Hoy dejó este valle de llantos un amigo de esos a quienes uno quiso, quiere y seguirá queriendo a pesar de todo, un tipo a quien muchos conocen porque, hace veinte años, apareció en televisión presentándose como un comandante extraterrestre.
Los últimos meses de Claudio Omar Rodríguez, conocido como el Comandante Clomro, fueron de mucho dolor. Mucho más que el que un dios benevolente puede permitir a un ser, terrestre o no, que jamás hizo daño a nadie. Esta semana, el anti-dios de la piedad se encargó de que dejara de sufrir.
Claudio Omar Rodríguez fue conocido en la Argentina y Chile como Comandante Clomro. En México fue “Claudio el de los Cristales” o “Claudio el del Telescopio”, por el aparato newtoniano que usaba para enseñar planetas, estrellas y constelaciones desde la plaza del Barrio Antiguo de Monterrey, México.
Todavía no ha sido precisado el día, la hora ni las circunstancias en que falleció, aunque el pasado martes 10 le dijo a su amigo Ray que no iba a asistir a su sesión de quimioterapia y recién hoy, 12 de Mayo, a las 2:15 hs, un vecino avisó a un oficial de policía, quien lo encontró en su casa sin vida.
Nacido en La Plata el 28 de junio de 1962, sería mezquinar su flanco más humano omitir que Claudio fue Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Católica de su ciudad natal, pródigo escritor, excelso coleccionista de cristales, a los que seleccionaba por sus propiedades esotéricas, dibujante, pintor… organizador de grandes, perdón, ¡siderales! gestas sociales y solidarias.
Por otra parte, sería deshonesto ocultar que los últimos siete, ocho meses fueron para él una desgarradora letanía de dolor. Casi todo este tiempo sufrió en su cuerpo malestares insoportables, lapso en que estuvo casi sin ayuda médica, acaso porque el Estado mexicano sólo se ocupa de los muertos, y sin amigos con capacidad para asistirlo en forma organizada.
A medida que su cuerpo se fue debilitando, los amigos más consecuentes comenzaron a pausar sus visitas. Esta escalada no es inusual y no hay reproche posible: cada cual hizo lo que pudo y el humor de Claudio empeoraba tanto como su salud. A veces había que ser un santo, o conocerlo demasiado, para aguantar su trato. “Nadie me trae nada para comer y después me dicen que estoy flaco”, rezongaba.
Querible con los argumentos imbatibles que uno puede esgrimir tras 25 años de amistad (es importante enfatizar que probablemente la distancia hizo mucho por nuestra amistad), Claudio no era el tipo de persona que le cayera bien a todo el mundo. Seducía por su espíritu romántico y su pomposo despliegue de conocimientos y proyectos humanitarios y espirituales. Por otro lado era misógino, homofóbico y, cuando se le escapaba cierto talante xenofóbico, le advertía que le iba a tener que dar la razón al psicólogo Heriberto Janosch cuando sugirió en TV que él tal vez se había convertido en extraterrestre porque representaba a una minoría incomprendida.
A lo largo de estos duros y tristes meses yo no sólo le perdoné lo imperdonable sino que le tuve que pedir a los que se enojaban con él un poco de indulgencia, o el margen mínimo de piedad al que estamos obligados los que nos vamos a quedar del lado de la vida. Ejemplo: su apartamento estaba hecho una pocilga y tampoco tenía comida, pero un día se mandó a mudar con los fondos penosamente reunidos por el grupo. Su salud se deterioraba, estaba en el umbral de la agonía. Era inhumano recriminarle algo. Pero sólo sus amigos le podíamos permitir ese tipo de licencias.
También sería injusto decir que estuvo completamente solo. Durante este lapso a su lado desfiló una procesión surtida de todo lo que ofrece el mercado. Desde corazones brillantes, que recibieron su afecto y lo entregaron todo, hasta iniciados en sus misterios, gente que no estaba bien del coco y, probablemente, amistades por conveniencia. Se quejaba de la soledad pero, a la vez, odiaba que le tocaran el timbre a cualquier hora o que entraran desconocidos a su casa. Sus acompañantes a veces no sabían para dónde correr. Los últimos días, con el avance de la enfermedad, estar con él era durísimo. “Yo necesito masajes en las piernas y nadie me los quiere dar, nadie aguanta el olor”.
Estas semanas, para no estar todo el tiempo hablando de sus piernas hinchadas y hacer más tolerable sus amarguras cotidianas, en nuestras conversaciones telefónicas abordábamos los temas que nos fascinaban, aunque mi enfoque fuese terrestre y el suyo extrahumano. Aunque yo fuese escéptico y él un apasionado defensor de lo sobrenatural, ambos nos escuchábamos. Como toda la vida.
Me sorprendió saber que nunca se había desenganchado de su Proyecto Quartz, una idea delirante que hizo realidad: sembrar el mundo, o todos los sitios a dónde él o amigos de él pudieran llegar, de cristales de cuarzo para “canalizar energías positivas”. Para Claudio estas piedras de gran tamaño eran “magos transformadores del planeta”.
De sus posesiones, junto con sus obras de arte, porque también pintaba, los cristales era lo que más apreciaba. “De lo que tengo es lo que tiene más valor”, me dijo una vez. “¡Entonces vendámoslas!”, repliqué. “Lo que ahora te hace falta es el dinero, no piedras. Porque sin dinero no tendrás salud, y tener salud te va a dar el tiempo que necesitás para seguir con tus proyectos”. Yo no estaba entendiendo nada, y eso fue lo que me contestó: “No me entendés. El valor de esas piedras es el que yo les doy, o cualquiera que aprecie su valor energético”.
Me pidió que releyera los textos del Proyecto Quartz, que solamente así yo iba a entender por qué esas piedras, las que aún conservaba, “debían permanecer unidas” y agregó que su colección completa incluye las que siguen en su casa de La Plata. Por esas mismas razones se rehusaba a vender sus cuadros. “Eso, para que no pierda valor, debe estar todo junto. No hay artista sin obra”. Mientras pensaba que mientras pudo nunca hizo el menor esfuerzo para reunir su obra en Monterrey, me pregunté si ya sabía a quién le iba a confiar su proyecto cristalográfico. “No sé”, fue su respuesta. Claudio de los Cristales no quería que su obra se disgregase, pero desgraciadamente tampoco logró encontrar sucesores.
Debo reconocer que recién conversamos sobre su legado cuando sus capacidades expresivas fueron menguando. Claudio sabía que se encaminaba rápidamente a la muerte. Pero esquivaba el tema, quizá porque temía que su proyecto desapareciera con su existencia física. En La Plata guardaba parte de sus archivos, pero hacía años estaba desconectado de su familia. Sus seguidores más locuaces se nuclearon en la página En apoyo a Claudio el del Telescopio / Comandante CLOMRO, con un nivel de entusiasmo y fervor que, en los últimos meses, incitarían a cualquiera al suicidio. Claudio visitaba esa página en silencio y se preguntaba quiénes serían ese foro con 450 «amigos» donde sólo «megusteaba» el mismo puñado de siempre.
Los motivos de este texto no son más que un modo de sobreponerse a la ausencia de una persona querida. Sin embargo, también quisiera compartir la última de nuestras conversaciones, cuando le pregunté por qué creía él que tantos amigos lo habían abandonado. Su primera respuesta fue que internet no es garantía de amistades auténticas y mucho menos duraderas. Pero enseguida se retractó: “Lo inexplicable fueron mis amigos de La Plata, todos se borraron”. Lejos de quedarse con el misterio, más tarde, por whatsapp, arriesgó su propia hipótesis: “Quizá mi error fue insistir en actuar individualmente”.
En proyectos posteriores subrayó el concepto de crear Comunidades Solidarias. De eso habla en este video que subió a su canal en Youtube y gracias al cual me di el gusto de verlo vivo otra vez:
[ttshare]»Quizá mi error fue insistir en actuar individualmente», dijo Clomro poco antes de morir[/ttshare]
Clomro convocaba “crear multicomandos descentralizados”. Cada uno era su propio comandante. En el ambiente ocultista no le fue fácil encontrar gente que comprendiera los beneficios de ser dueño de sus propios actos. De algún modo se reconoció víctima de su creación, una filosofía con pretensiones cósmicas pero que no cuajaba con la calidez, el afecto y el compañerismo que debe privar en todo proyecto comunitario. Por si alguien duda sobre la transparencia con que exponía sus certezas, creencias y vacilaciones, reveló sin ningún empacho buena parte de su vida, las partes lindas, heroicas, pero también las horribles, para mi libro Invasores. Historias reales de extraterrestres en la Argentina (Random House, 2009).
Claudio, en sus mejores días, soñó con una humanidad más justa. Más ecológica. Más igualitaria. Más solidaria. Lo último que me pidió fue que le comprara a un librero de La Boca el libro «Educacion para una conciencia mundial», por Carleton Washburne. (Biblioteca Pedagógica, Ed. Losada S.A., 1967). No quiso que se lo enviara. «Mejor guardalo vos», me dijo. Lo voy a leer: decidí considerarlo su regalo de cumpleaños.
Si no llegó a concretar todos sus proyectos, mejor no nos preguntemos por aquellos que tuvieron sueños parecidos y se fueron sin dejar rastros. Claudio anduvo por acá, sus ideas y él mismo tuvieron mucha visibilidad y fue una persona querida y a la que vamos a extrañar mucho, ahora que ya no está en la Tierra y regresó a su cuna de estrellas.
Larga vida a Clomro, esto es, larga vida a Claudio Omar Rodríguez, mi primer amigo de otro mundo.
RELACIONADAS
S.O.S. a la Tierra: El Comandante Clomro nos necesita