1. ¿Puede verse el atentado a Charlie Hebdo como un enfrentamiento entre «terrorismo islámico» y «libertad de expresión»? ¿Debe ser ilimitado el derecho de la libertad de expresión, si supone ofender a personas por su ideología, creencia y etnicidad?
El atentado contra la publicación satírica Charlie Hebdo sólo se puede adjudicar a quien lo ha cometido y, aunque esto duela a muchos musulmanes, es indudable que tiene una inspiración de corte yihadista o extremista islámico. Una inspiración, según muchos musulmanes, torticera y desviada de las palabras de su profeta Mahoma y que va en contra, afortunadamente, de lo que cree la mayoría de los musulmanes. Lo que no debemos olvidar es que está siendo propagada y financiada por sectores sociales e incluso gobiernos islámicos que han decidido iniciar su particular guerra santa de exterminio de todo aquel que no profesa sus mismas creencias religiosas ni tiene en mente su modelo de sociedad teocrática o de República Islámica.
El objetivo aparente del atentado es, efectivamente, uno de los derechos fundamentales de cualquier sociedad democrática; a saber: el de la libertad de pensamiento y libre expresión de las ideas. Sin embargo, su objetivo final y real es la democracia en sí y, por consiguiente, todos sus derechos humanos y ciudadanos. La pretensión de estos extremistas no es otra que sustituir nuestro sistema de libertades por una organización social de corte teológico, que elimine definitivamente la separación entre iglesia y Estado de la que hacemos gala quienes nos consideramos descendientes intelectuales de la Ilustración francesa.
Por otro lado, hay que entender que un derecho como el de la libertad de pensamiento y expresión de las ideas no puede tener más límite que el del respeto a derechos de índole igual o superior como es el del derecho a la vida o el de la expresión de las ideas ajenas. No es el caso de las publicaciones de Charlie Hebdo, que podrán ser consideradas de mayor o menor gusto pero que jamás han realizado llamamiento alguno contra determinados colectivos ni han promovido la xenofobia o persecución alguna por razones religiosas, culturales, políticas o étnicas (su labor ha ido más bien en sentido contrario).
Si alguien siente que ha sido ofendido públicamente por su ideología, creencia o etnia, dentro de nuestro sistema de garantía de libertades individuales y colectivas, lo tiene fácil: tan sólo debe recurrir a los tribunales de justicia y que sean estos los que decidan.
2. Es inevitable repudiar un asesinato masivo a sangre fría a periodistas. Pero la violencia del grupo islámico ¿no invita a pensar la violencia discursiva ejercida desde los medios y la violencia estructural presente en las sociedades occidentales?
Cualquier asesinato, sea cometido contra quien sea, debe ser automáticamente repudiado y sus artífices perseguidos con todos los recursos legales de que dispone nuestra sociedad. La violencia, por supuesto, no es ajena a nuestra estructura social y no hay más que ver la resolución de este trágico episodio para comprender que el Estado es el máximo gestor de este tipo de recurso. La diferencia estriba en que, en casos como este, lo hace por designación y en representación y defensa de los ciudadanos. Tampoco debemos olvidar que nuestra sociedad desgraciadamente dista mucho de ser igualitaria y que las diferencias económicas, sociales y culturales son precisamente uno de los mayores peligros para su correcto y armónico desarrollo. Sin embargo, no creo que sea ese el principal motivo de este deleznable ataque pues de ser esa la razón en este mismo momento todos nuestros países estarían ardiendo por los cuatro costados con miles de ciudadanos desfavorecidos ametrallando a sus conciudadanos.
A las palabras hay que oponer palabras, a los argumentos contrarios nuestros propios argumentos y a la razón ajena nuestra razón. Las balas no son más que el recurso irracional y último de quien no tiene palabras, argumentos ni razón que defender.
Esa es la base de una sociedad civilizada en la que merezca mínimamente la pena vivir, una sociedad basada en pilares fundamentales como el de la igualdad, la libertad, la democracia y la laicidad. Los fanáticos que han masacrado a los periodistas y dibujantes de Charlie Hebdo han disparado, en realidad, contra esos valores que ellos desprecian.
3. Hay ateos militantes identificados con las víctimas (“todos somos Charlie”). Hay religiosos no islámicos que descargan su ira contra el mundo musulmán y olvidan la intolerancia de sus propias iglesias. Ahora bien, el atentado a Charlie Hebdo se produjo en un marco de creciente intolerancia social, religiosa y cultural. ¿Cómo descomprimir el escenario de tensiones que origina este tipo de atentados? ¿Qué secuelas imagina en una Europa en crisis?
Afortunadamente, entre los detractores de esta clase de acto de lesa humanidad hay incluso religiosos islámicos y la mayoría de los creyentes musulmanes, que también repudian estas actuaciones y a quienes las cometen. Desgraciadamente, hay también quien lo critica pero lo equipara con la actuación de los asesinados, objetando que ya estaban avisados y que su conducta reiterada de dibujar al llamado profeta provocó su propia muerte. Este modo de pensar supone una perversión ética y racional que es precisamente contra la que hay que obrar, educando a la población para que sea capaz de apreciar la diferencia entre dibujar una viñeta y matar a un ser humano. Jamás se podrá equiparar a la mujer violada o maltratada con el violador o el maltratador, aduciendo que esta iba vestida o se comportaba de un modo que provocó a su agresor. Considero que eso es algo que la mayoría de la sociedad es capaz de entender. Pues en el caso que nos ocupa debiera suceder lo mismo. Quienes no sean capaces de percibirlo así es porque necesitan ser reeducados en normas y valores. ¡Qué importante sería, en este sentido, una asignatura como la de Educación para la Ciudadanía, que en España fue desechada por la presión de los sectores más derechistas y reaccionarios de nuestra sociedad!
Una lacra de esta índole y que afecta al conjunto de nuestra sociedad (y aquí incluyo también a la de los países islámicos, muchas veces injustamente olvidados pero que en realidad sufre el azote de esta plaga en sus propias carnes y pagando el mayor coste en vidas humanas) debe ser resuelta mediante el concurso de todos los ciudadanos y estamentos implicados. Sin unidad social ante los asesinos la partida está perdida.
La salida fácil es la que, por ejemplo, está reclamando la extrema derecha francesa del Front Nationale de Le Pen y otros grupos de corte neofascista y neonazi en el resto de Europa (enemigos históricos de la democracia, conviene recordar), que promueven, previo referéndum, un endurecimiento de las penas con el recurso incluso a la pena capital, restricciones en la inmigración, un aumento del control policial y un recorte de las libertades civiles. Si se opta por esta vía los terroristas habrán conseguido su propósito. Si por miedo consiguen que modifiquemos nuestra forma de vivir el día a día, los asesinos habrán conseguido ponernos a todos de rodillas y habrán sembrado el caldo de cultivo de la autocracia necesaria para que florezca en Europa su pretendida teocracia.
Por supuesto, es básico el apoyo incondicional, en esta labor de acoso y derribo a los movimientos fanáticos de origen islámico, de países como Arabia Saudí; países, con una organización social de corte fundamentalista y feudal, que a nadie se le escapa que tienen mucha más responsabilidad en el auge y soporte de los movimientos armados islamistas de lo que a simple vista quieren reconocer. En este apartado la presión de los demás países es fundamental, aunque ello conlleve el forzarles a mover ficha mediante el aislamiento internacional.
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