Biólogos, psicólogos y neurólogos coinciden en algo: los sistemas de creencia, entre ellos la religión, son parte de un complejo rompecabezas evolutivo. ¿Qué pasa en el cerebro cuando cree? La hipótesis del opio natural.
Nadie está exento de comulgar con algún sistema de creencias. Entre las opciones intangibles, Dios acapara la demanda. Hay, desde luego, creencias más evidentes que otras. El amanecer, por ejemplo: si queremos organizar un desayuno es indispensable creer que el desayuno sucederá. Pero el sol (por culpa de un nubarrón, para no dramatizar) puede faltar a la cita. Por eso hace falta creer: nadie tiene todos los boletos asegurados; ni siquiera para asistir a un amanecer.
Eso no es todo. Porque creer conjura la incertidumbre y busca hacer previsible el azar: también creemos cuando nos preguntamos por el lugar donde dejamos –en realidad, creemos haber dejado– estacionado el auto. Como las creencias no necesitan ser validadas para existir, una de sus funciones es ampliar nuestro contacto con el mundo más allá de nuestros sentidos, incrementando nuestra habilidad para sobrevivir. “Nuestros cerebros tratan a las creencias como ‘mapas internos’ que representan aquellas partes del mundo con las cuales no tenemos contacto sensorial inmediato”, explica Gregory Lester, psicólogo de la Universidad de Saint Thomas en Houston, Texas. Es decir: si el auto está fuera del alcance de nuestros sentidos, la ausencia de datos sensoriales no nos impide imaginar que todavía está donde lo dejamos. La creencia, claro, puede ser falsa: una calle parecida (o una grúa, o un ladrón) nos pueden confundir.
Sentidos y creencias son caras de una moneda llamada supervivencia. “Sin los sentidos –continúa Lester– no podríamos saber nada del mundo exterior. Sin las creencias no podríamos saber nada del mundo que está fuera de nuestros sentidos”. Sin éstos ¿cómo preservarse de eventuales peligros? “Creencia es el nombre que le damos al instrumento de supervivencia cerebral diseñado para aumentar e intensificar la función de identificación del peligro que tienen nuestros sentidos”, resume Lester.
Las creencias son, también, sistemas de atribución de significados. Para Susan Blackmore, profesora de Psicología en la Universidad del Oeste de Bristol, Gran Bretaña, los creyentes en fenómenos como la psicoquinésis (la alegada capacidad psíquica de influir sobre la materia) pueden estar malinterpretando hechos normales en un intento por dar sentido a aquello que –a priori– no parece tenerlo. “Las ilusiones son el precio que debemos pagar por un sistema perceptivo que opera maravillosamente en un mundo confuso”, dice. Y agrega: “Imaginate que vas manejando un automóvil a toda velocidad y te frena un semáforo en rojo. Vas deteniendo la marcha y la luz sigue roja. ‘Cambiá, cambiá’, le ordenás, impaciente. Si las luces cambian, es tentador pensar que tuviste algo que ver con eso. Esa sensación de control puede aplastar toda lógica”. A esa tentación –atribuir a sucesos fortuitos acciones propias– se la conoce como ilusión de control. “Es el equivalente a la tendencia de querer dar sentido a las coincidencias”, explica Blackmore.
De las 25 millones de especies que existen sobre la Tierra y bajo los océanos, la nuestra es la única que ha representado una imagen de Dios. ¿Desde cuándo? Se estima que los primeros enterratorios religiosos se crearon hace 25.000 años. Se los consideró parte de una religión liminar porque se les ponía bienes del difunto: se creía que iban a disfrutar de tales objetos en una existencia futura. Esas tumbas, que requieren de una compleja teología, fue la culminación de una larga fase de creencias. Por eso algunos sitúan los orígenes de la religión más atrás; tal vez, hace medio millón de años.
Si las creencias religiosas son tan antiguas y llegaron para quedarse, ¿por qué sobreviven? ¿Qué beneficio obtienen quienes arriesgan la vida para salvar su alma? ¿Por qué se construyeron esas complejas cosmogonías, con un Dios en el pináculo, como postulan los monoteísmos, o sin él, como proponen el Budismo o religiones mágicas que ponen en el centro a la Madre Tierra o a los extraterrestres?
“El ser humano tiende a creer en aquello que le gustaría fuese verdad”, escribió Francis Bacon (1561-1626). ¿A quién no le gusta que le endulcen el oído? Creer que la vida tiene un significado trascendente, que continuará tras la muerte del cuerpo, es tranquilizador.
Pero eso no lo explica todo. En 1996, los sociólogos Rodney Stark y William Sims Bainbridge, en A Theory of Religion, partieron del concepto según el cual los hombres buscan aquello que perciben como recompensas y evitan lo que perciben como costos. “Los bienes religiosos –afirman– son promesas de bienes que son escasos o no pueden ser conseguidos por medios naturales”. Los compensadores religiosos se basan en la existencia de poderes sobrenaturales. Como las promesas de salvación eterna entrañan un riesgo (su veracidad es difícil de determinar) su validez aumentará si es legitimada dentro un grupo. Hace un siglo, Emil Durkheim (1858-1917), padre de la sociología moderna, había observado que la religión fortalece los lazos de congregación social, consolidando y renovando periódicamente “un sentimiento de comunidad compartido”.
En una edición de New Scientist, Robin Dunbar, profesor de Psicología Evolutiva en la Universidad de Liverpool, Gran Bretaña, le da la razón. Y va por más. “Si se compara a la gente no-religiosa con otra activamente religiosa, la segunda es más feliz, vive más, sufre menos enfermedades mentales y físicas, y se recupera más rápido de intervenciones médicas”, sostiene el psicobiólogo. Son compensaciones que exceden la promesa de vida eterna. Dunbar coincide con Karl Marx: “La religión es el opio del pueblo”. Jura que no lo dice en tono peyorativo sino en un sentido estricto. “Las religiones –afirma– vinculan a las sociedades porque explotan una serie de rituales extremadamente buenos para activar la liberación de endorfinas, que son opioides naturales”. Las endorfinas irrumpen en el cerebro ante dolores persistentes, generando una suave sensación de euforia. “Por eso, quizás, los religiosos parecen tan felices. Es más: las endorfinas también afinan el sistema inmune. Tal vez eso explica por qué los creyentes son más sanos”.
Dunbar asume que dedicar largas horas a la oración, el ayuno, el baile o el canto es estresante. Esos rituales serían generosos en endorfinas. Pero ¿es la religión la única manera de obtenerlas? “No”, responde. “Ella ofrece algo más. Los efectos de las endorfinas, siendo parte de un grupo, se potencian masivamente: crean un sentido de hermandad y comunidad.” Pascal Boyer, profesor de Psicología y Antropología en la Universidad de Washington en St. Louis, EE.UU., dice que la evidencia es incompleta. Para él, la religión es natural: “Sus conceptos tienen mucho en común con otros aspectos de la cultura”. Así, los orígenes de la religión se parecen a la adquisición de la música o el lenguaje. “Los conceptos religiosos no cambian las intuiciones morales de la gente si no que le dan un marco que las vuelve más fáciles de asimilar”. Los conceptos religiosos, según Boyer, “no subsistirían si no confirmaran muchos principios intuitivos”. Esta es una de las razones por las cuales –se cree– hay religión para rato.
Primera publicación: revista NEO Nº 12. Buenos Aires, Marzo de 2006. Informe: Solange Loubière
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«Son las cosas de la vida son las cosas del creer / no tienen fin ni principio, ni tiene cómo ni por qué.»