Muchos creen que las medidas del Gobierno nacional para controlar la pandemia buscaron coartar libertades por “autoritarismo”, “por las dudas” o “porque se les dio la gana” y no porque decidió utilizar la herramienta que demostró ser la más eficaz para reducir el embate del Covid-19 mientras no existan vacunas ni tratamientos efectivos: el aislamiento social.
Quienes utilizaron todos los medios posibles para reclamar el fin de la cuarentena y “abrir la economía” no tuvieron el coraje de decir que la medida iba a tener su correlato en pérdida de vidas humanas.
Es evidente que esta oposición mediática reclamó terminar con estas medidas por clientelismo político y/o reacciones viscerales antes que por motivos científicos. Oposición que será la primera en acusar al Gobierno por el recrudecimiento de las muertes causadas por el levantamiento atropellado del aislamiento. Ya los estamos viendo cuando ellos mismos ahora protestan porque “el Gobierno cedió en el peor momento”. Finalmente, los funcionarios decidieron “escalonar” la cuarentena pese al riesgo de saturación de camas de terapia intensiva. ¿De quién es la culpa? ¿Del Gobierno? ¿De los grupos de presión? ¿De “la gente”?
Tengo una queja: si bien el viernes pasado el presidente Alberto Fernández “apeló a la responsabilidad de los argentinos ante el coronavirus”, no puso excesivo énfasis en que si no somos responsables estaremos bien jodidos ni blanqueó que el “comienzo del fin” del aislamiento obedecía a esta irresponsable presión social.
Pero la decisión fue tomada y el biólogo y divulgador científico Leonardo Martín González Galli tiene, como siempre, algo interesante para decir sobre esto. Explica, por un lado, por qué la mente no reacciona ante un problema hasta que no lo vive en carne propia; y opina, por el otro, que los grupos mediáticos que se opusieron al aislamiento no presentaron argumentos racionales para ponerle fin por el simple hecho de que no los tienen: los trabajadores, los desocupados y los marginados por el sistema no se identifican ni remotamente con esos grupos ni son parte activa de la movida anticuarentena.
Los fogoneros de apurar el fin del aislamiento social –un capital simbólico que mantenía a raya la propagación del contagio, sobre todo en CABA, donde muchos aún tienen resto para quedarse en casa– tampoco admiten que la economía de los países que no hicieron cuarentena no ha mejorado en un contexto de recesión mundial.
Mi amigo Alan March caracterizó el inoportuno final “escalonado” de la cuarentena con una profecía-epitafio de humor negro:
“Una de las primeras empresas que se reactivará es Lázaro Costa”.
A.A.
Por Leonardo Martín González Galli
En estos días varios comunicadores han apelado a una analogía entre la pandemia y la guerra. Y creo que está muy bien. Nadie dice que sea exactamente lo mismo, sino que ambas situaciones se parecen en algunos sentidos importantes (y difieren en otros aspectos igualmente importantes). Así es. El jueves 16, por ejemplo, un periodista decía que durante la Segunda Guerra Mundial se les ordenó a los ingleses que por las noches mantuvieran las luces de las casas apagadas para no facilitar la tarea de los bombarderos alemanes. Y, siguiendo con la analogía, decía el periodista, a nadie se le hubiera ocurrido reclamar su derecho a prender sus luces (porque son mías, porque yo las pago, etc.). Y me parece que, en ese punto, la analogía está muy bien.
Sin embargo, en este contexto de pandemia, mucha gente está reclamando su derecho a salir a correr, ir a los bares, reunirse con sus amigos, etc. Hay gente que reclama porque está pasando hambre; estos últimos son casos comprensibles. Pero hay muchos (tal vez la mayoría) que no reclaman por cuestiones realmente vitales, y también hay muchos que están pasando hambre pero comprenden y no reclaman el fin de la cuarentena.
¿Por qué pasa esto? ¿Por qué tantos individuos boicotean las medidas de un gobierno que tienen como único fin evitar que esos individuos padezcan una enfermedad potencialmente mortal? Como suele ocurrir, en estos casos las causas deben ser varias. Pero, entre esas causas, es muy probable que prevalezcan ciertos sesgos de la mente humana que nos juegan algunas malas pasadas. Durante nuestra evolución nuestros mecanismos mentales fueron seleccionados por su eficacia a la hora de tomar decisiones adecuadas en las condiciones en que evolucionamos, esto es, pequeñas bandas de cazadores recolectores. Luego, nosotros mismos nos creamos un mundo radicalmente distinto: nuestra mente no es muy buena para lidiar con los problemas de este nuevo mundo.
Y tal vez uno de los sesgos mentales más básicos, más primarios, es aquel que consiste en que la mente no reacciona frente a algo hasta que no lo detectamos “en carne propia”. En relación con eso, en muchos casos la distancia temporal entre las acciones que tomamos diariamente y sus consecuencias negativas futuras hace que no haya una retroalimentación sensorial que nos permita asociar ambas cosas y actuar en consecuencia. Así, muchos piden que los dejen ir a los bares porque no ven el peligro (no lo sienten inmediatamente en carne propia) y porque, cuando lo hacen, no ven las consecuencias negativas (no porque no existan sino porque están diferidas en el tiempo). Este mismo sesgo dificulta que cambiemos nuestros hábitos para adoptar conductas ambientalmente más racionales y positivas o, por poner otro ejemplo cotidiano, cambiar nuestros hábitos alimentarios hacia una dieta más saludable.
Volviendo a la analogía con la guerra, alguien podría decir que, en realidad, hay una gran diferencia en cuanto a la magnitud del peligro: es mucho más probable morir en un bombardeo que por coronavirus después de ir al bar. Puede ser. Sin embargo, para muchos quedarse en su casa casi no tiene costo, motivo por el cual salir, aún con un bajo riesgo, es poco racional.
Esto me da pie para mencionar un sesgo que quizás es el más importante de todos. En general, tomamos nuestras decisiones de un modo totalmente visceral, emocional, no racional, y, por último, recurrimos a la razón para justificar retrospectivamente esas decisiones. O como dijo José Saramago: “En rigor, no tomamos decisiones, son las decisiones las que nos toman a nosotros”.
Así, cumplir con la cuarentena causa una sensación de displacer (aunque solo sea porque rompe nuestras rutinas) que nos lleva a oponernos, y luego vemos cómo justificamos con la parte racional de la mente esa decisión que tomamos con las tripas. Y ahí vienen mis derechos, la inmunidad de rebaño, en Narnia no hicieron cuarentena y les fue genial, los terribles efectos secundarios de ver mucho Netflix y demás.
Bueno, en estos tiempos en que está de moda exaltar las emociones y denostar la racionalidad creo que necesitamos más racionalidad que nunca.
Uno de los disparates más grandes que han hecho carrera en la cultura actual (incluyendo amplios sectores del llamado progresismo) es que nuestros problemas derivan de un exceso de racionalidad y que, por lo tanto, debemos “escuchar más a nuestro corazón”, debemos dejarnos guiar por nuestras emociones. Gran bolazo, grande y peligroso: nunca fuimos muy racionales, siempre fuimos esclavos de nuestras emociones. Y no es que eso esté mal, no podría ser de otro modo: es inviable apelar a la racionalidad para tomar cada “microdecisión”. Así funciona la mente. Solo que, en ciertas circunstancias, hace falta mucha racionalidad para no meter la pata. Y los grandes problemas que enfrentamos como sociedad requieren justamente eso.
FLEXIBILIZACIÓN O PODER DE POLICÍA
El gobierno flexibiliza la cuarentena cuando aún no llegamos al pico de la pandemia. Difícil de entender, o no tanto. Mi hipótesis es que, simplemente, la cuarentena no se puede sostener más. Pero no por la economía, por la angustia, ni por ninguna de las razones (falsas, a mi juicio) que han esgrimido quienes se opusieron desde el comienzo sino, simplemente, porque la gente no quiere. Y si la gente se niega a respetar el aislamiento y el único modo de que la respete es por la fuerza, no hace falta decir que eso es absolutamente inviable. Es claro que si se tomara ese camino, dadas las fuerzas de seguridad que tenemos, los costos serían más trágicos que los de la pandemia.
El gobierno nunca tuvo “poder de policía” para hacer cumplir la cuarentena, y ahora menos que nunca. Por eso, tanto antes como ahora, todo depende de la responsabilidad individual. Ustedes dirán que, en ese caso, estamos jodidos. En efecto, estamos jodidos. Una buena parte de la población nunca creyó, entendió, aceptó, ya no sé cómo pensarlo ni decirlo, la realidad de la pandemia y todo lo que implica. Y lo que comentamos acerca de cómo trabajan nuestros sesgos mentales podría explicar parte de esa incomprensión.
Nosotros nos podemos cuidar mucho, pero, en definitiva, estamos en manos de los otros.
Es un supuesto aceptado casi universalmente que los pueblos padecemos gobiernos peores de lo que merecemos. Bueno, a mi cada vez me resulta más claro que algunos gobiernos son bastantes mejores que buena parte de la población. No puedo evitar pensar eso cuando veo a buena parte de la población resistiendo las medidas sanitarias del gobierno, o defendiendo los intereses de los tránsfugas de Vicentín al grito de “fuera el comunismo”. Casi no tengo dudas: los gobiernos peronistas desde el inicio del kirchnerismo hasta acá son mejores que un buen porcentaje de la población. Como gobernante, yo no soportaría que mi pueblo resista medidas que están claramente en su favor. Esa es una de las tres millones de razones por las que no podría ser funcionario.
Así que, estimados y estimadas, antes de indignarnos con el gobierno por el levantamiento de la cuarentena, a lo mejor conviene mirar a nuestros vecinos. Por ahí es con otros que nos tenemos que indignar. Y recordemos que este gobierno (al que es más bien imposible juzgar dado que lleva solo seis meses de gestión en condiciones inimaginables, herencia macrista + pandemia) es infinitamente mejor que la alternativa (imagínense, por un segundo, no más porque puede darles un paro cardíaco, lo que hubiera sido esto con Macri en el gobierno) e incluso que buena parte de la población.
Y cuidémonos: parece que en ésta estamos bastante solos.
ADDENDA / LA FANTASÍA DE LOS “PICOS”. Por Raúl J. López
El pico nos hace pensar en una forma característica, es como una montañita con punta, ¿no?
En una epidemia de Covid 19, sin control, no hay «picos»: la curva de contagios sube exponencialmente sin detenerse hasta que se contagia la mayor parte de la gente y mueren todos quienes tienen que morir en el transcurso.
El «pico» sólo es posibe con la aplicación de una interrupción de contactos estricta Fase 1 ó 2 durante 15/20 días que detenga drásticamente los contagios y haga descender su curva.
En una palabra, sólo hay «picos» cuando se hace cuarentena.
Tampoco existen «picos» cuando se relaja la cuarentena y se permite que la gente haga estupideces y se infecte; estos contagios aumentan de manera implacable hasta hacer un «pico» trágico recién cuando ya no queda nadie por infectar.
En el camino muere mucha gente; en nuestro país serían algo así como 2.5 millones de personas, en Córdoba 120.000; o sea, uno o dos invitados de cada reunión de tus cumpleaños… tu hermano y tu mamá, por ejemplo.
La política de «todo permitido» tergiversa el sentido de la palabra «pico» y disfraza la realidad: si no te cuidás ni te ocupás de que otros a tu cargo se cuiden, el aumento exponencial de contagios y muertos seguirá sin interrupciones hasta que no queda nadie por infectar.
Actualización: 29/7/2020 (Imagen: Federico Abrile).
RELACIONADAS