero veamos la descripción del ser visto por Pereyra fuera del “avioncito”. Debería tener entre 1,75 y 1,80 metros de estatura, vestía un mameluco gris-plomo. Colgada del cuello llevaba una capucha como de monje de la misma tela que el mameluco (el otro ser la llevaba puesta). También pudo observar un par de prismáticos quizás un poco más grandes que los comunes, un cinturón con hebilla plateada, una especie de cartuchera en su pierna derecha y unas botas cortas. El ser era rubio, con el cabello peinado para atrás. La cara era totalmente normal, con rasgos más fuertes que los comunes.
Por lo que respecta al testigo, el señor Pereyra no tenía ningún preconcepto sobre ovnis; no estaba predispuesto para ver un “plato volador”, tema sobre el cual no poseía ningún conocimiento. Sólo después de esta experiencia, el testigo empezó a pensar que podría tratarse de algo raro y fuera de lo normal; pero a siete días del evento sostuvo entre nosotros que los dos seres vistos eran totalmente normales y que el aparato era terrestre y no un ovni.
En julio de 1968 le interrogamos nuevamente y siguió sosteniendo lo mismo. Aunque lo que Pereyra no sabe es que ninguna potencia terrestre ha inventado un aparato ovoide, de dos metros de diámetro, sin alas ni hélices, que luego de un leve zumbido se eleva en el cielo y se pierde como si fuese una luz alargada. Ramón Eduardo Pereyra, después de varios análisis psíquicos y físicos, de varios interrogatorios intensos y “policiales”, sigue diciendo su verdad y es un excelente testigo de un contacto.
Entrevista de Paco Martínez el 4 de marzo de 1999 (2)
En 1965 Ramon Eduardo Pereyra, por entonces de 38 años, vivió una experiencia no solo sorprendente sino contradictoria, a la que se ha caratulado como Encuentro en la tercera fase. Muy difundida en su momento, la vivencia de este argentino oriundo de la Provincia de Buenos Aires, en el partido de Quilmes, merece una pequeña recapitulación sobre el tema mediante una muy reciente entrevista donde el hombre rememora los aspectos principales de su vivencia. El hecho se produjo en El Monte de los Curas (Villa la Florida), a 18 kilómetros de Capital Federal, conocido también como el Campo de los Curas, nombre que se le adjudica por haber existido allí un viejo monasterio. Este lugar esta flanqueado por el camino Donato Álvarez que une San Francisco con la calle Pasco.
La experiencia: Eran las 8:30 de la mañana del 20 de julio de 1965, bajo un cielo encapotado y lluvioso. Transitando con su camioneta tipo estanciera, el testigo relata la presencia de un paracaídas luminoso. Se detiene en el camino, avanza a pie unos 600 metros hasta pasar un pequeño arroyo y un terraplén de las vías del ferrocarril General Belgrano. Finalmente observa lo que le pareció un paracaídas para encontrarse con un pequeño objeto, y no solo eso, el cuerpo ovoidal estaba tripulado.
Así relata los sucesos:
Pereyra – No me pueden decir que eran otra cosa porque eran dos tipos, dos seres humanos … ¡natural! Lo único que uno de ellos no quiso tener dialogo conmigo. Yo tenia un reparto de leche y me iba a Pasco y Donato Álvarez (calles) con mi camioneta estanciera y veo caer ¨eso¨ hacia la izquierda. Ahí freno y cruzo al trote Donato Álvarez por debajo de un puente de ferrocarril y veo el aparato ahí. No quedo shockeado porque miré bien los alrededores y estaba consciente. Me acerco, giro alrededor del objeto y veo que adentro había un tipo, bien metido, sentado. Levanto la vista y veo que más adelante hay otro, y me dirijo hacia donde estaba. No soy corajudo pero no pensé ni remotamente lo que sería, ovni o algo raro. Eran tipos normales. Cuando uno de ellos me ve, viene a paso rápido y cuando me pasa por al lado le digo ¿qué le pasa, maestro? pero no contesta, no dice nada. Era un ser humano, un extranjero, no sé; por la cabellera, rubio, con un traje ajustado y una cartera sobre el costado de una pierna, también unos binoculares colgados sobre el pecho. Cuando levanté la vista el ya venía caminando, creo que me vio antes. Me quedo parado mirándolo. El tipo levantó un “capuchón (cúpula)”, y entró al aparato; después se elevó, hizo una especie de estampida, como una autógena (soldadura), y se habrá elevado como 20 metros y se fue a gran velocidad. Quedé un poco mal, como diciendo: estoy loco, estoy dormido, soñando. Te queda algo raro, que no podés incorporar enseguida. Bueno, pego la vuelta y camino bastante desconcertado. Pongo la estanciera en marcha pero no sigo trabajando; me vuelvo. En aquella época había un destacamento policial en San Martín y Donato Álvarez. Le digo al milico (policia): ¿me ves bien, porque vi algo raro …?, y le cuento qué, dónde, y todo termina ahí.
Paco – ¿ A cuánta distancia estuvo del objeto?
Pereyra – Yo estuve encima del aparato, no lo toco por educación. Tampoco se me dio por tocarlo, mas cuando veo un tipo adentro.
Paco – ¿La persona que estaba dentro, no lo miró?
Pereyra – No, el otro estaba como muerto, con una capucha colocada en la cabeza. Se veía como metido adentro de algo, no se con seguridad; y atrás -es una idea mía-, entraba el otro porque había un “coso” (cúpula) para entrar, para meterse.
Paco – ¿…O sea que iba uno dando la espalda al otro, mirando en direcciones opuestas?
Pereyra – Uno miraba para un lado y el otro para el otro.
Paco – Entonces el objeto era pequeño …
Pereyra – Mirá … había en una época un cochecito de tres ruedas ¿te acordás? Bueno, similar, pero como un huevo.
Paco – El hombre que venía de a pie, le pasó cerca ¿unos 2 metros?
Pereyra – …Y, vos vas a hablar con un tipo (al encuentro) y lo vas a chocar, como es común. Veo que hace un pequeño giro y un gesto de enojado, y me lo quedo mirando. Tenía un capuchón para atrás (capucha sobre la parte superior de la espalda), cabellera rubia, peinada. Antes se le llamaba “peinado de pato” al corte que tenia. No era ni largo ni corto. Tampoco había algo que le sobresaliera (llamara la atención). Un largavistas, un papel en la mano derecha. Creo que ese tipo me vio antes, a unos 30 o 40 metros y se vino caminando rápido.
Paco – Cuando el objeto sube, dejo marcas o quemazón?
Pereyra- No, me fije, pero después fueron a rastrear, creo que la policía, y no hubo nada quemado.
Paco – ¿Cuánto tiempo pasó hasta que fueron a investigar al lugar?
Pereyra – Dos o tres días. Parece que con los aparatos detectaron el lugar donde estaba. Eran de la policía de la Provincia de Buenos Aires. Me impresionó la velocidad que levantó (el objeto) y se fue.
Paco – ¿De que modo se retiró?
Pereyra – Subió hasta la punta del árbol, derecho (vertical, unos 20 metros) y disparó. Ah me dio la sensación que era más largo, como que se estira por la velocidad, por lo menos a la vista me pareció eso.
Paco – Al despegar el objeto, pudo ver luces?
Pereyra – No, en el tablero había una luz verde y una amarilla. Lo veo medio desde arriba (al objeto posado).
Paco – ¿Hizo algún ruido?
Pereyra – Yo no estaba muy lejos. Nos habíamos encontrado (con el que venía caminando) cerca del pasto, unos 15 o 20 metros. No estaba sugestionado para nada, escuché un ruido como la autógena, como cuando soldás.
Paco – Desde la camioneta, ¿qué ve hacia el monte?
Pereyra – Creí que era un paracaídas. Era una mañana nublada. Cayó solito sobre los arboles y me fui a ver que era.
Paco – ¿Cómo surge la noticia de lo que usted vivió?
Pereyra – Recuerdo que fue por la policía. Eran gente de un diario de la zona, y fueron a buscar alguna novedad a la comisaría. El milico les comentó y los mando para mi casa.
Paco – Usted me decía que algo lo desequilibró en su forma de pensar, que algo cambió …
Pereyra -En el momento me puse a pensar que era lo que vi. Algo sí, me sacó de lo normal. Por las noches, después, me ponía a pensar, pero nada malo, solo qué sería. Lo que vi me desconcertó.
Paco – Deme alguna precisión sobre la forma del objeto.
Pereyra – Como un huevo. La mitad de arriba era de vidrio, la otra era metalizada, y con cañitos por donde salio la explosión al subir. En una de las partes había un tipo sentado, como “perdido”, y enfrente de él un tablero. Calculo que el aparato mediría 1,5 o 2 metros.
Paco – ¿Que cree que vio?
Pereyra -Yo vi algo real. No vi un plato volador, no creo en los platos voladores, pero que era algo raro que bajó en el monte, me desconcertó.
Entrevista de Mariela Verónica De Tomaso y Miguel Angel Gómez Pombo (3)
El testigo, Ramón Eduardo Pereyra contaba con 38 años en el momento del incidente. Nos sorprendió por la seguridad con que hizo su relato, recordando numerosos detalles pese al tiempo transcurrido, dándonos la impresión de que este hecho produjo una fuerte marca en su vida, que se vio modificada por el acontecimiento, aunque mucho más por su trascendencia periodística, habiéndose transformado en una celebridad de programas de televisión del mediodía y buscado por policías y periodistas deseosos de obtener su testimonio. Nos recibió en su casa con gran amabilidad y cortesía y compartiendo unos ricos mates cuando comenzó el relato.
– ¿Cuántos años tiene usted?
– Voy a cumplir 72 años. Por eso que te digo, no tengo un año, por aquél caso tendría treinta y algo de años cuando pasó eso. Yo te lo voy a ir relatando de acuerdo a lo que vi, a lo que ocurrió. Un día común, vulgar y silvestre, yo tenía en ese entonces un reparto de leche, leche embotellada y había un lugar donde dejaban los camiones en tal lado y otro en tal lado y tenían repartidores. Entonces como a cierta hora, ocho y media serían más o menos, yo siempre me iba a realizarlo. En esa época donde yo andaba o donde yo iba, hoy lo ve y está todo poblado hay un cambio total. Por ejemplo Donato Álvarez encontrabas ese lugar, allá arriba encontrabas sólo casas y después todo era como una ruta, campo, una casa por ahí con animales. Yo me dirigía de San Martín, sale de acá del Camino General Belgrano y creo que muere por Calzada o más allá. Voy por San Martín, doblo en Donato Álvarez que está de este lado de las vías, antes había un ferrocarril. Voy tranquilo como cualquiera que va despacito, tenía una estanciera y de pronto veo que se desliza algo así… y me llamó la atención es obvio. Paro, miro el panorama … se cayó, se perdió ahí en ese monte. Había un monte muy tupido, muy grande, pero había un claro en el monte. Bueno, cuando cae en ese claro … la cosa… hace mucho, mucho frío busco un sobretodo largo … voy a ver lo qué es … pero la idea mía esto cayó de arriba como un paracaídas que tiraron que no sirvió … o algo … Entonces dejo la camioneta ahí, me cruzo caminando ligero, cruzo por abajo de un puente … este … cruzo abajo del puente, sigo caminando en el destino, el puente ese cruza por abajo un arroyo y arriba el tren… cuando subo otra vez así veo algo que está … como brillando, se veía como algo así … entonces me voy, me voy hasta donde está el aparato. Ya era un aparato, caminé tendría que ser una cuadra y ya me di cuenta que había algo ahí que no … Me voy caminando, llego al aparato, lo miro todo… pero adentro hay un tipo, vestido, tomado así como si estuviera metido adentro de un cajón, me salió ver nomás las iluminaciones que tenía, como el tablero de un coche vamos a decir, verde, amarillo, todos esos … y vi el aparato que era bastante reducido, muy reducido, muy reducido para la velocidad que agarró, muy reducido. Quizá esta mesa es más larga que el aparato (se refiere a una típica mesa de comedor), lo sigo mirando, no lo toco, pero no lo toco por respeto, porque a lo mejor me dicen por qué pusiste la mano, algo así. No lo toco no porque tuviera miedo de nada, no lo toco sino que yo con las manos en el bolsillo del sobretodo lo miro así … levanté la vista y veo un tipo para allá que estaba con unos ¿cómo se les llaman? Binoculares, largavistas … entonces me voy para allá … es decir yo llego acá, doy la vuelta por acá, miro por acá y me dirijo así adonde está este hombre, que estaba mirando hacia el centro del monte, ese lugar le llaman el Monte de los Curas, era muy tupido … pero era muy tupido la cantidad de eucaliptos, yo creo o creía que lo tenían para explotarlo como madera, no sé si lo pudieron explotar más… y cuando me voy para allá el tipo o me ve o tiene algo que dice viene alguien … entonces se viene el tipo, viene caminando, yo lo veo al tipo también, no estoy asustado, no estoy emocionado, no estoy nada … como cruzar un tipo que ves venir … qué raro este tipo, ¿no? … lo mirás así en la vereda y punto … Cuando yo lo tengo encima no me queda otra alternativa que decirle y le digo buen día como está … ¿Qué le pasa maestro? … y no me dio pelota … hablando en frío me miró con un gesto como diciendo ¿qué venís a hinchar? Sigue caminando, entonces yo no estaba muy lejos del tipo, estaría como de acá a otra vereda … yo me quedo parado y empiezo a engranar yo mismo y digo qué será, qué raro, hizo un algo con la mano, tocó arriba del aparato, se levantó como una cúpula ahí adelante y entró adentro. Cuando entró adentro seguía mirando todo, parecía que se hubiera elevado un cachito, pero primero hizo como un golpe como de autógena el aparatito y parece que se hubiera elevado, era una cosita de nada, entonces se fue elevando, se fue elevando, cerró las patas que tenía y después se fue un movimiento que no lo podía alcanzar con la vista, giró hacia donde estaba el tipo parado y de ahí sí … se hizo como si fuera una cosa larga, pero era la velocidad que agarró el tipo. Y bueno … me quedé pensando estoy loco, así decía yo, ¿estoy loco? ¿Estoy soñando, estoy dormido? Me descontrolo un poco físicamente yo así … Me toco los pies, había mucho … un día medio húmedo … me voy ahí a una línea de agua que corría ahí de un arroyito … mmm yo estoy bien, yo estoy bien … lo que ocurre es que después me ha ocurrido algo inesperado. Y bueno yo ya me vengo pensando medio ¡¿Qué carajo vi acá?! ¿Qué es esto? … Miro para allá y veía allá a lo lejos por arriba de la vía dos caminando. Yo me fui arrimando y cuando llegué al puente les digo: ¿Ustedes vieron algo? No, me contestan, pero me pasó un caso … se lo conté así nomás, no se si le dieron importancia, siguieron caminando … En vez de irme para Pasco adonde tenía el reparto, me había quedado muy tocado con eso … ¿qué era? ¿qué será? ¿dónde estoy? … Volví para atrás y en un destacamento de policía que había sobre San Martín y Donato Álvarez, dejamos también los cajones de leche, dije yo, arrimé la camioneta y me fui y le digo yo al vigilante me pasó algo raro … ¿qué le pasó?, me dice … Y yo iba así y así y he visto algo raro, una máquina que estaba en el piso, que aterrizó de una forma así, así y le expliqué todo, y después se levantó a una velocidad tremenda, yo lo alcancé a ver … le expliqué todo. Y le digo, vos sabés que me iba para la otra parada, no sé no me asusté nada pero me vine para acá porque no me encontraba centrado. Bueno, quedó así, me vengo y ahí donde estaba la carnicería antes había un almacén y un día llegaron dos tipos a los dos tres días y empiezan a hacer averiguaciones, eran periodistas de un diario de Wilde que querían tener la primicia. A partir de este momento llegaron muchos investigadores, periodistas y hasta la policía (la policía lo llevó a la jefatura de Lanús y allí le hicieron muchas preguntas también habló con un psiquiatra). Me dijeron que era una persona normal. En esos días también se acercó Fabio Zerpa con su equipo de gente ¡y hasta almorcé con Mirtha Legrand! Tiempo después vinieron del Ministerio de Marina, el capitán Pagani y también me entrevistaron y me tuvieron como cuatro o cinco horas. Después con Zerpa fuimos a la Universidad John Kennedy a dar una charla sobre ovnis. En una de esas oportunidades un periodista extranjero me preguntó cuántas veces estuve yo en Estados Unidos ya que el aparato que describía era similar a algo que tenía la NASA allí. Yo había dicho, son rusos, son ingleses, son norteamericanos… no pueden ser de otro lado, vos ves un tipo, casi se viste como vos, de ser por esos buzos que tenían tipo rana, un tipo que es como vos que a lo mejor el idioma no nos dio para poder enfrentarnos y decirnos.
– ¿Y ellos cómo eran de altura?
– Normal, delgados, elegantes, el que venía caminando, el otro estaba metido ahí adentro.
– ¿Tenían algo puesto en la cabeza?
– No, el que venía caminando no, venía con el cabello todo peinado para atrás y una cosa así para atrás, una capucha así, para atrás, se la había sacado, no sé. No sé, eso lo he visto con tranquilidad, ni miedo, ni emoción, nada por el estilo, eso es muy, muy importante.
– ¿Usted llegó a estar al lado del objeto, casi lo toca?
– No lo toco por razones de ética.
– Y adentro había otra persona, ¿y esa persona no lo mira?
– Esa persona está como clavada ahí adentro, así que este entró y el otro espacio que estaba vacío, irían de espalda a espalda.
– ¿El objeto era transparente?
– La parte de arriba tenía una cúpula después a una altura así tenía, no sé, era color acero, por decirte algo.
– ¿Qué forma tenía?
– Era como un huevo grande, era como un huevo de ñandú. Aparentemente la mitad de eso hizo así, se abrió todo cuando el otro entró, lo transparente.
– ¿Cómo lo vio bajar al objeto?
– Como que caía algo.
– ¿Era brillante, oscuro?
– Sí, era tipo brillante pero estaba como lloviznando, como con neblina pero se veía un bulto que caía ahí.
– ¿Qué color?
– Un bulto común, yo creía que era un paracaídas que venía y lo habían tirado.
– ¿Y cómo estaba apoyado en el suelo eso?
– Con las patitas, dos patitas. Esas patitas después cuando se eleva se cierran. Porque hace una explosión acá y levanta una altura a la altura de las plantas más o menos fue a una velocidad que ya no se veía, bueno, se veía pero como si fuera un humo largo. Te imaginás entonces la velocidad que tenía.
– ¿Produjo viento o algo al alejarse así tan rápido?
– No noté, no. Yo te digo, se elevó a cierta altura, se corrió así y cuando yo lo veo así en el horizonte ya se había alargado.
– ¿A qué altura subió despacito?
– Hasta más o menos la copa de los árboles.
– ¿Y de abajo cómo se veía, tenía una turbina o algo para impulsarse?
– No se sentía nada, no sentí ruido y no se veía nada abajo. No he visto nada fuera de lo común… es por eso que hay que tener mucha precaución cuando uno informa, es por eso que te hacen test.
– ¿Quedó alguna marca en el suelo?
– No.
– Usted estuvo muy cerca, ¿escuchó algún ruido o sonido?
– No.
– Y la cabina con este tablero ¿le pareció muy moderno?
– Y yo creí que esto iba a entablar conversación conmigo.
– ¿El hombre caminaba normal?
– Sí.
– ¿Qué color era el pelo?
– Bien rubio.
– ¿Rubios eran los dos?
– No, el otro no lo vi, al de adentro no lo podés ver. Notás que hay un tipo ahí adentro, sabés que hay un tipo ahí adentro porque lo miré así.
– Pero no se le veía la cabeza…
– No, no, pero a este sí porque este venía con el capuchón echado para atrás. Una cartera así en la pierna tipo militar de campaña y los cosos… los binoculares.
– Y respecto al tablero…
– Y ya te digo, yo tenía una estanciera, no había una tecnificación muy dada en el tablero.
– ¿Cómo era?
– Era un tablero con un botón amarillo, verde y colorado adentro. Volante no se le veía.
Siguiendo el relato y en ocasión de hacer referencia a los diversos tipos de humanoides de que se hablaba en el simposio sobre ovnilogía celebrado en Rosario al que fuera invitado por Fabio Zerpa, manifestó que:
«…No es eso, esto es la realidad que hay alguien, que como se fueron a la Luna vienen a investigar cómo somos y cómo dejamos de ser. Pero son terrestres… ¿Qué opinan ustedes?…»
– ¿Le dio la impresión que eran de acá?
– Estoy convencido.
– ¿Y qué hacían ahí?
– Y andá a saber, estarían observando algo … estarían investigando algo …
Comentarios de los autores (De Tomaso y Gómez Pombo):
No hay mucho por agregar al por demás extenso y detallado relato de lo que le tocó vivir a este hombre de origen sencillo. Durante la larga charla que sostuvimos, una y otra vez nos repitió «los que yo vi son de acá». Y por cierto que así lo parecían en base a su aspecto físico, aunque entendemos que nadie en este mundo pudo haber tenido esa tecnología en los años 60. Es que si así hubiera sido, hoy todos estaríamos volando en ese tipo de aparatos, ya que sin duda parece un excelente medio de desplazamiento aéreo.
Y si no son de acá, qué podría estar haciendo alguien de fuera de nuestro planeta o de nuestra cultura, paseando por un bosque de las afueras de Buenos Aires. Evidentemente parece absurdo, como casi siempre lo es el comportamiento de estos fenómenos hasta ahora inexplicables.
Lo cierto es que Pereyra los vio, o al menos los creyó ver, o mejor dicho, algo se mostró esa mañana lluviosa, algo que no comprendemos y que tal vez se oculte tras de esta exhibición de una supuesta tecnología cuasi terrestre, demasiado avanzada para la época, pero demasiado humana como para ser el real reflejo de unos lejanos visitantes. ¿Qué hay detrás de lo que le fue mostrado a Pereyra? Tal vez algún día lo sepamos …
Hasta aquí las entrevistas y relatos de los ufólogos.
EN CUARTA DIMENSIÓN En el segundo año de la revista dirigida por Fabio Zerpa, en las páginas 20-21 del núm. 22, fue publicado un resumen del caso en la sección ONIFE Investiga. La revista no tiene fecha de publicación, pero posiblemente corresponde a mediados de 1975. Cortesía: Fabio Picasso.
2026: UN “PARACAÍDAS LUMINOSO”
Había leído este caso cuando apareció reproducido en el ambiente ufológico de la mano de Fabio Zerpa y, como tantos otros relatos de aquella época, primero me maravilló y después quedó olvidado en algún rincón de la memoria.
Décadas más tarde, ya en 2026, volví a encontrarlo por casualidad en una publicación de Facebook y decidí investigar un poco más. No lo hice con la pretensión de demostrar qué ocurrió aquella mañana, sino para preguntarme si existe otra posible explicación capaz de acomodar, aunque sea de manera imperfecta, los elementos principales del relato.
Charles Sanders Peirce llamó “abducción” (nada que ver, por supuesto, con las supuestas abducciones extraterrestres) a una forma de razonamiento muy humana: partir de una observación extraña y buscar una hipótesis que, de ser cierta, la volvería comprensible. Siguiendo ese camino, lo primero que pensé fue en un globo sonda. No porque un globo explique todo lo que Ramón Eduardo Pereyra dijo haber visto, sino porque su relato empieza con algo que cae del cielo y que él identifica espontáneamente como un paracaídas. La primera versión habla de un “paracaídas luminoso”. En la entrevista de 1999 relata que ve algo caer, piensa en un paracaídas y solo después, cuando se acerca, empieza a interpretarlo como un aparato. Treinta y seis años después del incidente, en 2001, Pereyra seguía recordando que, al principio, pensó que aquello “cayó de arriba como un paracaídas que tiraron que no sirvió” y que había caído en el monte.
Mi pregunta, por lo tanto, no es si todo lo que recordó puede reducirse sin dificultad a un globo meteorológico, sino algo más limitado: si aquella mañana existió en la zona un objeto de esas características y si su comportamiento físico pudo crear una escena lo bastante extraña como para dar origen a la experiencia que Pereyra relató durante el resto de su vida. Siguiendo, además, su propia convicción: «Eran de acá».
El dato: un radiosondeo anómalo desde Ezeiza
Hay un dato independiente del relato de Pereyra que sirve de punto de partida para esta reconstrucción: la mañana del 20 de julio de 1965 se realizó un radiosondeo meteorológico desde Ezeiza. El registro corresponde al sondeo de las 12Z, lanzado aproximadamente a las 7:30 hora local, y conserva la siguiente identificación y datos:
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Si se consideran todos los lanzamientos de globos sonda desde Ezeiza entre el 20 de junio y el 19 de agosto de 1965 (el que nos ocupa queda aproximadamente en el medio de la serie), se registraron 116 sondeos. El de aquella mañana alcanzó una altura máxima registrada de apenas 10.188 metros, muy inferior a la habitual en el resto de la serie. Los otros 115 sondeos alcanzaron una media de aproximadamente 16.932 metros y una mediana de 16.254. Solo uno registró una altura máxima ligeramente inferior, 10.168 metros, apenas veinte metros por debajo, una diferencia que puede considerarse despreciable a estos efectos. En términos prácticos, el vuelo del 20 de julio se ubica en el extremo inferior de toda la serie: no siguió el comportamiento habitual de la gran mayoría de los lanzamientos considerados.
Hay además una segunda coincidencia importante. Unos cincuenta minutos después del lanzamiento, el globo ya se encontraba muy cerca de la zona de San Francisco Solano y Villa La Florida. Esa trayectoria resulta compatible, de forma aproximada, con el viento que registraba el propio sondeo en el nivel inicial: desde los 230° a 6,6 m/s, que empuja hacia el noreste.
Hasta aquí no hace falta ninguna conjetura sobre lo que vio Pereyra: ese día se lanzó un globo sonda desde Ezeiza, su vuelo fue anormalmente bajo comparado con prácticamente toda la serie y, alrededor del momento del episodio, su trayectoria lo llevaba hacia la misma zona general donde se produjo el encuentro. Lo que el registro no dice por sí solo es por qué el sondeo terminó a una altura tan baja ni qué ocurrió después. Allí empieza la hipótesis.
La hipótesis
Un globo sonda no es solo un globo. Es un pequeño tren de vuelo que, en su configuración básica, se compone de una gran envolvente elástica (el globo propiamente dicho), llena de hidrógeno o helio y cerrada en el cuello con una atadura; una cuerda o línea de suspensión; un pequeño paracaídas; y, más abajo, la radiosonda, la caja que contiene instrumentos, sensores, batería y transmisor. Lo normal es que el globo siga ascendiendo hasta reventar a gran altura, y entonces sus restos, el paracaídas y la radiosonda vuelven al suelo. Si el globo no revienta y simplemente empieza a perder gas, el comportamiento puede ser muy diferente.
Una explicación sencilla y físicamente coherente para el vuelo anormalmente bajo de aquella mañana es que el globo sufriera una pequeña fuga durante el ascenso. Habría seguido subiendo durante un tiempo, pero con cada vez menos sustentación, hasta que el empuje del gas dejó de alcanzar para sostener el peso conjunto del globo, el paracaídas, la radiosonda y las cuerdas, y todo el sistema empezó a descender sin que la envolvente llegara a reventar. Durante el descenso, el tren de vuelo podía deformarse, plegarse, arrastrarse entre ramas y adoptar una configuración muy distinta de la que tenía mientras ascendía; el paracaídas podía desplegarse parcial o irregularmente. Cuando la radiosonda, el paracaídas y buena parte de la cuerda llegaran al terreno, el globo, todavía con una cantidad importante de gas, dejaría de soportar una parte considerable de ese peso.
Aquí aparece un detalle fundamental para la hipótesis: un globo que ya no tiene sustentación suficiente para elevar todo su tren puede conservar la necesaria para elevarse a sí mismo sin la carga y el cordaje, y quedar flotando muy cerca del suelo, quizá a unas decenas de centímetros, retenido por la carga depositada debajo. El objeto no estaba simplemente apoyado en tierra, sino suspendido a muy poca altura. Si se cortaba el cordaje y se liberaba el globo, este volvería a ascender. La secuencia posible (ascenso inicial, pérdida progresiva de sustentación por una pequeña fuga, descenso sin rotura, permanencia suspendido sobre el terreno y nuevo ascenso en cuanto desaparece la carga) es coherente con el comportamiento de un globo que todavía conserva gas, aunque ya no el suficiente para sostener el peso original completo del conjunto.
La reconstrucción propiamente dicha empieza ahora. El globo lanzado desde Ezeiza alrededor de las 7:30 pierde gas o sustentación durante el vuelo y empieza a bajar lentamente sobre la zona de San Francisco Solano y Monte de los Curas, aproximadamente entre las 8:20 y las 8:30. Pereyra circula por Donato Álvarez, ve aquel conjunto descendiendo entre la llovizna y piensa exactamente lo que cabría esperar de alguien que no sabe qué está mirando: que ha caído un paracaídas. Detiene la camioneta, atraviesa el lugar, pasa por debajo del puente y se interna en el monte para averiguar qué ocurrió.
Para cuando llega al claro, la radiosonda, el paracaídas y buena parte del cordaje pueden haberse apoyado ya en el suelo, mientras el globo, deformado por la pérdida de gas, conserva sustentación suficiente para permanecer suspendido a poca altura, limitado por las cuerdas que todavía lo unen a los elementos de abajo. En una mañana gris y húmeda de invierno, con el campo empapado, llovizna fina, neblina y un cielo completamente cubierto, aquel gran globo suspendido a unas decenas de centímetros de la tierra debía de resultar profundamente desconcertante. La parte superior podía mantenerse más tensa por el gas todavía acumulado allí y ofrecer una apariencia translúcida o casi transparente, mientras que la zona inferior, más flácida, plegada y mojada por la llovizna, reflejaría de otro modo la luz mortecina del cielo encapotado y adquiriría un aspecto más opaco o metálico. El caucho de aquellos globos era traslúcido, blanquecino o lechoso a la luz, y bajo un cielo nublado y húmedo podía producir reflejos y zonas de transparencia engañosas. Vista entre los árboles y sin saber qué era, esa forma podía percibirse no como un globo meteorológico reconocible, sino como una presencia anómala: algo caído del cielo y detenido en un equilibrio improbable justo sobre la tierra.
Pereyra describió primero un objeto aproximadamente ovoide, de unos dos metros, con una parte superior transparente y otra inferior de aspecto metálico. En 1999 fue todavía más gráfico: “Como un huevo. La mitad de arriba era de vidrio, la otra era metalizada”, y en 2001 habló de una cúpula transparente y una parte “color acero”.
La misma configuración puede ofrecer una explicación posible para otros detalles del relato. Dos elementos lineales que descendieran desde el cuello del globo (el cierre del propio cuello y la línea que sostenía la carga, junto con cordajes y componentes del paracaídas) podían dar, desde ciertos ángulos, la impresión de pequeñas estructuras que sostenían el objeto. La versión más antigua habla de dos “patas pequeñas en forma de ‘L’” y la de 2001, de “dos patitas” que se cierran cuando el objeto se eleva; pero en la versión de 1999 no aparecen. No digo que una cuerda sea literalmente idéntica a una pata metálica, sino que un hombre enfrentado durante unos segundos a un objeto completamente desconocido intenta organizar lo que tiene delante con categorías conocidas: algo sostiene aquello, por tanto son patas; aparecen formas inferiores, por tanto son pequeños fuselajes o soportes; algo se ve detrás de una superficie translúcida, por tanto es una cabina; se distinguen formas, colores y componentes, por tanto es un tablero.
Es interesante observar cómo varían algunos detalles de las descripciones, aunque no siempre se refieren a las mismas partes del objeto. En la narración de 1973 se especifica que Pereyra no observó botones ni perillas en la parte superior transparente, donde el hombre apoyó la mano para abrir la tapa. En 1999 menciona una luz verde y otra amarilla en el tablero interior. En 2001 vuelve a hablar de iluminaciones de distintos colores y, más adelante, describe un tablero con botones de colores, aunque su formulación es poco precisa. No se trata necesariamente de descripciones contradictorias, ya que pueden referirse a elementos diferentes. Algo semejante sucede con la precisión con que se describe al supuesto ocupante del aparato. En la narración de 1973 aparece caracterizado como un individuo vestido con un mameluco gris y un casco. En 1999 Pereyra sigue afirmando que había alguien sentado en el interior, aunque lo describe como “metido adentro de algo”. Cuando añade “es una idea mía”, se refiere concretamente a su interpretación de cómo ingresaba el segundo hombre al aparato. En el año 2001 continúa sosteniendo que había una persona dentro, pero reconoce que no pudo distinguir sus características físicas: “al de adentro no lo podés ver”. Por tanto, estas declaraciones no representan una negación de la presencia del ocupante, sino diferencias en la precisión de su descripción. Esto no significa que Pereyra mintiera. Muestra, más bien, las dificultades para separar lo que se percibió directamente de las interpretaciones que acompañan el recuerdo de una experiencia extraordinaria después de tantos años.
La figura del hombre de los binoculares es quizá la parte más extraña del episodio, pero también una de las más interesantes desde esta perspectiva. En las distintas versiones hay un núcleo sorprendentemente estable: Pereyra ve a cierta distancia a un individuo completamente normal, rubio, vestido con lo que interpreta como un mameluco o indumentaria de trabajo, con binoculares o largavistas y, en alguna versión, un papel en la mano. En la primera versión el hombre mira el cielo; en la de 2001, el centro del monte. Al advertir la presencia de Pereyra, se dirige rápidamente hacia él y hacia el supuesto aparato.
Si aquel individuo seguía el descenso de un globo meteorológico -fuera un técnico, un radioaficionado, o simplemente alguien interesado en localizar y recuperar el equipo-, los binoculares y el papel dejan de ser accesorios misteriosos y se convierten en los objetos que cabría esperar en alguien que observa algo que baja del cielo. Pereyra pudo haber sido simplemente el primero de los dos en llegar al globo. Él vio a un hombre que volvía a una “nave” en la que había otra persona; según esta reconstrucción, el hombre quizá se dirigía deprisa hacia la radiosonda para recuperar el material. En los años sesenta, un transmisor meteorológico, su batería, el paracaídas y sus componentes eléctricos no eran necesariamente basura sin valor, sobre todo para alguien interesado en la radio (ver Nota).
Si aquel hombre cortó o soltó la línea de la carga principal, el sistema perdió de golpe varios cientos de gramos o más, con una consecuencia física inmediata: un globo que ya no podía elevar toda la carga podía conservar sustentación suficiente para elevarse él solo. Separado de la carga, el gas que todavía contenía le daba una fuerza ascensional superior al nuevo peso, y el globo volvía a subir.
Eso explicaría también la extraordinaria salida que Pereyra interpretó como el despegue del aparato. El globo, hasta entonces retenido a ras del suelo por la radiosonda, el paracaídas y el cordaje, se elevaría primero con lentitud, atravesando o rozando las ramas más próximas hasta alcanzar la altura de las copas; después, ya libre, sería arrastrado por el viento. El roce de una gran membrana de caucho y de las cuerdas contra hojas y ramas, en una mañana húmeda, podía generar un sonido difícil de identificar: quizá ese “golpe”, ese ruido de “autógena” o esa “estampida” que Pereyra intentó describir con palabras diferentes a lo largo de los años. Una esfera clara que se aleja rápidamente entre la niebla y la llovizna, y que se deforma y pierde definición con la distancia, podía terminar pareciendo aquella “cosa larga” o aquel trazo luminoso que él recordó.
Hay además varios detalles de las entrevistas posteriores que encajan con esta posibilidad. En 1999 Pereyra negó que hubieran quedado marcas o quemaduras, y en 2001 volvió a negar la existencia de marcas, afirmó que no había percibido viento y señaló que no había visto ningún sistema de propulsión debajo del objeto. Respecto del sonido, existe una discrepancia interesante: las narraciones de 1973 y 1999 mencionan un ruido semejante al de una soldadura autógena, y Pereyra también lo recuerda al comienzo de la entrevista de 2001, aunque más adelante, en esa misma conversación, responde que no escuchó ningún sonido. La ausencia de viento, marcas y un mecanismo visible de propulsión resulta difícil de reconciliar con una máquina capaz de despegar verticalmente y acelerar como él la describía, pero es completamente normal en un globo que acaba de ser liberado de su carga. Mientras Pereyra miraba cómo el globo ascendía, el hombre de los binoculares podía haberse retirado sin ser advertido, llevándose el paracaídas, la radiosonda y todo el material.
Lo que propongo, por tanto, es mucho menos extraordinario que el relato que terminó entrando en la historia de la ufología, pero a mi juicio también bastante más interesante. Aquella mañana existió realmente algo en el cielo, que descendió hacia el Monte de los Curas, y Pereyra se encontró realmente ante una escena que no pudo comprender. Mi hipótesis es que aquello era el tren de un globo sonda meteorológico lanzado desde Ezeiza alrededor de una hora antes, un radiosondeo cuyo registro muestra un vuelo anormalmente bajo y cuya trayectoria lo situó aproximadamente en esa zona. El supuesto “aparato” habría sido la interpretación perceptiva del globo deformado y de los elementos que pendían de él una vez en el suelo; el supuesto tripulante interior, una forma ambigua entre los instrumentos, la radiosonda, el paracaídas, las cuerdas y el propio globo; el hombre de los prismáticos, alguien que seguía o buscaba el globo; y el espectacular despegue, el momento en que la envolvente quedó liberada del peso que hasta entonces la mantenía cerca del terreno. En las tres versiones Pereyra describe una secuencia semejante: el hombre toca o acciona la parte superior del objeto, se abre algo parecido a una tapa o cúpula y, según su percepción, el individuo entra en el aparato. En esta reconstrucción, aquel movimiento podría corresponder a la manipulación del cordaje o de la carga para liberar el globo y recuperar el material. Pereyra se habría acercado sin saber qué tenía delante, habría observado un conjunto de formas, líneas, cajas, reflejos y transparencias y habría comenzado, como cualquiera de nosotros, a organizarlo perceptivamente en algo conocido: una pequeña máquina con cabina, asiento, tablero, patas y una persona en su interior.
Por eso, al analizar el caso, quizá no convenga preguntarse cuál de las tres narraciones es “la verdadera” hasta en su último detalle. Entre el episodio y la entrevista de 1999 pasaron treinta y cuatro años, y treinta y seis hasta la de 2001; es inevitable que algunos recuerdos hayan cambiado, se hayan simplificado o se hayan reorganizado. Mucho más significativo es observar los elementos que reaparecen, con distintos grados de detalle, en las tres versiones: era una mañana nublada, húmeda o lluviosa; algo descendió del cielo; Pereyra pensó al principio que era un paracaídas; fue hasta el lugar para averiguar qué había caído; encontró algo pequeño, aproximadamente ovoide, con una zona transparente y otra metálica; vio a un hombre normal con prismáticos, que se dirigió rápidamente hacia el objeto; el hombre realizó un movimiento sobre la parte superior del aparato y, según Pereyra, entró en él; el objeto se elevó y desapareció; y el testigo jamás creyó haber estado ante extraterrestres. Las versiones también recogen un sonido breve, aunque la entrevista de 2001 contiene respuestas contradictorias sobre este punto. Las entrevistas posteriores precisan otros detalles, como el ascenso inicial hasta la altura de los árboles, la ausencia de marcas o quemaduras y el profundo desconcierto que Pereyra manifestó haber experimentado.
Él nunca interpretó el episodio de ese modo. Según relataron Zerpa y Pagani en 1973, siete días después del hecho Pereyra sostenía que los dos seres eran normales y que el aparato era terrestre y no un ovni. Décadas más tarde seguía expresando prácticamente la misma convicción. En la entrevista de 2001, cuando le preguntaron si los hombres eran de acá, respondió: “Estoy convencido”. Los investigadores De Tomaso y Gómez Pombo señalaron además que durante la conversación les había repetido: “los que yo vi son de acá”. Queda finalmente una cuestión humana que considero fundamental y que no disminuye en absoluto a Pereyra como testigo. Él siempre insistió en que no había sentido miedo mientras se acercaba, y no tengo ninguna razón para dudar de que así lo viviera en ese momento, pero sus propias palabras muestran que lo ocurrido lo descolocó profundamente. Al ver desaparecer aquello llegó a pensar “estoy loco”, “estoy soñando”; se tocó el cuerpo para comprobar que estaba bien, se acercó al agua, abandonó su recorrido de reparto de leche y, en lugar de seguir trabajando, volvió y se dirigió a un destacamento policial para contar lo ocurrido porque, según sus palabras, no se encontraba “centrado”. En 1999 lo expresó quizá todavía mejor: “quedé un poco mal”, “camino bastante desconcertado”, y aquello era algo que “no podés incorporar enseguida”.
Nada de eso convierte su relato en falso ni obliga a suponer una alucinación o una invención. Solo muestra que estamos ante una persona que durante unos pocos minutos se enfrentó a una escena para la cual no disponía de un marco de referencia: una experiencia muy estresante. Cuando una experiencia no encaja en ninguna categoría conocida, la mente hace lo que puede para darle sentido. Una masa transparente se convierte en cúpula; los elementos inferiores, en patas o pequeños fuselajes; los componentes visibles detrás del plástico, en cabina y tablero; una forma apenas distinguible en el interior, en un hombre sentado; y el movimiento de un globo liberado, en el despegue de una máquina extraordinaria. Eso no es inventar una historia: es interpretar una percepción real. Una mañana gris, con niebla o llovizna, dentro de un bosque de eucaliptos, con un objeto traslúcido iluminado por un cielo blanco, cuerdas, un paracaídas mojado, una pequeña caja electrónica y un desconocido que no responde cuando se le habla constituía un escenario casi perfecto para una experiencia profundamente extraña. Pereyra, en definitiva, no necesitó mentir ni inventar nada para que esta explicación pueda ser cierta. Pudo haber visto algo completamente real y extraordinariamente extraño para él, y haber hecho lo posible por describirlo con las referencias que tenía disponibles. Y tal vez ahí esté la pequeña ironía de toda esta historia: mientras durante décadas ufólogos, periodistas y aficionados intentaban convencerlo de que había presenciado algo llegado de otro mundo, él sostuvo obstinadamente lo contrario. Según dejaron constancia los investigadores que lo entrevistaron en 2001, repetía que “los que yo vi son de acá”. Si esta hipótesis fuese correcta, aquellos hombres (o tal vez fue solamente uno) eran efectivamente de acá, el objeto también lo era, y lo extraordinario del episodio no estaría en una visita de otro mundo, sino en la manera en que una serie de hechos perfectamente terrestres pudo transformarse, en cuestión de minutos, en una de las historias ufológicas más recordadas de la Argentina. Tal vez Ramón Eduardo Pereyra tuvo razón desde el principio y fue un excelente testigo: “son de acá”. Y si esta reconstrucción se aproxima a lo que realmente ocurrió aquella mañana del 20 de julio de 1965, solo lamento haber llegado demasiado tarde a esta posible explicación, porque Pereyra ya no está para leerla.
Nota:
En una serie de encuestas (todavía en curso) a radioaficionados cercanos a la zona del incidente, una de las respuestas es muy sugestiva: “[P]ersonalmente no conozco a nadie de la década del 60 que se dedicara a la recuperación de radiosondas. Si conozco a un radioaficionado amigo que más cerca de este siglo capturó muchas por la zona”.
Referencias:
1) Revista Stendek, año IV, núm. 14, Centro de Estudios Interplanetarios de Barcelona, septiembre de 1973.
2) Entrevista de Paco Martínez en VisionOvni (15 de marzo de 2005), originalmente publicada en 1999.
3) Entrevista de Mariela Verónica De Tomaso y Miguel Angel Gómez Pombo, integrantes del Proyecto CATENT, en VisionOvni (12 de mayo de 2001).
AGRADECIMIENTOS: A Alejandro Agostinelli y Rubén Lianza, con quienes tuve la oportunidad de discutir algunos aspectos de este caso antes de escribir estas páginas.
POSDATA
1968: UN ANTIGUO REGISTRO PERIODÍSTICO
«En un Coloquio Sobre OVNI se Citó la Experiencia Vivida un Anochecer de 1965 por un Tambero de Florencio Varela
UN anochecer del mes de julio de 1965, Julio Pereyra [errata por Ramón], tambero de la zona rural de Florencio Varela, recogía unos tarros de leche dejados frente a un pequeño monte de eucaliptos. Caía una fina llovizna y el hombre apresuraba su tarea, cuando de pronto vio un objeto luminoso caer vertiginosamente detrás del bosquecillo. Tratando de averiguar de qué se trataba, fue hasta el lugar y se encontró con un objeto de forma ovoide, de unos dos metros de altura por aproximadamente 1,60 de diámetro en su parte central, opaco de la mitad para abajo y cubierto con algo así como vidrio o plástico, en la mitad superior, intensamente iluminada. Advirtió en el interior dos sillones anatómicos, en uno de los cuales se encontraba sentado un hombre de extraño continente. A unos 20 metros del artefacto advirtió también a otro individuo muy alto, con unos papeles en la mano, en actitud de tratar de orientarse. Pereyra se le acercó entonces y le preguntó: «¿Qué pasa, maestro?»; creyendo poder serle útil en algo. El extraño personaje no le contestó y se metió rápidamente en el objeto ovoide que, de inmediato, se elevó como una mancha de luz sobre una roja llamarada, luego de escucharse un potente estallido. Este ejemplo se citó en el primer coloquio argentino sobre OVNI que se llevó a cabo en el Club de Pescadores (avenida Sarmiento y Costanera Rafael Obligado), complementando la conferencia «OVNI vistos en todos los tiempos», que dictó el señor Juan Enrique Serrans el 24 de agosto pasado, en el mismo lugar. En esta oportunidad integraban el panel los señores Eduardo Palma, Ricardo Chiesa, Alberto Pensotti, Mario A. Coen, Jorge Piñeda y Juan Enrique Serrans. En el curso de las diferentes exposiciones predominó la hipótesis afirmativa sobre la existencia de OVNI tripulados, documentados desde los tiempos bíblicos hasta nuestros días. Al narrar la experiencia vivida por el tambero de Florencio Varela, se le asignó gran seriedad a lo que este narró, afirmando que al otro día la policía encontró en el lugar múltiples huellas y rastros que atestiguaban la veracidad de lo dicho [N. del E.: nada de esto fue confirmado]. Desde entonces se conoce este caso como el «caso Pereyra». También prestaron testimonio público ante la asamblea la señorita Delia Barreiro y el joven Eduardo Musuare, los que afirmaron que habían visto objetos luminosos, cada uno en una oportunidad distinta, de gran luminosidad y efectuando las más inverosímiles maniobras. En la mesa se aclaró bien que no todo lo que se ve en el cielo debe atribuirse a los OVNI, pues no hay que olvidar que surcan el espacio en la actualidad infinidad de satélites y cohetes. Se sentó también la hipótesis de que siendo el sol uno de los 100 mil millones de soles que integran nuestra galaxia y estimándose en 100.000 los planetas de la misma similares a nuestra Tierra, no es nada extraño que otras vidas y otras civilizaciones, inmensamente más avanzadas que la nuestra, puedan viajar a velocidades alucinantes. En el supuesto de que los viajeros espaciales, se dijo, provinieran de Alfa Centauro, que se encuentra a 4 años luz (la luz viaja 300.000 kilómetros por segundo), sería muy factible que los mismos puedan acercarse a nuestro planeta.
Fuente: Diario La Razón, Buenos Aires, 15/09/1968
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